RELACIONES ENTRE HERMANOS: CELOS Y
RIVALIDAD
La mayoría
de los padres y madres solemos poseer una visión un tanto idealizada sobre la
futura relación que se entablará entre los hijos que vayamos teniendo. Serán
muy amigos, inseparables, uña y carne, se apoyarán en las dificultades,
compartirán todas sus cosas y se querrán mucho —pensamos—. Pero esta visión
idílica del asunto, con la llegada del segundo hijo, suele venirse muy a menudo
abajo. La causa de ello es la aparición de los celos afectando a ese
primogénito que de pronto constata que ha llegado un intruso que le arrebata
una parte considerable del amor, la entrega y el tiempo que nosotros (en
especial la madre) antes le dedicábamos.
Lo mismo
sucede con la llegada del tercer hijo por parte del segundo y así
sucesivamente. En resumen, que las relaciones entre nuestros hijos no son tan
armoniosas como los padres y madres quisiéramos que lo fueran. Ello tiene su
explicación.
Aunque
Sigmund Freud —el padre del psicoanálisis— investigó en varias ocasiones sobre
esta cuestión, a la que llamó «complejo fraterno», le debemos al psiquiatra y
psicoanalista Jacques Lacan una aproximación más nítida. En un texto titulado
«Los complejos familiares en la formación del individuo» (1938), que se tradujo
para su publicación en castellano como «La familia», abordó los celos fraternos
bajo la denominación de «complejo de intrusión». Quiero aclarar, previamente, que en
psicoanálisis el término «complejo» no tiene nada que ver con la idea popular
—derivada de la psicología adleriana— que lo hace sinónimo de un sentimiento
(se habla de complejo de inferioridad, por ejemplo, para dar a entender que un
sujeto tiene el sentimiento de ser inferior a los demás). No; para los
psicoanalistas este vocablo —que en la actualidad es muy poco usado— se refiere
a la realización de un trabajo psíquico que resulta ser estructurador necesario
para el funcionamiento mental del sujeto.
Consiste en un conjunto de
relaciones dotadas de un intenso valor afectivo que se presentan de una forma
compleja y sería sinónimo de lo que la moderna teoría de los conjuntos designa
como «conjunto reticulado». Así que cuando empleamos la palabra «complejo»
estamos designando una estructura relacional, que a su vez produce una cierta
organización del aparato psíquico, y no un sentimiento que habría que
erradicar.
Investiga
Lacan, en esta obra que les he citado, la estructura de los tres complejos que van a organizar sucesivamente el aparato
psíquico del niño dentro del ámbito de la familia: el complejo del destete (la
primera crisis del psiquismo coincidiendo con el abandono de la lactancia), el
ya mencionado complejo de intrusión (con la llegada de un hermanito) y el
complejo de Edipo (que es el conjunto complejo de relaciones afectivas que se
entablan dentro del grupo familiar entre el niño y sus padres o sus
subrogados).
La
construcción de una identidad propia no es cosa sencilla; por el contrario, se
trata de un costoso trabajo que todos realizamos dentro de un entramado de
vínculos. Es esa necesidad constructiva de un espacio subjetivo propio, de un
sí mismo que tenga permanencia, la que nos posibilita entretejer lazos
afectivos que nos ayuden a vivir con nuestros semejantes y a relacionarnos con
ellos. La familia se constituye, de
este modo, en el germen de toda posible socialización del sujeto porque
precisamente es dentro del espacio familiar donde estos vínculos y lazos
afectivos se van a jugar de forma primigenia.
Lacan nos
indica que la fenomenología más pura de los
celos infantiles fue muy bien captada por San Agustín, quien en el capítulo
VII del Libro I de sus «Confesiones» (397-400) escribió: «En una ocasión vi con
mis propios ojos y observé a un pequeñuelo presa de los celos. Todavía no sabía
hablar y contemplaba, todo pálido y con una mirada envenenada, a un hermano
suyo deseando tomar la leche que éste mamaba del pecho de su madre. Este hecho
—añade San Agustín— es conocido por todos. Se dice que las mismas madres y
nodrizas pueden calmar estas cosas con no sé qué remedios. Tales
comportamientos se toleran, no porque sean nimios o de ninguna importancia,
sino porque desaparecen con el paso del tiempo».
Lo más importante es que Lacan
—además de indicarnos que la estructura del drama de los celos es capital en la
génesis de la futura sociabilidad, de la futura relación del sujeto con sus
semejantes— mantiene que los celos, en su base, no representan una
rivalidad vital propia de la misma Naturaleza tal como sucedería en el caso de
ciertos hechos observados en el mundo animal (por ejemplo los aguiluchos: la
cría o crías nacidas antes tiran del nido a los que salen del huevo después para
poder tener el suficiente alimento en el futuro y sobrevivir).
Nos enseña
que en la criatura humana las cosas se
complican porque de lo que en verdad se trata es de una identificación mental
del sujeto con el hermano intruso. Esta identificación induce una confusión
entre él mismo y el otro: confunde la parte del otro (en el caso del niño
encelado que observó San Agustín, ese seno del que está mamando su hermano) con
la suya propia y se identifica con él.
Sabemos,
porque la experiencia clínica así nos lo indica, que cuando un sujeto se
identifica de modo masivo con un otro, de modo que este otro se comporta para
su psiquismo como si fuese su doble especular, la salida final a esa situación
no es otra que el odio y la tensión agresiva. Esa palidez lívida, esa mirada
emponzoñada del niño San Agustín hacia el intruso, su hermanito, son sus signos
más evidentes. La disyunción «o él o yo,
uno de los dos sobra» es, por así decirlo, su salida más natural.
Esto sucede
en el caso de que el hermano intruso llegue cuando el sujeto sea aún infans, es
decir que aún no hable y no posea,
por consiguiente, un aparato simbólico —el aparato del lenguaje— con el que
poder enfrentar ese real intrusivo. Diferentes suelen ser las cosas en caso de
que la intrusión del hermano se produzca cuando
el sujeto pueda ya verbalizar los sentimientos encontrados que dicha
situación le provoca.
También es diferente, en la forma de encajarlo, si el hermano atravesó
ya la encrucijada edípica o se encuentra todavía en una fase de intenso apego a
la madre. Les cuento una historia que me contaron: Una señora, que tenía dos
hijos, a saber un niño de 8 años y una niña de 3, después de que se confirmase
su tercer embarazo y tras comunicárselo a toda la demás familia, se vio en la
obligación de hacérselo saber a sus dos hijos. Muy nerviosa y armándose de
valor —pues no sabía cómo decírselo—, cuando les estaba preparando la merienda
en la cocina dejó caer entre balbuceos, mientras se acariciaba el vientre, que
estaba embarazada y que iban a tener un hermanito.
Tras un silencio sepulcral que duró breves instantes pero que a ella le
parecieron una eternidad, el hijo mayor (que recuerdo tenía 8 años) comenzó a
dar palmadas y lleno de júbilo dijo:
—¡Qué guay!... ¡Así tendré un hermano para jugar al fútbol!... Y la
abrazó. Y le besó en el vientre.
Sin embargo, la niña (que recuerdo contaba 3 años de edad) ni se inmutó
y se quedó callada y algo pálida mirando al suelo. La madre comenzó a dudar de
si se habría expresado bien, de si su hija, debido a su corta edad, la habría o
no comprendido. Por ello, al tiempo que cogía su mano y la apoyaba con suavidad
sobre el vientre, le preguntó:
—¿Escuchaste lo que te dije? ¿Eh?... A
ver... ¿qué tiene mamá en la barriga?
La niña, retirando de modo inmediato la mano, como si el contacto con el
vientre de su madre la hubiese quemado, y empleando un tono de voz grave,
contestó:
—Un idiota.
Esta misma niña cuando acudió a conocer a su hermano recién nacido al
hospital no quiso ni tan siquiera mirarlo, a pesar de la insistencia de sus
familiares. En un momento dado se acercó a la madre y en voz baja le murmuró al
oído:
Esta
pequeña historieta que les he contado da cuenta de dos posiciones subjetivas
diferentes ante el mismo acontecimiento: el niño de 8 años ya ha pasado por la
encrucijada edípica y seguramente acogerá al recién llegado como un padre que
va a educarle y a enseñarle los secretos de la vida y del fútbol, o como una
madre que le dará de comer, le cambiará los pañales y le meterá en la bañera.
Hasta es posible que piense que será un futuro aliado que le apoyará en las
disputas que viene manteniendo con su hermana pequeña, la cual, por cierto, le
hizo pasar un mal trago cuando nació.
Por su
parte, la niña de 3 años ya es un sujeto del lenguaje y mediante él manifiesta
su hostilidad hacia quien viene a ocupar ese lugar de hija pequeña del que se
creía dueña y señora. Es muy beneficioso
que pueda manifestarlo y que se sienta escuchada, que mediante el lenguaje
pueda simbolizar su rabia y su frustración. Eso le va a posibilitar que tal vez
ese odio inicial que le provoca su hermano intruso pueda trocarse, quizá, en
cariño y ternura más adelante.
¿Y el niño
de San Agustín? Ése todavía estaba bajo los efectos del complejo del destete y no poseía aún el habla por lo que no
podrá simbolizar, de momento, eso que está ocurriendo, así que, de entrada, es el que peor lo va a pasar porque el
intruso se va a constituir en su doble especular que, como antes les decía,
adquiere con frecuencia un carácter persecutorio, paranoico.
¿Cuáles son las manifestaciones
psíquicas y físicas que se pueden observar con más frecuencia en el estado
celoso infantil?
— Signos de infelicidad o frustración:
lloro frecuente sin motivos aparentes. Tristeza vital y reiteradas preguntas
alusivas a si se le quiere o no. Irritabilidad con rabietas y protestas.
Disminución de la estima de sí. Aislamiento social.
— Negativismo: responde con un no rotundo
a propuestas que antes aceptaba, a veces incluso sin llegar a escuchar lo que
se le pide o expone.
— Cambios en el desarrollo del lenguaje:
habla como un niño pequeño, repite palabras y frases. A veces se inicia un
tartamudeo.
— Trastornos del sueño tales como insomnio,
sueño irregular con pesadillas y terrores nocturnos. Pide ir a la cama con
los padres o solicita compañía en la suya porque le da miedo estar solo. En
ocasiones aparece sonambulismo.
— Escaso apetito: come menos y se niega a
tomar alimentos que antes le podían gustar mucho. Puede tener vómitos, dolores
de cabeza y de barriga, así como mareos.
— Posturas desafiantes hacia los padres,
familiares y profesores. Menosprecio hacia sus iguales y conductas agresivas
para con ellos: mordiscos, empujones, patadas, puñetazos, peleas...
Disminución del rendimiento escolar. Fobia y absentismo escolar. Déficit de
atención en clase.
— Regresión a comportamientos más infantiles
(debido a la identificación con el intruso de la que antes les hablé): el ya
mencionado hablar como un bebé, intentar recuperar el biberón o el chupete.
Encopresis (hacerse caca encima) y enuresis nocturna (hacerse pis en la cama).
Se puede iniciar un chupeteo del pulgar o el comerse las uñas (onicofagia).
— Conductas agresivas con el hermano:
pellizcarle, arañarle, meterle comida indebidamente en la boca, taparle la boca
con el babero o ponerle una almohada en la cara, morderle, pegarle tortas o
capones, meterle un dedo en el ojo, tirarle del pelo o las orejas. También el
exceso de cariño como abrazarle hasta medio asfixiarle (el abrazo del oso).
— Mayor proclividad a padecer enfermedades
infecciosas (amigdalitis, otitis, resfriados, enterocolitis...) debido a
una disminución de las defensas inmunitarias. Pueden aparecer diversos tics e
incluso crisis asmáticas.
De todos
estos trastornos que pueden observarse —en mayor o en menor grado, con mayor o
menor frecuencia— en el niño que se encuentra afectado por el drama de los
celos, los padres a veces no solemos darnos casi cuenta o no los ponemos en
relación directa con el evento ocurrido. Incluso, no es tan infrecuente,
negamos la existencia de los mismos porque tenemos reprimido el complejo de
intrusión que nos afectó en la niñez a nosotros mismos y esto nos pone una
especie de venda en los ojos.
No hace
mucho tiempo saludé por la calle a una señora que llevaba en una sillita a su
hijo mayor, más bien crecidito, mientras el hijo pequeño iba, ya muy suelto,
andando solo. Al acercarme al hermano mayor observé que éste, hundido en la
silla en posición semifetal, se chupaba con fruición el pulgar y me miraba con
cara de pocos amigos, frunciendo el entrecejo. Le pregunté entonces a la madre
que qué tal lo llevaba el chaval, que si tenía «pelusa». Ella me contestó muy
segura que no se la había notado y a continuación pasó a relatarme una serie de
trastornos de salud que el hijo mayor estaba pasando en los últimos tiempos,
trastornos que, por cierto, le estaban obligando a guardar un prolongado
absentismo escolar..
Otras
veces, apenas sin quererlo, nos mofamos de las puerilidades del niño afectado
o, , le echamos en cara su condición de sujeto encelado. Pero ¡qué más quisiera
él que no estarlo! Porque esos sentimientos y deseos horribles que tiene para
con su hermano o hermana le crean un feroz sentimiento
de culpa.
Si no logra poder verbalizarlos y ser
escuchado, si ese niño no encuentra a unos padres que no tengan miedo de
escuchar —unos padres que no sólo escuchen lo que les conviene—, ese
sentimiento de culpa, ese resquemor, ese odio al prójimo, quedarán grabados a
fuego en su espíritu mientras viva.
Así es que
si no se habla con franqueza con el niño considerándolo un pleno sujeto del
lenguaje, y le ayudamos por nuestra parte como mejor podamos y sepamos a pasar
ese duro trago que la vida le impone, esa situación de celos y envidia puede
llegar a cuajarse, hasta ser la caricatura de sí misma, lejos de ir poco a poco
disolviéndose con el paso del tiempo.
Al
enconamiento de esta situación, que si es atendida de un modo razonable y
sincero por la familia sólo es algo temporal, también podemos colaborar los
padres de dos maneras que, en mi opinión, son infalibles: teniendo favoritismos
o haciendo comparaciones. La inquina
entre los hermanos estará servida, sólo quedará comérsela con patatas en
salsa verde. Ese odio subsistirá en ocasiones agazapado, soterrado, pero
terminará manifestándose tarde o temprano. El
rencor fraterno, si no pudo resolverse antes, aparecerá de manera ineludible
tras la muerte de los padres, en el momento de recibir su herencia.
Si yo les
dijera que los lodos que en ocasiones surgen entre la fratría como efecto de la
ejecución del testamento parental vienen de aquellos antiguos polvos esparcidos
por la envidia y los celos infantiles, ¿ustedes me creerían? ¿Me creerían si les dijera que la lucha que
en ocasiones se entabla entre los hermanos por la herencia dejada por los
padres reproduce de modo fidedigno las modalidades de una disputa repetida, de
una herida narcisista infantil imposible ya de suturar? ¿Cómo no ver que detrás
de la contienda por la posesión de un objeto, que en sí no tiene ningún valor,
dejado por el padre o por la madre hay una reactivación de los complejos
infantiles, muchas veces inconscientes?
Ese o esos
objetos que dejaron los padres se convierten en objetos preciosos en razón del
valor que se da a su posesión. Conozco dos hermanas que dejaron de hablarse —y
también les prohibieron hacer lo mismo a sus respectivos maridos e hijos— hace
ya más de treinta años a raíz de la disputa que iniciaron por unos vulgares
pendientes pertenecientes a la madre recién muerta.
He citado
anteriormente, varias veces, la palabra envidia acompañando a los celos, y es
que son dos estados afectivos, dos pasiones diferentes aunque, por así decirlo,
van cogidas de la mano.
Mientras que
la envidia nace de no poder ni ver lo que el otro
tiene y uno no (la palabra envidia procede de los términos latinos invidere, que quiere decir no poder
mirar, e indivia, que es mirar con malos ojos, con ojeriza), los celos nacen del temor a perder lo que uno ya previamente
tiene o cree tener.
En la vida
psíquica de los niños estos dos sentimientos se alternan y pasan de uno a otro
casi sin solución de continuidad. En la vida psíquica de los adultos es de
esperar que estas dos pasiones se encuentren ya más templadas a la hora de
emprender la crianza de los hijos porque si no ellos recibirán, como un pesado
fardo, nuestros propios conflictos y se verán obligados a repetir nuestra
historia en vez de poder crear la suya propia.
El profeta
Jeremías lo describió a la perfección con esta frase: «Los padres comieron las
uvas agraces y los dientes de los hijos tienen la dentera». Y así
generación tras generación. Es una herencia que aunque no esté en los genes, se
transmite de padres a hijos, porque las pasiones (entre ellas el odio, la
envidia y los celos) están en el ser, no en los genes.
¿Cómo
puede un padre o una madre exigir a sus hijos que se lleven bien, que no monten
trifulcas, si hace cuatro años que no se habla con su propio/a hermano/a y mira
para otro lado cuando se lo encuentra por la calle, si se enfadó e hizo cruz y
raya con sus padres hace ya tiempo, si abrasa hasta la exasperación a su
cónyuge con preguntas tendenciosas destinadas a confirmar su presunta
infidelidad, si con los compañeros y compañeras del trabajo tiene rivalidades y
conflictos un día sí y otro también?
¿Desde qué autoridad moral unos padres cuya
vida en común está plagada de rivalidad mutua, de insultos, de
descalificaciones, de desplantes y de acusaciones predican a sus hijos la
armonía, el amor y la solidaridad entre los hermanos? Hay que predicar con el
ejemplo. Todo lo demás, todas aquellas ardorosas soflamas, empalagosos sermones
y discursos sublimes acerca de la solidaridad y del amor fraternos no son más
que palabras huecas porque la solidaridad y el amor se demuestran precisamente
con aquéllos que están más cercanos a nosotros. El movimiento se demuestra
andando.
Los celos,
la envidia y la rivalidad entre hermanos, como ya les vengo diciendo, son
estructuralmente inevitables dentro del psiquismo humano. Son sentimientos
arcaicos derivados de esa estructuración psíquica que se produce tras la
llegada de quien antes no estaba en el espacio familiar y que de pronto muestra
su presencia. ¡Y de qué manera! Toda la familia se moviliza en derredor del
recién llegado. La familia, en su conjunto, puede hasta sufrir una especie de
terremoto.
La única protección
que tenemos ante este seísmo es poder hablar de él y de esta forma no sólo
amortiguaremos su intensidad sino que podremos reconducir sus efectos. Por
ello, mientras se siga platicando, mientras se siga discutiendo dentro de un
cierto orden y concierto, la cosa irá marchando. El simple hecho de hablar es
ya decir que sí; hablar es afirmar y consentir.
Lo peor que
puede pasar es que los hermanos se dejen de hablar, eso es lo más nefasto. ¿Por
qué? Porque al dejar de usar el lenguaje se vuelve al estado de infans, ése en
el que se encontraba el niño que observó San Agustín. Al faltar la palabra como
elemento mediador de los conflictos fraternos, los celos y la envidia se
incrementan aún más, aunque se disfracen, a duras penas, con un barniz de
impasible indiferencia.
Los padres
y las madres podemos colaborar, en ocasiones sin saberlo, a la intensificación
del conflicto fraternal. Primero haciendo comparaciones, como antes ya les
indiqué. Algunos padres recurren a ellas intentando —como últimamente se dice
mucho— «motivar»; y ponen de ejemplo a un hermano frente al otro. Esto no
genera sino dolor y rencor. Las comparaciones no sólo son odiosas, como bien
nos dice el refrán, sino que engendran odio.
Si hacemos
comparaciones es que, en el fondo, no aceptamos que cada hijo es diferente del
otro, que cada hijo tiene tanto sus virtudes (que por supuesto debemos siempre
alabar) como sus defectos (que por supuesto debemos intentar limar). Detrás de
las comparaciones vienen, indefectiblemente, los lugares simbólicos ocupados
por los pares significantes: bueno-malo, ágil-torpe, vago-trabajador,
inteligente-tonto, obediente-desobediente, huraño-cariñoso y un largo etcétera.
Esto da pie
para el comienzo de un juego más perverso: el juego al preferido («le quiero
más a tu hermano que a ti porque...»). Si echamos un vistazo al libro del
Génesis y leemos los mitos bíblicos de Caín y Abel y el de José y sus hermanos,
podremos apreciar muy bien que, tanto en el uno como en el otro, un favoritismo paterno está detrás del odio
fraternal.
En el
primero se nos narra el crimen primordial de la humanidad naciente: nada menos
que un fratricidio. Aunque Caín, el hermano mayor, labraba la tierra y le
ofrecía a Yahvé lo mejor de su cosecha, éste veía con mejores ojos las ofrendas
de los rollizos corderos que le ofrecía Abel, su hermano menor, que era pastor.
Es esa preferencia de Yahvé la que siembra la cizaña de la discordia; el texto
bíblico no nos dice en ningún momento que Caín fuera una persona malvada de por
sí. Son los terribles celos y la envidia que siente al ver cómo su hermano
menor es el preferido de Dios los que guían su mano asesina.
Lo mismo
sucede (aunque en este caso la historia termine bien) en el asunto de José y
sus hermanos. ¿Por qué es raptado en una emboscada el futuro patriarca de
Israel, José, por parte de sus hermanos y entregado a unos caravaneros como
esclavo? El texto bíblico nos los dice bien claro: porque era el favorito del
padre, o sea de Jacob.
Así que en
vez de dedicarnos a realizar comparaciones y establecer favoritismos lo mejor
que podríamos hacer sería potenciar los intereses particulares de cada hijo,
dando por sentado que cada uno es distinto e irrepetible, que cada uno tiene
sus propios gustos y deseos, diferentes aspiraciones, habilidades y talentos.
Cada hijo debe tener un lugar en la familia donde pueda ser protagonista y ser
reconocido en su singularidad.
Por último,
y para no cansarles más, les diré que opino que en las desavenencias
fraternales los padres debiéramos intervenir lo menos posible. Ésta no creo que
sea una actitud nihilista; por supuesto que si las cosas se desmadran y
aparecen insultos en extremo hirientes o agresiones físicas malintencionadas es
imprescindible decir que hasta aquí hemos llegado. Me parece que es ésta una
actitud prudente y necesaria para que entre ellos mismos aprendan a gestionar sus
conflictos y a arreglárselas en el ejercicio dialéctico del ceder y pactar; y
en el duro ejercicio de compartir.
Es
necesario propiciar que la relación del vínculo fraternal se establezca más
allá del vínculo con los padres. Así llegará a estar menos viciado y será más
real, más auténtico. Por eso, aunque a algunos padres y madres les encante, no
debemos jugar a ser jueces en las disputas que vayan surgiendo, a lo largo del
tiempo, entre nuestros hijos.
Algunos padres y madres, a veces sin que les haya llamado ninguna de las
partes en conflicto, se meten en él de cabeza e intervienen rápidamente (como
si estuvieran deseando que sucediese). ¡Cómo disfrutan dictando sentencias!
¡Con qué solemnidad, con qué entereza de ánimo deciden quién tiene la razón y
quién está equivocado! ¡Con qué prestancia dirigen su dedo acusador hacia el
culpable de la situación, en muchas ocasiones sin haber escuchado las raíces
del litigio!
Son esos
padres y madres que no felicitan a los hijos en sus días de buena convivencia,
incluso hasta pueden encontrarse algo inquietos, como si les faltara algo. Esos
días de armonía fraternal les pone de los nervios porque no están en su salsa;
en definitiva, que presentan síntomas de abstinencia. Y es que este juego,
créanme, además de causar dependencia, puede conducir a un verdadero vicio, y
muy lejos. Si, a fuerza de insistir, logran que los hijos también se envicien
en él, no es infrecuente que, cuando se hagan adultos, tras el fallecimiento del
juez o la jueza parental, y a veces incluso antes, los hermanos se enzarcen en
reiteradas y onerosas querellas ante los tribunales, para, como es lógico,
regocijo de los abogados.
El llamado
por Freud «complejo fraterno» debe ser resuelto dentro de la misma familia pues
es en el seno de las relaciones paternofiliales y fraternales donde se puede
aprender a resolver el amor, el odio, el desamparo, la desesperanza, los celos,
la envidia y los miedos. No se trata de negar o evitar su aparición sino de
ayudar a cada uno de nuestros hijos, uno por uno, a saber qué hacer con eso que
le sucede y que tanto le hace padecer.
***
Conferencia impartida en el Colegio "Blanca de Castilla" de Palencia
el 20 de febrero de 2008 dentro del Programa de Orientación a Padres organizado
por la AMPA. Texto publicado en "Análisis. Revista de Psicoanálisis y
Cultura de Castilla y León". Nº 16. Junio 2008