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miércoles, 26 de julio de 2017

Mito de la Media Naranja

El mito de la media naranja

El origen del mito de la media naranja lo tenemos que buscar en Platón y su obra El Banquete. En ella, Platón mostraba las enseñanzas de Aristófanes, quien explicaba cómo al principio la raza humana era casi perfecta: "Todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción". Estos seres podían ser de tres clases: uno, compuesto de hombre y hombre; otro, de mujer y mujer; y un tercero, de hombre y mujer, llamado 'andrógino'. Cuenta Aristófanes que "los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo y combatir con los dioses".


 Y ante aquella osadía, Júpiter, que no quería reducir a la nada a los hombres, encontró la solución, un medio de conservar a los hombres y hacerlos más circunspectos, disminuir sus fuerzas: separarlos en dos. El problema surgió después: "Hecha esta división, cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con ardor tal que, abrazadas, perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra".


 
 
Así que el origen de la media naranja no comienza muy bien, con una búsqueda desesperada de unión y enamorados muriendo de hambre e inacción. Y, sin embargo, parece que la idea ha calado hasta nuestros días. Hace unos días celebrábamos San Valentín, y podíamos encontrar frases en la prensa como "hay muchos locales que ofrecen fiestas especiales para que encuentres tu media naranja"; "si tienes pareja y te gusta celebrar San Valentín obsequiando a tu media naranja con..."; o "San Valentín está cerca y, si no tienes pareja, con esta aplicación de móvil no será difícil que encuentres a tu media naranja". Estamos rodeados. Desde que Jesús Puente hiciera competir a tres parejas para comprobar cuál se conocía más y mejor en el concurso Su media naranja, no han dejado de intentar convencernos de lo importante que es encontrar el amor perfecto. Lo que necesitas es amor o Vivan los novios han dado paso a programas como Hombres, Mujeres y Viceversa, donde se atreven a invitarnos a "¡no perder una nueva oportunidad de encontrar a tu media naranja!".
 
 
Está claro, seguimos buscando la media naranja. El País titulaba hace unos meses un muy buen artículo con un encabezado discutible: ¿Será tu media naranja? Escucha a tus vísceras. El artículo se basaba en una investigación de tres universidades estadounidenses que hallaron cómo los sentimientos automáticos, viscerales y más bien inconscientes que tenemos hacia nuestras nuevas parejas tienden a ser acertados, según se puede comprobar en la vida real cuatro años después. De esta manera, parece que podemos saber casi de forma automática que hemos encontrado a nuestra media naranja, como si fuésemos mitades de un ser humano casi perfecto separadas por el capricho de algún dios.
Aunque cada vez se critica más esta idea, aún está en buena parte del ideario de muchas personas, incluso de las más jóvenes, y más de una vez he tenido que escuchar la frase en consulta, sobre todo acompañada de una queja y una pregunta: "¡Qué mala suerte he tenido en el amor! ¿Por qué cuesta tanto encontrar la media naranja hoy en día?". Y es que el mito que tratamos hoy, lejos de ser una inofensiva idea romántica, suele ser la base de mucha infelicidad y muchos problemas de pareja.
Cuando creemos en la media naranja creemos en la perfección de encontrar a alguien que está hecho para estar con nosotros, creemos en una relación donde todo encaja. Y muchas veces pasa que, cuando conocemos a alguien, parece que es perfecto para nosotros, empezamos una relación sorprendidos por lo bien que nos hemos acoplado, ¡estamos hechos el uno para el otro!. Sin embargo, la perfección es imposible, una pareja está hecha de dos personas (aunque sea obvio, es necesario señalarlo) y donde hay dos personas surgen los conflictos. A vivir en pareja se aprende, nunca hay dos personas iguales y cuando hay diferencias surgen problemas. Y es esto lo que no explica la "teoría" de la media naranja: "Si estamos hechos el uno para el otro, si somos dos mitades de una misma cosa, ¿cómo no me puede comprender? ¿Cómo podemos tener problemas? ¿Por qué nos tenemos que esforzar para ser felices en pareja?". La respuesta a todas estas preguntas es sencilla y ya la hemos visto: no somos un mismo ente, la pareja son dos personas diferentes.
Además, la media naranja puede provocar una gran ansiedad: "¿Y si no me doy cuenta de que la persona que tengo al lado es mi media naranja? ¿Y si dejo escapar el tren y la única oportunidad de ser feliz? ¿Y si continúo una relación que me hace disfrutar mucho pero que no es perfecta y dejo escapar la oportunidad de conocer a media naranja?". José Ortega y Gasset decía que "hay quien ha venido al mundo para enamorarse de una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella". No existe una única persona ni una única posibilidad de ser feliz. Por mucho que le cueste asumirlo a algunos enamorados, el que dos personas estén juntas es fruto solamente de la casualidad y que dos personas sean felices juntas es fruto de sus capacidades para ser felices, de sus habilidades, de sus esfuerzos, de su paciencia o de su inteligencia emocional. Para la ciencia, el destino no existe, así que no conviene dejar las cosas en sus manos y pensar que, cuando llegue nuestra media naranja, nos daremos cuenta, que la 'química' nos avisará. Amar a una persona, entre otras muchas cosas, es también una decisión, y esa decisión no se puede tomar en función de si la otra persona cumple nuestras expectativas de una pareja perfecta que encaja con nosotros como si todo fuera un cuento de príncipes y princesas Disney.

Pero el gran error que esconde el mito de la media naranja es el de considerarnos seres incompletos que solo podemos encontrar la plenitud al encontrar el verdadero amor, si no lo conseguimos, seremos infelices. Si pensamos que sólo mediante una relación de pareja podremos alcanzar una vida feliz nos equivocamos, la felicidad es un estado interior y solo dentro de nosotros podremos alcanzarla. Las personas felices son felices independientemente de si tienen pareja o no la tienen, todas las personas son personas completas que no les falta ningún trozo (ni mucho menos una mitad) para alcanzar todo lo que se propongan. De hecho, para que una pareja funcione necesita que sus dos miembros sean personas completas, independientes y felices. Una pareja feliz está compuesta por dos personas que deciden estar juntas, no porque les falte nada, sino porque desean compartir su vida y su felicidad (y sus problemas, y sus tristezas...). Yo, desde luego, prefiero un amor entre dos naranjas enteras (o manzanas o peras...) que entre dos mitades incompletas.

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sábado, 17 de junio de 2017

LOS VARONES ANTE EL AM@R Y LAS MODALIDADES EROTICAS


“Te quiero sin saberlo”

Muchos hombres, neuróticos obsesivos, se protegen –sostiene la autora– mediante “enredos laberínticos”, ya que “a la hora del amor temen ser devorados por un Otro que desea”; así “evitan encontrarse con la mujer de sus deseos o quizá de sus sueños”.


La histeria se queda con las ganas en el amor, sosteniendo siempre que existe una mujer que las tiene todas; y el obsesivo sufre en secreto haciendo de su vida un via crucis permanente que hace imposible acceder al objeto que causa su deseo. Y, como la dimensión amorosa se teje en la trama misma de la neurosis, el problema del amor siempre se presenta con la modalidad típica de la histeria u obsesión. ¿Pero por qué el amor es un problema? Amor y castración van de la mano: el amor implica siempre un encuentro con la propia falta; “Me haces falta”, se dicen los enamorados. Y esto en los hombres tiene una relevancia sustancial: reconocerse en falta es feminizarse.
En realidad, la posición frente al amor es siempre femenina: así, representa una dificultad mayor para hombres que para mujeres, aunque éstas no se quedan muy atrás, sobre todo en estos tiempos en donde encontramos una tendencia creciente a la virilización en el mundo femenino, tal como lo sostiene Lêda Guimaraes (“El estatuto de la feminidad en nuestros días”, en Revista Logos Nº 7, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2012). Un hombre que se asume enamorado corre un alto riesgo: castrarse. Cuando el hombre, tocado por el amor, no puede tolerarlo, suele ponerse al reparo permaneciendo en una posición que lo resguarde. Protegerse contra los riesgos que ocasiona enamorarse es una respuesta típica en los hombres, y la coraza protectora puede adquirir múltiples modalidades de presentación.
Una de ellas es el cálculo: es una situación muy común y la encontramos en el conjunto de argumentos que los hombres construyen para no involucrarse con una mujer que, sin embargo, les interesa. Es muy probable que el cálculo sobrevenga cuando ya el hombre ha sido tocado por una mujer que le importa, aunque también se puede ubicar previamente, en la serie de pensamientos que –con muy buenos argumentos, tal vez los mejores, para abonar la idea de mantener distancia– impiden el acceso a ella. Esto da como resultado que él no pueda llamarla ni decirle nada o mostrar algún signo de interés. Esta actitud tiende a alejar a cualquier mujer que pretenda tener una relación estable con un hombre, ya que abona en ella la idea de no ser deseada.
El obsesivo va en el sentido contrario al objeto que causa su deseo. Bernardino Horne lo ha formulado con precisión al afirmar que “La neurosis obsesiva es una burocratización de la fobia”. Es una manera clara y certera de presentar a la obsesión hermanada con la fobia: un disfraz de enredos laberínticos que preservan al sujeto del encuentro con la falta. Pero, ¿cuándo se precisa una fobia? La fobia se instaura cuando el sujeto se encuentra con una falta que tiene para él estatuto de abismo, es decir de ilimitado; el peligro es perder el ser bajo el signo del fantasma de devoración, como enseña Lacan en el Seminario “La relación de objeto”. A la hora del amor, el obsesivo teme ser devorado por un Otro que desea. Por eso le resulta mucho más fácil someterse a cualquier requerimiento que se imponga dentro de los cánones de la demanda y evitar encontrarse con la mujer de sus deseos o quizá de sus sueños.
Otra forma en que esta caparazón se presenta es la de lo efímero. Es muy frecuente en las relaciones hoy en día, donde abundan los encuentros ocasionales, el acceso rápido, lo pasajero y lo fácilmente olvidable. Son todas formas de preservarse o de no involucrarse en una relación donde el deseo esté comprometido. Tal vez sea ésta la nueva vestidura del anacrónico “don Juan”, posición viril o masculina que hoy encontramos tanto en hombres como en mujeres.
Y también está el rechazo; éste suele presentarse bajo una modalidad renegatoria: hacer como si nada hubiera ocurrido y afirmarse en la convicción de que la vida puede seguir perfectamente bien, igual que antes. Lo que está renegado en este caso es el acontecimiento amoroso. Alain Badiou es quizá quien lo explica de la mejor manera: “El amor se inicia siempre con un encuentro. Y a este encuentro yo le doy estatuto –de alguna manera metafísico– de acontecimiento, es decir, de algo que no ingresa en la ley inmediata de las cosas”; “El encuentro entre dos diferencias es un acontecimiento, algo contingente, sorprende. Las sorpresas del amor” (Alain Badiou, Nicolás Truong, Elogio del amor, Paidós, 2012). El movimiento renegatorio es un empeño en no dar lugar, porque, como dice Badiou, el acontecimiento como tal no ingresa ni encaja en la ley inmediata de las cosas, es decir en nuestro mundo previo. Por eso un encuentro-acontecimiento divide el tiempo en un antes y un después. Muchas veces se requiere de gran coraje para asumir los efectos de ese encuentro que altera lo preestablecido, cambia el programa calculado de antemano.
Pero vayamos ahora al “seguro contra todo riesgo”, expresión que también emplea Badiou en esa obra. Muchos hombres, y también mujeres, intentan hacer del amor un lugar de seguridad absoluta, donde el riesgo sea cero. Intentan construirse un modo “seguro” de vincularse que, a los seres atravesados por la sexuación, los proteja de la posibilidad de enamorarse. “¡Tenga el amor sin el riesgo!”, “¡Se puede estar enamorados sin caer en el amor!” “¡Usted puede enamorarse sin sufrir!”, ironiza Badiou. Bien sabemos que el amor riesgo cero es otra cosa que amor.
Veamos un caso: se trata de una relación que pareció funcionar durante años sin ningún compromiso de ambos. Se llamaban semanalmente o quincenalmente, por lo general muy tarde: así no se daba lugar a ningún programa sino como si fuera algo espontáneo, que se da cuando se da. El problema se suscitó cuando ella empezó a darse cuenta de que él le importaba. Entonces las cosas cambiaron radicalmente para ambos. Cuando ella advirtió que comenzaba a involucrarse mucho, le dijo a él que iba a alejarse, y el hombre la dejó ir. El no pudo-no quiso asumir compromiso alguno con su deseo. Este caso de la clínica es bastante común, y seguramente puede despertar distintas resonancias de situaciones similares. Es muy frecuente en hombres casados, que se vinculan con otra mujer “aclarando”, de antemano, que no van a llegar muy lejos en un compromiso, pero después se verifica que la relación llegó muy lejos en el tiempo, en la frecuencia y en la calidad de los encuentros. ¿Cómo se puede decir a priori cómo uno se va a manejar con un amor? ¿Cómo calcular anticipadamente los efectos que va a tener el Otro sobre uno?

¿Qué es una mujer?

¿Qué es, para un hombre, una mujer? En el Seminario “RSI”, Lacan formula la pregunta así: “¿Qué es una mujer, para quien está estorbado por el falo?”. Y contesta: “Es un síntoma”. Sabemos que el síntoma es una formación del inconsciente: si una mujer entra a formar parte del inconsciente del hombre, quiere decir que él se ha sentido tocado por ella. Y esto se manifiesta en los que Freud llama retoños de la formación del inconsciente: una mujer es sueño, es acto fallido, es lapsus, es síntoma. El deseo del hombre por esta mujer es más que claro, pero hay que poder admitirlo.
Luego, en el Seminario “El sinthome”, Lacan avanza en la formulación y dice que la mujer es para el hombre su sinthome: se ubica así como el nudo que anuda a un hombre. ¡Qué lugar! Aunque es importante precisar que el sinthome, cuarto nudo que hace que lo real, simbólico e imaginario se mantengan juntos, puede adquirir distintos valores. Por ejemplo en el “caso Schreber” –sobre el que escribió Freud–, el amor a su mujer cumple una función de estabilización subjetiva; pero el sinthome es el broche que, a veces como resultado de un análisis, anuda al sujeto cuando ha podido salir de la lógica que sustenta la neurosis. En este último caso se trata del lugar más preciado que podría tener, para un hombre, una mujer.

Con-sentir

Con-sentir, escrito así, conduce a un doble movimiento: por un lado, el consentimiento, en este caso consentir al amor; pero también la decisión de “sentir con”. Si antes hablamos de coraza, ahora se trata del coraje, como actitud necesaria en un hombre cuando una mujer se vuelve inolvidable. No todos los hombres pueden o quieren con-sentir, ya que esto implica un profundo compromiso ético. Ya sabemos que el deseo no es cómodo, cuesta, siempre se requiere pagar por él.
Cuando un hombre se dispone al amor, los efectos de alegría y entusiasmo se manifiestan rápidamente, pero cuando puede con-sentir al amor y deponer sus defensas, los beneficios son mayores, no sólo para él sino para quien elige caminar a su lado. Estos que ahora son dos diferentes pueden construir juntos un nuevo andar, que no es la sumatoria de uno más otro, sino algo nuevo que surge y se arma entre uno y otro. Uno no es siempre el mismo con cada pareja que tenga, uno es cada vez algo distinto y algo parecido, y abrirse a un nuevo amor es construir un nuevo espacio común.
Pero, para que esto sea posible, el hombre debe declinar algo de su interés fálico, es decir: feminizarse. Feminizarse en el amor no equivale a afeminarse. Feminizarse es una posición que al hombre lo enriquece y le suma virilidad. Es la decisión de con-sentir al encuentro con el otro y hacer de ese encuentro una experiencia inédita, única. Cuando el amor toca una verdad, su característica principal es la novedad.
Cuando una mujer cree en su hombre y sabe de su dificultad, puede ayudarlo, si él lo permite, a salir de su rigidez, de su armadura defensiva. Ella debe creer en él y él con-sentir a ella y a lo femenino que ella despierta en él; debe dejarse llevar por su amor. Consentir al acontecimiento amoroso, como encuentro siempre contingente, requiere una posición decidida frente al amor, que deje atrás el modo neurótico de existir.











 Según la  la concepción de la vida erótica de Braunstein, quien afirma que la polaridad histeria-obsesión de las neurosis puede dividirse cada uno de sus polos en una vertiente virginal y una vertiente promiscua, definiendo así cuatro “tipos” de elección neurótica de objeto: histérico virginal y promiscuo, y obsesivo virginal y promiscuo. De acuerdo con el Millmaniene, puede predominar de forma cristalizada algún tipo de elección, o bien observarse cómo se varía de un estilo a otro, o de una vertiente a otra.
El neurótico obsesivo representa en su síntoma su deseo reprimido, de tal modo que la elección amorosa recae sobre figuras que evocan rasgos o personajes de la historia edípica. Por tal motivo mantiene con su pareja un vínculo ambivalente. La escasa distancia simbólica de sus deseos y síntomas con las escenas originarias implica un alto goce, por lo que paga el costo masoquista de la culpa. El neurótico histérico, por su parte es incapaz de soportar la inevitable espera del encuentro, se precipita anticipadamente a éste y por querer encontrarlo demasiado rápido, lo pierde. La insatisfacción y el poco goce que procura el objeto determinan una equivocación infinita, dado que cada encuentro erótico desilusiona, en la medida en que “no era el objeto buscado”. El histérico no sabe realmente cuál es su deseo ni lo que quiere. Siempre necesita recurrir a otro – a quien le supone el saber- para que le organice su propio deseo. La pregunta histérica fundamental es cómo gozar desde la falta, dado que resulta enigmática la factibilidad del goce cuando no se posee el órgano fálico. Asimismo, las violentas preguntas histéricas hacia el hombre buscan evidenciar las impotencias e incapacidades del amo, desnudar su núcleo opaco en donde faltan las palabras y exponer el nivel más informulable de su deseo.

Del modo virginal, la organización de la vida erótica de la neurosis histérica consiste en la exclusión de la vida sexual, en pro de un romanticismo abstinente anclado en ideales de pureza virginal. La entrega al Otro desmorona la idea de completud y confronta al sujeto con su falta. De esta manera se confronta con frecuencia un modo de práctica perversa donde se excluye el sexo genital, dado que es la marca de la dimensión de la castración. En el modo promiscuo, se presenta un despliegue de actuaciones en la realidad que implican consagrarse a la búsqueda en el “afuera” del objeto fálico real, aquel que no se logró simbolizar ni introyectar, por motivo de unos padres desaprensivos, incestuosos o incapaces de instaurar la Ley. Esta vertiente del tipo de elección histérico supone una degradación de la vida erótica ya que supone la separación simbólica del pene del cuerpo del hombre, operación de castración que le genera un intenso goce. El estatuto precario del narcisismo supone un déficit de la capacidad de amar. La multiplicidad de vínculos eróticos da cuenta de una exigencia pasional de que “nada falte”, en tanto que se entroniza al falo. Al abandonar a un hombre por otro, exacerba en aquel la vivencia de abandono y desvalorización, dado que lo remplaza por alguien más fálico, alegando la incapacidad del primero para satisfacerla.
En el estilo obsesivo, el síntoma representa el castigo por la realización de un deseo reprimido, de tal modo que la elección que marca el destino de la vida erótica está sometido a la culpa y la expiación. Elegir una mujer prohibida y luego conducir la relación al fracaso, o bien castigarse optando por la mujer no deseada son modos paradigmáticos de expresión de este estilo. La angustia que produce la unión con el objeto anhelado conduce al obsesivo a la creación de un sistema de posposición del encuentro con éste, alegando que nunca es el momento adecuado. Se vive entonces retrasando el momento del encuentro, en una espera gozosa, ya que durante el tiempo pleno de éste nada se puede perder.
El neurótico obsesivo vive mortificado por la duda, se plantea a sí mismo dilemas indecibles, evitando de forma sutil la decepción inevitable que se suscitaría al producirse el anhelado y temido encuentro con el objeto. En el modo virginal las conductas abstinentes son frecuentes. La fuerte disociación de la vida sexual entre la pureza y la impureza carnal determina la exclusión de ésta última a los efectos de sostener un ideal de plenitud ajeno al orden de la castración. La postergación del acto lo ilusiona con el sostenimiento de un placer masturbatorio preliminar y prolongado que elude la confrontación con la falta. El modo promiscuo consiste, por un lado, en rechazar a todas las mujeres porque ninguna es Ella actuando al modo quijotesco o donjuanesco, o bien rechazarlas a todas luego de poner en evidencia la forma que adquiere la falla en cada una de ellas en función del “defecto” de la castración.

La psicopatología muestra que todas las organizaciones conflictivas de la vida erótica tienden a restituir de un modo u otro la figura de La mujer, más allá de construir el imposible significante fálico de la feminidad. El deseo del Quijote opera como defensa frente al deseo mismo, dado que siempre lo distancia de la mujer que puede constituirse como la preferida, optando algunas veces por una mujer indiferente a su deseo para mantener la figura de Ella anclada como imposibilidad en su fantasía. Las elecciones de pareja, sin embargo, deben instalarse sobre un objeto erótico que sea suficientemente cercano para despertar el deseo sin bloquearlo, y suficientemente lejano para alejar el goce. Las conductas promiscuas, en ese sentido, delatan la incapacidad de sostener una posición heterosexual, dado que se recusa a la mujer de su realidad, para terminar en la soledad existencial frente a la espera vana de la madre fálica.
De esta manera cobra sentido la expresión lacaniana sobre la dialéctica del amor por el dar “lo que no se tiene a quien no es”, mero intercambio de ilusiones eficaces que sostienen la ilusión de la completud. Con la emergencia de un nuevo producto en esta simbiosis, el hijo, en tanto objeto a, abre la fusión narcisista, posibilitando la separación de los amantes, obligándolos a que cada uno recupere su falta y se pueda identificar así mutuamente con la falta del Otro. 

Compilado y corregido por Lic. Diana S. Gurny

























Rovere,Los varones frente al amor.

Texto extractado del trabajo “Posiciones del hombre frente al amor”, que puede leerse en www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=2135.

sábado, 25 de febrero de 2017

El compromiso? Del amor




Por la raja de tu falda yo Tuve un piñazo con un Seat Panda https://www.letras.com/estopa/13070/

El amor light no compromete

 Hoy escuchamos muy cotidianamente la insistencia no ya de sujetos que se quejan porque sus parejas no los escuchan sino, paradójicamente, de sujetos que no quieren ser demandados, es decir:atrapados. Justamente para que la “justicia direccional del vínculo” –si  se me permite este forzamiento- no se precipite en algo “injusto”: “Yo no te rompo las pelotas, entonces vos no me las rompas a mi”-.

La vocación contemporánea de lo rápido, ligero, flacucho, descartable y breve, se llama –a la americana- “light” y connota inmediatamente a la delgadez con que hay que aproximarse al consumo de los alimentos y, si es posible y por transición, al resto de los objetos domésticos: porque “que no engorde” quiere decir “que no haga mal”, “que no me caiga pesado”, “que no empache”, o –a nuestra criolla- “que no me joda”.

El lector atento sabrá rápidamente llevar esto al plano de las relaciones vinculares, especialmente el amor de pareja, donde el “que no me joda” salta inmediatamente al “que no me demande”. Y aquí tenemos pues el escenario del amor-líquido (como se definió no hace mucho desde ciertos autores como Zygmunt Bauman) que no quiere decir más que eso: efectivo, práctico (como el dinero-liquido) pero sin grandes inversiones.  Sabrá también el lector observar inmediatamente que de lo que estamos hablando es de una inversión narcisística(egocéntrica) donde el otro no cuente demasiado. Es decir, donde la castración( o sea el necesitar a otro para que nos complete, nuestra “media naranja” en términos cotidianos) no preste oídos. Porque, justamente, el “que no me demande” implica –ipso facto- considerar a otro –obviamente- mudo.  De allí que decimos en psicoanálisis que la relación perfecta sería con aquel partenaire donde el sexo y la palabra no se interpongan (y nos estamos refiriendo al sexo y a la palabra "plena", que demandan; no a cualquier sexo, no a cualquier palabra).

Por ello hoy encontramos en la jerga cotidiana los significantes “amigarches” o “touch and go”, y voces similares que connotan a la mudez de la palabra (a lo que Lacan llamó “palabra vacía(el blablablá) para oponerla a la “palabra plena”decir algo contundente), es decir: a la mudez de la castración.  Porque, efectivamente, lo "light" implica no sólo lo efectivo-rápido, sino –y ante todo- el goce sin Ley, es decir, lo que cualquier niño –por su lógico estado de prematuración- sólo puede apenas esbozar.

Pero de un adulto (de un sujeto cuyo fantasma* se supone constituido y cuya neurosis se supone relativamente analizada) se espera algo más; ya que la relación amorosa no puede librarse de los dos vaivenes que la sostienen: amar y ser amado.  Si se estereotipa el vínculo y siempre es el mismo partenaire quien ama o quien es amado, cae por su mismo peso: el peso a que cualquier tope narcisistíco(egocéntrico) llega.

*la fantasía es una actividad psíquica presente en la vida corriente (juego de los niños, ensueños diurnos, elaboración secundaria del sueño, creatividad en el artista, disfrute de las producciones del arte) que puede en determinadas condiciones generar síntomas neuróticos(“enfermos”), constituyendo un estadio preliminar de los mismos. Fueron un día fantasías conscientes, sueños diurnos, y han sido luego intencionadamente olvidadas, relegadas a lo inconsciente por la 'represión' [...] la fantasía inconsciente integra una importantísima relación con la vida sexual del individuo, pues es idéntica a la que él mismo empleó como base de la satisfacción sexual. El contenido de las fantasías inconscientes en los neuróticos es similar a las situaciones creadas por los perversos para su satisfacción sexual en la realidad.

El niño, como sabemos, sólo puede ser amado: su prematuración le impide amar, excepto con ciertos artilugios (miradas, sonrisas y engaños imaginarios) que realiza para ser amado y protegido: es decir, para ser el FALO.(lo más deseado por todos)  Pero para amar (adultamente) es necesario un proceso simbólico y aceptar la Ley de la Castración(la Ley de la Cultura) que se juega: es decir, colocarse en posición femenina, de objeto; por eso Lacan –citando a Sócrates- ha bien descripto todo esto en lo que se denomina Metáfora Amorosa: pasar de amado a amante, y viceversa; en la oscilación de la evolución del vínculo.  Y, para eso, es necesario dejar la mudez de lado y escuchar, justamente y recíprocamente, al otro. De allí que en el amor se juega la escucha para con el otro; de allí que –y sobre todo en los peores momentos- el sujeto-amante demandará ser-amado.

La Metáfora Amorosa connota a la Metáfora Paterna; es decir: a la Castración. Substitución que aún el niño no puede efectivizar convenientemente (o el perverso adulto, o el neurótico con fallas en dicha Metáfora) y que por eso busca relaciones -y no sólo amorosas- donde el sostén sea sencillo y no demande demasiado esfuerzo para con el otro. Porque, de todos modos, son los mismos sujetos que sí están dispuestos a esforzarse por ellos: van al gym todos los días, concurren a sus clases de baile, estudian hasta medianoche, madrugan para no perder su puesto de trabajo que les ocasionaria una castración mayor, gastan su sueldos en coiffeir y belleza, y van con su Ipad, sus gafas RayBan polarizadas y su descapotable, corriendo de un lado al otro, siempre -obviamente- por ellos.



Como se ve, en el opuesto extremo de la mudez, está el habla. Y de allí la lógica demanda en juego. Por eso hablar implica una dinámica (castratoria)donde te pones en juego. Hoy escuchamos muy cotidianamente la insistencia no ya de sujetos que se quejan porque sus parejas no los escuchan sino, paradójicamente, de sujetos que no quieren ser demandados, es decir: alojados. Justamente para que la “justicia direccional del vínculo” –si se me permite este forzamiento- no se precipite en algo “injusto”: “Yo no te rompo las pelotas, entonces vos no me las rompas a mi”-.


De aquí también que lo “light” se conjuga con la liviandad de la palabra; y por eso hoy los facebook abundan de “amigos” a los que nadie ve ni verá en su devota vida; o los sujetos prefieren reunirse con otros donde el sexo (que incluye cualquier tipo de satisfacción más allá de lo genital) sea rápido y sin grandes cuestiones palabreras: mientras la voz no toque las puntas de lo real, todo marchará más que bien… Son por lo general sujetos a los que todo les da lo mismo: de allí que también si sostienen algún vínculo no habrá lugar para escalas axiológicas; nada valoran, excepto su EGO: sujetos no sólo sordos, sino ciegos: que no pueden ver ni siquiera el esfuerzo que el partenaire pueda llegar a hacer en cada caso, ya que lo que siempre priva es el propio YO. Sujetos cuyas únicas prioridades son siempre ellos.

Como se ve, esta contemporaneidad no es nueva: se trata siempre de hacerle pito-catalán a la castración; de gozar (comer, coger, manejar, etc.) sin Ley; es decir: de “recuperar” el otrora niño (y el consecuente goce incestuoso) donde se deambula por el paraíso de los juegos, los saltos, los deleites, incluso los usufructos de los bienes (goce deriva justamente de “usufructo”); pero sin que medie coto ni compromiso alguno.


Como en los bazares chinos –donde todo es de plástico o a lo sumo de poca duración- el sujeto abre su kiosquito del “no sufrir más por amor” endosando, al mismo tiempo, la castración al otro (mecanismo típicamente perverso) y confundiendo, por supuesto, el amor-a-sí-mismo con el “dar lo que no se tiene”: es decir, su propia castración. De allí que ciertos vínculos son capaces de resignificarse (los “ex” que antes eran unos infelices de mierda o unas locas histéricas, hoy –que ya no demandan- son buenas oportunidades de goce sin Ley (hasta se escucha decir: “nada mejor que coger con tu ex”) e incluso proyectarse en mayor tiempo que cuando la castración de ambos se jugaba en el mismo). Como dijimos up supra, sólo un niño es acreedor de un goce con poca Ley, de allí también que Freud los ha bautizado como perversos polimorfos. Un niño que siempre espera recibir del otro (del amante activo) su cuota de amor incondicional.



El "amor light" es el amor-que-no-engorda pero el narcisismo de quien hace la dieta-anticompromiso cada vez se pone más gordito que nunca.(Su Ego cada vez se hace más grande, cada vez “se la cree” más) Es el amor infantil, de pleno goce.

 I. La sexualidad masculina en cuestión



Las motivos que llevan a una persona a solicitar una consulta no son tan variados como se cree. En el fondo, se relacionan con los principales capítulos de la existencia: la sexualidad en la pareja, los lazos afectivos en el seno de la familia, las relaciones en el trabajo, los fracasos en la esfera emocional que se acumulan constantemente a lo largo de su vida, temores injustificados que dificultan y limitan nuestras propias acciones, la presencia de los síntomas que impiden el logro de determinados objetivos. Ahora si debiera ubicar el malestar en general en los tiempos actuales referido con más frecuencia como motivo de consulta, entonces sostengo que es sin dudas la cuestión preocupante de las problemáticas sexuales de los hombres. Aquí resulta indispensable aclarar que la clínica psicoanalítica en tanto clínica de la sexuación va más allá que la sexualidad, es decir que no puede reducirse a temas como la impotencia y la eyaculación precoz, sino que toca puntos del ser mismo del sujeto en sus elecciones profundas e inconscientes. De manera flagrante, el problema mayor, y que amenaza con agravarse, es la pérdida progresiva de parámetros que definan el carácter masculino del hombre. Es uno de los grandes sufrimientos que encuentro cotidianamente en mi práctica: muchos hombres consultan por impotencia sexual, eyaculación precoz y, más ampliamente, por dificultades para encontrar su lugar de hombre en la pareja, de padre en la familia o de patrón en la empresa.



Desde la decadencia de la autoridad paterna iniciada en los años setenta hasta nuestros días, en los que vemos cuestionada la transmisión automática del nombre del padre a sus descendientes, o incluso recientes procesos biotecnológicos que permiten producir un ser humano prescindiendo del sexo masculino, el hombre está dolorosamente desestabilizado en su ser viril. Ya no logra ubicar los límites de su identidad.



Tradicionalmente, en la sociedad patriarcal, los hombres representaban los valores de autoridad y de combatividad, mientras que las mujeres encarnaban el hogar, la disponibilidad de la madre y de la esposa que sostiene y acompaña. Al adquirir una autonomía personal, profesional y financiera, las mujeres trastornaron radicalmente el esquema y debimos, y debemos todavía, volver a pensar por completo la organización social. La “leyes del mercado han contribuido a este cambio drástico en las relaciones hombre/mujer.

Desde que la mujer arribo a la libertad sexual. Lo observamos en la clínica y también en una discoteca. El hombre arribo a su falta de compromiso con una pareja. Los hombres ya tienen lo que desean sin grandes sacrificios. Ya no hay necesidad de casarse para tener sexo, las mujeres

Apelando a la igualdad de derechos, acceden al sexo sin trabas culturales y sociales, y el sujeto masculino ya no tiene que asumir compromisos para obtener lo que desea de las mujeres, En nuestras sociedades contemporáneas somos muchos los que constatamos las mutaciones, pero ignoramos totalmente sus consecuencias. ¿Qué forma revestirá la relación de un hombre y de una mujer en el año 2050, por ejemplo? Es un enigma fascinante saber qué lazos inéditos inventarán los hombres y las mujeres para amarse.



Lic. Diana S. Gurny