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lunes, 22 de mayo de 2017

La mujer maltratadora



El tabú silenciado

A todos los hombres humillados, maltratados

por sus mujeres y discriminados por la sociedad. 


Todos conocemos el grave problema del maltrato físico o emocional que muchos hombres infligen a sus mujeres. Pero hay también otra plaga, no menos extendida, que es la violencia emocional o física de muchas mujeres contra sus parejas masculinas. Como ya existe abundantísima información sobre el primer asunto, examinaremos aquí con cierto detalle el segundo -un drama tabú-, a fin de obtener una visión más completa de la terrible violencia doméstica (1).

Ante todo, cabe entender toda violencia familiar como un síntoma neurótico surgido de profundos conflictos emocionales de sus miembros, y a menudo de severas patologías de la personalidad. En el caso de las mujeres, además, es un hecho que muchas de ellas no se emparejaron desde un principio a partir de un genuino amor a su pareja -y ni siquiera al varón en general o con unas mínimas aptitudes para la empatía y la convivencia-, sino desde apremiantes necesidades prácticas o neuróticas (p.ej., huir de la familia, vacíos emocionales, embarazo no deseado, deseo de tener hijos, interés económico, imitación social, etc.)  (2). Así, tras las primeras semanas de romance y en cuanto la mujer asume su nuevo estatus de casada (o incluso desde mucho antes), muchas de ellas comenzarán a descargar sus amarguras inconscientes contra su chivo expiatorio más cercano: sus maridos. (Y, por supuesto, también contra sus hijos (3) u otras personas e incluso contra sí mismas. Pero éste es un tema que no abordaremos aquí). Comenzará, entonces, la pesadilla secreta de los hombres maltratados.

La conducta de estas mujeres es siempre la misma: culpan de forma exclusiva, continua y desproporcionada a sus parejas masculinas de los problemas inherentes a toda convivencia, presentándose ellas mismas como las víctimas ajenas e inocentes de todo. No hay diálogo, no hay autocrítica, no hay afecto, no hay disculpas; la percepción de la mujer es siempre inequívoca y furiosa: "¡es por tu culpa, eres un egoísta, eres un inútil, eres un idiota, eres un desagradecido, eres un hp...! Y desfoga inagotablemente contra él toda su rabia y su desprecio.

Si el hombre se muestra cariñoso, se burla de él ("eres un pesado, eres un crío, siempre estás con el sexo, sólo piensas en ti"). Si se defiende, entonces lo amenaza ("a mí no me hables así, tú qué te has creído, te denunciaré"). Si se repliega sobre sí mismo para protegerse, se queja ("no me haces caso, me tienes abandonada, nunca me has querido"). Y si el hombre, demasiado inmaduro y dependiente de la figura femenina (a causa de sus carencias maternales y sexuales), se rinde definitivamente y se somete mansamente a su mujer, entonces ella aún lo detesta más ("eres débil, eres patético, un calzonazos, me das asco"). Etcétera. De modo que, haga él lo que haga, ella siempre encontrará la manera de deformar la realidad para justificar su compulsiva necesidad de agredirlo y humillarlo. (4)

En los casos moderados, estas mujeres son simplemente mandonas, exigentes, desdeñosas y manipuladoras con sus parejas (5). Cuando, en cambio, su narcisismo es ya patológico (p.ej., sufren verdaderos trastornos de personalidad), su violencia emocional será terrible (6), y también puede ser fácilmente física (bofetadas, arañazos, patadas, golpes con objetos, amenaza con objetos punzantes o armas, etc., e incluso homicidio). Pero, muy significativamente y a pesar de tanto dolor y odio, no suelen hacer nada para separarse de sus maridos, ni tampoco están dispuestas a renunciar a los bienes -dinero, lujos, prestigio social, amistades- que su "enemigo" pueda proporcionarle. Más aún, algunas de estas mujeres, aun pudiendo trabajar, no quieren hacerlo. O, si trabajan, guardan su dinero para sí mismas negándose a veces a compartir los gastos domésticos, con la excusa de que su pareja debe mantenerlas en "justa compensación por lo mucho que sufren por su culpa". Este tipo de actitudes demuestra claramente la psicodinámica narcisista y explotadora en todos los sentidos (emocional, económico, a veces incluso sexual) de estas mujeres (7). Obviamente, cuanto más dinero gana el hombre, más feroz puede ser esta explotación.

Ante semejante situación, muchos hombres buscarán consciente o inconscientemente el amor y el sexo en otra parte, es decir, tenderán a ser infieles. Cuando son finalmente descubiertos (lo que suele ocurrir, a menudo porque ellos mismos buscan inconscientemente el castigo que creen merecer), la brutalidad más absoluta caerá sobre ellos. La esposa engañada, dolida, resentida, fuera de sí, gritará: "¡ya lo sabía yo, eres un canalla, todos los hombres sois iguales, ¿quién es esa p...?, ¡ella se va a enterar!", etc.. Y escenificará todo tipo de escándalos privados y públicos, manipulará y se entrometerá en las vidas de terceros, etc. La exageración de su respuesta dependerá también de su educación y de su entorno familiar y sociocultural.

¿Son los celos o el dolor ante la posible pérdida del amor de su pareja lo que motiva estos estallidos, como ellas piensan? En absoluto. El tormento de estas mujeres es la humillación insoportable de su inmenso orgullo herido, y la no menor frustración de haber perdido el control sobre la vida y la conducta del hombre, y que otra mujer pueda asumir este dominio. Porque, si la mujer violenta necesita sentirse omnipotente, ¿cómo podría sobrevivir emocionalmente sin una víctima a la que aferrarse? Hay, pues, un fondo de terror y envidia en la furia de la engañada. Y, llegada a este punto, suele reaccionar de dos maneras básicas: o bien aumentará su odio contra la pareja durante meses (o  años, por mucho que éste se haya arrepentido sinceramente mil veces). O bien exigirá el divorcio inmediatamente. Ambas reacciones demuestran su desvinculación afectiva básica respecto al hombre, es decir, su nulo interés inconsciente por conservar un "amor" que, en rigor, nunca existió. Los procesos legales de separación tenderán a ser extremadamente conflictivos y, debido a los  prejuicios sociales y las leyes ideologizadas, a menudo cruelmente abusivos contra el varón.

Muchos hombres, naturalmente, no soportarán este infierno (8). Algunos buscarán alivio en el alcohol, las drogas, la prostitución, el trabajo o los amigos -dando así más pábulo a su mujer-, o desarrollarán trastornos psicológicos severos (depresión, violencia, problemas laborales, disfunciones sexuales, etc.)... sin atinar, desde luego, a divorciarse. Pese a sus tormentos y a menudo desde graves inmadureces afectivas o problemas de personalidad, son infantilmente dependientes de su verduga, a la que sienten inconscientemente como una madre justiciera que, en realidad, "suele tener razón y les da su merecido" (9). Son hombres débiles, inseguros, inhibidos, sin autoestima (aunque puedan tener un gran brillo en lo social, profesional, etc.), y sufren en secreto sintiéndose habitualmente confundidos, culpabilizados, anulados por la esposa. Les cuesta mucho discernir qué sienten, qué piensan, qué desean hacer ellos mismos con su matrimonio y con su vida, con independencia de la voluntad de la mujer, que tienen interiorizada de forma obsesiva. (10)

De momento, no les cabe esperar mucha comprensión por parte de la sociedad, que contempla su problema con incredulidad, ironía o indiferencia. Después de todo, ¿no es muy habitual la relación entre una mujer "de carácter" y un hombre "obediente"? ¿No se dijo siempre que ellas son "princesas" y "madres" y que siempre mandaron "en casa", mientras ellos "trabajan y pagan"? ¿Y no pensamos también que ellas son sensibles y amorosas por naturaleza, mientras que ellos son brutos, egoístas y educados para no llorar? ¿Por qué quejarse, entonces? Mientras "la sangre no llegue al río".... Por eso, social y oficialmente, el sufrimiento masculino a manos de su mujer "no existe".

Pero el tabú de la mujer maltratadora no sólo es perjudicial para los hombres, sino también, obviamente, para ellas mismas. Para las relaciones entre los sexos. Para el amor y la creación de familias. Para la crianza y la felicidad de los hijos. Para la paz y la justicia social. Etcétera. Este tabú impide a mujeres y hombres concienciar y resolver las bases neuróticas de su sadomasoquismo compartido. Las mujeres violentas, como los hombres violentos, no lo son por maldad o por gusto, sino por tremendos déficits emocionales infantiles. A causa de ello son niñas vacías, inestables, rabiosas, desesperadas. Por eso necesitan un "huésped" al que aferrarse y violentar. Desgraciadamente, muchísimas de ellas -dada la aquiescencia social- jamás advertirán su problema. Sólo sus víctimas, a veces, llegarán a pedir ayuda terapéutica y/o legal.

Dejo, en fin, estas reflexiones con la esperanza de que ayuden a arrojar un poco de luz sobre un problema muy extendido y, por negado, doblemente dramático.

1. Por motivos didácticos, en este artículo nos referiremos tácitamente a los matrimonios, aunque el fenómeno es casi idéntico en cualquier tipo de convivencia. 

2. Lo mismo sucede, obviamente, con muchos hombres. La psicodinámica de la violencia es similar en ambos sexos. 

3. Una gran parte del maltrato emocional y físico en las familias, sobre todo contra los niños, proviene de sus madres. 

4. Lo que caracteriza a la persona maltratadora no es que el otro no pueda ser también problemático (a menudo el maltrato es mutuo), sino que se siente por encima de toda autocrítica, de modo que cualquier posibilidad de comprensión, diálogo y solución está descartada de antemano. En realidad, la necesidad primordial inconsciente del maltratador/a es usar al otro/a como chivo expiatorio de su propia infelicidad intrínseca. Ver también "El narcisismo". 



5. Un ejemplo cualquiera visto en la calle: una pareja joven sale de un centro comercial. Hace mucho frío. Él va cargado con cuatro grandes bolsas y ella camina a su lado con las manos cómodamente metidas en los bolsillos. De pronto, unas testigas de Jehová se les acercan, cambian unas palabras con la mujer y le entregan una pequeña revista. Las testigas de Jehová se van. Al momento, la revista cae de la mano de la mujer y ésta, metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos, se detiene y ordena al chico: "recógela". Éste, refunfuñando, deja trabajosamente las bolsas en el suelo, obedece y le entrega la revista. ▲

6. Por ejemplo, gritos, burlas, críticas, insultos, humillación privada y pública, indiferencia, coacciones, amenazas, prohibiciones, castigos, chantaje emocional y sexual, acoso físico y telefónico, mentiras, venganzas, destrozo de objetos personales, falsas acusaciones, falsas denuncias, celos paranoicos, envidias patológicas, lavado de cerebro, manipulación de los hijos, parientes y amigos, etc. 

7. La persona narcisista, por definición, no puede vivir sin aferrarse y dominar/explotar al otro/a. 

8. Un infierno voluntariamente silenciado por la propaganda estatal, de base feminista. Que yo sepa, desde 2006 se oculta en España toda información oficial sobre la violencia femenina contra los hombres. Se considera ideológicamente que cualquier violencia cuya víctima sea una mujer es "cultural", machista, y no, como es lo habitual, neurótica, similar en hombres y mujeres, y necesitada de urgentes medidas terapéuticas y psicosociales. Por eso, en la práctica, la agresiva lucha contra la llamada "violencia de género" no es más que una vana y destructiva caza de brujas. Ver textos recomendados más abajo. 

9. A menudo estos hombres sufrieron madres similares, o fueron criados bajo graves carencias, miedos o humillaciones que les hacen ahora "adaptarse" sin resistencias al maltrato. Lo mismo sucede con muchas mujeres violentadas, que también se resisten a separarse o vuelven a menudo con sus maltratadores. 

10. Muchos de ellos sufren verdaderos trastornos de personalidad por los que necesitarían ayuda psicológica. En general, sin la intervención de terapeutas, trabajadores sociales, grupos de afectados y/o abogados de familia, estas situaciones de violencia -sean hombres o mujeres las víctimas- difícilmente pueden solucionarse. 

Revisado y compilado por Lic. Diana S. Gurny






 

Textos relacionados:

- ¿"Violencia de género"? Un nuevo fascismo, José Luis Cano

- Sección "VIOLENCIA DOMÉSTICA" en "Artículos" (versión PC) • (versión Móviles), José Luis Cano

Algunas direcciones sobre la bidireccionalidad de la violencia doméstica:

- https://es.wikipedia.org/Violencia_doméstica...

- http://www.taringa.net/Hombres-Maltratados...

- http://www.malostratosfalsos.com/la-mujer-maltratadora...

- http://www.alertadigital.com/hombres-asesinados...

- http://web.csulb.edu/~mfiebert/assault.htm

- http://www.dewar4research.org/britstudies.htm

- http://www.elconfidencial.com/otra-violencia-domestica...

  JOSÉ LUIS CANO GIL Psicoterapeuta y Escritor



Marzo, 2008

Revisión: Noviembre, 2015


miércoles, 10 de mayo de 2017

RELACIONES ENTRE HERMANOS: CELOS Y RIVALIDAD



RELACIONES ENTRE HERMANOS: CELOS Y RIVALIDAD



            La mayoría de los padres y madres solemos poseer una visión un tanto idealizada sobre la futura relación que se entablará entre los hijos que vayamos teniendo. Serán muy amigos, inseparables, uña y carne, se apoyarán en las dificultades, compartirán todas sus cosas y se querrán mucho —pensamos—. Pero esta visión idílica del asunto, con la llegada del segundo hijo, suele venirse muy a menudo abajo. La causa de ello es la aparición de los celos afectando a ese primogénito que de pronto constata que ha llegado un intruso que le arrebata una parte considerable del amor, la entrega y el tiempo que nosotros (en especial la madre) antes le dedicábamos.
           Lo mismo sucede con la llegada del tercer hijo por parte del segundo y así sucesivamente. En resumen, que las relaciones entre nuestros hijos no son tan armoniosas como los padres y madres quisiéramos que lo fueran. Ello tiene su explicación.
           Aunque Sigmund Freud —el padre del psicoanálisis— investigó en varias ocasiones sobre esta cuestión, a la que llamó «complejo fraterno», le debemos al psiquiatra y psicoanalista Jacques Lacan una aproximación más nítida. En un texto titulado «Los complejos familiares en la formación del individuo» (1938), que se tradujo para su publicación en castellano como «La familia», abordó los celos fraternos bajo la denominación de «complejo de intrusión».           Quiero aclarar, previamente, que en psicoanálisis el término «complejo» no tiene nada que ver con la idea popular —derivada de la psicología adleriana— que lo hace sinónimo de un sentimiento (se habla de complejo de inferioridad, por ejemplo, para dar a entender que un sujeto tiene el sentimiento de ser inferior a los demás). No; para los psicoanalistas este vocablo —que en la actualidad es muy poco usado— se refiere a la realización de un trabajo psíquico que resulta ser estructurador necesario para el funcionamiento mental del sujeto.           Consiste en un conjunto de relaciones dotadas de un intenso valor afectivo que se presentan de una forma compleja y sería sinónimo de lo que la moderna teoría de los conjuntos designa como «conjunto reticulado». Así que cuando empleamos la palabra «complejo» estamos designando una estructura relacional, que a su vez produce una cierta organización del aparato psíquico, y no un sentimiento que habría que erradicar.
           Investiga Lacan, en esta obra que les he citado, la estructura de los tres complejos que van a organizar sucesivamente el aparato psíquico del niño dentro del ámbito de la familia: el complejo del destete (la primera crisis del psiquismo coincidiendo con el abandono de la lactancia), el ya mencionado complejo de intrusión (con la llegada de un hermanito) y el complejo de Edipo (que es el conjunto complejo de relaciones afectivas que se entablan dentro del grupo familiar entre el niño y sus padres o sus subrogados).
           La construcción de una identidad propia no es cosa sencilla; por el contrario, se trata de un costoso trabajo que todos realizamos dentro de un entramado de vínculos. Es esa necesidad constructiva de un espacio subjetivo propio, de un sí mismo que tenga permanencia, la que nos posibilita entretejer lazos afectivos que nos ayuden a vivir con nuestros semejantes y a relacionarnos con ellos. La familia se constituye, de este modo, en el germen de toda posible socialización del sujeto porque precisamente es dentro del espacio familiar donde estos vínculos y lazos afectivos se van a jugar de forma primigenia.
           Lacan nos indica que la fenomenología más pura de los celos infantiles fue muy bien captada por San Agustín, quien en el capítulo VII del Libro I de sus «Confesiones» (397-400) escribió: «En una ocasión vi con mis propios ojos y observé a un pequeñuelo presa de los celos. Todavía no sabía hablar y contemplaba, todo pálido y con una mirada envenenada, a un hermano suyo deseando tomar la leche que éste mamaba del pecho de su madre. Este hecho —añade San Agustín— es conocido por todos. Se dice que las mismas madres y nodrizas pueden calmar estas cosas con no sé qué remedios. Tales comportamientos se toleran, no porque sean nimios o de ninguna importancia, sino porque desaparecen con el paso del tiempo».
           Lo más importante es que Lacan —además de indicarnos que la estructura del drama de los celos es capital en la génesis de la futura sociabilidad, de la futura relación del sujeto con sus semejantes— mantiene que los celos, en su base, no representan una rivalidad vital propia de la misma Naturaleza tal como sucedería en el caso de ciertos hechos observados en el mundo animal (por ejemplo los aguiluchos: la cría o crías nacidas antes tiran del nido a los que salen del huevo después para poder tener el suficiente alimento en el futuro y sobrevivir).
           Nos enseña que en la criatura humana las cosas se complican porque de lo que en verdad se trata es de una identificación mental del sujeto con el hermano intruso. Esta identificación induce una confusión entre él mismo y el otro: confunde la parte del otro (en el caso del niño encelado que observó San Agustín, ese seno del que está mamando su hermano) con la suya propia y se identifica con él.
           Sabemos, porque la experiencia clínica así nos lo indica, que cuando un sujeto se identifica de modo masivo con un otro, de modo que este otro se comporta para su psiquismo como si fuese su doble especular, la salida final a esa situación no es otra que el odio y la tensión agresiva. Esa palidez lívida, esa mirada emponzoñada del niño San Agustín hacia el intruso, su hermanito, son sus signos más evidentes. La disyunción «o él o yo, uno de los dos sobra» es, por así decirlo, su salida más natural.
           Esto sucede en el caso de que el hermano intruso llegue cuando el sujeto sea aún infans, es decir que aún no hable y no posea, por consiguiente, un aparato simbólico —el aparato del lenguaje— con el que poder enfrentar ese real intrusivo. Diferentes suelen ser las cosas en caso de que la intrusión del hermano se produzca cuando el sujeto pueda ya verbalizar los sentimientos encontrados que dicha situación le provoca.
           También es diferente, en la forma de encajarlo, si el hermano atravesó ya la encrucijada edípica o se encuentra todavía en una fase de intenso apego a la madre. Les cuento una historia que me contaron: Una señora, que tenía dos hijos, a saber un niño de 8 años y una niña de 3, después de que se confirmase su tercer embarazo y tras comunicárselo a toda la demás familia, se vio en la obligación de hacérselo saber a sus dos hijos. Muy nerviosa y armándose de valor —pues no sabía cómo decírselo—, cuando les estaba preparando la merienda en la cocina dejó caer entre balbuceos, mientras se acariciaba el vientre, que estaba embarazada y que iban a tener un hermanito.
           Tras un silencio sepulcral que duró breves instantes pero que a ella le parecieron una eternidad, el hijo mayor (que recuerdo tenía 8 años) comenzó a dar palmadas y lleno de júbilo dijo:
           —¡Qué guay!... ¡Así tendré un hermano para jugar al fútbol!... Y la abrazó. Y le besó en el vientre.
           Sin embargo, la niña (que recuerdo contaba 3 años de edad) ni se inmutó y se quedó callada y algo pálida mirando al suelo. La madre comenzó a dudar de si se habría expresado bien, de si su hija, debido a su corta edad, la habría o no comprendido. Por ello, al tiempo que cogía su mano y la apoyaba con suavidad sobre el vientre, le preguntó:
           —¿Escuchaste lo que te dije? ¿Eh?... A ver... ¿qué tiene mamá en la barriga?
           La niña, retirando de modo inmediato la mano, como si el contacto con el vientre de su madre la hubiese quemado, y empleando un tono de voz grave, contestó:
           Un idiota.
           Esta misma niña cuando acudió a conocer a su hermano recién nacido al hospital no quiso ni tan siquiera mirarlo, a pesar de la insistencia de sus familiares. En un momento dado se acercó a la madre y en voz baja le murmuró al oído:
           —Oye, mamá, ya salió el hermanito... ¿Por qué no lo tiramos por la ventana?


           Esta pequeña historieta que les he contado da cuenta de dos posiciones subjetivas diferentes ante el mismo acontecimiento: el niño de 8 años ya ha pasado por la encrucijada edípica y seguramente acogerá al recién llegado como un padre que va a educarle y a enseñarle los secretos de la vida y del fútbol, o como una madre que le dará de comer, le cambiará los pañales y le meterá en la bañera. Hasta es posible que piense que será un futuro aliado que le apoyará en las disputas que viene manteniendo con su hermana pequeña, la cual, por cierto, le hizo pasar un mal trago cuando nació.
           Por su parte, la niña de 3 años ya es un sujeto del lenguaje y mediante él manifiesta su hostilidad hacia quien viene a ocupar ese lugar de hija pequeña del que se creía dueña y señora. Es muy beneficioso que pueda manifestarlo y que se sienta escuchada, que mediante el lenguaje pueda simbolizar su rabia y su frustración. Eso le va a posibilitar que tal vez ese odio inicial que le provoca su hermano intruso pueda trocarse, quizá, en cariño y ternura más adelante.
           ¿Y el niño de San Agustín? Ése todavía estaba bajo los efectos del complejo del destete y no poseía aún el habla por lo que no podrá simbolizar, de momento, eso que está ocurriendo, así que, de entrada, es el que peor lo va a pasar porque el intruso se va a constituir en su doble especular que, como antes les decía, adquiere con frecuencia un carácter persecutorio, paranoico.





           ¿Cuáles son las manifestaciones psíquicas y físicas que se pueden observar con más frecuencia en el estado celoso infantil?
    Signos de infelicidad o frustración: lloro frecuente sin motivos aparentes. Tristeza vital y reiteradas preguntas alusivas a si se le quiere o no. Irritabilidad con rabietas y protestas. Disminución de la estima de sí. Aislamiento social.
    Negativismo: responde con un no rotundo a propuestas que antes aceptaba, a veces incluso sin llegar a escuchar lo que se le pide o expone.
    Cambios en el desarrollo del lenguaje: habla como un niño pequeño, repite palabras y frases. A veces se inicia un tartamudeo.
    Trastornos del sueño tales como insomnio, sueño irregular con pesadillas y terrores nocturnos. Pide ir a la cama con los padres o solicita compañía en la suya porque le da miedo estar solo. En ocasiones aparece sonambulismo.
    Escaso apetito: come menos y se niega a tomar alimentos que antes le podían gustar mucho. Puede tener vómitos, dolores de cabeza y de barriga, así como mareos.
    Posturas desafiantes hacia los padres, familiares y profesores. Menosprecio hacia sus iguales y conductas agresivas para con ellos: mordiscos, empujones, patadas, puñetazos, peleas... Disminución del rendimiento escolar. Fobia y absentismo escolar. Déficit de atención en clase.
    Regresión a comportamientos más infantiles (debido a la identificación con el intruso de la que antes les hablé): el ya mencionado hablar como un bebé, intentar recuperar el biberón o el chupete. Encopresis (hacerse caca encima) y enuresis nocturna (hacerse pis en la cama). Se puede iniciar un chupeteo del pulgar o el comerse las uñas (onicofagia).

    Conductas agresivas con el hermano: pellizcarle, arañarle, meterle comida indebidamente en la boca, taparle la boca con el babero o ponerle una almohada en la cara, morderle, pegarle tortas o capones, meterle un dedo en el ojo, tirarle del pelo o las orejas. También el exceso de cariño como abrazarle hasta medio asfixiarle (el abrazo del oso).
    Mayor proclividad a padecer enfermedades infecciosas (amigdalitis, otitis, resfriados, enterocolitis...) debido a una disminución de las defensas inmunitarias. Pueden aparecer diversos tics e incluso crisis asmáticas. 
           De todos estos trastornos que pueden observarse —en mayor o en menor grado, con mayor o menor frecuencia— en el niño que se encuentra afectado por el drama de los celos, los padres a veces no solemos darnos casi cuenta o no los ponemos en relación directa con el evento ocurrido. Incluso, no es tan infrecuente, negamos la existencia de los mismos porque tenemos reprimido el complejo de intrusión que nos afectó en la niñez a nosotros mismos y esto nos pone una especie de venda en los ojos.
           No hace mucho tiempo saludé por la calle a una señora que llevaba en una sillita a su hijo mayor, más bien crecidito, mientras el hijo pequeño iba, ya muy suelto, andando solo. Al acercarme al hermano mayor observé que éste, hundido en la silla en posición semifetal, se chupaba con fruición el pulgar y me miraba con cara de pocos amigos, frunciendo el entrecejo. Le pregunté entonces a la madre que qué tal lo llevaba el chaval, que si tenía «pelusa». Ella me contestó muy segura que no se la había notado y a continuación pasó a relatarme una serie de trastornos de salud que el hijo mayor estaba pasando en los últimos tiempos, trastornos que, por cierto, le estaban obligando a guardar un prolongado absentismo escolar..
           Otras veces, apenas sin quererlo, nos mofamos de las puerilidades del niño afectado o, , le echamos en cara su condición de sujeto encelado. Pero ¡qué más quisiera él que no estarlo! Porque esos sentimientos y deseos horribles que tiene para con su hermano o hermana le crean un feroz sentimiento de culpa.
           Si no logra poder verbalizarlos y ser escuchado, si ese niño no encuentra a unos padres que no tengan miedo de escuchar —unos padres que no sólo escuchen lo que les conviene—, ese sentimiento de culpa, ese resquemor, ese odio al prójimo, quedarán grabados a fuego en su espíritu mientras viva.
           Así es que si no se habla con franqueza con el niño considerándolo un pleno sujeto del lenguaje, y le ayudamos por nuestra parte como mejor podamos y sepamos a pasar ese duro trago que la vida le impone, esa situación de celos y envidia puede llegar a cuajarse, hasta ser la caricatura de sí misma, lejos de ir poco a poco disolviéndose con el paso del tiempo.
           Al enconamiento de esta situación, que si es atendida de un modo razonable y sincero por la familia sólo es algo temporal, también podemos colaborar los padres de dos maneras que, en mi opinión, son infalibles: teniendo favoritismos o haciendo comparaciones. La inquina  entre los hermanos estará servida, sólo quedará comérsela con patatas en salsa verde. Ese odio subsistirá en ocasiones agazapado, soterrado, pero terminará manifestándose tarde o temprano. El rencor fraterno, si no pudo resolverse antes, aparecerá de manera ineludible tras la muerte de los padres, en el momento de recibir su herencia.
           Si yo les dijera que los lodos que en ocasiones surgen entre la fratría como efecto de la ejecución del testamento parental vienen de aquellos antiguos polvos esparcidos por la envidia y los celos infantiles, ¿ustedes me creerían? ¿Me creerían si les dijera que la lucha que en ocasiones se entabla entre los hermanos por la herencia dejada por los padres reproduce de modo fidedigno las modalidades de una disputa repetida, de una herida narcisista infantil imposible ya de suturar? ¿Cómo no ver que detrás de la contienda por la posesión de un objeto, que en sí no tiene ningún valor, dejado por el padre o por la madre hay una reactivación de los complejos infantiles, muchas veces inconscientes?

           Ese o esos objetos que dejaron los padres se convierten en objetos preciosos en razón del valor que se da a su posesión. Conozco dos hermanas que dejaron de hablarse —y también les prohibieron hacer lo mismo a sus respectivos maridos e hijos— hace ya más de treinta años a raíz de la disputa que iniciaron por unos vulgares pendientes pertenecientes a la madre recién muerta.



            He citado anteriormente, varias veces, la palabra envidia acompañando a los celos, y es que son dos estados afectivos, dos pasiones diferentes aunque, por así decirlo, van cogidas de la mano.

          Mientras que la envidia nace de no poder ni ver lo que el otro tiene y uno no (la palabra envidia procede de los términos latinos invidere, que quiere decir no poder mirar, e indivia, que es mirar con malos ojos, con ojeriza), los celos nacen del temor a perder lo que uno ya previamente tiene o cree tener.



          En la vida psíquica de los niños estos dos sentimientos se alternan y pasan de uno a otro casi sin solución de continuidad. En la vida psíquica de los adultos es de esperar que estas dos pasiones se encuentren ya más templadas a la hora de emprender la crianza de los hijos porque si no ellos recibirán, como un pesado fardo, nuestros propios conflictos y se verán obligados a repetir nuestra historia en vez de poder crear la suya propia.



           El profeta Jeremías lo describió a la perfección con esta frase: «Los padres comieron las uvas agraces y los dientes de los hijos tienen la dentera». Y así generación tras generación. Es una herencia que aunque no esté en los genes, se transmite de padres a hijos, porque las pasiones (entre ellas el odio, la envidia y los celos) están en el ser, no en los genes.
            ¿Cómo puede un padre o una madre exigir a sus hijos que se lleven bien, que no monten trifulcas, si hace cuatro años que no se habla con su propio/a hermano/a y mira para otro lado cuando se lo encuentra por la calle, si se enfadó e hizo cruz y raya con sus padres hace ya tiempo, si abrasa hasta la exasperación a su cónyuge con preguntas tendenciosas destinadas a confirmar su presunta infidelidad, si con los compañeros y compañeras del trabajo tiene rivalidades y conflictos un día sí y otro también?
           ¿Desde qué autoridad moral unos padres cuya vida en común está plagada de rivalidad mutua, de insultos, de descalificaciones, de desplantes y de acusaciones predican a sus hijos la armonía, el amor y la solidaridad entre los hermanos? Hay que predicar con el ejemplo. Todo lo demás, todas aquellas ardorosas soflamas, empalagosos sermones y discursos sublimes acerca de la solidaridad y del amor fraternos no son más que palabras huecas porque la solidaridad y el amor se demuestran precisamente con aquéllos que están más cercanos a nosotros. El movimiento se demuestra andando.     
           Los celos, la envidia y la rivalidad entre hermanos, como ya les vengo diciendo, son estructuralmente inevitables dentro del psiquismo humano. Son sentimientos arcaicos derivados de esa estructuración psíquica que se produce tras la llegada de quien antes no estaba en el espacio familiar y que de pronto muestra su presencia. ¡Y de qué manera! Toda la familia se moviliza en derredor del recién llegado. La familia, en su conjunto, puede hasta sufrir una especie de terremoto.
           La única protección que tenemos ante este seísmo es poder hablar de él y de esta forma no sólo amortiguaremos su intensidad sino que podremos reconducir sus efectos. Por ello, mientras se siga platicando, mientras se siga discutiendo dentro de un cierto orden y concierto, la cosa irá marchando. El simple hecho de hablar es ya decir que sí; hablar es afirmar y consentir.   
       Lo peor que puede pasar es que los hermanos se dejen de hablar, eso es lo más nefasto. ¿Por qué? Porque al dejar de usar el lenguaje se vuelve al estado de infans, ése en el que se encontraba el niño que observó San Agustín. Al faltar la palabra como elemento mediador de los conflictos fraternos, los celos y la envidia se incrementan aún más, aunque se disfracen, a duras penas, con un barniz de impasible indiferencia.
           Los padres y las madres podemos colaborar, en ocasiones sin saberlo, a la intensificación del conflicto fraternal. Primero haciendo comparaciones, como antes ya les indiqué. Algunos padres recurren a ellas intentando —como últimamente se dice mucho— «motivar»; y ponen de ejemplo a un hermano frente al otro. Esto no genera sino dolor y rencor. Las comparaciones no sólo son odiosas, como bien nos dice el refrán, sino que engendran odio.
           Si hacemos comparaciones es que, en el fondo, no aceptamos que cada hijo es diferente del otro, que cada hijo tiene tanto sus virtudes (que por supuesto debemos siempre alabar) como sus defectos (que por supuesto debemos intentar limar). Detrás de las comparaciones vienen, indefectiblemente, los lugares simbólicos ocupados por los pares significantes: bueno-malo, ágil-torpe, vago-trabajador, inteligente-tonto, obediente-desobediente, huraño-cariñoso y un largo etcétera.
           Esto da pie para el comienzo de un juego más perverso: el juego al preferido («le quiero más a tu hermano que a ti porque...»). Si echamos un vistazo al libro del Génesis y leemos los mitos bíblicos de Caín y Abel y el de José y sus hermanos, podremos apreciar muy bien que, tanto en el uno como en el otro, un favoritismo paterno está detrás del odio fraternal.
           En el primero se nos narra el crimen primordial de la humanidad naciente: nada menos que un fratricidio. Aunque Caín, el hermano mayor, labraba la tierra y le ofrecía a Yahvé lo mejor de su cosecha, éste veía con mejores ojos las ofrendas de los rollizos corderos que le ofrecía Abel, su hermano menor, que era pastor. Es esa preferencia de Yahvé la que siembra la cizaña de la discordia; el texto bíblico no nos dice en ningún momento que Caín fuera una persona malvada de por sí. Son los terribles celos y la envidia que siente al ver cómo su hermano menor es el preferido de Dios los que guían su mano asesina.
           Lo mismo sucede (aunque en este caso la historia termine bien) en el asunto de José y sus hermanos. ¿Por qué es raptado en una emboscada el futuro patriarca de Israel, José, por parte de sus hermanos y entregado a unos caravaneros como esclavo? El texto bíblico nos los dice bien claro: porque era el favorito del padre, o sea de Jacob. 
          Así que en vez de dedicarnos a realizar comparaciones y establecer favoritismos lo mejor que podríamos hacer sería potenciar los intereses particulares de cada hijo, dando por sentado que cada uno es distinto e irrepetible, que cada uno tiene sus propios gustos y deseos, diferentes aspiraciones, habilidades y talentos. Cada hijo debe tener un lugar en la familia donde pueda ser protagonista y ser reconocido en su singularidad.
           Por último, y para no cansarles más, les diré que opino que en las desavenencias fraternales los padres debiéramos intervenir lo menos posible. Ésta no creo que sea una actitud nihilista; por supuesto que si las cosas se desmadran y aparecen insultos en extremo hirientes o agresiones físicas malintencionadas es imprescindible decir que hasta aquí hemos llegado. Me parece que es ésta una actitud prudente y necesaria para que entre ellos mismos aprendan a gestionar sus conflictos y a arreglárselas en el ejercicio dialéctico del ceder y pactar; y en el duro ejercicio de compartir.
           Es necesario propiciar que la relación del vínculo fraternal se establezca más allá del vínculo con los padres. Así llegará a estar menos viciado y será más real, más auténtico. Por eso, aunque a algunos padres y madres les encante, no debemos jugar a ser jueces en las disputas que vayan surgiendo, a lo largo del tiempo, entre nuestros hijos.           Algunos padres y madres, a veces sin que les haya llamado ninguna de las partes en conflicto, se meten en él de cabeza e intervienen rápidamente (como si estuvieran deseando que sucediese). ¡Cómo disfrutan dictando sentencias! ¡Con qué solemnidad, con qué entereza de ánimo deciden quién tiene la razón y quién está equivocado! ¡Con qué prestancia dirigen su dedo acusador hacia el culpable de la situación, en muchas ocasiones sin haber escuchado las raíces del litigio!
           Son esos padres y madres que no felicitan a los hijos en sus días de buena convivencia, incluso hasta pueden encontrarse algo inquietos, como si les faltara algo. Esos días de armonía fraternal les pone de los nervios porque no están en su salsa; en definitiva, que presentan síntomas de abstinencia. Y es que este juego, créanme, además de causar dependencia, puede conducir a un verdadero vicio, y muy lejos. Si, a fuerza de insistir, logran que los hijos también se envicien en él, no es infrecuente que, cuando se hagan adultos, tras el fallecimiento del juez o la jueza parental, y a veces incluso antes, los hermanos se enzarcen en reiteradas y onerosas querellas ante los tribunales, para, como es lógico, regocijo de los abogados.
           El llamado por Freud «complejo fraterno» debe ser resuelto dentro de la misma familia pues es en el seno de las relaciones paternofiliales y fraternales donde se puede aprender a resolver el amor, el odio, el desamparo, la desesperanza, los celos, la envidia y los miedos. No se trata de negar o evitar su aparición sino de ayudar a cada uno de nuestros hijos, uno por uno, a saber qué hacer con eso que le sucede y que tanto le hace padecer.

*** Conferencia impartida en el Colegio "Blanca de Castilla" de Palencia el 20 de febrero de 2008 dentro del Programa de Orientación a Padres organizado por la AMPA. Texto publicado en "Análisis. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León". Nº 16. Junio 2008