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domingo, 13 de agosto de 2017

LA MUJER COMO SINTOMA DEL HOMBRE





En el cap XII de Psicología de las Masas, Freud nombra las dos únicas cosas que caen fuera de la serie de la formación de la masa y que además tiene carácter disolvente respecto a ella: el síntoma y el amor por una mujer. Diferencia en este punto, "este amor" del formulado en el cap Enamoramiento e hipnosis. Dice Freud: " El amor por la mujer irrumpe a través de las formaciones de la masa, de la raza, de la segregación nacional y del régimen de las clases sociales, consumando así logros importantes desde el punto de vista cultural". De igual modo que este amor, el síntoma es asocial.
Se corresponde con la primera parte del cap IV de "El malestar en la cultura", donde el autor indica, "amor por una mujer que lleva a la procreación de hijos como primer valor cultural". Aquí Freud plantea que la convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble : la compulsión al trabajo y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne. Agrega, luego, que por la vía del erotismo genital, el ser humano se volvía dependiente de un fragmento del mundo exterior, del objeto de amor escogido. En consonancia con esto, en la clase del 21-1-75 del sem RSI, Lacan escribe que "Un padre...hace de una mujer, objeto a que causa su deseo... De lo que ella se ocupa, es de otros objetos a que son los hijos".
Para Freud, el síntoma es "una transacción", "una formación de compromiso", algo se pierde del deseo para ganar goce fálico que luego se estanca, se conserva instalando la repetición.
Para Lacan, en un análisis, gracias al síntoma, el sujeto puede recuperar algo de la "verdad" de su "deseo", que llega "cifrado y no reconocido", por lo cual requiere de la interpretación.. Esto "cifrado y no reconocido" como huella del síntoma, es aquello que el sujeto cedió, traicionó de su deseo. De esto no pueden no quedar consecuencias que se delatan por el síntoma a través de la insistencia significante.
Finalmente, en La Tercera, Lacan dice que el síntoma viene de lo real, el síntoma es ante todo algo que no cesa de escribirse de lo real, entonces el síntoma no se reduce al goce fálico. El sentido del síntoma es lo real, lo real en tanto se pone en cruz para impedir que las cosas anden, que anden en el sentido de dar cuenta de si mismas de manera satisfactoria. Algo se atraviesa en el medio. La verdad se olvida. Luego, todo depende de que lo real insista.
Es en este sentido que también las mujeres expresan sumamente bien lo real porque las mujeres son no-todas.Según Lacan no existe una esencia de la femineidad y ésta de todas formas no estriba en la castración. Tampoco existe una identidad femenina en el sentido de un universal de la mujer, como existe un "universal" del varón y a esto se refiere cuando afirma que "La Mujer no existe".
Para el inconciente, el goce sexual se localiza alrededor del falo, como dijo Freud. Pero una disimetría se instaura. Un varón centra todo el goce sexual alrededor del falo. Su goce entonces es "uno": "el goce fálico es el obstáculo por el cual el varón no consigue gozar del cuerpo de la mujer porque el goce del órgano es precisamente de lo que goza el", dice Lacan en el sem XX. Un hombre no podrá gozar de ese cuerpo como todo, gozará de una parte de él, abordará a la mujer como objeto a, causa de su deseo. Agregamos que esta localización del goce obstruye al varón la apertura a lo real aunque no la hace imposible.

En cambio, el goce de una mujer es doble, dividido, "no todo" fálico. Una parte se localiza alrededor del falo, según las modalidades especificas del complejo de castración femenino, mientras que la otra parte permanece desconcentrada, no representable por el inconciente. Esta parte "otra" del goce es mas allá de la significación fálica pero no sin pasaje por ella, por lo tanto, no estriba en un principio único que se podría llamar "femineidad".Aún así, la mujer puede acceder a la femineidad de modo singular para cada una, mediante la construcción de una elucubración a partir de los datos de su inconciente y sometida a las necesidades de su exigencia pulsional.
La identidad femenina es de cada mujer siendo no toda. Se trata del goce no todo de cada una que surge contingente. Dice Alejandro Viviani : " Una mujer, de modo contingente, aparece de manera imprevisible gozando de su cuerpo, "cesa de no escribirse". Cuando "cesa de no escribirse" desde lo real surge un sujeto que estará referenciado a la Ley"
En la otra vertiente, la del objeto resto, la parte no fálica del goce femenino puede ser angustiosa, puede presentarse como un vacío extraviante o bajo la forma de excesos repentinos e imprevisibles que pueden desencadenar el acting o caer en el pasaje al acto.
Al punto que el ser de ella puede encarnar la pulsión de muerte, en esa actitud tan decidida y radical en la que se juega para el sujeto, un antes y un después de su acto, como en el caso de Antígona o de Medea. Es el punto donde la mujer es incastrable.
"Para quien está entorpecido por el falo, ¿qué es una mujer?. Es un síntoma" , dice Lacan en la clase ya mencionada. Y agrega, lo es, en la medida que el hombre cree "alli", " uno cree que ella dice efectivamente algo". Creer alli, creer que hay un lugar éxtimo, creer en lo real. En efecto, la mujer al igual que el síntoma tiene un carácter hetero con relación al sujeto. Freud mencionaba al síntoma como "una tierra extranjera interior".
En Lacan, una mujer no sólo se inscribe para el hombre como objeto a sino precisamente como síntoma. La mujer como síntoma quiere decir que el núcleo de goce es petit a y que la partenaire es aquí envoltura de petit a, exactamente como lo es el síntoma.
La femme es la mujer que hizo la identificación no-toda, la que guarda en si, un modo de figurar lo real. Sólo si es "femme" puede ser síntoma para un hombre. No así, la mujer fálica, la mujer-madre.
La pere-versión del padre es hacer a la mujer, objeto a, causa de su deseo, es decir, hacerla su mina, no tomarla sólo como madre aunque haya mujeres que no se dejan porque están cerradas a su propio real, aunque haya hombres que no sepan cómo.
La función del padre real es hacer de una mujer su síntoma. El padre intercepta el goce fálico de la madre hacia el niño, evitando que el exceso de este goce sea vivido como goce del Otro para el niño.
Entonces, el padre abre la posibilidad al goce fálico, al mismo tiempo que lo limita.
La fórmula lacaniana "no hay relación sexual" implica que hay una falta de goce estructural inherente al sujeto que habla, una inadecuación del lenguaje y del ser que constituye en última instancia la causa del deseo.
Desde ese punto de vista, el síntoma es mas bien una suplencia de ese goce faltante. Es , por lo tanto, un montaje significante sostenido por la versión particular que tiene el sujeto de lo que es el goce, me refiero al fantasma : un montaje productor de goce precisamente allí donde no existe un instinto natural que diga al sujeto cual es su objeto adecuado. El neurótico no quiere saber nada de esa verdad que dice que el objeto de su felicidad, el objeto adecuado para su goce, falta irremediablemente. Por eso sostiene que esta falta de la que sufre es consecuencia de la voluntad de algún Otro. En términos de Lacan diríamos que sostiene la teoría de que el Otro quiere su castración.
Si no hay finitud a nivel del sentido del síntoma, es porque no hay relación sexual. Ese sentido puede tomar la forma de una mujer como síntoma del hombre, en tanto que éste se definiría como entorpecido por el falo que imagina tener.
El falo es lo que nos impide tener una relación con algo que sea nuestra contrapartida sexual. Implica una renuncia a un supuesto goce absoluto. Es lo que nos permite decir que el goce del Otro es imposible, abriendo el camino a un goce posible, el goce fálico.
La ley con su correlato, la castración pone límite a un goce absoluto dando lugar a ese goce posible y permite el encuentro sexual en términos en que el fantasma de cada partenaire se dirige a su Otro. Porque no hay relación sexual, el encuentro sexual es posible.
Nuevamente en la clase ya mencionada del sem. RSI, Lacan dice que para que un sujeto entre en análisis, tiene que creer que el síntoma quiere decir algo que habrá que descifrar. En el sem X, el autor indica que para que el síntoma salga del estado en el que aun no estaría formulado, es necesario que el sujeto advierta que hay una causa. Muchas veces ese momento se vincula con el encuentro con una mujer, a partir del cual se actualiza el síntoma o se produce una interrogación novedosa en relación al mismo. Creer que ella, la mujer, pudiera decir algo relativo a una verdad es solidario con creer que algo del propio sujeto puede ser descifrado. La conección entre el síntoma y una mujer resulta aquí evidente. "Uno cree lo que ella dice : es lo que se llama el amor" dice Lacan. Entonces, diremos que el amor es una creencia que pone límite al poderío fálico del varón.
Aún mas, podríamos pensar que el encuentro con una mujer se halla, a veces, en las bases de constitución del síntoma?. Por ejemplo, en el caso del hombre de las ratas, las ideas obsesivas relativas a la muerte del padre, se articulan con su encuentro con el Otro sexo.
En el sem 23, clase del 18-10-75, Lacan define el síntoma bajo la forma del "pero no eso" y articula esta modalidad con la no existencia de la mujer como toda. Las mujeres son no todas significa que ellas no se prestan a la generalización falocéntrica. Mas aún, le hacen una frenada al goce fálico del varón.
"Pero no eso" alude a lo singular, que lejos de demostrar la regla, la objeta. "Pero no eso", entonces, es la voz que se levanta frente a toda prescripción de uniformidad.
En cambio, el fantasma reposa en el "es eso", en el sentido en que su lógica se liga con la obturación del no todo. Sucede que el fantasma intenta velar como respuesta al deseo del Otro, en todos los casos, aunque su vacilación indique la imposibilidad de tal pretención. Entonces, no sólo vela lo real sino que también es entrada a lo real.El carácter masculino del fantasma masoquista, paradigma de todo fantasma, se entronca con que elide el no todo, velando así la diferenciación sexuada.
Podemos pensar que si una mujer es síntoma de un hombre lo es como lo imposible de reducir a la generalización fantasmática falocéntrica, apuntando en esa resistencia a lo singular. Esta función de tapón no es nunca totalmente cumplida, por el contrario en una relación de un hombre con una mujer siempre ocurre alguna cosa que cojea, algún fracaso, una falla, "eso no va". Es por lo que se califica a la mujer de síntoma.

El síntoma continua indicando lo insoportable, lo imprevisible, lo impensable, lo que vuelve al mismo lugar. La mujer viene como suplencia de la relación sexual imposible de escribir, permanece como síntoma.
Si una mujer es un síntoma, no sabríamos como curarlo. Curarse de una mujer, podría ser el producto imaginario del fantasma del obsesivo. "La mujer no existe, la mujer es el sueño de un hombre. Hay mujeres", dice Lacan. Hay mujeres, también dice J Sabina, hay mujeres veneno, mujeres imán, mujeres de fuego y helado metal, mujeres consuelo, mujeres fatal.














LILIANA LAMOVSKY
(*) Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis, Tucumán, 2003.

BIBLIOGRAFIA
Freud S. : Psicología de las Masas y Análisis del Yo.
El Malestar en la Cultura
Lacan, J. : Sem. La Angustia.
Sem. La lógica del fantasma.
Sem Aún.
Sem. RSI.
Sem. El Sinthome.
La significación del falo. Escritos II.
Cardozo H. La mujer en la obra de R. Wagner. Ficha.
Viviani A : Sexualidade : feminina/ masculina. Sao Paulo. Experimento. 1996




PALABRAS CLAVES : síntoma, goce fálico, goce de la mujer, amor, no hay relación sexual, femineidad.

La madre transmite como mujer la posicion en la estructura




¿Qué tiene de natural ser madre? ¿Alguna fuerza instintiva impulsa a ello? ¿Cómo ser una buena madre? La homologación freudiana entre madre y mujer –la equivalencia falo-niño le permite a la mujer recibir el falo añorado– es el punto de partida del tratamiento de estas cuestiones en el medio psicoanalítico.



En distintas oportunidades Lacan recurre a expresiones tales como el "sentimiento de maternidad" ("Los complejos familiares", 1938); la "satisfacción natural e instintiva de la maternidad" (Seminario 5, 1957–58); o el "instinto materno" ("Ideas directivas..., 1960). En realidad, no hay nada menos natural e instintivo que ser madre. En cada caso Lacan lo sitúa en relación con la mediación simbólica.


En 1938, la maternidad queda asociada a la acción de la imago del seno materno –concepto mixto entre simbólico e imaginario– y su poder se explica por la inversión y la saturación del complejo del destete. En los años 50 Lacan sigue los pasos freudianos en forma original y explica cómo una mujer se vuelve madre a partir de la dialéctica fálica. Los matices de la relación de la madre con su niño tomado como objeto a se desarrollan en los años 60. Y finalmente, las fórmulas de la sexuación introducen un nuevo panorama en relación con la maternidad.



A partir de este recorrido intentaremos aprehender el efecto de transmisión por parte de una mujer que se subjetiviza en el niño en su inclusión en una estructura clínica.



1. La madre insaciable

Lacan presenta en el Seminario 4 un triángulo inédito hasta entonces. Rompe la pretendida armonía de la relación madre-hijo y afirma que la madre nunca está a solas con el hijo: entre uno y otro siempre está el falo( 3). El niño cobra un valor fálico al identificarse con el objeto de deseo materno. El cuarto término de esta relación es el padre. El falo aquí es definido como un significado, tiene un valor imaginario que se introduce en la metonimia del deseo de la madre.



A partir de la distinción entre castración, frustración y privación, Lacan ubica a la frustración como centro de la relación madre-hijo. Pero, añade Miller ("El falo barrado", Elucidación de Lacan, 1998), aquí lo más importante es la frustración de la madre como mujer.




Lacan establece una secuencia que se inicia en la frustración imaginaria de un objeto real, el seno de la madre, cuyo agente es la madre simbólica. En este punto se establece cierta torsión a través de la cual la madre simbólica se vuelve real. La madre simbólica, que mediatiza la simbolización primordial a través del Fort-Da, frustra al niño de objetos reales. Cuando no responde a la llamada del niño aparece como una potencia real, fuera del juego simbólico, el objeto pierde su materialidad y la respuesta de la madre se vuelve un signo de amor. La frustración de amor polariza la situación. Lacan distingue así la frustración de goce (ligado al seno materno, objeto real) de la de amor (cuyo objeto es la presencia materna). Detrás de la madre simbólica, añade Lacan, está el padre simbólico. La segunda operación planteada por Lacan es la privación real de un objeto simbólico, el falo, por acción del padre imaginario. El final de este recorrido es la operación simbólica de castración de un objeto imaginario por el padre real.



Lacan modifica ligeramente este planteo en el Seminario 5. En la frustración no solo se frustra al niño del seno materno sino también de la madre como objeto. El niño es frustrado de su objeto-madre y la madre es privada de su objeto, todo esto a través del padre, lo que opera a modo de castración. Esta privación deberá ser aceptada o rechazada por el niño, y esto determinará su posición en la estructura.





La madre atravesada por la falta no tiene como función primaria el cuidado o la atención del niño sino su devoración. La versión lacaniana de la madre no es que sea "suficientemente buena" como se podría esperar, sino, por el contrario, que es una fiera, esencialmente insaciable, amenazadora en su omnipotencia sin ley. Lo insaciable de la madre remite a su posición como mujer, a su tratamiento particular de la falta. Después de todo, la sustitución niño-falo no colma la falta y subsiste un resto de insatisfacción. Lo insaciable del Seminario 4 aparece como voracidad en el Seminario 5. Dice: "La madre es una mujer a la que suponemos ya en la plenitud de sus capacidades de voracidad femenina..." (p. 212).



A través del examen clínico de la doble madre en Hans, en Leonardo da Vinci, y en André Gide, Lacan introduce en el Seminario 4 la problemática acerca de qué transmite una mujer a través de su modalidad de ser madre. La madre del deber, la de Gide, toda madre, toda amor sin relación con la falta y el deseo, confronta al niño a un desdoblamiento de la figura de la madre (la del amor y la del deseo –su tía–) que se subjetiviza en su estructura perversa. La madre de Hans, figura devoradora que toma a su niño como fetiche, se desdobla con la abuela paterna que suple la deficiencia paterna. La fobia de Hans lidia con la falla simbólica hasta que logra una elaboración fantasmática que aloja su angustia.

 

En el Seminario 5 Lacan se ocupa de la madre del futuro obsesivo. Pero aquí interviene ya el cuarto término, el padre, y lo que se juega es la articulación entre el padre y la madre en su relación como hombre y mujer. El excesivo amor de un hombre por su mujer, afirma Lacan, puede conducir a una posición de destructividad del deseo por parte de su mujer. El resultado se encuentra en la anulación del deseo del niño obsesivo y en su participación activa en esta destructividad.



"¿Qué fue para ese niño su madre...?, se pregunta Lacan en relación a Gide, y añade las distintas modalidades de amar sobremanera al hijo. El niño-falo André se incluye en la perversión. El niño-fetiche Hans recurre a su fobia para producir la mediación que falta. El niño-cómplice en la destrucción del deseo construye su obsesión. En cada uno de estos casos la posición de una mujer respecto a la falta determina su modo de amar y su transmisión de la castración. Así, la "coyuntura dramática" en la que se incluye la maternidad en cada mujer, las particularidades de su historia, intervienen en su transmisión de la falta y en su incidencia en la subjetividad del niño.



2. El enigmático deseo de la madre

Lacan presenta la primera versión de la metáfora paterna en el Seminario 5: el padre sustituye a la madre en la medida en que ambos son tomados como significantes. El resultado de esta sustitución es atribuirle al falo el significado enigmático de las idas y vueltas de la madre. Lacan dice: "¿Qué es lo que quiere, ésa? Me encantaría ser yo lo que quiere, pero está claro que no sólo me quiere a mí" (p. 179). Introduce así de entrada una distancia entre el objeto de deseo, el falo, y el niño, que llevará a que el niño se identifique con el falo. Esta distancia traduce el no recubrimiento total entre el falo imaginario y el niño. La madre como mujer guarda un deseo que excede a su hijo; esto retorna en la subjetividad del niño como el enigma del deseo del Otro.





La madre opera de distintas maneras en los tres tiempos del Edipo. En el primer tiempo, como una ley incontrolada y omnipotente que a la vez mediatiza la simbolización primordial. El niño se identifica con el objeto de deseo de la madre. Pero este deseo guarda la ambigüedad de que, por un lado, está fuera de la ley de padre, pero, por otro lado, actúa bajo la égida de la castración de la madre que antecede a su maternidad. En el segundo tiempo, el padre priva a la madre de su objeto: se instaura así la prohibición del incesto dirigida al niño y la de reintegrar su producto (devorarlo) dirigida a la madre. Vale decir, no basta con la subjetividad previa de la madre, es necesario que consienta a ser privada de su objeto por el padre y que este consentimiento sea subjetivado por el niño. En el tercer tiempo el padre debe sostener su promesa fálica para la asunción de la posición sexuada del niño. Esto reinstaura al falo como objeto deseado por la madre y no solo un objeto que el padre puede privar (p. 199).



En la "Cuestión preliminar..." Lacan presenta una nueva versión de la metáfora paterna en la que la madre funciona en un primer tiempo a través de su deseo sin ley que se escribe como DM –en mayúscula, diferenciándolo así del deseo–, pero que luego se articula al significante del Nombre del Padre. Lacan enfatiza la importancia de visualizar cómo la madre hace caso de la palabra del padre, de su autoridad, "...del lugar que ella reserva al Nombre-del-Padre en la promoción de la ley" (p. 560).



Miller, en su comentario del Seminario 5, señala que el tercer tiempo del Edipo femenino Lacan lo distingue totalmente de la maternidad y allí sitúa el surgimiento de la "verdadera mujer". Desde la perspectiva de la niña, se instaura en este tiempo su dirección al hombre y su particular posición femenina. La maternidad queda articulada a la privación del segundo tiempo en tanto que involucra la subjetivación de la castración más que a su identificación sexuada. Madre y mujer quedan así diferenciadas, a la vez que se articulan al final del recorrido.




A partir de la segunda mitad del Seminario 5 el falo deja de ser un significado y se vuelve el significante del deseo, acentuándose así su valor simbólico. Lacan utiliza entonces la dialéctica fálica de ser y tener el falo en el tratamiento de la relación entre los sexos. Hombres y mujeres, al confrontarse con la falta en ser el falo deseado por la madre, encuentran su solución en su atravesamiento por los tres tiempos del Edipo.





Por otra parte, dice Lacan, las mujeres encuentran su satisfacción por vía sustitutiva: en primer lugar el pene (involucra la relación al hombre) y luego a través del niño en donde obtiene la satisfacción "instintiva" de la maternidad. Como lo hemos indicado ya, la sustitución implica una operación simbólica que hace caer el poder del instinto. En "Ideas directivas..." Lacan retoma sus preguntas relativas a las consecuencias sobre el niño del amor de la madre y se pregunta si la mediación fálica drena todo lo pulsional de la mujer, en particular, el instinto materno.



El concepto de frustración sufre una transformación: como demanda se distingue de la necesidad y del deseo. La demanda de un hijo toma así el relevo pero no como una reivindicación fálica –aunque podría llegar a serlo– sino articulada a la castración y a la falta. En realidad, la teorización de la dialéctica fálica permite entender las peripecias de la vida amorosa, pero deja abierta la pregunta acerca de la incidencia de la posición femenina en la maternidad en tanto que queda reducida a una respuesta a la demanda fálica. Un paso más se vuelve necesario, y Lacan lo lleva cabo a partir de su introducción del objeto a.



3. El objeto de la madre

En "Ideas directivas..." Lacan comienza a presentar un goce fuera del dominio fálico en las mujeres aunque aún no esté formalizado como tal. Años después, especifica que el deseo de la mujer está dirigido por su pregunta acerca de su goce y que, a diferencia del hombre, posee un lazo más laxo con la castración y el deseo. Sitúa una disimetría: la mujer ocupa para un hombre el lugar del objeto a en la medida que consiente a su fantasma para producir su deseo; pero la mujer como madre encuentra su objeto a en sus hijos.



Se abre así la clínica que concierne a la relación de las mujeres como madres ya no con el falo sino con el niño tomado como objeto causa del deseo. El fantasma de la madre como sujeto antecede lógicamente a la posición del niño en la estructura. El niño puede encontrarse en distintas posiciones en tanto objeto a de la madre y situarse en la neurosis o en la psicosis. Puede ser mediatizado por el objeto transicional, fuente de las equivalencias; quedar expuesto a todas las capturas fantasmáticas maternas por falta de mediación paterna; o volverse un objeto real como para la madre del esquizofrénico durante el embarazo, condensador de goce, que realiza la presencia del objeto a en el fantasma materno, y al hacerlo, obtura la castración materna y sutura su falta como mujer aportándole un complemento de ser.



Cuando interviene la articulación de la pareja conyugal el niño ocupa el lugar del síntoma –solidario de la neurosis–, que implica la presencia de una madre atravesada por la falta que dé lugar al significante del Nombre del Padre, y de un padre que vectorice la transmisión de un deseo que no sea anónimo.



En "R.S.I." Lacan establece que la posición disimétrica entre la mujer y el hombre en tanto padres determina la posición reservada al niño. El hombre debe hacer de la mujer la causa de su deseo para asegurar una versión del padre (padre-versión), que no se limite a la transmisión del falo en la metáfora paterna a partir del Nombre del Padre sino que dé una versión de lo que es el objeto a. La mujer, por el contrario, se ocupa de otros objetos a que son los niños, sin por ello cristalizarlos en su fantasma como objetos de goce sino desde una estrecha relación con la falta.



La temática de la madre se desplaza así del amor –qué efectos tiene su amor sobre el hijo– a la del deseo y el goce –qué lugar tiene en su deseo y cómo se articula a su goce–.






4. La Mujer no existe, las madres sí

La teorización de las fórmulas de la sexuación introduce nuevas consideraciones relativas a la maternidad. Lacan indica que es imposible construir un universal femenino, por lo que "La Mujer" no existe. Esta formulación es solidaria a la de "no hay relación sexual". En cambio, existe una relación particular de las mujeres con su goce que va más allá del falo.



Las mujeres en tanto madres se inscriben de distintas maneras en la repartición sexuada.



El primer aspecto concierne a la madre que el hombre ve en la mujer. El hombre, como significante, entra en la relación sexual como castrado, es decir, relacionado al goce fálico. En cambio, Lacan afirma en el Seminario 20 que la mujer entra en la relación sexual como madre (p. 47), que en las mujeres predominan los caracteres secundarios de la madre (p. 15), que para el hombre la madre contamina a la mujer ("Televisión"). Acentúa así que desde donde la ve el hombre la mujer no existe más que como madre por la incidencia edípica (p. 119) prototipo del objeto primordial que la vuelve causa de deseo.



En segundo lugar, en la medida en que la maternidad está relacionada con la castración, la mujer como madre queda situada, paradójicamente, del lado masculino de las fórmulas en tanto igualmente sujeta a la función fálica. La salida femenina de la maternidad se entrecruza así con la posición masculina, y desde el falo y como sujeto se dirige al objeto a que es el niño.



La tercera cuestión concierne al goce suplementario. Un mujer "no-toda" presenta la duplicidad entre el goce fálico y el goce suplementario que se sitúa del lado del S(A) barrado. Al mismo tiempo que se dirige al hombre en busca del falo añorado encuentra un tapón a su no-toda en el objeto a que constituye su hijo. Dice Lacan: "... el goce de la mujer se apoya en un suplir ese no-toda. Para este goce de ser no-toda, es decir, que la hace en alguna parte ausente de sí misma, ausente en tanto sujeto, la mujer encontrará el tapón de ese a que será su hijo" (p. 47).. De esta manera, la maternidad se vuelve una forma de suplencia a La Mujer que no existe, funciona como tapón del no-toda.



Desde la posición de no-toda la mujer vehiculiza en la maternidad algo de su goce suplementario. Freud abordó esta cuestión en términos del "odio de la madre", con la ambigüedad que comporta el genitivo: hacia la madre y de la madre al hijo, fuente del sentimiento de persecución en la niña. Lacan encara primero este resto de "pasión mala" en términos de "insaciabilidad", "voracidad materna", "Deseo Materno" (voluntad sin ley), y finalmente, junto a la teorización acerca del goce, en términos de "estrago": ya sea con la imagen acuciante del cocodrilo dispuesto a cerrar sus fauces (Seminario 17, p. 18) o del estrago particular en la relación madre-niña. Cada uno de estos términos implica un más indeterminado hacia lo mejor o lo peor.



Pero el estrago no se sitúa solo del lado del odio sino también del lado del amor, puesto que en la medida que una mujer ama desde su posición de no toda, la dialéctica amorosa con su hijo queda matizada por su posición más allá del orden fálico. En cada oportunidad, la mediación fálica y la dirección al hombre se impone para acotar el exceso y limitar los desvaríos.



J.-A. Miller, en El hueso de un análisis, indica que la demanda de amor de una mujer se dirige a la falta del Otro, y lo hace desde lo ilimitado de su goce, desde su no toda que comporta un carácter absoluto y una tendencia al infinito. Esta demanda de amor así estructurada retorna con la forma del estrago por parte de la pareja. De esta manera, el estrago es la otra cara del amor que vuelve como un síntoma de índice infinito, y no como la localización que caracteriza a la mujer como síntoma para un hombre. Estas consideraciones son también pertinentes a la relación madre-hijo, y a cómo se sitúa el niño en la relación de una mujer con su pareja, en la medida en que hace intervenir la parte mujer de la madre y lo que interviene del goce suplementario en el amor.



Para concluir

Así como no es posible construir un universal de las mujeres, tampoco es posible determinar cómo ser madre. Una por una, cada mujer se sitúa frente a la maternidad por la aceptación o por el rechazo; como madre del deber o del deseo dentro del régimen fálico; por su amor o por su odio; desde una posición masculina o femenina; como en empuje al toda madre o por su no-toda como mujer que repercute en su ser madre.



Las posibilidades se multiplican e inciden en la inclusión del niño en la estructura de acuerdo a su particular posición frente a la falta. Una división del deseo se impone (J.-A. Miller, "El niño, entre la mujer y la madre"): el objeto niño no debe ser todo para el sujeto madre, sino que debe encontrar el significante de su deseo en el cuerpo del hombre para situar al niño frente a la castración. La maternidad como versión de la feminidad, como suplencia, no obtura el ser mujer, y su dirección al hombre asegura que no se produzca este recubrimiento.



De esta manera, madre y mujer se entrecruzan dejando abierto un espacio cuyos límites se irradian hacia lo que resta aún de enigmático de la sexualidad femenina.


 Compilado y corregido por la Lic. Gurny











por Silvia Elena Tendlarz

Psicoanalista en Buenos Aires, analista miembro de la Escuela (AME) de la Orientación Lacaniana (EOL), de l´École de la Cause Freudienne, (ECF), y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).


miércoles, 22 de febrero de 2017

De un discurso ue no sería del semblante



 Seminario 18.....

La mujer respecto del goce sexual, esta en posición de puntuar la equivalencia del goce y la apariencia. En esto reside la distancia en que el hombre se encuentra. Si hablé de la hora de la verdad, es porque toda la formación del hombre esta hecha para responder a ella manteniendo a pesar de todo el estatuto de su apariencia. Es por cierto más fácil para el hombre afrontar a cualquier enemigo sobre el plano de la rivalidad que afrontar a la mujer en tanto ella es el soporte de la verdad: que hay apariencia en la relación del hombre con la mujer. En verdad, que la apariencia sea aquí el goce, para el hombre entiendo, es indicar suficientemente que el goce es apariencia. Porque está en la intersección de estos dos goces el hombre sufre como máximo el malestar de esta relación que se designa como sexual; como decía el otro, esos placeres que se llaman físicos. Por el contrario nadie mejor que la mujer -y aquí ella es el Otro- sabe lo que es disyuntivo respecto del goce y de la apariencia.


 Es porque ella es la presencia de ese algo que la mujer sabe, a saber: que goce y apariencia, si son equivalentes en una dimensión de discurso, no por eso son menos distintos en la experiencia que la mujer representa para el hombre la verdad, muy simplemente, a saber, la única que puede dar lugar en tanto que tal a la apariencia. Es necesario decir que todo aquello que se nos enunció como el resorte del inconsciente no representa más que el horror por esta verdad. Todo esto por supuesto, recién hoy trato, por así decir, intento desarrollárselos como se lo hace con una flor japonesa; algo que quizá no es especialmente agradable escuchar para todos, es lo que se empaqueta generalmente bajo el registro del complejo de castración. Mediante lo cual, con esta etiqueta, todo el mundo está tranquilo, se lo puede dejar de lado. No hay nada que decir, sólo que está ahí; cada tanto se le hace una pequeña reverencia. Pero que la mujer sea la verdad del hombre, que esta vieja historia proverbial cuando se trata de comprender algo, del -cherchez la femme(7) al que se le da naturalmente una interpretación policial sea, algo bien distinto, a saber que para tener la verdad de un hombre, conviene saber cual es su mujer,  , por supuesto llegado el caso, su esposa; y por qué no: es el único lugar donde eso puede tener un sentido, lo que alguien, un día, entre mis allegados llamó el pesa -persona. Para sopesar a una persona, nada mejor que sopesar a su mujer cuando se trata de un hombre. Cuando se trata de una mujer no es lo mismo, porque la mujer tiene una gran libertad con respecto a la apariencia: ¡ella llegará a dar peso a un hombre que no tiene ninguno!. Son verdades que por supuesto en el curso de los siglos ya se habían observado después de mucho tiempo, pero que sólo se decían de boca a boca, si puedo decirlo. Y se hizo toda un literatura, que existe, se trataría de conocer su amplitud. Naturalmente esto sólo tiene interés si se toma lo mejor. Alguien por ejemplo de quien [habría que encargarse un día], Balthazar Gracián que era un jesuita eminente y que escribió cosas de las más inteligentes que se puedan escribir. Su inteligencia es absolutamente prodigiosa en esto que todo eso de lo cual se trata, a saber, establecer lo que se llama la santidad del hombre, en resumen, [¿qué?, su libro sobre el cortesano de la corte (de apariencia)] dos puntos: ser santo es el único punto de la civilización occidental en la cual la palabra santo tiene el mismo sentido que en chino; tehen-tehen. Observen este punto porque esta referencia, porque de todas maneras ya es tarde y hoy no los introduciré. Este año les haré algunas pequeñas referencias, a los orígenes del pensamiento chino. Sea lo que sea -sí me di cuenta de una cosa, quizá soy lacaniano porque en otro tiempo estudié chino -con esto quiero decir que me doy cuenta [al releer los ardides] cosas como esas, que yo había recorrido atropelladamente como un tonto, me di cuenta al releerlas que esta al mismo nivel con lo que cuento. No sé, les doy un ejemplo: en Mencius, que son libros fundamentales, canónicos del pensamiento chino hay un tipo que por otra parte es su discípulo, que no es él -pero que comienza enunciando cosas como estas-: Lo que ustedes no encontraran del lado del Yen (es decir, del discurso) no lo busquen del lado del vuestro espíritu- esto, se los traduzco como espíritu es Sin, pero eso quiere decir que no designaba, era aunque parezca increíble el espíritu, el Geist de Hegel....................