domingo, 18 de agosto de 2019

L@ Ignorancia



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Freud, Lacan, el odio
Texto de Serge Cottet


Partiremos de una cita paradójica de Lacan en el Seminario 1:
Tal vez sea más difícil hacerles entender esto último porque, por razones que quizá no son tan agradables como podríamos creer, conocemos menos hoy el sentimiento de odio que en las épocas en que el hombre estaba más abierto a su destino.*1
Es cierto que hoy en día otros pretendientes a la barbarie menos dubitativos sobre su destino no se quedan atrás. Lo que se apaga ahí, puede arder en otro lugar. A lo mejor conviene poner en tensión la pasión odiosa con la agresividad racista que, por su parte, no retrocede.
 


Hermanos enemigos: narcisismo de la pequeña diferencia
Recordemos que Freud, en El malestar en la cultura, considera que el malestar crece, la civilización comienza con el odio al padre (Vaterhass) y las masas humanas están cada vez más invadidas por la pulsión de muerte y la agresividad, por el hecho de la represión que no cesa de crecer del goce. El odio edípico juega su partida en la constitución de las masas y le pone fin el sentimiento de culpa común que genera el crimen; como esa culpabilidad no se funda en ninguna ley, hay que admitir que no tiene como causa más que el amor al padre. Ese odio al padre es estructurante, permite la identificación de todos los individuos de una comunidad con el ideal del padre muerto. Comienza con el odio y termina en la masa; pero ese odio no desaparece y arma las rivalidades entre las comunidades. Es la identificación segregativa. El otro fronterizo, el hermano enemigo, se convierte en el factor unificador del grupo. Distinguiremos entonces, con Freud, el odio al padre del odio narcisista en juego en la paranoia, hasta el odio puro de la pulsión de destrucción.
Empecemos por esa mediación que juega el padre en el odio de los hijos entre ellos; está completamente desnudada, sobre todo, en el fantasma “Pegan a un niño”, en particular en el júbilo odioso que experimenta uno de los hermanos al ver a su hermano golpeado por el padre. Una de las variantes esenciales de ese enunciado reconstruido por el análisis es: “El padre pega al niño que yo odio”. Lacan considera: “Henos aquí, entonces, llevados por Freud desde el punto inicial hasta el corazón mismo del ser, donde se sitúa la más intensa cualidad del amor y del odio”.2
Tratándose de hermanos enemigos, el narcisismo de masa gana sobre los celos edípicos. En varias ocasiones, Freud pone como ejemplo a esos hermanos enemigos, “españoles y portugueses, alemanes del Norte y del Sur, ingleses y escoceses, etc”.3 Freud no está muy convencido, falta valor explicativo: a grosso modo, es el estadio del espejo. Podemos, sin embargo, observar que las pequeñas diferencias no son tan pequeñas como parecían y presentan una gran diversidad. ¿Qué decir, por ejemplo, hoy de los tutsis y los hutus, de los vietnamitas y los camboyanos, de suníes y chiíes?4
Hay una modalidad del odio particularmente apta para resolver las tensiones entre comunidades aparentes: el antisemitismo.5 Ahí los alemanes del norte y del sur se reconcilian. Según Freud, los judíos son tratados como una minoría extranjera, pero es principalmente su debilidad numérica lo que incita a perseguirlos con el objetivo de crear “un sentimiento de solidaridad en las masas”.6 El criterio del narcisismo de las pequeñas diferencias se aplica difícilmente a los judíos cuya obstinación, que desafía toda comprensión, hace objeción a lo imaginario del semejante. Hacen mancha en el cuadro de los fieles, por no haber reconocido, a diferencia de los cristianos, la muerte del padre.
Sin embargo, el mito de los hermanos enemigos insiste. Los filósofos no han desconocido esa paradoja concerniente al objeto privilegiado del odio, “que no es el extranjero más lejano, sino, paradójicamente, el ser casi idéntico –apenas diferente”–.7 Una vez no hace costumbre, Jankélévitch cita a Freud en Moises y el monoteísmo.8 Añade: “Porque no odiamos lo absolutamente Extranjero, sino un padre, un próximo, un hermano, y nuestra propia esencia en la esencia coesencial de ese próximo y en la esencia confraterna de ese hermano”.9 El filósofo del Casi nada, de lo infinitesimal, de lo imperceptible, busca el rasgo diferencial.
Antisemitismo
Ese punto de vista encuentra su punto culminante en el análisis que Jankélévitch hace del racismo, que distingue del antisemitismo. En el racismo, dice, la alteridad es visible a primera vista: la estúpida superioridad del blanco en relación al negro. En cambio, el antisemitismo se dirige a otro indiscernible de sí mismo. Es el malestar del semejante respecto del casi semejante: “La zona de la tensión pasional por excelencia, es la zona en la que cohabitan los pueblos hermanos y los hermanos enemigos. El judío es el hermano enemigo”.10 Ningún rasgo diferencial pertinente puede definirlo. Las diferencias alegadas son irrisorias; esta ausencia de rasgo distintivo hace en efecto del judío un “hombre sin cualidades”. Pero hay un resto que el filósofo no distingue: un real del nombre; el nombre del judío, designando un paria, el objeto de un fantasma: objeto a. Ese punto de vista es ampliamente desarrollado por François Regnault en estos términos:
 “El judío es el objeto a de Occidente”.11
Partiendo de la estructura del fantasma, S/◊ a, F. Regnault demuestra que Occidente, el cristianismo mantienen con el judío una relación de inclusión y de exclusión que no agota la agresividad del estadio del espejo: ya se trate del desconocimiento de sí mismo en el otro o que el afecto reenvíe al odio de sí, como a menudo dicen, con Sartre, a propósito del escritor fascista Pierre Drieu La Rochelle. Más allá del desgarro mortal del narcisismo, ese otro debe ser un desecho, un kakon, un objeto a. La relación de extimidad implica esta disimetría.
El filósofo está más cerca de lo real cuando señala la paradoja de un odio no motivado empíricamente como el del inferior por el superior, o del explotado, sino el odio inexplicable del superior por el inferior, “no porque uno es rico y poderoso sino porque es pobre y está solo”.12 Esa paradoja la desarrolla Hannah Arendt, poco dada a la exégesis de las pasiones, en relación al antisemitismo. El desclasamiento de los judíos durante el desmantelamiento del Estado nación, favorece el antisemitismo.13 Considerados primero en Alemania como explotadores y opresores, se convierten en parásitos: “La riqueza sin el poder y una reserva altanera sin influencia políticas son sentidas como privilegios de parásitos, inútiles e intolerables”.14 La fascinación por el judío, “la ambigua gloria” precede a las grandes masacres.15 H. Arendt descalifica la tesis del chivo expiatorio y de la víctima inocente con el pretexto de que se apunta a un modo de goce; más que un crimen como en el antisemitismo del siglo XIX,
NI CHIVO EXPIATORIO NI VICTIMA INOCENTE, EL JUDIO ES UN VICIO , (alcoholismo) :
A cada crimen su castigo; un vicio sólo puede ser exterminado.16 La inclusión/exclusión de ese desecho hace que una sociedad que se había mostrado preparada estructuralmente para aceptar el crimen bajo la forma del vicio estaría rápidamente dispuesta a lavarse de su vicio acogiendo abiertamente criminales y cometiendo crímenes.17


La maldad divina
Esta tesis sociológica no tiene en cuenta las fuentes más oscuras que, Lacan recuerda, implican a ese Otro malo: la maldad divina. El “sentimiento antisemita” nace en esa zona sagrada, “casi prohibida, articulada allí mejor que en ninguna otra parte, y no sólo articulada sino viva, siempre presente en la vida de ese pueblo en la medida en que subsiste por sí mismo en la función que, a propósito del a, ya he articulado con un nombre –el nombre del resto”–.18 En ese fantasma, todas las fomas del objeto a son movilizadas para identificarlo en su modo de goce (la nada, el seno, el desecho, la mirada).19 La introducción del objeto a resuelve el enigma de una diferencia significante supuestamente imperceptible.
El odio racista, lo sabemos, se analiza pues a partir del fantasma y no del mero prejuicio.
Hay que implicar, en él, al cuerpo, la proximidad del cuerpo del otro como lo que hay de más concreto en el odio. Como en Spinoza, los afectos pasivos no son más que el efecto de un cuerpo sobre el nuestro.20 La uniformización contemporánea de los goces refuerza ese choque intrusivo, desnuda una segregación que no aparecía “cuando no nos mezclábamos”.21
En efecto, “el advenimiento de una sociedad de hermanos, acompañada del hedonismo feliz de una nueva religión del cuerpo”, como subraya Éric Laurent,22 se ve enfriado por las consecuencias que Lacan extrae: lo que “arraiga en el cuerpo, en la fraternidad del cuerpo, es el racismo”.23
Volvemos así al real hacia el que apunta el odio. La agresividad narcisista sigue dependiendo de lo imaginario del cuerpo despedazado: “Imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo”.24 Sin embargo, el odio va más lejos: apunta al goce incluido en el cuerpo a destruir. Es lo que Maupassant ilustra en su cuento San Antonio:25 un prusiano de la guerra de 1870, colocado por su oficial en casa de unos paisanos normandos, es alimentado más de lo que puede soportar, como un cerdo; cebado hasta lo insoportable, al final es desangrado a golpe de horca. La hostilidad que suscita como enemigo no es nada; de hecho es callado y buen chico; es necesario ese cebamiento para que cristalice ese odio feroz.
El odio persigue a su víctima más allá de la muerte. No es suficiente que quiera del otro “su envilecimiento, su pérdida, su extravío, su delirio, su negación total, su subversión”.26 En Kant con Sade, Lacan evoca una dimensión del odio en la que la víctima es perseguida más allá de la destrucción de su propio cuerpo: continúa más allá de la muerte en la eternidad. Más allá de su existencia, apunta a su ser. De ahí el tema del odio de Dios hacia su criatura. Ahí aún, Lacan toma prestado de Sade ese tema de una maldad que persigue a su objeto hasta el infierno. ¿Cuál es el sujeto de ese odio? ¿Dios mismo, o nosotros mismos, los hombres que odiamos a Dios?
Es lo que enmascara el inconsciente:
Se nos explica el infortunio de Cristo por la idea de salvar a los hombres, me parece más bien que se trataba de salvar a Dios, dando de nuevo un poco de presencia, de actualidad a ese odio a Dios respecto al cual, con razón, nos mostramos un poco remolones.27
Sobre ese sujeto del odio, Lacan añade que:
Estamos tan sofocados por esto del odio que nadie se percata de que un odio, un odio consistente, es algo que se dirige al ser, al ser mismo de alguien que no tiene por qué ser Dios.28
Amor, odio, ignorancia
El paradigma que constituye en psicoanálisis el odio paranoico, puede encontrar ahí los límites de su extensión. Es un odio implicado en el amor. Está incluso constituido por ese desconocimiento. En el caso de Aimée, el odio hacia la perseguidora reposa en esa estructura de desconocimiento. La intensidad del odio es relativa a ese desconocimiento de su amor por las actrices: “Esas perseguidoras, las ama, no son más que imágenes”.29 Después, lo que es rechazado y desplazado sobre las actrices es también un fantasma de infanticidio también desconocido: amor, odio e ignorancia forman un nudo más complejo que la transformación del amor en odio. Se trata de un falso amor completamente saturado por la pasión narcisista. Esto es aún más cierto del objeto malo (kakon) del esquizofrénico, para el que un odio puro, indialectizable con el amor, se reduce a la extracción en el semejante del objeto a. Cierto que “no se conoce amor sin odio”,30 si el amor se pretende sin límite: es el “odioenamoramiento”.31 En cambio, hay un odio puro que jamás se transformará en amor, pero que, por el contrario, puede proceder de él. Como para Spinoza, la intensidad del odio se enriquece con el antiguo amor en el que el deseo, indestructible, se había investido.32
Hemos dicho que el odio se dirige al ser, es decir, que continúa más allá de la existencia del objeto al que apunta. En el odio, el sujeto se iguala al ser del objeto a destruir. El ejemplo simple que toma Lacan es ilustrativo:
En una época en que tenía conserje, cuando vivía en la rue de la Pompe: aquel hombre nunca fallaba a una rata. Tenía por la rata un odio igual al ser de la rata.33
Lacan enuncia un vínculo entre el ser del sujeto y el odio:
“(Más) odia, (más) es”.34 De hecho, sostiene que solo estamos seguros de nuestro ser cuando no pensamos.35 Si conjugamos las dos proposiciones, de la imbecilidad al odio, la consecuencia es buena. Es suficiente garantizar el ser no por el pensamiento sino por el goce: donde gozo, no pienso.
No necesitamos pensar para odiar, a condición de que el sentimiento de existir sea enteramente función del odio. Gilles Deleuze recuerda las últimas páginas de la Ética de Spinoza: “La mayoría de los hombres no se sienten existir más que cuando padecen. No soportan la existencia más que al padecer”.36 Dicho de otra forma:
“Tan pronto como cesa de padecer, el ignorante cesa al mismo tiempo de ser”.37


A la inversa, H. Arendt sostiene en La banalidad del mal, que hay que empezar por pensar para ser capaz de odiar. Así, Eichmann no es un monstruo sino un engranaje pasivo de una máquina de muerte que hace objeción al pensamiento.
¿A pensar qué? En el otro, en el sufrimiento del otro. No hay afecto sin intersubjetividad, no hay intersubjetividad sin otro, y no hay otro sin pensamiento. Entonces no hay odio, si el otro no existe. Los filósofos, decididamente, tienen problemas con el odio.
Emmanuel Lévinas, ciertamente, por el contrario, en sus discusiones con Heidegger, invoca un pretendido “mal elemental” desencadenado por el nazismo en simpatía con el carácter totalitario de la ontología. El nazismo “se inscribe en la ontología del ser preocupado por el ser”.38 Sin dar demasiado crédito a esta lógica que hace preceder el mal radical de una preocupación por el ser, preferimos sacar las consecuencias más funestas de esa monstruosidad contemporánea que en un momento dado Lacan llamó:
“Los ideales de nada”.39
1* Recientemente fallecido, Serge Cottet fue psicoanalista en París y Analista Miembro de la Escuela (AME) de la ECF y la AMP. 
 Lic. Diana S. GURNY, El subrayado y fotografias 

sábado, 27 de abril de 2019

Cómo conseguir la felicidad?


› LO QUE SOLICITA TODO PACIENTE EN TERAPIA
 


En el seminario “La ética del psicoanálisis”, Jacques Lacan dice que el sujeto que comienza un análisis quiere la felicidad; pero el analista sabe de aquello que Freud afirma: la felicidad no tiene nido posible ni en el microcosmos ni en el macrocosmos. La demanda del analizante y el deseo del analista no coinciden. La felicidad es equiparada al Soberano Bien de los antiguos, al telos aristotélico, la meta a alcanzar, la causa final como bien al que aspiran las cosas: “Esto es lo que conviene recordar en el momento en el que el analista se encuentra en posición de responder a quien le demanda la felicidad. La cuestión del Soberano Bien se plantea ancestralmente para el hombre, pero él, el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No solamente lo que se le demanda, el Soberano Bien, él no lo tiene, sin duda, sino que, además, sabe que no existe”. Más adelante, refiriéndose al deseo del analista, afirma que “no puede desear lo imposible”, es decir, el Soberano Bien de la demanda de felicidad. Así, la felicidad aparece ligada con los ideales y con el deseo neurótico como deseo de lo imposible, distinguido, en este sentido, del deseo del analista.
Sin embargo después, en “Televisión”, Lacan dirá: “Los seres hablantes son felices, felices por naturaleza, es incluso de ella todo lo que les queda”. Jacques-Alain Miller comenta esta cita diciendo que, así como la pulsión siempre busca la satisfacción, el deseo conlleva insatisfacción: por ello, a nivel de la pulsión el sujeto es siempre feliz, y esta felicidad no se articula con una meta a alcanzar sino con un presente no reconocido. Esta felicidad no es esclava del deseo, ya que está referida al goce. Inclusive, podríamos decir que el deseo mismo, en su articulación con la falta –“desear lo imposible”–, impide que el sujeto pueda conciliarse con esa felicidad pulsional. Una frase del artículo de Lacan “Kant con Sade” ilustra la contraposición entre ambos términos: “La felicidad se rehúsa a quien no renuncie a la vía del deseo”.
En la última parte de su enseñanza, Lacan privilegió la perspectiva del “saber hacer” con el síntoma, arreglárselas con el goce, no embrollarse más de la cuenta. En una conferencia de 1975 (publicada en Scilicet Nº 6-7), dice que al análisis no hay que empujarlo muy lejos: “Cuando un analizante piensa que él está feliz de vivir, es suficiente”. Miller considera que en ese “feliz de vivir” se trata de una felicidad no basada en la búsqueda del tener ni en el esperar; curada, entonces, de las desdichas del deseo que la malogra. Lacan refirió haber visto cómo la esperanza, “las mañanas que cantan”, conducía a varias personas al suicidio. Ya Nietzsche presentó a la esperanza como la mayor de las infelicidades. Considero que el conflicto entre el deseo –que espera siempre otra cosa– y el goce marca todo el pensamiento occidental, del cual la “vivencia de satisfacción” freudiana es deudora.
 
 
 
 
 

Por Silvia Ons *
* Coordinadora del ciclo “El psicoanálisis en la cultura”, en la Biblioteca Nacional. Fragmento del trabajo “La promesa analítica”.
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sábado, 16 de marzo de 2019

ANOREXIA BULIMIA


La anorexia-bulimia tiene como telón de fondo, normalmente, un problema vinculado al encuentro o desencuentro con la sexualidad, pero el desencadenamiento no siempre está relacionado directamente con esta cuestión. Observamos que, en numerosos casos, éste se produce frente a la dificultad para elaborar el duelo por la pérdida de un objeto. Es decir, ante la pérdida de un ser querido, el sujeto hace un síntoma anoréxico en lugar del duelo.
Esta cuestión nos ha llevado a preguntarnos por la relación entre anorexia y duelo, pregunta a la que intentaremos responder pasando por la angustia.
Anorexia y angustia: ¿Por qué las anoréxicas no se angustian?
Es frecuente que el sujeto histérico padezca angustia, pero no es así en el sujeto anoréxico, aunque sea histérico. El Seminario X, La Angustia, nos da una clave para intentar esclarecer la relación de la anorexia con la angustia y también con el duelo.
J. Lacan señala la aparición de la angustia frente a dos situaciones aparentemente opuestas, que vamos a referir exclusivamente al terreno de las neurosis:
1- hay angustia cuando falta la falta
2- hay angustia ante la inminencia del deseo del Otro
1- cuando falta la falta
Es el caso paradigmático en la anorexia: la "madre de la papilla asfixiante" que no transmite la falta y pone en juego un deseo devorador, donde el sujeto es tomado como objeto y fijado a una posición de goce que adolece de la falta. Ésta permitiría al sujeto orientarse en relación al deseo. Frente a este Otro, la anorexia es una maniobra para introducir un vacío que da lugar a un falso deseo.
2- ante la inminencia del deseo del Otro
En el encuentro con el deseo del Otro, cuando el deseo se aproxima al goce, el sujeto es reclamado como objeto, en tanto causa el deseo. Si el sujeto puede desprenderse de un objeto, si puede perder algo de su propio cuerpo y ponerlo en juego como objeto causa, podrá utilizarlo como mediación entre él y el Otro, separándose. Si no, se identificará él mismo al objeto, ya no causa, sino objeto resto, desecho, y ofrecerá al Otro su propia desaparición.
Estas dos situaciones, aparentemente opuestas, tienen sin embargo algo muy importante en común: en ambas no hay lugar para el sujeto, o el sujeto está en riesgo. Frente a estas dos coyunturas puede surgir la angustia. Pero la anoréxica tiene la posibilidad de evitarla a partir del recurso que le brinda un objeto muy particular: el objeto nada.
En el caso del estrago materno, la maniobra con el objeto nada permite horadar y poner a distancia al Otro devorador, es decir, crear artificialmente la falta que falta para conseguir un espacio que de lugar a la aparición del deseo, a partir de la falsa premisa que iguala falta y vacío.
En relación al deseo del Otro, puede cederlo como un objeto que hace las veces de objeto separador, si bien no funciona como causa de deseo.
La angustia se produce frente a la emergencia de un real que desestabiliza el fantasma. Cuando el fantasma tambalea, el sujeto pierde el suelo que lo sostiene y la realidad misma queda en cuestión. En la anorexia, frente a esta situación, el sujeto manipula el objeto y realiza una sustitución sintomática que le permite reconstruir la realidad desde la perspectiva anoréxica. Así como podemos decir que el rechazo de la anoréxica abre la vía a un pseudodeseo, diremos que la anorexia misma funciona como un fantasma porque restablece la posición del sujeto con su objeto. Pero este "pseudofantasma" es frágil porque no se trata ni del objeto causa ni del objeto velado del fantasma. El sujeto pone en juego el objeto simbólico nada con el que intenta producir un vacío real, al servicio de restablecer el equilibrio en riesgo.
Relación anorexia-duelo
La pérdida de un ser querido también debemos pensarla en relación al fantasma, al lugar que ocupaba el objeto perdido en el fantasma del sujeto. El duelo es el trabajo de elaboración de dicha pérdida. También en el seminario La Angustia, Lacan nos da una indicación que resulta muy útil en este punto porque especifica que sólo hay duelo por la pérdida de un objeto que nos concierne en cuanto a nuestra propia falta; dice literalmente: "sólo estamos en duelo de alguien de quien podemos decirnos yo era su falta".
Frente a la pérdida, igual que en la angustia, hay algo del sostén fantasmático que tambalea. No se trata tanto de lo que el objeto era para nosotros como de lo que nosotros éramos para él en el sentido de la castración: qué clase de objeto (a, falo) éramos para el otro, qué lugar nos daba y hemos perdido. No nos falta tanto el otro como nosotros mismos ¿Qué seremos, ahora, sin el otro? Esa es la clave del duelo.
Frente a la pérdida, la anoréxica realiza la misma operación que hemos descrito en relación a la angustia: no toma nota de la pérdida y por lo tanto no hace el duelo porque sustituye el objeto, tanto el objeto perdido como su lugar en relación a la falta del Otro, por la vía de la manipulación del objeto. Restituye el objeto y no se confronta con la falta, con el hecho de que ella ya no le falta al Otro, sino con el vacío, que no es para nada lo mismo.
Ejemplo clínico
Para ilustrar este desarrollo voy a comentar las coordenadas de un caso que he recibido recientemente y del que ignoro aún algunos elementos analíticos fundamentales. No obstante, lo traigo como ejemplo porque reúne varios de los aspectos que he querido articular: angustia, duelo y fantasma en relación con la anorexia-bulimia. Los padres se dirigen a mí, con una gran urgencia subjetiva: Marta es una joven de 18 años que tomó un frasco de pastillas, en un intento de suicidio. La ingresaron en el hospital para hacerle un lavado de estómago. El intento autolítico lo hizo después de un atracón, desesperada por no poder evitar los atracones (sin embargo, la impronta oral se mantiene en el intento de suicidio mismo). Hace dos años comenzó a padecer una anorexia que fue virando a bulimia, pero dice no tener problemas, salvo la bulimia misma. Sólo sabe que hace dos años su abuelo materno, personaje muy querido para ella, enfermó y, a los pocos meses, murió. Vivió con sus padres en la casa de sus abuelos hasta que pudieron comprarse una casa propia, cuando ella tenía 9 años. De su madre, que tiene una relación difícil con su propia madre, no recuerda nada hasta los 10 u 11 años, porque trabajaba mucho y no estaba nunca (La relación con la madre es un punto esencial que debe ser interrogado en el trabajo analítico. Así, por ejemplo, le hice observar en su momento que esta falta de recuerdos no podía obedecer al poco tiempo que la madre estaba en casa con ella en razón de su trabajo, sino que respondía al trabajo de la represión, ligado seguramente a lo difícil de la relación con la madre). Sí recuerda a su padre, con el que salía los fines de semana y a su abuelo, que la llevaba al colegio y le daba la merienda. Interrogada por su dolor y por el de su madre frente a la muerte del abuelo dice que ella no quiso darse cuenta, ni cuando enfermó ni cuando murió; y que su madre se hizo la fuerte para no causar más dolor ni a su propia madre, ni a su marido, ni a su hija. Se trata de una ausencia de duelo, duplicada en este caso por la madre, que tampoco lo hace y no muestra la falta que supondría estar en duelo.
Algunas conclusiones
La estructura subjetiva, es decir, la coordinación del falo y el objeto a, la construcción del fantasma y la organización del deseo ponen freno a la pulsión de muerte, civilizándola. No obstante, la pulsión se manifiesta en la conducta del sujeto, a través del acto.
En nuestro caso, que tomamos como ejemplo de un desencadenamiento anoréxico a partir de una pérdida y que nos permite mostrar la relación entre anorexia y duelo, vemos que Marta es consciente de la falta que podría dolerle, pero no experimenta ese dolor. Como afirma sabiamente Freud en su Fenomenología de las dificultades del proceso de duelo, en Duelo y Melancolía, en este caso ella sabe que ha perdido un objeto pero no sabe lo que ha perdido subjetivamente con él. Si bien, en nuestro caso, no se trata de una melancolía como en el ejemplo freudiano. Marta hace un síntoma anoréxico que la sostiene hasta que éste se torna bulimia. Podemos observar que cumple la función de mantener oculto para ella lo que ha perdido con él. Todavía no sabemos en qué circunstancias se da el paso a bulimia, pero sí sabemos que ésta la desespera, es decir, la angustia. Marta intenta controlar todo en su vida y no soporta el descontrol del atracón. En lugar de la purgación, habitual en los casos de bulimia, toma un frasco de pastillas. No se trata de vaciarse, como una pérdida de goce, sino de un paso al acto para desaparecer de la escena que la angustia ¿Qué podemos decir de este paso al acto? De entrada podemos decir que pone de manifiesto algo que la anorexia mantenía oculto. Si la anorexia funciona como un fantasma, la bulimia constituye un movimiento que rompe el equilibrio fantasmático porque introduce un empuje pulsional que lo desborda. Si Marta hubiera continuado con el síntoma anoréxico seguramente este paso al acto no se hubiera producido. Frente a la desaparición de su abuelo debía surgir la pregunta tanto por su falta (¿Cómo vivir sin él?) como por el lugar de ella sin el sostén del abuelo (¿Dónde vivir sin la falta del Otro para alojarse? ¿Qué o quién es ella ahora, cuando ya no le falta al Otro?). Como hemos dicho, en lugar de las preguntas propias para iniciar el trabajo del duelo, surge el síntoma anoréxico. Cuando éste vira a bulimia y el atracón la angustia, no soporta la angustia y hace un paso al acto. De la relación de amor con el abuelo que la sostenía en un lugar de privilegio (i (a)), pasa a ser un objeto caído (a) en tanto que ha perdido el lugar que ocupaba en el Otro. Esto desvela un aspecto universal de la relación del sujeto con el objeto a, normalmente velado por (i(a)): el sujeto identifica su ser al objeto caduco, resto de la operación significante, que Lacan nombra con los términos tomados del caso de la joven homosexual de Freud, niederkomen lassen, el sujeto identificado al objeto que se deja caer.
En el caso de Marta, la dificultad para hacer el duelo la hizo pasar del sostén provisional de la anorexia (pseudofantasma) a devenir un objeto resto, caído del Otro. Como es frecuente en estos casos, el curso de las entrevistas ha llevado la cuestión a su dificultad con el amor en la relación con los chicos, según la lógica histérica y con las marcas provenientes del estrago.

















* Psicoanalista miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Tiene su práctica en Madrid, España.