lunes, 24 de octubre de 2016

Psicopatía y psicoanálisis




Psicopatía y psicoanálisis
En esta oportunidad daremos a conocer dos enfoques del psicoanálisis sobre el tema de la psicopatía: el de Otto Kernberg, nacido en Austria, formado profesionalmente en Chile y radicado en Estados Unidos, siendo director del Instituto de Trastornos de Personalidad en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, y el del Profesor Roberto Mazzuca, psicoanalista, Profesor Titular de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
Otto Kernberg
Otto Kernberg(1) enfatiza en que hay que diferenciar lo que es la conducta antisocial de la estructura de personalidad antisocial y que es muy importante diferenciar la conducta antisocial de la criminalidad. La criminalidad es un concepto legal, la conducta antisocial es un concepto clínico psiquiátrico y critica al DSM III, porque plantea la definición de la personalidad antisocial  en términos de conducta criminal.
Con respecto a la sinonimia, Kernberg dice que el término tradicional para el tema que estamos tratando, era de persona psicopática. Luego fue reacción antisocial y el término contemporáneo es personalidad antisocial.
Para este autor, la personalidad antisocial tiene una estructura de personalidad de tipo narcisística. Kernberg dice que los fundamentos de esta personalidad son: autorreferencia excesiva, grandiosidad, tendencia a superioridad exhibicionista, dependencia excesiva de admiración por parte de otros, superficialidad emocional, crisis de inseguridad que alternan con la grandiosidad usual. Luego, dentro de las relaciones de objeto (con los otros), sería intensa envidia consciente e inconscientemente, mecanismos contra la envidia, especialmente tendencia de explotación, incapacidad de depender de otros, falta de empatía con los otros, falta de compromiso interno en otras relaciones.
Desarrolla también las formas leves de patología del SuperYo, dentro de las estructuras narcisísticas: la incapacidad de experimentar depresión, la tendencia a tener grandes cambios de ánimo, una tendencia a estar regido por vergüenza en vez de culpa, el hecho de hacer actos antisociales. En este sentido, el temor a que lo pillen determina ser honrado y no un sentimiento de una moral interna. El sistema adolesce de valor ético adulto, o sea que, para Kernberg, los valores son infantiles.
La persona narcisística quiere ser admirada, porque es la más rica, la que tiene más objetos, porque es la más bonita, la mejor vestida, un contraste por querer ser estimada por los valores más adultos.
Y con respecto a la patología del Super Yo grave, que para Kermbeg constituye el síndrome del narcisismo maligno, las características son: conducta antisocial, agresión egosintónica dirigida contra otros en forma de sadismo o dirigida contra sí mismo en forma de tendencias automutiladoras o suicidas, sin depresión, y una orientación paranoidea.
En la estructura antisocial propiamente dicha, tenemos conducta antisocial desde la infancia (mentir, robar, falsificar cheques, prostituirse, asalto, robo, asesinato, robo armado), hay una ausencia auténtica de capacidad de sentimiento de culpa y de remordimiento. Esto es importante, porque el psicópata puede presumir de remordimientos y una vez que lo han agarrado (no antes), puede aparentar culpas y pueden realmente mostrarse  estar arrepentidas, simplemente para conseguir una atenuación de la pena.
La otra característica es total incapacidad de una relación afectuosa con otros. Hay relaciones de tipo parasitarias. El paciente, por ejemplo, dice el Dr. Kernberg, puede tener una excelente relación con su tía, resulta que la tía es la que le da dinero todo el tiempo, es la única persona con quien se cuida de mantener una buena relación.
Otra característica es la incapacidad de sufrir duelos auténticos, con tristeza y melancolía, y en lugar de ello surge rabia e impotencia por haber sido derrotados o descubiertos.
Estos pacientes son incapaces de enamorarse o de mantener una relación de amor como parte de sus relaciones sexuales. Las relaciones sexuales están desprovistas de todo tipo de ternura.
Otra característica que se nota es la ausencia de planear "a futuro" y muchas veces el individuo actúa, aunque sea muy inteligente, como si no tuviera ninguna conciencia de las consecuencias para él mismo de su comportamiento. Hay indiferencia por su futuro a largo plazo y también suscribe (como todo el resto de los clásicos) que hay una falta de capacidad de aprendizaje, no aprende de sus propios errores y hay una repetición eterna de los mismos patrones conductuales.
Otro rasgo importante es la incapacidad de identificarse con valores morales. A veces, el antisocial es un experto en leer las reacciones de los demás, en adivinar lo que van a necesitar o hacer, pero no pueden captar la dimensión ética.
Otto Kernberg postula que el narcisismo patológico es un componente de la psicopatía, ingresando elementos psicodinámicos en el diagnóstico de la psicopatía. El narcisismo no patológico es consecuencia de una buena evolución del Yo, es la aceptación de la realidad, en tanto que la realidad puede ser emplazada para satisfacer las necesidades (libido) dirigidas hacia el exterior y hacia el objeto. Los sujetos que no han podido realizar bien esta formación, el ideal del Yo, por no haber interiorizado suficiente amor y estimación recibido de afuera, muestran unas defensas narcisistas muy fuertes. No se atreven a dirigir su libido hacia objetos exteriores y consiguientemente se encierran en sí mismos absteniéndose de recibir, precisamente, lo que más les falta.
Otto Kernberg cuenta una anécdota que es muy importante y ejemplificadora, que le ocurrió a él mismo, dice "Yo tenía un psiquiatra en formación que robaba y yo no lo sabía y después de terminar su formación me pidió cartas de recomendación. Se las di en dos oportunidades, para dos ocasiones distintas y después me llegó una carta donde el director de la última institución, enfurecido, me decía que cómo una persona como yo mandaba cartas de recomendación de alguien que robaba en forma constante y desmesurada. Este psiquiatra vino a verme para pedirme una tercera carta de recomendación y entonces yo lo confronté con la información de éstos directores", y la reacción de él fue "ah, claro, si yo sabía que estos me iban a perseguir". "O sea que le preocupó que lo persiguieran, no tuvo ninguna preocupación por el cambio mío en la relación con él. Y cuando yo le pregunté qué pensaba él de mi reacción frente a toda esta situación, él me dijo "me imagino que usted está enojado conmigo, porque yo lo he engañado, si quiere no me dé la carta". Es decir que no tuvo capacidad de darse cuenta de mi reacción de tristeza por la pérdida de la relación interna con un hombre que era muy inteligente y como les dije, yo lo había supervisado durante un tiempo. Ahora ustedes me pueden preguntar ¿cómo usted no hizo el diagnóstico? Es sumamente difícil, como veremos en algunos momentos más, hacer el diagnóstico fuera de una situación clínica claramente definida, socialmente hacemos los errores más garrafales con este tipo de estructura de personalidad, por lo menos en el corto plazo".
Otto Kernberg hace un diagnóstico diferencial entre tres tipos de estructuras, 1) el síndrome del narcisismo, 2) la estructura social propiamente dicha, 3) la personalidad narcisística con conducta antisocial. Entonces, el síndrome del narcisismo maligno tiene conducta antisocial, tiene una estructura narcisística y tiene un narcisismo maligno. Pero no tiene capacidad de relaciones no explotadoras, no tiene capacidad de identificación con valores morales, no tiene capacidad de compromiso con los otros y no tiene capacidad de sentimientos de culpa.
La estructura antisocial, propiamente tal, tiene conductas antisociales, estructura narcisística, no tiene narcisismo maligno, sí tiene incapacidad de relaciones no explotadoras, tiene incapacidad de identificación con valores morales, tiene incapacidad de compromiso con otros, tiene incapacidad de sentimientos de culpa. Y las personas narcisísticas con conducta antisocial, además de una conducta antisocial tienen una estructura narcisística, pero no tienen narcisismo maligno, incapacidad de relaciones no explotadoras, incapacidad de identificación con valores morales, tampoco tienen capacidad de compromiso con los otros, menos, incapacidad de sentimiento de culpa.
Con respecto a esta última personalidad (narcisismo con conducta antisocial), como decíamos que no tenía síndrome de narcisismo maligno y lo tiene la personalidad narcisística con conducta antisocial, son individuos cuya conducta antisocial es de tipo pasivo parasitario.
Henderson había clasificado a los psicópatas en agresivos, pasivos y creadores. Kernberg discute esto de creadores, pero dice que en la conducta permanentemente agresiva (ataque armado, robo con asalto, agresión física), hay un síndrome de narscisismo maligno. En cambio, cuando las tendencias antisociales son pasivas, tenemos la mentira crónica, el robo pasivo, la explotación parasitaria en lugar de la agresión directa.
La pseudología fantástica corresponde a un síntoma en el que el paciente inventa episodios novelescos y los narra como si realmente le hubieran ocurrido a él. Son conscientes del valor de la realidad que puede ser atribuida a sus fantasías, pero a veces y por períodos de duración variable, pueden creer en ellas y vivir así en un mundo de irrealidad. Esto está tomado del Tratado de Psiquiatría de E. Bleuler.
Dice Kernberg que en todo individuo narcisista deben investigarse las tendencias antisociales. Pone por caso a un profesor universitario de estructura narcisista al que le preguntó en medio de la entrevista "¿Ha tenido problemas con la ley o el impulso de estar envuelto en situaciones que puedan crearle problemas con la ley, por ejemplo, deseos de robar?" Y él le contestó "¿y cómo lo sabe usted?" Y resulta que el hombre robaba en librerías de arte, porque su especialidad era el arte y sentía que podía apreciar mucho mejor esos libros que todos los demás y tenía el derecho de robar los libros que no podía pagar.
Hablando de casos en que existen estructuras neuróticas de personalidad con tendencias antisociales, no narcisísticas, cuenta el caso de un médico que robaba en la cafetería del hospital y lo agarraron. Lo iban a expulsar del hospital y lo mandaron al departamento de psiquiatría. Dice que Kernberg lo examinó y tenía una estructura de personalidad obsesiva y con tendencia antisocial provocadora, justamente para ser pillado. Había que ser bruto para robar en la cafetería, siendo el médico del hospital. Robar en la cafetería del mismo hospital era una provocación. Luego de unos años de tratamiento, este médico no volvió a tener una conducta antisocial semejante.
Roberto Mazzuca
Psicopatía y psicoanálisis (2)
Primero, se trata de un tema que no se puede considerar completo ni cerrado. Segundo, lo que se designa con el término de psicopatía no es exactamente coincidente con el enfoque dado por la psiquiatría clásica y el psicoanálisis. Tercero, es necesario tener en cuenta que, desde la perspectiva de la semiología psicoanalítica, lo que la psiquiatría tradicionalmente delimitó como psicopatías aparece como una categoría compuesta por grupos heterogéneos. Finalmente, para terminar de presentar las ambigüedades que predominan en este tema, no se puede omitir que dentro del psicoanálisis en general y en la orientación lacaniana en particular, las psicopatías no han sido reconocidas de manera explícita. La clásica nosología freudiana recuperada por Jacques Lacan organiza el campo psicopatológico fundamentalmente en tres categorías clínicas: las neurosis, las psicosis y las perversiones; y las psicopatías no tienen claramente un lugar en este sistema.
Propuse entonces, aceptando una sugerencia formulada por el Dr. Marietán, que es en referencia a la estructura perversa donde convenía localizar ese lugar. Aceptar esta propuesta implicaba un obstáculo importante derivado del hecho de que el término perversiones, tanto en la psiquiatría como en el psicoanálisis, se refiere muchas veces de manera específica a patologías de la sexualidad, ya sea en el orden fálico -fetichismo, trasvestismo- o en el del objeto -exhibicionismo, sadismo-. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la enseñanza de Jacques Lacan desplaza la frontera del concepto de perversión y lo lleva más allá de la concepción freudiana que no termina de desprenderlo de una referencia directa a la perturbación de la conducta sexual, podemos acceder a una teoría generalizada de la estructura perversa –de la que las perversiones en el sentido clásico constituyen solo un caso particular- y, de este modo, encontrar allí las categorías, los mecanismos y las posiciones subjetivas que nos permiten entender, ordenar y explicar las conductas psicopáticas.
Esta posibilidad sigue siendo válida aún para aquellos casos que no se consideran patológicos. Ésta es otra diferencia sensible de la clínica lacaniana con respecto a la de Freud, ya que las categorías clínicas: neurosis, psicosis, perversión, son consideradas por Lacan como estructuras subjetivas, es decir, diferentes modalidades subjetivas no necesariamente patológicas en relación con un criterio de normalidad, sino distintos modos de ser sujeto, diferentes formas de ser.
Freud definió las perversiones en su relación con las neurosis como el derecho y el revés, el negativo y el positivo. Las neurosis son a las perversiones –decía– como en una fotografía el negativo es al positivo. Podemos entonces aplicar esta oposición a la relación entre las neurosis y las psicopatías y verificar, de esta manera, cómo los rasgos se oponen punto por punto en el neurótico -especialmente en el obsesivo-, y en el psicópata.
Aplicando esta oposición en la dimensión de la culpabilidad presenté, en la mesa del año pasado, la ausencia de culpabilidad en el psicópata como lo opuesto de la rígida conciencia moral del neurótico obsesivo, lo que Freud llamaba el severo y cruel superyó primitivo que acosa al neurótico con los autorreproches y los remordimientos ante sus transgresiones fantasmáticas, es decir, las que el neurótico cree que son transgresiones.
El psicópata, por lo contrario, sólo puede ser calificado como transgresor desde el punto de vista de un observador externo. Desde su propia posición subjetiva no es ni se siente transgresor, hay una ausencia de culpabilidad que desdibuja los contornos y las barreras entre lo prohibido y lo permitido en el lazo social, se guía por sus propios códigos.
Es por esto que reuní al psicópata y al neurótico en lo que consideré una patología de la responsabilidad. En uno por defecto, en el otro por exceso y por deformación, en ambos casos hay un déficit en la responsabilidad.
Este contraste entre neurosis y psicopatía obtenido de la generalización de la oposición entre neurosis y perversión como modalidades subjetivas puede plantearse sobre otros ejes, y de este modo destacar, como lo hace Lacan, el contraste entre el goce y el deseo. Para el neurótico es prevalente la dimensión del deseo en detrimento del goce de la satisfacción pulsional que, en las neurosis, queda sujeta más fuertemente a la eficacia de la represión y otras vicisitudes pulsionales. Visto desde otra de sus caras es equivalente a afirmar que el goce neurótico siempre implica un alto grado de sufrimiento: la satisfacción pulsional termina produciéndose por vías indirectas y sobre todo a través de la satisfacción del síntoma como retorno de lo reprimido. En la perversión, por el contrario, es prevalente la vía del goce y el deseo mismo se convierte en voluntad de goce. La satisfacción pulsional se obtiene por vías más perentorias, la llamada impulsividad del psicópata.
Pero podríamos destacar también un contraste sobre el eje de la demanda. La modalidad neurótica conduce al sujeto a ubicarse en dependencia de la demanda del Otro. Al neurótico le gusta hacerse demandar y usa sus recursos para que el otro le pida, le ruegue, le sugiera, le ordene..., todas diferentes formas de la demanda con las que espera sobre todo obtener el reconocimiento del Otro. El psicópata, por el contrario, demanda, impone formas sutiles de exigencia, incita al otro a la acción.
También podríamos marcar el contraste en las modalidades del acto y comparar la seguridad, labilidad y rapidez del psicópata, con el predominio del pensamiento, de la duda, de la indecisión, la vacilación neurótica, sobre todo con la duda obsesiva que determina una pobreza en la acción ya que conduce una y otra vez a su postergación o bien a una realización torpe que marca un fuerte contraste con la abundancia, la habilidad y la seguridad del psicópata en sus acciones.
Pero sobre todo conviene desplegar la comparación entre una y otra modalidad subjetiva en el eje de la angustia y el goce. Es sobre este eje que Lacan hace jugar la distinción, en el interior de la estructura perversa, entre el sádico y el masoquista. El sádico que aparentemente persigue provocar la angustia en el otro pero, en realidad, inconscientemente busca producir el goce del Otro. El masoquista que aparentemente tiene el propósito de suscitar el goce del otro pero, sin embargo, inconscientemente lo que busca es angustiar al Otro.
Deberíamos ubicar al psicópata del lado de la modalidad sádica para compararlo con el neurótico. En las neurosis encontramos de una manera privilegiada el despliegue de las diversas formas de angustia. No tenemos que olvidar que correspondió a Freud la originalidad de introducir la angustia en el campo de la psicopatología: y esto vale tanto para la semiología de la angustia, es decir, los diversos grupos sintomáticos a través de los cuales se descarga, como para la nosología, es decir, las diferentes categorías clínicas caracterizadas por distintas formas de angustia. Y también para su teoría. Hoy puede parecernos extraño ya que, después de Freud, no podríamos concebir el campo de la psicopatología sin la angustia. Sin embargo, antes de Freud, la clínica psiquiátrica prescindió totalmente de esta dimensión esencial de la subjetividad moderna.
Si Freud pudo darle ese lugar decisivo a la angustia es porque inventó el psicoanálisis a partir de las neurosis y es allí, en el campo de las neurosis, donde en primer término investigó y reconoció sus diferentes formas: la angustia de las neurosis de angustia, la angustia en la histeria y en la obsesión, y la angustia de las fobias o, como Freud prefería llamarlas hacia el final de su obra, histeria de angustia. La angustia es consustancial con la subjetividad neurótica en contraste con su casi ausencia o bajo nivel en el psicópata que sólo se angustia en sus momentos de crisis, es decir, en que fracasan sus mecanismos psicopáticos. Momentos breves, por lo general, transición hacia la recuperación de su equilibrio psicopático.
En cuanto a Lacan, si mantiene el eje freudiano que articula neurosis con angustia, es porque, sobre todo el neurótico, se angustia ante el deseo del Otro. Por eso la angustia que Freud caracterizó como señal de un peligro, Lacan llega a definirla como la percepción misma, en el sujeto, del deseo del Otro. Y esto es así porque, ante ese deseo, el neurótico se niega a servir de instrumento del goce del otro, su posición es de rechazo a ponerse al servicio del goce del otro.
El psicópata, él, no se angustia pero no le ahorra esa experiencia a su partener. Por el contrario, es muy activo para enfrentar y sumir al otro en la experiencia de la angustia. Actividad del psicópata que apunta a un objetivo bien preciso: el intento de impelir a su pareja a acceder al goce, de llevarla más allá de las barreras de la inhibición y la represión. No al goce buscado y reconocido por el neurótico, sino al goce prohibido de la satisfacción de sus pulsiones reprimidas.


Bibliografía
1. Otto Kernberg, Diagnóstico Diferencial de la Conducta Antisocial, Revista de Psiquiatría, 1988,volúmen 5, página 101 a 111, Santiago, Chile
2. Mazzuca,  Roberto, “El psicópata y su partener”, Revista Alcmeon, vol. 9, número 35, Buenos Aires, 2000.

 

martes, 4 de octubre de 2016

El amor en los tiempos del Queer


El amor en los tiempos del Queer

“Lo más absurdo de la situación de ambos era que nunca parecieron tan felices en público como en aquellos años de infortunio. Pues en realidad fueron los años de sus victorias mayores sobre la hostilidad soterrada de un medio que no se resignaba a admitirlos como eran: distintos y novedosos, y por tanto transgresores del orden tradicional”.
(García Márquez: 1985)


Hablemos de amor, o mejor hablemos de amores, con un plural que tiene más de política que de gramática. Los hay históricos, diversos, románticos y clandestinos; hay amores que curan y otros que enloquecen, trasgresores y dogmáticos, a primera vista y a ciegas, de medias naranjas y de alteridades. Los hay patriarcales, revolucionarios y tozudos. Hay amores…con un plural que se demarca de fórmulas anquilosadas, y que hace de ellas solo otro eslabón en la historia del amor y sus formas.

Hablemos del amor como construcción histórica y social, que muta al compás de los imaginarios que lo animan y según las tramas de poder-saber-placer que lo moldean. Un amor que se transforma en sus modos de expresión, en sus alianzas y en sus inscripciones subjetivas e históricas. Un amor que implica normas, tradiciones, prohibiciones, tabúes, estereotipos, roles y mitos.

Estas páginas procurarán un rodeo sobre ciertas evidencias y los intentos de captura que el lenguaje, siempre arbitrario y limitado, intenta realizar sobre ellas.  Algo así ocurre con el amor occidental y sus expresiones.  En la actualidad se visibilizan nuevas modalidades amorosas, conyugales, eróticas y parentales, dando cuenta de profundas transformaciones en los modos de subjetivación contemporáneos.

Amor en los tiempos del Queer nos invita a problematizar y reflexionar en torno al desplazamiento de sentidos y prácticas amatorias que se han producido a lo largo de la historia. Desde un amor ambientado en el siglo XIX, donde Gabriel García Márquez [1] nos lleva a palpitar el mágico reencuentro de los amantes que superaron las inclemencias propias del tiempo y la distancia, a la multiplicidad de conexiones amorosas, fugaces, transitorias y desobedientes que hacen estallar los límites de lo instituido.

La novela del escritor colombiano a la que se hace alusión, relata una historia de pasiones, encuentros, desencuentros y decepciones. Durante medio siglo los amantes apelaron a la correspondencia como gran astucia frente a un orden moral, económico, de tradiciones cristalizadas y de subjetividades heterónomas, que impedía la consagración de su amor apasionado e ‘infractor’ (Ulloa: 1995), aún bien arraigado a una lógica patriarcal y normativa.

Basta leer algunos de sus pasajes para comprender los sentidos que allí se jugaban: “Fue el año del enamoramiento encarnizado. Ni el uno ni el otro tenían vida para nada distinto de pensar en el otro, para soñar con el otro, para esperar las cartas con tanta ansiedad como las contestaban. Nunca en aquella primavera de delirio, ni en el año siguiente, tuvieron ocasión de comunicarse de viva voz. Más aún: desde que se vieron por primera vez hasta que él le reiteró su determinación medio siglo más tarde, no habían tenido nunca una oportunidad de verse a solas ni de hablar de su amor. Pero en los primeros tres meses no pasó un solo día sin que se escribieran, y en cierta época hasta dos veces diarias, hasta que la tía Escolástica se asustó con la voracidad de la hoguera que ella misma había ayudado a encender”. [2]

Se abordará entonces un movimiento que va desde el amor romántico como ideal al escenario actual donde éste coexiste con una creciente diversidad de elecciones de partenaire erótico y amoroso, una pluralidad de identidades sexuales y de géneros que reclaman reconocimiento, las luchas por la reivindicación de los derechos de las minorías (tales como el matrimonio igualitario y la Ley de identidad de género), las intervenciones quirúrgicas y de hormonización para adecuar el sexo al género. Así mismo la fragilidad en las uniones conyugales, las transformaciones en los grupos de crianza y sus pautas, el avance de las tecnologías reproductivas, el preocupante incremento de la violencia de género y los femicidios.

De alguna manera, podemos suponer que todas estas prácticas interpelan los conocimientos que las ciencias humanas, sociales, médicas, psicológicas, e inclusive el psicoanálisis, han construido dentro de los paradigmas binaristas y heteronormativos. Así se desnaturaliza el ‘orden sexual moderno’ y las modalidades específicas de producción de identidades sexuales que dicho orden efectivizaba. En este sentido, se pone de relieve el desacople radical entre el sexo biológico, el deseo, el género, las prácticas eróticas y amatorias.

El mito del amor romántico

La cultura amorosa occidental es por tradición (y opresión) patriarcal y capitalista. Esto significa que instituye una experiencia particular por la que los individuos pueden reconocerse sujetos de una sexualidad orientada hacia una práctica amatoria específica (Fernández: 2013). Heteronormatividad, sexismo e individualismo, entre otros son los elementos que delimitan el dispositivo de sexualidad moderno. Este se sostiene por la coexistencia y enlace de diversas narrativas que producen y regulan los géneros y las sexualidades en nuestra sociedad.

Parafraseando a Castoriadis los mitos son un modo por el cual cada sociedad catectiza como significación su vida y el mundo que habita (Castoriadis: 1988); es decir se trata de la cristalización de significaciones que organizan el sentido de las acciones, del pensamiento y de los afectos, y que así sustentan la orientación y la legitimidad de sus instituciones. A partir de ésta conceptualización, Ana María Fernández (Fernández: 1993) entiende que en la modernidad la eficacia-violencia simbólica que ha tenido la equivalencia entre la mujer y la madre, la pasividad erótica femenina y el amor romántico conformantes de los mitos advienen piezas claves del disciplinamiento de la sociedad. Invisibilizan lo diverso, reniegan de una perspectiva histórica e instalan regímenes de verdad que naturalizan y escencializan lo que no son más que producciones subjetivas.

Pues bien, estos tres órdenes imaginarios de la familia burguesa instituyen la legitimación de prácticas determinadas de poder masculino, a través de la sujeción al amor en la figura del matrimonio, que posiciona a las mujeres en dependencia erótica, subjetiva y económica. Por el contrario, sobre los varones recae la expectativa de una sexualidad en clave fálica, donde la conquista del territorio femenino se volvería una exigencia y el respaldo económico, una función.

La conyugalidad ha sido uno de los modos más eficientes para controlar la sexualidad de las mujeres. Una pieza clave en la “gestión de las fragilidades” [3]. “Ser de otro” es la forma de subjetividad que, organizada en clave sentimental, pudo sostener históricamente la pasivización del erotismo femenino y el matrimonio monogámico como una de sus expresiones, donde las mujeres de alguna manera consienten alienarse de la propiedad de su cuerpo y placeres, deseos.

Según Emiliano Galende “el amor romántico constituyó un ideal femenino de romper con la sexualidad dominada por el imaginario de los hombres. Trata de reunir en una misma narrativa la posición amorosa, la libertad sexual, la autonomía para elegirse mutuamente, rompiendo con la disociación masculina entre mujer sagrada y prostituta, uniendo amor y sexualidad” [4]. Hablar de ideal introduce justamente la dimensión de lo ilusorio. El ideal de una historia compartida entre dos que se atraen y se eligen mutuamente, donde se valora el sentimiento de ambos, donde se imagina un proyecto común. La ilusión de un espacio íntimo que pueda sustraerse de una sociedad real, de los intereses económicos, políticos, de luchas de poder al interior de la familia, del sistema patriarcal y capitalista.

Pues podemos advertir entonces que el amor romántico y su consistencia imaginaria, constituye una de las tantas tácticas con que la estrategia patriarcal cobra cuerpo. Aún hoy, frente a las grandes transformaciones en las prácticas y los discursos sobre el amor, es claro que este mito no ha perdido su eficacia.

Lo Queer

Tal como se ha señalado más arriba, en la actualidad nos encontramos con lo que Fonseca Hernández y Quintero Soto nominan como sexualidades periféricas, aquellas que “traspasan la frontera de la sexualidad aceptada socialmente y que están basadas en la resistencia a los valores tradicionales…” [5]. Claro que por  asumir dicha transgresión el costo a pagar es el del rechazo social, la discriminación y el estigma.

En la década del 80, en un período sociohistórico, político y cultural marcado por diversas crisis, tales como la emergencia del sida, las críticas al feminismo heterocentrado, blanco y colonial, la crisis política y cultural asimiladas por el capitalismo, y la explosión de una multiplicidad de maneras de habitar la sexualidad, surge un movimiento denominado Queer. Es interesante el hecho de que a través de la resignificación del insulto (tal como era utilizado para el hostigamiento de lo considerado  “raro” o “extraño”) consigue reafirmar que la opción sexual distinta es un derecho humano. Lo Queer se presenta como un movimiento que aboga por el reconocimiento de la disidencia sexual y la de-construcción de las identidades estigmatizadas.

Éste movimiento se comienza a gestar a partir de las luchas políticas y sociales del activismo gay y lésbico de Estados Unidos y el Reino Unido. De alguna manera tuvo la capacidad de reunir diversos colectivos que hasta el momento no habían trabajado juntos políticamente (gay, lesbianas, transexuales, travestis, negros, latinos, mujeres en situación de pobreza, drogadictos) (Siqueira Peres: 2013)

En Argentina se produce un proceso de importación y traducción teórica: durante la década de 90, con el propósito de indagar idearios, prácticas y materiales, el pensamiento Queer hizo su desplazamiento desde EEUU a la Argentina. Ya en nuestro país inscribe las marcas de lo local con sus luchas culturales presentes y pasadas, y por supuesto, de las experiencias políticas anteriores (Belucci y Palmeiro: 2013)

La teoría Queer se presenta como una nueva perspectiva para examinar y entender las relaciones sociales y los movimientos de la cultura, es decir, una renovada epistemología que permite analizar y comprender críticamente, las construcciones actuales respecto de la sexualidad, la identidad, el cuerpo y el deseo.

De alguna manera puede reconocerse que su principal lucha responde a la necesidad de transformar el discurso público sobre las sexualidades a través de la desestabilización de los límites entre lo público y privado. Denuncia en buena medida la naturalización de la heterosexualidad e intenta dar voz a las múltiples identidades acalladas por el androcentrismo, la homofobia, el racismo y el clasismo de la ciencia. Procura un mundo sin fronteras y de igualdad, es decir, promueve el derecho a la indiferencia. (Fonseca y Quintero: 2009)

Como efecto del desplazamiento progresivo del activismo Queer a la academia,  comienzan a producirse una gran cantidad de conceptualizaciones, y se toman aportes de diversas fuentes. Una de las más importantes ha sido la fuerte crítica a la noción de identidad, para la cual el psicoanálisis ha ofrecido herramientas de sobra al develar el carácter frágil e inestable de la construcción que subyace a la ficción de posiciones de sujeto fijas y estables, aglutinadas en identidades coherentes, discretas, monolíticas e invariables, así como los complejos anudamientos existentes entre género y sexualidad.

Judith Butler, una de sus máximas referentes, se propone superar aquellos supuestos teóricos esencialistas que impiden incorporar la diversidad y la multiplicidad de presentaciones de género y sexuales en nuestros esquemas de pensamiento (Martinez: 2012). De acuerdo con Butler el género se define, como performance, la cual implica la repetición imitativa de reglas mediante las cuales nos concretaríamos (Butler: 2016)

En “Género en disputa” Butler plantea una fuerte crítica a la identidad sexual y de género como construcciones represivas y excluyentes. Entiende a la sexualidad y al género como construcciones culturales impuestas, de forma que no existen roles sexuales o de género con raíces biológicas. Para esta autora, cualquier categoría de identidad tiene la función de controlar el erotismo;  describe, autoriza pero, en mucha menor medida, libera.

De este modo, Butler deconstruye la dicotomía entre sexo y género, argumentando que el sexo es ya de por sí una construcción social y que, por tanto, ha sido género todo el tiempo.

Butler nos plantea entonces que si el género es la construcción variable del sexo, existirían múltiples vías abiertas de significado cultural a partir de un cuerpo sexuado, lo cual introduce un abanico mucho más amplio de opciones sexuadas. [6]

De esta manera se cuestiona la idea de interioridad esencialista, y se concibe a la identidad como una construcción producto de las relaciones de saber-poder-placer que condicionan ciertas posibilidades de fijación identificadora y reprimen, excluyen, niegan, interdictan, otras posibilidades de posición del sujeto.

La identidad es pensada como un espacio político que puede modificar sus términos, sus límites, para incorporar posiciones que han sido excluidas

Rosi Braidotti, otra de las autores afines a este pensamiento, nos habla de una producción de subjetividad “nómada”(Braidotti:2000) para justamente dar cuenta de una ficción política que se produce en lo que denominará “tiempos transcontemporáneos”, donde el protagonismo de la imaginación, pueda construir nuevos mitos pero ya no con la fijeza de antaño, sino construcciones inestables, transitorias, arbitrarias y excluyentes.

En este sentido no es posible hablar de una identidad queer, más bien se trata de una crítica a todas las identidades, apuntando a desencializar y desnaturalizar. Lo Queer no se inserta dentro de un registro binario y universal, sino que se presenta como expresión humana en construcción permanente, como proceso, como devenir en acción; múltiple, heterogéneo y polifónico. Se trata de una perspectiva nómada de composición de la vida (Braidotti: 2000)

La idea de la perspectiva Queer y sus efectos en las prácticas amatorias, es que mediante distintas performances que permiten cambiar constantemente de identidad, se pueden ir transformando las categorías de cuerpo, sexo, género y sexualidad pudiendo así subvertir las identidades impuestas y acabar transformando este orden simbólico excluyente hacia algo más plural.

Amor a la Queer

A partir de lo anterior nos preguntamos ¿qué efectos tiene esta perspectiva sobre el modo de concebir las prácticas y discursos amorosos contemporáneos?

Claramente la perspectiva Queer denuncia aquellos amores de closet [7]. Denuncia las prácticas que han sido silenciadas y ocultadas en los reductos del espacio privado, más al modo de  gueto que de intimidad moderna.
Se proclama el amor como derecho humano universal, donde se respete el modelo dual heterosexual, pero también todas aquellas formas de diversidad sexual y amorosa.

Estallan las performances del amor de dos o más personas, de un erotismo que se expande a la totalidad de los cuerpos y no solo a la tiranía del orgasmo. Se apuesta a amores virtuales, imposibles, platónicos, exóticos. De  edades diversas, de hombres, mujeres, personas intersexuales, transexuales, travestidxs, negrxs, gente de todas las clases socioeconómicas, de todos los gustos, de todas las razas y religiones, sin discriminación por etiquetas. Incluye a los y las solitarixs, a los y las promiscuxs, a los adictos, a lxsfrikies, los raros y las raras, a las minorías de cualquier tipo, y a todo aquel o aquella que tenga curiosidad por ampliar horizontes en su identidad, su cuerpo y su sexo.

El Amor Queer es bisex, trisex, y se extiende hasta el infinito. No categoriza la orientación sexual tradicional (homo, hetero, bisexual) porque no entiende las relaciones como "cosa de dos", ni tampoco divide a la Humanidad en dos géneros opuestos (mujeres, hombres). El Amor Queer denuncia la hipocresía del romanticismo burgués en torno a la fidelidad femenina y la promiscuidad masculina, el adulterio y la prostitución como vía de escape al aburrimiento del matrimonio. De algún modo aspira a una “revolución sentimental” para desmontar todos los mitos románticos basados en la tradición patriarcal (Corral Herrera Gómez: 2010)

Detengamos aquí esta sucinta descripción. Si bien puede coincidirse en que muchos de los puntos planteados por la perspectiva Queer abogan por la visibilización y el respeto de una diversidad cada vez más creciente, luego de profundizar en sus conceptualizaciones y debates internos caben algunas preguntas que permitan tensionar y revisar varias de sus categorías.

Teniendo en cuenta que el sistema capitalista se enriquece justamente a costa de las desigualdades sociales ¿Es posible pensar en que desaparecerán las identidades normativas en los márgenes que éste delimita?; ¿se puede llegar a la libertad sexual dentro del sistema capitalista?; el empuje a lo radicalmente diverso ¿no atenta, de alguna manera, contra la dimensión de la diferencia y sus límites?; el hecho de que no sostengamos un orden binario y heteronormativo ¿nos debería llevar irremediablemente a una lógica de lo sin límite, de lo continuo o indiferenciado?; ¿puede pensarse el amor sin  límite?

Yago Franco en el texto “Eros: el amor” afirma que el amor está en contra del capitalismo, ya que se contrapone al despliegue de lo ilimitado, a la descarga de satisfacciones directas no mediatizadas. Refiere “Eros tiene que ver con la presencia de la diferencia, el lazo de DOS, el predominio de lo no narcisista. El primer problema que hallamos es que esta es una sociedad que exalta el narcisismo, las elecciones narcisistas de objeto: es sabido que la sociedad puede favorecer determinado tipo de lazo social. Y de diferentes maneras. El empuje al consumo, el énfasis en la imagen y la apariencia, también la aceleración del tiempo y la exigencia de inmediatez, y sobre todo, el ideal de disfrute sin límites,  acentúan una incertidumbre que se campea como sentimiento – de la mano de la crisis de las significaciones de lo femenino y lo masculino - y encuentra múltiples modos de representación”. [8]

En consonancia con este planteo podemos pensar que el sistema capitalista, sobre todo desde la democratización de la sexualidad y la avanzada neoliberal de los ’80, se caracteriza por su excelente capacidad para mercantilizar las diferencias identitarias. Así las convierte en objetos de consumo y productoras de más y nuevas segregaciones sociales. También se encarga de hacernos sentir diferentes si nos apartamos de “lo que es normal” para el sistema. ¿Cómo distinguir entonces esta tendencia del capitalismo, de la lucha por la disidencia y la diversidad sexual?

La teoría Queer propone que, mediante la transgresión de la identidad, las diferencias por cuestiones de sexo, género o identidad sexual desaparecerían. Sin embargo, es fundamental subrayar, que el capitalismo no solo se nutre de este tipo de opresión (en este caso de género, sexo o identidad sexual),  sino que se basa en una intrincada red de opresiones que se retroalimentan para consolidar el ejercicio de su poder. Ser mujer, por ejemplo, no es lo mismo que ser mujer, negra, pobre, lesbiana y/o trans.

Si nos ponemos agudos en la lectura, es claro que existen posiciones dentro del movimiento Queer que no dimensionan la materialidad concreta con que se ejerce la opresión y la conciben sólo como una cuestión ideal. De hecho muchos de los movimientos feministas tradicionales consideran la teoría Queer como la “hija política del posfeminismo” [9], producto de la derrota del viejo movimiento feminista. Su objetivo de disolver todas las identidades oprimidas opera, según varias lecturas, como un escollo en el camino de la emancipación de las mujeres y por consiguiente como esterilizador de todo intento de organización de las mujeres para su liberación.

Por lo tanto cabe la pregunta: estas teorizaciones, aún sin advertirlo, ¿no terminarían legitimando y adoptando ciertos principios fundantes del sistema capitalista, alejándose de una armazón teórica para la liberación?

Podemos por tanto advertir que este modo de entender la sociedad, introduce una categorización más ideal que material, la cual en muchos casos no dimensiona con la claridad las relaciones sociales efectivas que estructuran a la sociedad y sus formas.

Palabras finales

Pues entonces, es claro que el romanticismo patriarcal que heredamos del XIX sigue operando hasta nuestros días en diversos sectores de nuestra sociedad,  como una  “utopía emocional colectiva” (Corral Herrera Gómez: 2010). Pero a ella se suma, en un intento de contrapoder, el despliegue de un abanico amplísimo de modalidades del amor y la sexualidad, amor que desconoce identidades y diferencias, que de alguna manera respalda lo ilimitado, que reniega de lo imposible, que no esconde ni silencia, que se muestra de manera explosiva.  Un amor Queer provisto de la más radical de las resistencias a la norma, alejado de príncipes azules y princesas rosas, tributario de la transitoriedad y la inestabilidad, de las conexiones cada vez más fugaces y situacionales. En este sentido nos preguntamos ¿qué lugar para la historia de amor? El derecho a la elección libre e individual, sea cual fuere la preferencia ¿construye colectivo? ¿Produce práctica política? ¿Enfrenta al sistema capitalista y tanático que oprime y asfixia al amor? ¿O más bien lo reproduce?

Quizá se vuelva imprescindible seguir revisando estos nuevos movimientos a la luz de otras problemáticas para no perder la lucidez frente a lo que se presenta como instituyente.

Porque consideramos que nuestro desafío es el de confrontar contra el empuje sistemático y mortificante que nos deja cada vez más sedientos de afecto y de amor, cada vez más solos y desamparados.

Compilado y corregido por la Lic. Diana Gurny



La encrucijada sexual que mora del lado de lo imposible segrega según el viento de las épocas las ficciones que la racionalizan, en un movimiento por el que desconocen el lugar de donde esta proviene. Esa fue al menos la respuesta de J. Lacan a Jacques Alain Miller en Televisión a principios de los años setenta.”

La deriva más o menos delineada del  término QUEER , se puede leer en un artículo[iv] de Didier Eribon, otro de sus teóricos, que integra elDictionnaire des cultures gays et lesbiennes. Es recién hacia finales del siglo XIX que el término queer habría tomado una connotación sexual. El viejo término inglés, cuya atmosfera de significación se ligaba a lo bizarro, lo extraño, lo raro, será aplicado a la esfera de la sexualidad para designar todo lo que no se ajusta a la norma sexual. La otrora injuria devendrá una insignia en los años noventa - la propia Butler llama la atención sobre el paradójico giro de esta palabra, su “refundición” -. La reactivación del término se presume una reacción contra las reivindicaciones asimilacionistas de los movimientos de gays y lesbianas que buscan la integración social. Lo queer oficia de punta de lanza que despliega su efecto disolvente respecto de cualquier perspectiva sobre la sexualidad que tome como modelo el embalaje de la sexualidad de las clases medias, urbanas y blancas – sean o no heterosexuales -.
Así, lo que el discurso queer sostiene desafiante, el carácter construido del sexo a fuerza de performatividad, representa un golpe asestado contra cualquier discurso sobre la sexualidad que se avale desde una perspectiva esencialista, que hiciera derivar la diferencia entre los sexos de alguna esencia, sea que esta se nutra de una supuesta naturaleza o bien se valga del expediente anatómico para situarla.  Si bien es cierto que lo que el desafío queer toma como blanco de su crítica, es identificable con lo que Lacan hubiera aislado como “error común”, el error natural que consiste en que la diferencia sexual pase engañosamente a lo real por intermedio de la presencia del órgano para quiénes tienen a su cargo inicialmente distinguir los sexos – aquí las anatomías -. Es evidente que esta asignación inicial del sexo se produce bajo la dependencia del lenguaje, como sostiene Graciela Musachi[v] siguiendo a Lacan, pues se trata de un rodeo por el lenguaje, cuyo efecto es hacer aparecer la anatomía como supuesta “real inicial” de la mentada diferencia. Esta asignación sin embargo, no es el todo de la diferencia sexual para el psicoanálisis; que así se los distinga –no son ellos quienes se distinguen, aclara Lacan [vi]- no implica lógicamente que así se reconozcan, sobre esa distinción vendrán las identificaciones en las que el sujeto hablante se reconoce como perteneciente a algunos de los sexos por las que rechaza la distinción inicial. Solo más tarde y como consecuencia de la inscripción del sujeto en la función fálica, la elección del sexo se consuma, como elección de goce. La diferencia sexual pone en juego dos modos de vivir la pulsión, precisa Musachi, que suponen dos modo de gozar del falo. El hecho de que Lacan coloque esta encrucijada sexual del lado de lo real, es lo que exime al psicoanálisis de caer en el vel construccionismo / escencialismo para situar la diferencia entre los sexos[vii]………

Extracto de La teoría queer y la enseñanza de Lacan -¿queer Lacan?- (*) Este escrito retoma una intervención en la mesa redonda: “El malestar en la cultura hoy” realizada el viernes 21 de mayo de 2010, en el marco del ciclo de conferencias: “¿Cómo vive nuestra época la pulsión?”. Organizadas por la Asociación de Psicoanálisis de La Plata – como grupo asociado al Instituto Oscar Masotta -.


Por la Lic Diana Gurny



















Por Luciana Chairo
            
[1] García Márquez, G. El amor en los tiempos del cólera, Ed. Diana, Buenos Aires, 1985.
[2] García Márquez, G. El amor en los tiempos del cólera, Ed. Diana, Buenos Aires, 1985
[3] Fernández, A.M. “La mujer de la ilusión” en La Mujer de la Ilusión. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1993, pp.256
[4] Galende, E. Sexo y amor. Anhelos e incertidumbres de la intimidad actual, Paidós, Buenos Aires, 2001, pp.117
[5] Fonseca Hernández, M. y Quintero Soto, C. La Teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas, en Sociológica, año 24, número 69, pp. 43, 2009
[6] Para ampliar Chairo, L. Detrás del espejo… ¿Fragmentos modernos o diversidad contemporánea? en Revista El Psicoanalítico Número 22.
[7] Sedgwick, E.S. Epistemología del armario, Ed. De la tempestad, Barcelona, 1998
[8] Franco. Y, Eros, el amor, en Revista El Psicoanalítico Número 11.
[9] De la mano de las teorías del fin de la historia, de los grandes relatos y de los sujetos, el posfeminismo se postula como la teoría destinada a iluminar sobre la multiplicidad de diferencias sexuales que cuestionan lo hegemónico.

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