miércoles, 8 de febrero de 2017

Educar en emociones



Educar en emociones


“Nos enseñaron desde niños cómo se forma un cuerpo, sus órganos, sus huesos, sus funciones, sus sitios, pero nunca supimos de qué estaba hecha el alma” Mario Benedetti.


Quizás no seamos conscientes de todo aquello que nuestras emociones iluminan y ensombrecen a lo largo de nuestra vida. Nadie nos dijo como manejarlas, como cambiarlas o aprenderlas, parece como si nos olvidáramos de ellas por el simple hecho de que no se vean. Pero, ¿acaso no son fundamentales en nuestro día a día?
¿POR QUÉ SON TAN IMPORTANTES LAS EMOCIONES?
Las emociones determinan nuestra relación con el mundo. Nuestra salud mental y bienestar personal se influyen mutuamente, dependiendo en gran medida de cómo nos relacionamos con el mundo, así de las emociones que se generan. Al nacer no tenemos desarrollados el pensamiento, ni el lenguaje, ni siquiera podemos planificar lo que hacemos, sin embargo, nuestras emociones nos permiten comunicarnos e identificar aquello que es bueno y malo para nosotros.

A través del llanto, la sonrisa o conductas rudimentarias nos vamos relacionando con el mundo y el resto de seres humanos. Así podemos afirmar, que nuestras emociones configuran nuestro paisaje físico, mental, anímico y social.
¿POR QUÉ ES IMPORTANTE EDUCAR EN EMOCIONES?
Las emociones nos aportan información sobre nuestra relación con el entorno. Experimentamos alegría o satisfacción cuando las cosas nos van bien, y tristeza o desesperanza, cuando sucede todo lo contrario, como que experimentemos pérdidas o amenazas.

Cada vez que experimentamos una emoción, podemos crear pensamientosacordes a esta, interviniendo además nuestro sistema nervioso como el preparador del organismo para la mejor respuesta. Las emociones son como un sistema de alarma que se activan cuando detectamos algún cambio en la situación que nos rodea; son recursos adaptativos que los seres humanos presentamos, y que dan prioridad a la información más relevante para cada uno, activando así diferentes procesos que nos permitirán dar una respuesta

En la infancia, experimentar emociones positivas con frecuencia, favorece el posible desarrollo de una personalidad optimista, confiada y extrovertida, sucediendo lo contrario con la vivencia de emociones negativas. Así una adecuada educación emocional, permitirá adquirir destrezas para el manejo de los estados emocionales, reducir las emociones negativas y aumentar en buena medida, las emociones positivas.

En este sentido, podemos mencionar por ejemplo, el saber resolver de manera asertiva los conflictos, encajar una frustración a corto plazo a cambio de una recompensa a largo plazo y manejar nuestros estados de ánimos para motivarnos.
BENEFICIOS DE LA EDUCACIÓN EMOCIONAL
Una buena educación emocional conlleva todo un proceso de aprendizaje en el que se va construyendo la visión del mundo, de nosotros mismos y cómo nos manejamos. Además cada experiencia que vivimos tiene un tono emocional, agradable o desagradable. Con un desarrollo adecuado de las emociones podremos: -Recuperarnos antes en el tiempo de la experimentación de emociones negativas.

Adoptar una actitud positiva ante la vida. -Ser más optimistas, pero no en exceso. -Saber expresar nuestros sentimientos. -Tener una autoestima realista. -Presentar capacidad de cooperación y una buena resolución de conflictos.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El enamoramiento como maldición

          
Lo que no tiene medida (*)
Por Yago Franco

El enamoramiento como maldición

¿Qué es esto de que enamorarse puede ser una maldición? Algo que puede desearse al peor de los enemigos… ¿Qué tiene de maldito el amor? Morir de amor se dice, mal de amores, matar por amor, estar loco de amor, que el amor es ciego, que el enamoramiento es una locura pasajera…

Nos serviremos de esta maldición –que en su origen escapa al sentido que aquí le daremos- para sostener (en lo cual para nada somos originales) la oposición que el amor (pero: ¿cualquier amor? ¿siempre?, ¿hay distintas formas del amor?) hace a la forma de vida neoliberal. Una forma de vida centrada en la pretensión del dominio racional total y absoluto sobre todo lo existente. Que pretende mensurar, calcular, anticiparlo todo. Como primer paso diremos que el amor (las preguntas son insistentes: ¿cualquier amor? ¿siempre? ¿hay distintas formas del amor?) desbarata esa intención. Volveremos sobre estas preguntas para desnaturalizar la aseveración que circula sin interrogación respecto de la oposición amor-capitalismo. Oposición que es, también, entre lo medible (la pretensión de medirlo todo) y lo que no puede serlo.

Sabemos que todo enamoramiento arroja al sujeto al ojo de un huracán: a su alrededor todo gira enloquecida y vertiginosamente, pero ese ojo, ese núcleo es un punto fijo… pero que lo liga a lo desconocido. El enamoramiento se hunde –y hunde al sujeto, lo arroja-  a lo desconocido. Dos temas son indecidibles en un psicoanálisis: por qué esa elección –que muchas veces inclusive es un encuentro mortífero, como señalara Piera Aulagnier-, y por qué esa separación. Algo escapa a toda razonabilidad. Y no es que se trate, como bien Freud señalara, de una locura pasajera: porque hay algo loco que permanece agazapado en todo enamoramiento una vez devenido amor, es decir –siguiendo a Jullien- aun cuando el amor ha sido despojado de su ruido, del ruido que produce el enamoramiento. Ese algo es su ombligo. Que, como en el sueño, lo liga con lo desconocido. Todo amor tiene su ombligo. Para bien y para mal. Es inevitable.

Veamos: el enamoramiento hace perder los estribos; es decir, la pulsión saldrá a todo galope, incontenible, generando un acontecimiento pasional, poniendo al sujeto al borde de un abismo. Puede caer en el mismo, puede retornar o perderse para siempre. Pero ese abismo –si de amor se trata- estará siempre allí. El enamoramiento es caos, es sin fondo: a partir de ese caos se generará un lazo amoroso, que cobrará cierta forma para contener al caos. “Dar lo que no se tiene a aquel que no lo es” es la provocadora sentencia de Lacan. Sin embargo podríamos ir más lejos y decir también que el sujeto da algo que no sabe que tiene, innombrable, y el partenaire recibirá algo que no tiene y está en su deseo, pero que ignora no tenerlo tanto como su deseo, no sabe lo que no tiene e ignora lo que recibe. Hay algo engañoso: se da a alguien que no es      –acá matizaremos la sentencia lacaniana: Lacan siempre ha sido sentencioso, en el sentido en que su palabra es una sentencia, algo que da por terminada toda discusión, que no puede ser sometida a discusión: aclaremos, para sus enamorados, sus fascinados…luego veremos el papel de la idealización –; diremos entonces que un aspecto de ese otro escapa a la alteridad, es alcanzado, teñido por el estado originario de la psique, ella misma como objeto perdido y sus sucedáneos: los primeros objetos, ese otro prehistórico e inolvidable. Y al mismo tiempo le da algo que ignora, o que en realidad el otro le supone. Sujeto supuesto del amor. Eso es un aspecto/fase del enamoramiento y del amor, tanto más exclusivo y excluyente y perdurable cuanto más la neurosis se haya hecho presente en uno o dos de los sujetos.

Los estratos del amor

La elección de objeto –del otro del amor- tiene diversos estratos. En el primero, dicha elección es inconsciente, o, yendo más lejos, está referida a lo fusional que habita en el primer estrato de la psique. Tiene que ver con el deseo de reencontrarse con un estado de indiferenciación y fusión con el otro, prehistórico e inolvidable. Bien hace Piera Aulagnier en hablar de la satisfacción de demanda fusionada como el primer destino del placer y su puesta en juego en el lazo con el/la amante (no sólo con él, pero es el tema que aquí nos ocupa). Este es el estrato al cual hicimos referencia al hablar de aquello que liga al enamoramiento/amor a lo desconocido: hay algo, más allá de las palabras, del sentido, que late en cada lazo, que lo liga a una escena prehistórica, inolvidable: así es, se trata de un oxímoron. Porque nada que sea prehistórico ocupa un lugar en la memoria, y sin embargo, hay algo inolvidable. Porque se liga el objeto del amor a objetos prehistóricos, al objeto a, causa del deseo, a algún rasgo, sonido, imagen, piel, gesto, caricia… que han quedado como signos perceptivos intraducibles, pero que sin embargo afectan a los que estarán en la serie de los objetos amorosos.

Ya más ligado a la historia del sujeto -y es algo que será objeto privilegiado de un psicoanálisis - y que puede ser alcanzado por su Yo, están los objetos amorosos de la infancia: “se parece a tu papá/mamá, en cómo te mira, cómo se ríe, en tal o cual gesto, en su violencia, en su desdén, en su desvivirse por vos…”, pero también echarán luz sobre demandas no satisfechas del sujeto. Son los estratos privilegiados que se ponen en juego en un psicoanálisis, ligados a lo edípico. En las neurosis vemos que se cumple notablemente que todo encuentro (amoroso) será un reencuentro que recubrirá a casi la totalidad del objeto amoroso: sea porque el objeto satisface esas demandas infantiles o porque se rehúsa a hacerlo. También observaremos elecciones reactivas a los modelos infantiles: por oposición. Lo edípico sigue estando presente de manera exacerbada.

Del amor al odio…

…hay un solo paso. Hallamos aquí otro componente, es decir, aquello que ignora la alteridad: reino del narcisismo y el autoerotismo. En muchos casos -en su extremo- es el terreno de los crímenes pasionales. El otro cumple un papel de estabilización para el sujeto, su posesión garantiza la estabilidad del Yo, por lo cual deber ser poseído. Terreno de los celos y la posesividad. Por eso la amenaza de su ausencia puede precipitar a un pasaje al acto, aunque no siempre es así y encontramos casos de premeditación, con anticipación y planificación. Intrapsíquicamente las diferencias no son muy relevantes. Terreno del llamado femicidio: más allá de que la significación del patriarcado puede favorecer la posesividad y denigración (posterior a la idealización) del objeto, lo cierto es que estos elementos -posesividad y denigración, tanto como su ligazón a cierta garantía de estabilidad yoica, pero también por el papel que lo desconocido juega en el lazo amoroso- son muchas veces independientes de toda significación social. El descompletamiento producido por un deseo que se dirige a otro sujeto arrasa con el Yo. E inclina la balanza de la profunda ambivalencia que habita a los lazos narcisistas hacia el odio. Los celos contienen este elemento entre sus pliegues aparentemente objetales. La demanda de presencia incondicional de ese objeto, cuya satisfacción es vital, se interrumpe más o menos bruscamente produciendo una crisis identificatoria.

Cuanto más peso en la elección de objeto tengan el narcisismo y lo autoerótico, es decir, la importancia del objeto de amor para la estabilidad del Yo, más rápido es el pasaje del amor al odio. El faltarle al sujeto no se corresponde solamente con la insatisfacción de la demanda de permanencia incondicional, ya que no es necesaria la ausencia real sino que muchas veces alcanza con que el objeto no cumpla con las demandas narcisistas del sujeto para desencadenar la furia de éste.

La tragedia está llena de casos de matar o morir de amor. O matar y morir. Lo cierto es que hay pasiones que pueden desencadenarse en una relación amorosa. Grandes tragedias como Otelo, Medea, Hamlet, Edipo mismo, dan cuenta de este afecto y de una posible consecuencia del mismo: la venganza.

Pero el sujeto también puede autodestruirse, con todas las diversas significaciones que el suicidio puede tener: venganza, autodenigración, insoportabilidad del estado de ausencia o combinación de varios de estos elementos.

¿Puede esto ocurrirle a ambos partenaires? Sí, puede producirse. De hecho es la primera fase del enamoramiento, la activación de ese ombligo, pero que hace que ambos depongan su Yo al idealizar al otro. La gran prueba es cuando aparezca la castración en el otro: ahí puede desvanecerse el lazo -ya que uno de los dos o ambos no toleran que el otro no sea completo y no lo complete- o dará paso al amor, que contendrá –como vimos inicialmente- este aspecto “loco” entre sus pliegues. En todo amor hay un núcleo de pasión: es el combustible necesario para encender la llama amorosa. Por lo menos eso es lo que se ha conocido en Occidente como forma. Un combustible que también puede incinerar a ambos partenaires: Romeo y Julieta, Tristán e Isolda...

Esto hace, a mi entender, a aquello que Jullien denomina como “el ruidoso amor”, o lo ruidoso del amor diría, que tanto habita en la poesía, la música, la tragedia, el cine, etc.: es la hybris amorosa, la desmesura del afecto amoroso por el otro.

La alienación, o la maldición del amor

Mencionamos los encuentros mortíferos. Hacen honor a la maldición, árabe para algunos, gitana para otros. En este tipo de encuentro uno de los dos sujetos se ha apropiado del Yo del otro. Tal como Freud describiera en su Psicología de las masas -y traspuesto al lazo de pareja-, uno de los dos ocupa la función de hipnotizador, dominando al otro que, a su vez, lo idealiza. El objeto ha pasado a ocupar la función de Ideal del Yo, que desaparece en el amante. Este ha sido traccionado por el ombligo del enamoramiento y ha caído en su abismo. Lo que debiera ser una fase del amor que aparece por momentos, ocupa toda la escena y se prolonga indefinidamente, y en uno solo de los partenaires. El Yo de uno de los dos es dominado por el otro: alienación. El otro deviene en un objeto obligado, ligado a un placer obligado y a una vida obligada. También se relaciona con el asesinato del otro, que suele producirse cuando el sujeto recupera su Yo y amenaza con dejar a su amo.

Mientras el amor implica una relación de simetría (Aulagnier), con reconocimiento de la alteridad, en la alienación se trata de una relación asimétrica. El otro ha devenido indispensable: es fuente exclusiva de todo placer, y se ha ubicado en el registro de la necesidad. No se trata de una pasión compartida, sino de la idealización que un sujeto realiza sobre el otro. Al mismo tiempo es vivido como el único sujeto que puede proveerle del placer de meta fusionada. Pero ese otro -y esto es fundamental- puede poseer un deseo de alienar, de dominio sobre quien lo idealiza: para él/ella el otro también ocupa un lugar fundamental en el registro de la necesidad. La ruptura del contrato de sumisión -en el cual interviene una importante corriente masoquista- puede desencadenar lo peor: “Si no es mío/a no lo será de nadie”.

El amor y la simetría

Llegamos así a los aspectos más “exteriores” de la relación, a su proyecto, su modalidad, lo que tanto Badiou como Jullien llevan a pensar como vida de a dos: tienen que ver con el Yo (Je) de los sujetos. Porque más allá del ombligo del lazo, que es parte de su cemento, está ese otro cemento, que es el del encuentro, el de la posibilidad de superar la exterioridad absoluta con el otro, hace a la capacidad de entrega, de interpenetración. Entramos en el terreno que Piera Aulagnier designa como relaciones de simetría. Veamos algunos párrafos del recorrido que ella hace por esta cuestión. Indican claramente lo que Castoriadis designa como superación de la exterioridad recíproca: es el ir hacia el otro, reconocerlo en su alteridad, abrirse a ese otro…

 “La simetría no es la identidad sino exactamente una analogía, una reciprocidad en un poder afectivo del que ambos participantes gozan recíprocamente. (…) La relación de simetría o la relación de amor es una relación en la cual:

1) cada uno de los dos Yo en presencia convierte al otro en el depositario privilegiado pero no exclusivo de sus demandas de placer;”

Diremos nosotros: esto es porque si fuera exclusiva pasaría a ser una relación pasional, de alienación; en este caso, el otro está afectado por la castración, no colma al sujeto y la idealización puede ser depuesta; al mismo tiempo esto habla de la importancia para el Yo del lazo con otros por fuera del objeto amado.

“2) cada uno de los dos Yo preserva al otro como soporte de su libido gracias a un representante psíquico del otro, y gracias a la relación pensada en ese otro que fija la libido, y que le asegura su objeto durante la ausencia real del amado o durante ciertos momentos de conflicto.

3) cada uno de los dos Yo reconoce que el poder de placer siempre es proporcional al poder de sufrimiento; lo reconoce y acepta los riesgos, sabiendo que estos riesgos son inseparables del placer que uno da, así como del que uno recibe. Esta reciprocidad, por sutil que sea, viene a limitar la dependencia del amante con respecto al amado, y la torna compatible con esa parte de autonomía de las catectizaciones narcisistas que el Yo tiene la obligación de preservar”. (Aulagnier, 1980, págs. 164/5)
El amor aparece claramente diferenciado de las manifestaciones de la pulsión de muerte, salvo en aquello que Piera Aulagnier denomina como encuentros mortíferos y las relaciones de alienación, a los cuales ya nos hemos referido. Desde el punto de vista de la tendencia a la objetalización que produce el amor, diferenciando de las elecciones narcisistas, hay un reconocimiento del otro en la elección objetal. En el narcisista no, aunque Piera Aulagnier va a señalar la predominancia de una de las libidos, pero están ambas. Cuanta más libido objetal, más alteridad es reconocida.

Más allá del amor (¿?)

Apenas nos referiremos a la propuesta de François Jullien que está en su texto Lo íntimo. Lejos del ruidoso amor. También a la propuesta de Alain Badiou en Elogio del Amor.

Para Jullien en la intimidad (que a nuestro entender es una suerte de más allá del amor) el otro nos penetra: todo encuentro íntimo implicará una interpenetración que se da en un espacio entre, en el cual lo íntimo de cada uno se pone en juego, enlazándose; haciendo lazo. El otro abre mi interioridad, hace caer una barrera, y ambas interioridades conviven, es una vida íntima de a dos. Esta es sin duda la más profunda dimensión del lazo entre los sujetos, coexistiendo con lo amoroso y lo erótico, que pueden o no llegar a ese punto de lo íntimo. Lo íntimo es heredero del ágape cristiano, pero va más allá de éste. También del eros griego. “No hay, como en la educación helénica mediante el eros, superación, elevación y sobre calificación de un ‘sí mismo’ por colmar la falta; sino que la renuncia a sí mismo descubre, en el encuentro con el Otro y con su Afuera, el recurso en sí mismo de algo más profundo que sí mismo, y forma al sujeto verdadero que se torna nuevo. No obstante, lo íntimo se distingue del ágape en que no despega una cosa de la otra: no separa lo sensual y lo espiritual” (Jullien, 2016, pág. 151)

El amor implica de por sí una impostura que reasegura frente a lo desconocido: nos amamos, estamos seguros en ese afecto que se alza como barrera frente a la posibilidad de aparición de lo íntimo. Del acontecimiento de lo íntimo. El amor implica ambivalencia mientras que lo íntimo implica ambigüedad. “Lo íntimo es el acontecimiento (advenimiento) que forma una cesura y lo cambia todo” (Jullien, 2016, pág. 156)

Nosotros sostendremos que el amor puede ser trascendido por lo íntimo que se hace presente en él, siempre y cuando no se retroceda ante ello. Una vez terminado al amor y lo íntimo de éste, “devolvemos al Otro a su afuera, lo abandonamos a su exterioridad” (Jullien, 2016, pág. 40)

Amor y neoliberalismo

Para Jullien la posibilidad, una vez arribado a lo íntimo, es la vida de a dos. Y lejos del ruido del amor: de su fetichismo. Pero –agregamos- un ruido sin el cual la vida de a dos se ve imposibilitada, y que si fuera lo único también la imposibilitaría. Para Badiou el amor implica trascender el narcisismo. El amor es un trabajo (en esto coincide con Chico Buarque de Hollanda, que es quien sostiene además que no tiene medida); “El amor se centra en la mera esencia del otro, en el otro tal como surgió, totalmente armado con su ser, en mi vida, que está como consecuencia trastornada y rearmada” (Badiou, 2012b). Hace así alusión al amor como acontecimiento, en un modo claramente relacionado con lo que plantea Jullien. “La declaración de amor marca la transición de azar a destino y por eso es tan peligroso y está tan cargado de una suerte de horroroso miedo escénico”. (Badiou, 2012b)

Es este riesgo de la aparición de amor y de la mano de éste de lo íntimo lo que la sociedad neoliberal pretende evitar, ya que la apertura de lo que no tiene medida va contra la tendencia del capitalismo a que todo lo tenga y esté así ordenado y dirigido de acuerdo a la mercantilización de la vida en todos sus aspectos. Hablamos entonces de este amor, respondiendo así a las preguntas de inicio de este texto.

Lo que va en contra de esta posibilidad es lo que Bauman señala como la propensión de la sociedad neoliberal a favorecer/promover relaciones que estén puramente focalizadas en la utilidad y la gratificación: evitando así la aparición de lo íntimo, que se sitúa por fuera de las relaciones de intercambio de producción y consumo, es más: las enfrenta. La obsolescencia planificada, el consumismo, el elogio de la fugacidad de la mano de la aceleración de la temporalidad, la “vida ahorista”, trabajan en contra del amor y el surgimiento de lo íntimo. Que a su vez actúan en contra de esa ola que pretende cubrirlo todo.

Más clara queda aún la convocatoria que Freud hiciera a Eros como salvaguarda de la autodestrucción de la sociedad. Porque, finalmente, la exaltación del narcisismo y de lo autoerótico actúa contra Eros llevando a un repliegue subjetivo. Y ese es un movimiento mortífero. “Ojalá te enamores” puede así hallar un sentido positivo, ya no ser sencillamente una maldición, sino una esperanza. Esperanza que para Green hace a la lógica del deseo.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Apego, Colecho e Incesto: hacia la mamiferidad



Apego, Colecho e Incesto: hacia la mamiferidad
Por María Cristina Oleaga y Yago Franco
En un artículo periodístico aparecido en el diario La Nación [1] pueden leerse declaraciones de esas personas que son llamadas famosas, quienes dan testimonio de la llamada crianza natural o con apego, la cual incluye el colecho. La cuestión sería absolutamente banal y para nada justificaría el trabajo de escribir algo sobre ella. Pero, quien lo lea con una mínima atención, podrá observar que dicho artículo “baja línea” sobre estos temas, amparándose en testimonios de sujetos que, hoy por hoy y mal que nos pese, son modelos identificatorios. Pretenden transmitir un modo de crianza, un modo de intervención en un momento crucial e inaugural de la subjetividad, como lo es el del encuentro entre el bebé y su madre.
Este modo no sólo implica un notable retroceso respecto de saberes y prácticas que han incidido positivamente en la subjetivación de los infantes, sino que se ubica en el límite de una prohibición fundamental –como lo es la del incesto- y, por si poco fuera, todo esto aparece disfrazado y oculto entre los pliegues de una moda que no posee mayor apoyo científico.
Veamos algunas de las frases volcadas en el texto.  Para comenzar, en el encabezamiento del artículo se sostiene que la llamada crianza con apego –con el colecho y la lactancia prolongada como cuestiones centrales- es “un movimiento que cada día tiene más seguidores”. Que esta práctica “lleva a un sólido vínculo emocional entre los padres y el niño y, por eso, a un futuro adulto más libre y seguro de sí”.  Consiste en “la lactancia prolongada, compartir el lecho a la hora de dormir con el bebé, llevarlos contra el cuerpo a upa todo lo posible y no dejarlos llorar respondiendo siempre a sus necesidades afectivas”.
Como “detractor” se cita a Marcelo Tinelli, quien habla de “la secta del colecho”. Hábil modo de descalificar todo cuestionamiento de dicha práctica, dado el cariz del opinador. Todo está revestido con un barniz de humor y de intrascendencia, minimizado.
“Yo llegué a eso por instinto –dice una de las entrevistadas- Me dejé llevar por la parte animal que nos aflora a las madres al parir” (…)  “Todos los mamíferos duermen con sus crías. Cuando empecé a investigar un poco y me dí cuenta de que lo que sentíamos encima lo avalaba una teoría que me cerraba, lo hice aún más tranquila" (…) “¡Le estoy ahorrando años de terapia a mi hija!”. La nota menciona también que hay “pediatras que recomiendan colechar”, aunque no da nombres.
Es imposible sostener cuánto debe durar la lactancia y, aunque es deseable que fuera natural, es imprescindible que la madre se sienta bien con esa práctica. Mucho se ha hablado acerca de que una mamadera dada por una madre apacible es preferible al amamantamiento  de una madre angustiada. Justamente porque somos mamíferos alocados por la cultura, ni la lactancia ni nada de lo que nos concierne es natural. La angustia del bebé en muchos casos denuncia la incomodidad materna. Lo ideal puede ser, de este modo, enemigo de lo bueno. El caso por caso es lo que importa y, en este sentido, todo lo que promueva generalización y modelos, sobre todo los que vienen de famosos, no hace más que generar la culpa en los que no pueden estar a la altura.La nota, desde el comienzo, hace gala de un total desconocimiento de lo sostenido por Freud y refrendado por la práctica del Psicoanálisis durante el último siglo en lo atinente a la asimetría fundamental entre la cría humana y el adulto. Éste imprime su marca, como sujeto sexuado y afectado de Inconsciente, en la crianza, en los cuidados del infans, y –en este movimiento- da lugar a la pulsión, parcial, autoerótica, despegada así de la necesidad. La ternura, concepto que podemos tomar de Ulloa, que nos habla del ejercicio sublimado del erotismo materno, no es lo mismo que el concepto del apego, desarrollado por Bowlby hace décadas, y que este movimiento, además, aprovecha y tergiversa.
Este encuentro disimétrico entre madre e infans es necesario, así como lo es la existencia de una locura materna que, en su exclusividad, lo humaniza. Sin embargo, este movimiento clave, esta alienación, se completa de modo indispensable con la separación, producto de la prohibición de reintegrar su producto que tiene el adulto asistente. Es decir, le está prohibido gozar del infans, ubicarlo en un lugar de objeto como sucede en el caso del abuso sexual infantil.Una de las propulsoras del colecho –tal vez la más conocida y mediática- es la astróloga Laura Gutman, a quien recientemente nos hemos referido en relación con un texto sobre el abuso infantil, [2]  texto que posteriormente fuera bajado  de su página web. En el sitio, Gutman se refiere al apego del siguiente modo:
“No vale la pena estudiar la teoría del apego. Es evidente que todo niño humano nace de un vientre materno y anhelará permanecer en un territorio similar. Esto es intrínseco a todas las especies de mamíferos. El verdadero problema es que las madres humanas -quienes hemos sido criadas en el vacío afectivo- hemos anestesiado en el pasado nuestras necesidades afectivas para no sufrir, distorsionando ahora nuestro instinto espontáneo de apego hacia la criatura recién nacida. Ese es -desde mi punto de vista- el verdadero desastre de nuestra civilización.” [3]
Lo evidente es, para  Gutman, la atribución de anhelos que ella hace al niño humano, al que supone ya allí antes de la constitución de la dupla materno infantil y del mismo proceso de humanización que describíamos previamente. Es que nos supone un ser natural, como todas las especies de mamíferos. Lo que también es asombroso es que todas las madres humanas hayamos sido creadas en el vacío afectivo. Podríamos coincidir, sin embargo, en que la pérdida de la condición de animales, guiados exclusivamente por el instinto de conservación, es el desastre de la civilización, es su efecto perturbador. También lo son las obras de arte que supimos conseguir al perder esa condición. El problema surge cuando la astróloga Gutman pretende devolvernos a nuestra perdida animalidad y, para ello, nos mueve, vía la prédica de los famosos, a colechar y a disfrutar de la indiscriminación con el bebé. Ya la crianza de los niños había sido complicada y afectada negativamente por otros gurúes, como el lamentable Dr. Spock. Éste  alentó la permisividad en un grado tal que los niños, cuyos padres lo siguieron, sufrieron efectos de cuasi abandono por falta de límites. En la época del reinado del mercado siempre aparecen nuevos gurúes, o sea, nuevos negocios.
Las aseveraciones del texto –las peligrosas aseveraciones del texto citado y de la astróloga Gutman- debieran ser denunciadas como lo que son: un intento de ingerencia en el modo de subjetivación que puede llevar a los niños a quedar apresados indefinidamente en una asimetría alienante, degradados a la condición de objetos. ¿A quién puede beneficiar este desaguisado que cuenta hoy con tanta prensa? Pues bien, hay que decirlo con todas las letras: al Dios Mercado. Transformados todos, de este modo, en dóciles consumidores de lo que el poder económico les ofrezca, tal como las madres de la nota que hemos mencionado. Ellas han quedado ubicadas en la cadena de producción de alienación.
La cadena no termina allí. Hay una proliferación de libros sobre el tema del apego y el colecho; hay grupos que acompañan durante el embarazo a madres deseosas de colechar; hay también grupos de futuras madres que, con la coordinación de obstétricas, se preparan para el parto domiciliario, antesala del apego y el colecho y puerta de entrada ¿por qué no? a la mamiferidad.
Podríamos, con conocimiento de causa, incluir a otros invitados a la mesa del Dios Mercado: los especialistas dispuestos a recibir mañana a los niños innecesariamente erotizados por estas experiencias francamente intrusivas y los laboratorios que venderán los fármacos destinados a contener los efectos disruptivos del apego.
[1] Las famosas que siguen el colecho, una práctica que trae polémica, Diario La Nación, 10-11-2014.
[2] Franco,Yago y Oleaga, María Cristina, Elogio de la pedofilia.
[3] http://www.lauragutman.com.ar/el-instinto-de-apego-hacia-la-criatura/
(4) Consultas y asesoramiento :Freud.diana@gmail.com

lunes, 24 de octubre de 2016

Psicopatía y psicoanálisis




Psicopatía y psicoanálisis
En esta oportunidad daremos a conocer dos enfoques del psicoanálisis sobre el tema de la psicopatía: el de Otto Kernberg, nacido en Austria, formado profesionalmente en Chile y radicado en Estados Unidos, siendo director del Instituto de Trastornos de Personalidad en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, y el del Profesor Roberto Mazzuca, psicoanalista, Profesor Titular de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
Otto Kernberg
Otto Kernberg(1) enfatiza en que hay que diferenciar lo que es la conducta antisocial de la estructura de personalidad antisocial y que es muy importante diferenciar la conducta antisocial de la criminalidad. La criminalidad es un concepto legal, la conducta antisocial es un concepto clínico psiquiátrico y critica al DSM III, porque plantea la definición de la personalidad antisocial  en términos de conducta criminal.
Con respecto a la sinonimia, Kernberg dice que el término tradicional para el tema que estamos tratando, era de persona psicopática. Luego fue reacción antisocial y el término contemporáneo es personalidad antisocial.
Para este autor, la personalidad antisocial tiene una estructura de personalidad de tipo narcisística. Kernberg dice que los fundamentos de esta personalidad son: autorreferencia excesiva, grandiosidad, tendencia a superioridad exhibicionista, dependencia excesiva de admiración por parte de otros, superficialidad emocional, crisis de inseguridad que alternan con la grandiosidad usual. Luego, dentro de las relaciones de objeto (con los otros), sería intensa envidia consciente e inconscientemente, mecanismos contra la envidia, especialmente tendencia de explotación, incapacidad de depender de otros, falta de empatía con los otros, falta de compromiso interno en otras relaciones.
Desarrolla también las formas leves de patología del SuperYo, dentro de las estructuras narcisísticas: la incapacidad de experimentar depresión, la tendencia a tener grandes cambios de ánimo, una tendencia a estar regido por vergüenza en vez de culpa, el hecho de hacer actos antisociales. En este sentido, el temor a que lo pillen determina ser honrado y no un sentimiento de una moral interna. El sistema adolesce de valor ético adulto, o sea que, para Kernberg, los valores son infantiles.
La persona narcisística quiere ser admirada, porque es la más rica, la que tiene más objetos, porque es la más bonita, la mejor vestida, un contraste por querer ser estimada por los valores más adultos.
Y con respecto a la patología del Super Yo grave, que para Kermbeg constituye el síndrome del narcisismo maligno, las características son: conducta antisocial, agresión egosintónica dirigida contra otros en forma de sadismo o dirigida contra sí mismo en forma de tendencias automutiladoras o suicidas, sin depresión, y una orientación paranoidea.
En la estructura antisocial propiamente dicha, tenemos conducta antisocial desde la infancia (mentir, robar, falsificar cheques, prostituirse, asalto, robo, asesinato, robo armado), hay una ausencia auténtica de capacidad de sentimiento de culpa y de remordimiento. Esto es importante, porque el psicópata puede presumir de remordimientos y una vez que lo han agarrado (no antes), puede aparentar culpas y pueden realmente mostrarse  estar arrepentidas, simplemente para conseguir una atenuación de la pena.
La otra característica es total incapacidad de una relación afectuosa con otros. Hay relaciones de tipo parasitarias. El paciente, por ejemplo, dice el Dr. Kernberg, puede tener una excelente relación con su tía, resulta que la tía es la que le da dinero todo el tiempo, es la única persona con quien se cuida de mantener una buena relación.
Otra característica es la incapacidad de sufrir duelos auténticos, con tristeza y melancolía, y en lugar de ello surge rabia e impotencia por haber sido derrotados o descubiertos.
Estos pacientes son incapaces de enamorarse o de mantener una relación de amor como parte de sus relaciones sexuales. Las relaciones sexuales están desprovistas de todo tipo de ternura.
Otra característica que se nota es la ausencia de planear "a futuro" y muchas veces el individuo actúa, aunque sea muy inteligente, como si no tuviera ninguna conciencia de las consecuencias para él mismo de su comportamiento. Hay indiferencia por su futuro a largo plazo y también suscribe (como todo el resto de los clásicos) que hay una falta de capacidad de aprendizaje, no aprende de sus propios errores y hay una repetición eterna de los mismos patrones conductuales.
Otro rasgo importante es la incapacidad de identificarse con valores morales. A veces, el antisocial es un experto en leer las reacciones de los demás, en adivinar lo que van a necesitar o hacer, pero no pueden captar la dimensión ética.
Otto Kernberg postula que el narcisismo patológico es un componente de la psicopatía, ingresando elementos psicodinámicos en el diagnóstico de la psicopatía. El narcisismo no patológico es consecuencia de una buena evolución del Yo, es la aceptación de la realidad, en tanto que la realidad puede ser emplazada para satisfacer las necesidades (libido) dirigidas hacia el exterior y hacia el objeto. Los sujetos que no han podido realizar bien esta formación, el ideal del Yo, por no haber interiorizado suficiente amor y estimación recibido de afuera, muestran unas defensas narcisistas muy fuertes. No se atreven a dirigir su libido hacia objetos exteriores y consiguientemente se encierran en sí mismos absteniéndose de recibir, precisamente, lo que más les falta.
Otto Kernberg cuenta una anécdota que es muy importante y ejemplificadora, que le ocurrió a él mismo, dice "Yo tenía un psiquiatra en formación que robaba y yo no lo sabía y después de terminar su formación me pidió cartas de recomendación. Se las di en dos oportunidades, para dos ocasiones distintas y después me llegó una carta donde el director de la última institución, enfurecido, me decía que cómo una persona como yo mandaba cartas de recomendación de alguien que robaba en forma constante y desmesurada. Este psiquiatra vino a verme para pedirme una tercera carta de recomendación y entonces yo lo confronté con la información de éstos directores", y la reacción de él fue "ah, claro, si yo sabía que estos me iban a perseguir". "O sea que le preocupó que lo persiguieran, no tuvo ninguna preocupación por el cambio mío en la relación con él. Y cuando yo le pregunté qué pensaba él de mi reacción frente a toda esta situación, él me dijo "me imagino que usted está enojado conmigo, porque yo lo he engañado, si quiere no me dé la carta". Es decir que no tuvo capacidad de darse cuenta de mi reacción de tristeza por la pérdida de la relación interna con un hombre que era muy inteligente y como les dije, yo lo había supervisado durante un tiempo. Ahora ustedes me pueden preguntar ¿cómo usted no hizo el diagnóstico? Es sumamente difícil, como veremos en algunos momentos más, hacer el diagnóstico fuera de una situación clínica claramente definida, socialmente hacemos los errores más garrafales con este tipo de estructura de personalidad, por lo menos en el corto plazo".
Otto Kernberg hace un diagnóstico diferencial entre tres tipos de estructuras, 1) el síndrome del narcisismo, 2) la estructura social propiamente dicha, 3) la personalidad narcisística con conducta antisocial. Entonces, el síndrome del narcisismo maligno tiene conducta antisocial, tiene una estructura narcisística y tiene un narcisismo maligno. Pero no tiene capacidad de relaciones no explotadoras, no tiene capacidad de identificación con valores morales, no tiene capacidad de compromiso con los otros y no tiene capacidad de sentimientos de culpa.
La estructura antisocial, propiamente tal, tiene conductas antisociales, estructura narcisística, no tiene narcisismo maligno, sí tiene incapacidad de relaciones no explotadoras, tiene incapacidad de identificación con valores morales, tiene incapacidad de compromiso con otros, tiene incapacidad de sentimientos de culpa. Y las personas narcisísticas con conducta antisocial, además de una conducta antisocial tienen una estructura narcisística, pero no tienen narcisismo maligno, incapacidad de relaciones no explotadoras, incapacidad de identificación con valores morales, tampoco tienen capacidad de compromiso con los otros, menos, incapacidad de sentimiento de culpa.
Con respecto a esta última personalidad (narcisismo con conducta antisocial), como decíamos que no tenía síndrome de narcisismo maligno y lo tiene la personalidad narcisística con conducta antisocial, son individuos cuya conducta antisocial es de tipo pasivo parasitario.
Henderson había clasificado a los psicópatas en agresivos, pasivos y creadores. Kernberg discute esto de creadores, pero dice que en la conducta permanentemente agresiva (ataque armado, robo con asalto, agresión física), hay un síndrome de narscisismo maligno. En cambio, cuando las tendencias antisociales son pasivas, tenemos la mentira crónica, el robo pasivo, la explotación parasitaria en lugar de la agresión directa.
La pseudología fantástica corresponde a un síntoma en el que el paciente inventa episodios novelescos y los narra como si realmente le hubieran ocurrido a él. Son conscientes del valor de la realidad que puede ser atribuida a sus fantasías, pero a veces y por períodos de duración variable, pueden creer en ellas y vivir así en un mundo de irrealidad. Esto está tomado del Tratado de Psiquiatría de E. Bleuler.
Dice Kernberg que en todo individuo narcisista deben investigarse las tendencias antisociales. Pone por caso a un profesor universitario de estructura narcisista al que le preguntó en medio de la entrevista "¿Ha tenido problemas con la ley o el impulso de estar envuelto en situaciones que puedan crearle problemas con la ley, por ejemplo, deseos de robar?" Y él le contestó "¿y cómo lo sabe usted?" Y resulta que el hombre robaba en librerías de arte, porque su especialidad era el arte y sentía que podía apreciar mucho mejor esos libros que todos los demás y tenía el derecho de robar los libros que no podía pagar.
Hablando de casos en que existen estructuras neuróticas de personalidad con tendencias antisociales, no narcisísticas, cuenta el caso de un médico que robaba en la cafetería del hospital y lo agarraron. Lo iban a expulsar del hospital y lo mandaron al departamento de psiquiatría. Dice que Kernberg lo examinó y tenía una estructura de personalidad obsesiva y con tendencia antisocial provocadora, justamente para ser pillado. Había que ser bruto para robar en la cafetería, siendo el médico del hospital. Robar en la cafetería del mismo hospital era una provocación. Luego de unos años de tratamiento, este médico no volvió a tener una conducta antisocial semejante.
Roberto Mazzuca
Psicopatía y psicoanálisis (2)
Primero, se trata de un tema que no se puede considerar completo ni cerrado. Segundo, lo que se designa con el término de psicopatía no es exactamente coincidente con el enfoque dado por la psiquiatría clásica y el psicoanálisis. Tercero, es necesario tener en cuenta que, desde la perspectiva de la semiología psicoanalítica, lo que la psiquiatría tradicionalmente delimitó como psicopatías aparece como una categoría compuesta por grupos heterogéneos. Finalmente, para terminar de presentar las ambigüedades que predominan en este tema, no se puede omitir que dentro del psicoanálisis en general y en la orientación lacaniana en particular, las psicopatías no han sido reconocidas de manera explícita. La clásica nosología freudiana recuperada por Jacques Lacan organiza el campo psicopatológico fundamentalmente en tres categorías clínicas: las neurosis, las psicosis y las perversiones; y las psicopatías no tienen claramente un lugar en este sistema.
Propuse entonces, aceptando una sugerencia formulada por el Dr. Marietán, que es en referencia a la estructura perversa donde convenía localizar ese lugar. Aceptar esta propuesta implicaba un obstáculo importante derivado del hecho de que el término perversiones, tanto en la psiquiatría como en el psicoanálisis, se refiere muchas veces de manera específica a patologías de la sexualidad, ya sea en el orden fálico -fetichismo, trasvestismo- o en el del objeto -exhibicionismo, sadismo-. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la enseñanza de Jacques Lacan desplaza la frontera del concepto de perversión y lo lleva más allá de la concepción freudiana que no termina de desprenderlo de una referencia directa a la perturbación de la conducta sexual, podemos acceder a una teoría generalizada de la estructura perversa –de la que las perversiones en el sentido clásico constituyen solo un caso particular- y, de este modo, encontrar allí las categorías, los mecanismos y las posiciones subjetivas que nos permiten entender, ordenar y explicar las conductas psicopáticas.
Esta posibilidad sigue siendo válida aún para aquellos casos que no se consideran patológicos. Ésta es otra diferencia sensible de la clínica lacaniana con respecto a la de Freud, ya que las categorías clínicas: neurosis, psicosis, perversión, son consideradas por Lacan como estructuras subjetivas, es decir, diferentes modalidades subjetivas no necesariamente patológicas en relación con un criterio de normalidad, sino distintos modos de ser sujeto, diferentes formas de ser.
Freud definió las perversiones en su relación con las neurosis como el derecho y el revés, el negativo y el positivo. Las neurosis son a las perversiones –decía– como en una fotografía el negativo es al positivo. Podemos entonces aplicar esta oposición a la relación entre las neurosis y las psicopatías y verificar, de esta manera, cómo los rasgos se oponen punto por punto en el neurótico -especialmente en el obsesivo-, y en el psicópata.
Aplicando esta oposición en la dimensión de la culpabilidad presenté, en la mesa del año pasado, la ausencia de culpabilidad en el psicópata como lo opuesto de la rígida conciencia moral del neurótico obsesivo, lo que Freud llamaba el severo y cruel superyó primitivo que acosa al neurótico con los autorreproches y los remordimientos ante sus transgresiones fantasmáticas, es decir, las que el neurótico cree que son transgresiones.
El psicópata, por lo contrario, sólo puede ser calificado como transgresor desde el punto de vista de un observador externo. Desde su propia posición subjetiva no es ni se siente transgresor, hay una ausencia de culpabilidad que desdibuja los contornos y las barreras entre lo prohibido y lo permitido en el lazo social, se guía por sus propios códigos.
Es por esto que reuní al psicópata y al neurótico en lo que consideré una patología de la responsabilidad. En uno por defecto, en el otro por exceso y por deformación, en ambos casos hay un déficit en la responsabilidad.
Este contraste entre neurosis y psicopatía obtenido de la generalización de la oposición entre neurosis y perversión como modalidades subjetivas puede plantearse sobre otros ejes, y de este modo destacar, como lo hace Lacan, el contraste entre el goce y el deseo. Para el neurótico es prevalente la dimensión del deseo en detrimento del goce de la satisfacción pulsional que, en las neurosis, queda sujeta más fuertemente a la eficacia de la represión y otras vicisitudes pulsionales. Visto desde otra de sus caras es equivalente a afirmar que el goce neurótico siempre implica un alto grado de sufrimiento: la satisfacción pulsional termina produciéndose por vías indirectas y sobre todo a través de la satisfacción del síntoma como retorno de lo reprimido. En la perversión, por el contrario, es prevalente la vía del goce y el deseo mismo se convierte en voluntad de goce. La satisfacción pulsional se obtiene por vías más perentorias, la llamada impulsividad del psicópata.
Pero podríamos destacar también un contraste sobre el eje de la demanda. La modalidad neurótica conduce al sujeto a ubicarse en dependencia de la demanda del Otro. Al neurótico le gusta hacerse demandar y usa sus recursos para que el otro le pida, le ruegue, le sugiera, le ordene..., todas diferentes formas de la demanda con las que espera sobre todo obtener el reconocimiento del Otro. El psicópata, por el contrario, demanda, impone formas sutiles de exigencia, incita al otro a la acción.
También podríamos marcar el contraste en las modalidades del acto y comparar la seguridad, labilidad y rapidez del psicópata, con el predominio del pensamiento, de la duda, de la indecisión, la vacilación neurótica, sobre todo con la duda obsesiva que determina una pobreza en la acción ya que conduce una y otra vez a su postergación o bien a una realización torpe que marca un fuerte contraste con la abundancia, la habilidad y la seguridad del psicópata en sus acciones.
Pero sobre todo conviene desplegar la comparación entre una y otra modalidad subjetiva en el eje de la angustia y el goce. Es sobre este eje que Lacan hace jugar la distinción, en el interior de la estructura perversa, entre el sádico y el masoquista. El sádico que aparentemente persigue provocar la angustia en el otro pero, en realidad, inconscientemente busca producir el goce del Otro. El masoquista que aparentemente tiene el propósito de suscitar el goce del otro pero, sin embargo, inconscientemente lo que busca es angustiar al Otro.
Deberíamos ubicar al psicópata del lado de la modalidad sádica para compararlo con el neurótico. En las neurosis encontramos de una manera privilegiada el despliegue de las diversas formas de angustia. No tenemos que olvidar que correspondió a Freud la originalidad de introducir la angustia en el campo de la psicopatología: y esto vale tanto para la semiología de la angustia, es decir, los diversos grupos sintomáticos a través de los cuales se descarga, como para la nosología, es decir, las diferentes categorías clínicas caracterizadas por distintas formas de angustia. Y también para su teoría. Hoy puede parecernos extraño ya que, después de Freud, no podríamos concebir el campo de la psicopatología sin la angustia. Sin embargo, antes de Freud, la clínica psiquiátrica prescindió totalmente de esta dimensión esencial de la subjetividad moderna.
Si Freud pudo darle ese lugar decisivo a la angustia es porque inventó el psicoanálisis a partir de las neurosis y es allí, en el campo de las neurosis, donde en primer término investigó y reconoció sus diferentes formas: la angustia de las neurosis de angustia, la angustia en la histeria y en la obsesión, y la angustia de las fobias o, como Freud prefería llamarlas hacia el final de su obra, histeria de angustia. La angustia es consustancial con la subjetividad neurótica en contraste con su casi ausencia o bajo nivel en el psicópata que sólo se angustia en sus momentos de crisis, es decir, en que fracasan sus mecanismos psicopáticos. Momentos breves, por lo general, transición hacia la recuperación de su equilibrio psicopático.
En cuanto a Lacan, si mantiene el eje freudiano que articula neurosis con angustia, es porque, sobre todo el neurótico, se angustia ante el deseo del Otro. Por eso la angustia que Freud caracterizó como señal de un peligro, Lacan llega a definirla como la percepción misma, en el sujeto, del deseo del Otro. Y esto es así porque, ante ese deseo, el neurótico se niega a servir de instrumento del goce del otro, su posición es de rechazo a ponerse al servicio del goce del otro.
El psicópata, él, no se angustia pero no le ahorra esa experiencia a su partener. Por el contrario, es muy activo para enfrentar y sumir al otro en la experiencia de la angustia. Actividad del psicópata que apunta a un objetivo bien preciso: el intento de impelir a su pareja a acceder al goce, de llevarla más allá de las barreras de la inhibición y la represión. No al goce buscado y reconocido por el neurótico, sino al goce prohibido de la satisfacción de sus pulsiones reprimidas.


Bibliografía
1. Otto Kernberg, Diagnóstico Diferencial de la Conducta Antisocial, Revista de Psiquiatría, 1988,volúmen 5, página 101 a 111, Santiago, Chile
2. Mazzuca,  Roberto, “El psicópata y su partener”, Revista Alcmeon, vol. 9, número 35, Buenos Aires, 2000.