martes, 4 de octubre de 2016

El amor en los tiempos del Queer


El amor en los tiempos del Queer

“Lo más absurdo de la situación de ambos era que nunca parecieron tan felices en público como en aquellos años de infortunio. Pues en realidad fueron los años de sus victorias mayores sobre la hostilidad soterrada de un medio que no se resignaba a admitirlos como eran: distintos y novedosos, y por tanto transgresores del orden tradicional”.
(García Márquez: 1985)


Hablemos de amor, o mejor hablemos de amores, con un plural que tiene más de política que de gramática. Los hay históricos, diversos, románticos y clandestinos; hay amores que curan y otros que enloquecen, trasgresores y dogmáticos, a primera vista y a ciegas, de medias naranjas y de alteridades. Los hay patriarcales, revolucionarios y tozudos. Hay amores…con un plural que se demarca de fórmulas anquilosadas, y que hace de ellas solo otro eslabón en la historia del amor y sus formas.

Hablemos del amor como construcción histórica y social, que muta al compás de los imaginarios que lo animan y según las tramas de poder-saber-placer que lo moldean. Un amor que se transforma en sus modos de expresión, en sus alianzas y en sus inscripciones subjetivas e históricas. Un amor que implica normas, tradiciones, prohibiciones, tabúes, estereotipos, roles y mitos.

Estas páginas procurarán un rodeo sobre ciertas evidencias y los intentos de captura que el lenguaje, siempre arbitrario y limitado, intenta realizar sobre ellas.  Algo así ocurre con el amor occidental y sus expresiones.  En la actualidad se visibilizan nuevas modalidades amorosas, conyugales, eróticas y parentales, dando cuenta de profundas transformaciones en los modos de subjetivación contemporáneos.

Amor en los tiempos del Queer nos invita a problematizar y reflexionar en torno al desplazamiento de sentidos y prácticas amatorias que se han producido a lo largo de la historia. Desde un amor ambientado en el siglo XIX, donde Gabriel García Márquez [1] nos lleva a palpitar el mágico reencuentro de los amantes que superaron las inclemencias propias del tiempo y la distancia, a la multiplicidad de conexiones amorosas, fugaces, transitorias y desobedientes que hacen estallar los límites de lo instituido.

La novela del escritor colombiano a la que se hace alusión, relata una historia de pasiones, encuentros, desencuentros y decepciones. Durante medio siglo los amantes apelaron a la correspondencia como gran astucia frente a un orden moral, económico, de tradiciones cristalizadas y de subjetividades heterónomas, que impedía la consagración de su amor apasionado e ‘infractor’ (Ulloa: 1995), aún bien arraigado a una lógica patriarcal y normativa.

Basta leer algunos de sus pasajes para comprender los sentidos que allí se jugaban: “Fue el año del enamoramiento encarnizado. Ni el uno ni el otro tenían vida para nada distinto de pensar en el otro, para soñar con el otro, para esperar las cartas con tanta ansiedad como las contestaban. Nunca en aquella primavera de delirio, ni en el año siguiente, tuvieron ocasión de comunicarse de viva voz. Más aún: desde que se vieron por primera vez hasta que él le reiteró su determinación medio siglo más tarde, no habían tenido nunca una oportunidad de verse a solas ni de hablar de su amor. Pero en los primeros tres meses no pasó un solo día sin que se escribieran, y en cierta época hasta dos veces diarias, hasta que la tía Escolástica se asustó con la voracidad de la hoguera que ella misma había ayudado a encender”. [2]

Se abordará entonces un movimiento que va desde el amor romántico como ideal al escenario actual donde éste coexiste con una creciente diversidad de elecciones de partenaire erótico y amoroso, una pluralidad de identidades sexuales y de géneros que reclaman reconocimiento, las luchas por la reivindicación de los derechos de las minorías (tales como el matrimonio igualitario y la Ley de identidad de género), las intervenciones quirúrgicas y de hormonización para adecuar el sexo al género. Así mismo la fragilidad en las uniones conyugales, las transformaciones en los grupos de crianza y sus pautas, el avance de las tecnologías reproductivas, el preocupante incremento de la violencia de género y los femicidios.

De alguna manera, podemos suponer que todas estas prácticas interpelan los conocimientos que las ciencias humanas, sociales, médicas, psicológicas, e inclusive el psicoanálisis, han construido dentro de los paradigmas binaristas y heteronormativos. Así se desnaturaliza el ‘orden sexual moderno’ y las modalidades específicas de producción de identidades sexuales que dicho orden efectivizaba. En este sentido, se pone de relieve el desacople radical entre el sexo biológico, el deseo, el género, las prácticas eróticas y amatorias.

El mito del amor romántico

La cultura amorosa occidental es por tradición (y opresión) patriarcal y capitalista. Esto significa que instituye una experiencia particular por la que los individuos pueden reconocerse sujetos de una sexualidad orientada hacia una práctica amatoria específica (Fernández: 2013). Heteronormatividad, sexismo e individualismo, entre otros son los elementos que delimitan el dispositivo de sexualidad moderno. Este se sostiene por la coexistencia y enlace de diversas narrativas que producen y regulan los géneros y las sexualidades en nuestra sociedad.

Parafraseando a Castoriadis los mitos son un modo por el cual cada sociedad catectiza como significación su vida y el mundo que habita (Castoriadis: 1988); es decir se trata de la cristalización de significaciones que organizan el sentido de las acciones, del pensamiento y de los afectos, y que así sustentan la orientación y la legitimidad de sus instituciones. A partir de ésta conceptualización, Ana María Fernández (Fernández: 1993) entiende que en la modernidad la eficacia-violencia simbólica que ha tenido la equivalencia entre la mujer y la madre, la pasividad erótica femenina y el amor romántico conformantes de los mitos advienen piezas claves del disciplinamiento de la sociedad. Invisibilizan lo diverso, reniegan de una perspectiva histórica e instalan regímenes de verdad que naturalizan y escencializan lo que no son más que producciones subjetivas.

Pues bien, estos tres órdenes imaginarios de la familia burguesa instituyen la legitimación de prácticas determinadas de poder masculino, a través de la sujeción al amor en la figura del matrimonio, que posiciona a las mujeres en dependencia erótica, subjetiva y económica. Por el contrario, sobre los varones recae la expectativa de una sexualidad en clave fálica, donde la conquista del territorio femenino se volvería una exigencia y el respaldo económico, una función.

La conyugalidad ha sido uno de los modos más eficientes para controlar la sexualidad de las mujeres. Una pieza clave en la “gestión de las fragilidades” [3]. “Ser de otro” es la forma de subjetividad que, organizada en clave sentimental, pudo sostener históricamente la pasivización del erotismo femenino y el matrimonio monogámico como una de sus expresiones, donde las mujeres de alguna manera consienten alienarse de la propiedad de su cuerpo y placeres, deseos.

Según Emiliano Galende “el amor romántico constituyó un ideal femenino de romper con la sexualidad dominada por el imaginario de los hombres. Trata de reunir en una misma narrativa la posición amorosa, la libertad sexual, la autonomía para elegirse mutuamente, rompiendo con la disociación masculina entre mujer sagrada y prostituta, uniendo amor y sexualidad” [4]. Hablar de ideal introduce justamente la dimensión de lo ilusorio. El ideal de una historia compartida entre dos que se atraen y se eligen mutuamente, donde se valora el sentimiento de ambos, donde se imagina un proyecto común. La ilusión de un espacio íntimo que pueda sustraerse de una sociedad real, de los intereses económicos, políticos, de luchas de poder al interior de la familia, del sistema patriarcal y capitalista.

Pues podemos advertir entonces que el amor romántico y su consistencia imaginaria, constituye una de las tantas tácticas con que la estrategia patriarcal cobra cuerpo. Aún hoy, frente a las grandes transformaciones en las prácticas y los discursos sobre el amor, es claro que este mito no ha perdido su eficacia.

Lo Queer

Tal como se ha señalado más arriba, en la actualidad nos encontramos con lo que Fonseca Hernández y Quintero Soto nominan como sexualidades periféricas, aquellas que “traspasan la frontera de la sexualidad aceptada socialmente y que están basadas en la resistencia a los valores tradicionales…” [5]. Claro que por  asumir dicha transgresión el costo a pagar es el del rechazo social, la discriminación y el estigma.

En la década del 80, en un período sociohistórico, político y cultural marcado por diversas crisis, tales como la emergencia del sida, las críticas al feminismo heterocentrado, blanco y colonial, la crisis política y cultural asimiladas por el capitalismo, y la explosión de una multiplicidad de maneras de habitar la sexualidad, surge un movimiento denominado Queer. Es interesante el hecho de que a través de la resignificación del insulto (tal como era utilizado para el hostigamiento de lo considerado  “raro” o “extraño”) consigue reafirmar que la opción sexual distinta es un derecho humano. Lo Queer se presenta como un movimiento que aboga por el reconocimiento de la disidencia sexual y la de-construcción de las identidades estigmatizadas.

Éste movimiento se comienza a gestar a partir de las luchas políticas y sociales del activismo gay y lésbico de Estados Unidos y el Reino Unido. De alguna manera tuvo la capacidad de reunir diversos colectivos que hasta el momento no habían trabajado juntos políticamente (gay, lesbianas, transexuales, travestis, negros, latinos, mujeres en situación de pobreza, drogadictos) (Siqueira Peres: 2013)

En Argentina se produce un proceso de importación y traducción teórica: durante la década de 90, con el propósito de indagar idearios, prácticas y materiales, el pensamiento Queer hizo su desplazamiento desde EEUU a la Argentina. Ya en nuestro país inscribe las marcas de lo local con sus luchas culturales presentes y pasadas, y por supuesto, de las experiencias políticas anteriores (Belucci y Palmeiro: 2013)

La teoría Queer se presenta como una nueva perspectiva para examinar y entender las relaciones sociales y los movimientos de la cultura, es decir, una renovada epistemología que permite analizar y comprender críticamente, las construcciones actuales respecto de la sexualidad, la identidad, el cuerpo y el deseo.

De alguna manera puede reconocerse que su principal lucha responde a la necesidad de transformar el discurso público sobre las sexualidades a través de la desestabilización de los límites entre lo público y privado. Denuncia en buena medida la naturalización de la heterosexualidad e intenta dar voz a las múltiples identidades acalladas por el androcentrismo, la homofobia, el racismo y el clasismo de la ciencia. Procura un mundo sin fronteras y de igualdad, es decir, promueve el derecho a la indiferencia. (Fonseca y Quintero: 2009)

Como efecto del desplazamiento progresivo del activismo Queer a la academia,  comienzan a producirse una gran cantidad de conceptualizaciones, y se toman aportes de diversas fuentes. Una de las más importantes ha sido la fuerte crítica a la noción de identidad, para la cual el psicoanálisis ha ofrecido herramientas de sobra al develar el carácter frágil e inestable de la construcción que subyace a la ficción de posiciones de sujeto fijas y estables, aglutinadas en identidades coherentes, discretas, monolíticas e invariables, así como los complejos anudamientos existentes entre género y sexualidad.

Judith Butler, una de sus máximas referentes, se propone superar aquellos supuestos teóricos esencialistas que impiden incorporar la diversidad y la multiplicidad de presentaciones de género y sexuales en nuestros esquemas de pensamiento (Martinez: 2012). De acuerdo con Butler el género se define, como performance, la cual implica la repetición imitativa de reglas mediante las cuales nos concretaríamos (Butler: 2016)

En “Género en disputa” Butler plantea una fuerte crítica a la identidad sexual y de género como construcciones represivas y excluyentes. Entiende a la sexualidad y al género como construcciones culturales impuestas, de forma que no existen roles sexuales o de género con raíces biológicas. Para esta autora, cualquier categoría de identidad tiene la función de controlar el erotismo;  describe, autoriza pero, en mucha menor medida, libera.

De este modo, Butler deconstruye la dicotomía entre sexo y género, argumentando que el sexo es ya de por sí una construcción social y que, por tanto, ha sido género todo el tiempo.

Butler nos plantea entonces que si el género es la construcción variable del sexo, existirían múltiples vías abiertas de significado cultural a partir de un cuerpo sexuado, lo cual introduce un abanico mucho más amplio de opciones sexuadas. [6]

De esta manera se cuestiona la idea de interioridad esencialista, y se concibe a la identidad como una construcción producto de las relaciones de saber-poder-placer que condicionan ciertas posibilidades de fijación identificadora y reprimen, excluyen, niegan, interdictan, otras posibilidades de posición del sujeto.

La identidad es pensada como un espacio político que puede modificar sus términos, sus límites, para incorporar posiciones que han sido excluidas

Rosi Braidotti, otra de las autores afines a este pensamiento, nos habla de una producción de subjetividad “nómada”(Braidotti:2000) para justamente dar cuenta de una ficción política que se produce en lo que denominará “tiempos transcontemporáneos”, donde el protagonismo de la imaginación, pueda construir nuevos mitos pero ya no con la fijeza de antaño, sino construcciones inestables, transitorias, arbitrarias y excluyentes.

En este sentido no es posible hablar de una identidad queer, más bien se trata de una crítica a todas las identidades, apuntando a desencializar y desnaturalizar. Lo Queer no se inserta dentro de un registro binario y universal, sino que se presenta como expresión humana en construcción permanente, como proceso, como devenir en acción; múltiple, heterogéneo y polifónico. Se trata de una perspectiva nómada de composición de la vida (Braidotti: 2000)

La idea de la perspectiva Queer y sus efectos en las prácticas amatorias, es que mediante distintas performances que permiten cambiar constantemente de identidad, se pueden ir transformando las categorías de cuerpo, sexo, género y sexualidad pudiendo así subvertir las identidades impuestas y acabar transformando este orden simbólico excluyente hacia algo más plural.

Amor a la Queer

A partir de lo anterior nos preguntamos ¿qué efectos tiene esta perspectiva sobre el modo de concebir las prácticas y discursos amorosos contemporáneos?

Claramente la perspectiva Queer denuncia aquellos amores de closet [7]. Denuncia las prácticas que han sido silenciadas y ocultadas en los reductos del espacio privado, más al modo de  gueto que de intimidad moderna.
Se proclama el amor como derecho humano universal, donde se respete el modelo dual heterosexual, pero también todas aquellas formas de diversidad sexual y amorosa.

Estallan las performances del amor de dos o más personas, de un erotismo que se expande a la totalidad de los cuerpos y no solo a la tiranía del orgasmo. Se apuesta a amores virtuales, imposibles, platónicos, exóticos. De  edades diversas, de hombres, mujeres, personas intersexuales, transexuales, travestidxs, negrxs, gente de todas las clases socioeconómicas, de todos los gustos, de todas las razas y religiones, sin discriminación por etiquetas. Incluye a los y las solitarixs, a los y las promiscuxs, a los adictos, a lxsfrikies, los raros y las raras, a las minorías de cualquier tipo, y a todo aquel o aquella que tenga curiosidad por ampliar horizontes en su identidad, su cuerpo y su sexo.

El Amor Queer es bisex, trisex, y se extiende hasta el infinito. No categoriza la orientación sexual tradicional (homo, hetero, bisexual) porque no entiende las relaciones como "cosa de dos", ni tampoco divide a la Humanidad en dos géneros opuestos (mujeres, hombres). El Amor Queer denuncia la hipocresía del romanticismo burgués en torno a la fidelidad femenina y la promiscuidad masculina, el adulterio y la prostitución como vía de escape al aburrimiento del matrimonio. De algún modo aspira a una “revolución sentimental” para desmontar todos los mitos románticos basados en la tradición patriarcal (Corral Herrera Gómez: 2010)

Detengamos aquí esta sucinta descripción. Si bien puede coincidirse en que muchos de los puntos planteados por la perspectiva Queer abogan por la visibilización y el respeto de una diversidad cada vez más creciente, luego de profundizar en sus conceptualizaciones y debates internos caben algunas preguntas que permitan tensionar y revisar varias de sus categorías.

Teniendo en cuenta que el sistema capitalista se enriquece justamente a costa de las desigualdades sociales ¿Es posible pensar en que desaparecerán las identidades normativas en los márgenes que éste delimita?; ¿se puede llegar a la libertad sexual dentro del sistema capitalista?; el empuje a lo radicalmente diverso ¿no atenta, de alguna manera, contra la dimensión de la diferencia y sus límites?; el hecho de que no sostengamos un orden binario y heteronormativo ¿nos debería llevar irremediablemente a una lógica de lo sin límite, de lo continuo o indiferenciado?; ¿puede pensarse el amor sin  límite?

Yago Franco en el texto “Eros: el amor” afirma que el amor está en contra del capitalismo, ya que se contrapone al despliegue de lo ilimitado, a la descarga de satisfacciones directas no mediatizadas. Refiere “Eros tiene que ver con la presencia de la diferencia, el lazo de DOS, el predominio de lo no narcisista. El primer problema que hallamos es que esta es una sociedad que exalta el narcisismo, las elecciones narcisistas de objeto: es sabido que la sociedad puede favorecer determinado tipo de lazo social. Y de diferentes maneras. El empuje al consumo, el énfasis en la imagen y la apariencia, también la aceleración del tiempo y la exigencia de inmediatez, y sobre todo, el ideal de disfrute sin límites,  acentúan una incertidumbre que se campea como sentimiento – de la mano de la crisis de las significaciones de lo femenino y lo masculino - y encuentra múltiples modos de representación”. [8]

En consonancia con este planteo podemos pensar que el sistema capitalista, sobre todo desde la democratización de la sexualidad y la avanzada neoliberal de los ’80, se caracteriza por su excelente capacidad para mercantilizar las diferencias identitarias. Así las convierte en objetos de consumo y productoras de más y nuevas segregaciones sociales. También se encarga de hacernos sentir diferentes si nos apartamos de “lo que es normal” para el sistema. ¿Cómo distinguir entonces esta tendencia del capitalismo, de la lucha por la disidencia y la diversidad sexual?

La teoría Queer propone que, mediante la transgresión de la identidad, las diferencias por cuestiones de sexo, género o identidad sexual desaparecerían. Sin embargo, es fundamental subrayar, que el capitalismo no solo se nutre de este tipo de opresión (en este caso de género, sexo o identidad sexual),  sino que se basa en una intrincada red de opresiones que se retroalimentan para consolidar el ejercicio de su poder. Ser mujer, por ejemplo, no es lo mismo que ser mujer, negra, pobre, lesbiana y/o trans.

Si nos ponemos agudos en la lectura, es claro que existen posiciones dentro del movimiento Queer que no dimensionan la materialidad concreta con que se ejerce la opresión y la conciben sólo como una cuestión ideal. De hecho muchos de los movimientos feministas tradicionales consideran la teoría Queer como la “hija política del posfeminismo” [9], producto de la derrota del viejo movimiento feminista. Su objetivo de disolver todas las identidades oprimidas opera, según varias lecturas, como un escollo en el camino de la emancipación de las mujeres y por consiguiente como esterilizador de todo intento de organización de las mujeres para su liberación.

Por lo tanto cabe la pregunta: estas teorizaciones, aún sin advertirlo, ¿no terminarían legitimando y adoptando ciertos principios fundantes del sistema capitalista, alejándose de una armazón teórica para la liberación?

Podemos por tanto advertir que este modo de entender la sociedad, introduce una categorización más ideal que material, la cual en muchos casos no dimensiona con la claridad las relaciones sociales efectivas que estructuran a la sociedad y sus formas.

Palabras finales

Pues entonces, es claro que el romanticismo patriarcal que heredamos del XIX sigue operando hasta nuestros días en diversos sectores de nuestra sociedad,  como una  “utopía emocional colectiva” (Corral Herrera Gómez: 2010). Pero a ella se suma, en un intento de contrapoder, el despliegue de un abanico amplísimo de modalidades del amor y la sexualidad, amor que desconoce identidades y diferencias, que de alguna manera respalda lo ilimitado, que reniega de lo imposible, que no esconde ni silencia, que se muestra de manera explosiva.  Un amor Queer provisto de la más radical de las resistencias a la norma, alejado de príncipes azules y princesas rosas, tributario de la transitoriedad y la inestabilidad, de las conexiones cada vez más fugaces y situacionales. En este sentido nos preguntamos ¿qué lugar para la historia de amor? El derecho a la elección libre e individual, sea cual fuere la preferencia ¿construye colectivo? ¿Produce práctica política? ¿Enfrenta al sistema capitalista y tanático que oprime y asfixia al amor? ¿O más bien lo reproduce?

Quizá se vuelva imprescindible seguir revisando estos nuevos movimientos a la luz de otras problemáticas para no perder la lucidez frente a lo que se presenta como instituyente.

Porque consideramos que nuestro desafío es el de confrontar contra el empuje sistemático y mortificante que nos deja cada vez más sedientos de afecto y de amor, cada vez más solos y desamparados.

Compilado y corregido por la Lic. Diana Gurny



“La encrucijada sexual que mora del lado de lo imposible segrega según el viento de las épocas las ficciones que la racionalizan, en un movimiento por el que desconocen el lugar de donde esta proviene. Esa fue al menos la respuesta de J. Lacan a Jacques Alain Miller en Televisión a principios de los años setenta.”

La deriva más o menos delineada del  término QUEER , se puede leer en un artículo[iv] de Didier Eribon, otro de sus teóricos, que integra elDictionnaire des cultures gays et lesbiennes. Es recién hacia finales del siglo XIX que el término queer habría tomado una connotación sexual. El viejo término inglés, cuya atmosfera de significación se ligaba a lo bizarro, lo extraño, lo raro, será aplicado a la esfera de la sexualidad para designar todo lo que no se ajusta a la norma sexual. La otrora injuria devendrá una insignia en los años noventa - la propia Butler llama la atención sobre el paradójico giro de esta palabra, su “refundición” -. La reactivación del término se presume una reacción contra las reivindicaciones asimilacionistas de los movimientos de gays y lesbianas que buscan la integración social. Lo queer oficia de punta de lanza que despliega su efecto disolvente respecto de cualquier perspectiva sobre la sexualidad que tome como modelo el embalaje de la sexualidad de las clases medias, urbanas y blancas – sean o no heterosexuales -.
Así, lo que el discurso queer sostiene desafiante, el carácter construido del sexo a fuerza de performatividad, representa un golpe asestado contra cualquier discurso sobre la sexualidad que se avale desde una perspectiva esencialista, que hiciera derivar la diferencia entre los sexos de alguna esencia, sea que esta se nutra de una supuesta naturaleza o bien se valga del expediente anatómico para situarla.  Si bien es cierto que lo que el desafío queer toma como blanco de su crítica, es identificable con lo que Lacan hubiera aislado como “error común”, el error natural que consiste en que la diferencia sexual pase engañosamente a lo real por intermedio de la presencia del órgano para quiénes tienen a su cargo inicialmente distinguir los sexos – aquí las anatomías -. Es evidente que esta asignación inicial del sexo se produce bajo la dependencia del lenguaje, como sostiene Graciela Musachi[v] siguiendo a Lacan, pues se trata de un rodeo por el lenguaje, cuyo efecto es hacer aparecer la anatomía como supuesta “real inicial” de la mentada diferencia. Esta asignación sin embargo, no es el todo de la diferencia sexual para el psicoanálisis; que así se los distinga –no son ellos quienes se distinguen, aclara Lacan [vi]- no implica lógicamente que así se reconozcan, sobre esa distinción vendrán las identificaciones en las que el sujeto hablante se reconoce como perteneciente a algunos de los sexos por las que rechaza la distinción inicial. Solo más tarde y como consecuencia de la inscripción del sujeto en la función fálica, la elección del sexo se consuma, como elección de goce. La diferencia sexual pone en juego dos modos de vivir la pulsión, precisa Musachi, que suponen dos modo de gozar del falo. El hecho de que Lacan coloque esta encrucijada sexual del lado de lo real, es lo que exime al psicoanálisis de caer en el vel construccionismo / escencialismo para situar la diferencia entre los sexos[vii]………

Extracto de La teoría queer y la enseñanza de Lacan -¿queer Lacan?- (*) Este escrito retoma una intervención en la mesa redonda: “El malestar en la cultura hoy” realizada el viernes 21 de mayo de 2010, en el marco del ciclo de conferencias: “¿Cómo vive nuestra época la pulsión?”. Organizadas por la Asociación de Psicoanálisis de La Plata – como grupo asociado al Instituto Oscar Masotta -.


Por la Lic Diana Gurny



















Por Luciana Chairo
            
[1] García Márquez, G. El amor en los tiempos del cólera, Ed. Diana, Buenos Aires, 1985.
[2] García Márquez, G. El amor en los tiempos del cólera, Ed. Diana, Buenos Aires, 1985
[3] Fernández, A.M. “La mujer de la ilusión” en La Mujer de la Ilusión. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1993, pp.256
[4] Galende, E. Sexo y amor. Anhelos e incertidumbres de la intimidad actual, Paidós, Buenos Aires, 2001, pp.117
[5] Fonseca Hernández, M. y Quintero Soto, C. La Teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas, en Sociológica, año 24, número 69, pp. 43, 2009
[6] Para ampliar Chairo, L. Detrás del espejo… ¿Fragmentos modernos o diversidad contemporánea? en Revista El Psicoanalítico Número 22.
[7] Sedgwick, E.S. Epistemología del armario, Ed. De la tempestad, Barcelona, 1998
[8] Franco. Y, Eros, el amor, en Revista El Psicoanalítico Número 11.
[9] De la mano de las teorías del fin de la historia, de los grandes relatos y de los sujetos, el posfeminismo se postula como la teoría destinada a iluminar sobre la multiplicidad de diferencias sexuales que cuestionan lo hegemónico.

Bibliografía
                 
Bleichmar, S. “La identidad como construcción”. En Rotenberg, E. y AgrestWainer, B. (comp.), Homoparentalidades. Nuevas familias Lugar, Buenos Aires, 2007
Braidotti R. Transposiciones: sobre la ética nómada, Barcelona, Gédisa, 2006.
Braidotti R. Sujetos nómadas, Buenos Aires, Paidós, 2000.
Butler, J. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós, Buenos Aires, 2016
Butler, J. “Críticamente subversiva”, en Rafael Mérida Jiménez, Sexualidades transgresoras. Una antología de estudios queer, Icaria, Barcelona, 2002.
Butler, J. “Imitación e insubordinación de género”, Revista de occidente, Núm. 235, diciembre, 2000
Butler, J.  (1998). Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista. Debate Feminista, 18: 296-314.
Butler, J. (2008). Acerca del término ‘Queer’. En Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del ‘sexo’. Buenos Aires: Paidós.
Castoriadis, C. Los dominios del hombre: las encricijadas del laberinto, Gedisa, Barcelona, 1988
Corral Herrera Gómez Manifiesto de los amores queer, 2010. http://haikita.blogspot.com.ar/2010/09/manifiesto-del-amor-queer.html
Martínez Expósito, A. “Desplazamiento semántico y escenificación: dos aspectos semióticos de la identidad sexual”, Reverso, Núm. 2, Madrid,2000
Martínez, A. (2012). Los cuerpos del sistema sexo/género. Aportes teóricos de Judith Butler. En Revista de Psicología. Segunda época, 12: 127-144.
Martínez, A. (2013). ‘El grano de arena en el centro de la perla’. Registros de la identificación y formación del sujeto en Judith Butler”. En M.L. Femenías, V. Cano & P. Torricella (Comps.). Judith Butler, su filosofía a debate. Buenos Aires: FFyL/UBA.
Martínez, A. (2015a). La identidad sexual en clave lesbiana. Tensiones político-conceptuales: desde el feminismo radical hasta Judith Butler. En Sexualidade, Saúde e Sociedade Revista Latino-Americana, 19: 102-132.
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Fernández, A.M. y SiqueiraPeres W. La diferencia desquiciada. Géneros y diversidades sexuales, Ed. Biblos, Buenos Aires, 2013
Siqueira Peres “Política queer y subjetividades” en La diferencia desquiciada, géneros y diversidades sexuales, Buenos Aires, Biblos, 2013
Siqueira Peres “La psicología, lo queer y la vida” en La diferencia desquiciada, géneros y diversidades sexuales, Buenos Aires, Biblos, 2013
Ulloa, F. Cap. 5 “La difícil relación del psicoanálisis con la no menos difícil circunstancia de la salud mental. En Novela Clínica Psicoanalítica. Ed. Paidós. Buenos Aires. 1995.
Zadu, I.“Feminismo y teoría Queer” (Las Rojas), Revista SoB 23-24, diciembre 2009 (3)

domingo, 2 de octubre de 2016

Freud etapas psicosexuales-Estudios sobre la teoria del Apego



Estudios sobre el tema del "colecho" y "amamantamiendo a demanda"
Estamos hablando de patologías Graves y que no tienen cura pero si se pueden prevenir. Recientemente se ha reintroducido el colecho en la cultura occidental por los partidarios de la crianza con apego, que incluyen el colecho entre las prácticas naturales para una crianza saludable y feliz de los niños. Se habla de innumerables beneficios para promocionar esta práctica, pero dado la falta de estadísticas fiables estos beneficios aún no han podido ser comprobados. Uno de los beneficios a los que aludo es el de la prevención de la muerte súbita en bebes, "patología" a la que la ciencia aún no ha dado respuesta. Y lo más contradictorio, es que los mismos mentores del colecho lo nombran como beneficio secundario y a su vez como posible causa del mismo.O sea que el colecho podría prevenir la muerte súbita o provocarla. James McKenna, antropólogo de la Universidad de Pomona, Universidad Politecnica, realizó un estudio comparativo sobre el tema en diferentes culturas, en la que no ha hecho intervenir los factores psicológicos sino los ambientales.Los promotores del colecho no hablan de los riesgos de asfixia,de los mayores riesgos en los prematuros, falta de intimidad de la pareja parental, falta de relajación e insomnio de los padres, y los problemas psicológicos resultantes de esta práctica que junto con el amamantamiento a demanda conllevan a niños y posteriormente adolescentes a ser dependiententes emocionales tener personalidades inmaduras, potenciales problemas de socialización, depresión, personalidades agresivo-demandantes sumados a todas las patologías derivadas de la no superación de la etapa oral como la anorexia-bulimia, tabaquismo, alcoholismo, como las más graves y destacables.

Cualquier consulta : freud.diana@gmail.com Psicológicamente hablando

Freud etapas psicosexuales – Fijaciones
Cuando las necesidades no se satisfacen

Un niño en cierta etapa de su vida tiene ciertas necesidades y las frustraciones vienen cuando sus necesidades no se satisfacen. Estas frustraciones hacen que el pequeño se quede estancado en cierta etapa.
Si el niño no atraviesa normalmente por esas etapas y resuelve sus conflictos durante su desarrollo, el niño se verá afectado en su edad adulta. Estas frustraciones o fijaciones pueden ocurrir en alguna de las etapas psicosexuales de Freud. Estas fijaciones pueden afectar al niño en su vida, emocional y social en su futuro.
La homosexualidad esta relacionada con frustraciones y fijaciones en cualquiera de las etapas. Las fijaciones hacen que el individuo tenga problemas para establecer nuevos vínculos emocionales. El quedarse fijo en una etapa del desarrollo psicosexual, sea la oral, anal, fálica, latente o genital y no avanzar hacia la otra etapa puede afectar el desarrollo emocional y social del niño.

Hay que tener mucho cuidado y paciencia en el período en que un niño está siendo entrenado para ir al baño porque si se le asusta, se le castiga o se le amenaza si no aprende al paso que los padres quieren que el niño aprenda, una fijación puede tomar lugar y traer consecuencias en su edad adulta.
De acuerdo a Freud, la fase oral del desarrollo comienza con el nacimiento y continúa durante los primeros dieciocho meses de vida.
La primera etapa del desarrollo abarca los aspectos físicos de succión, tales como la boca, la lengua y los labios.
En esta fase de la vida, la succión equivale a la alimentación y la comodidad.   Los niños que no superan  esta etapa experimentan  “fijación oral” y son propensos a comer en exceso, al alcoholismo,anorexia /bulimia, tabaquismo , consumo de drogas o a comerse las uñas.
Según Freud y de acuerdo a su teoría, estos individuos se convierten en personas dependientes de otras.
Los individuos que tengan fijación en esta etapa son  pesimistas y agresivos con otras personas.
Se creía que el principal conflicto que ocurre durante esta fase es el destete del niño del pecho de la madre.
        Las etapas psicosexuales de Freud están altamente relacionadas con las etapas del desarrollo humano. En la edad entre los 0 meses y el primer año, el niño solo siente satisfacción por medio de lo que se lleva a la boca. Por ahí satisface también sus instintos sexuales. Cuando llega a la edad de los dos años y empieza a ser entrenado a ir al baño a hacer sus necesidades, su satisfacción sexual es gratificada por medio del uso de sus órganos genitales cuando evacua. El ser humano alcanza su satisfacción sexual por medio de la masturbación o de las relaciones sexuales hasta que llega a la edad de la pubertad o sea la adolescencia.
        Las fijaciones en las etapas psicosexuales de Freud tienen repercusiones en los adolescentes y en los adultos si no son resueltas durante la infancia.

domingo, 25 de marzo de 2012

Lo que quiere Una Mujer


Se terminó el misterio. Se ha descubierto qué desea una mujer y Página/12 lo revela en forma exclusiva: sepa el lector por qué, “a pesar de los orgasmos, sigue dudando”, sepa por qué “la primera decepción viene de la madre”, sépalo todo. Si el lector no encuentra su respuesta, deberá intentarlo nuevamente.


¿Cuál es el lugar de la mujer? ¿Mejor estar sola que mal acompañada? ¿Qué quiere una mujer? ¿Gozan de lo mismo el hombre y la mujer? Con estos interrogantes comenzamos nuestro camino.
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Freud considera que, para una mujer, el hombre es fundamentalmente un padre, y, sobre todo, el padre del amor. O bien, peor, puede ser una madre, con los reproches de ella hacia él que esto ha de acarrear.
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Si él es para ella un padre o una madre, hará de la mujer misma un niño, ella quedará acoplada toda su vida al superyó. Freud cree que lo mejor que puede pasar es que un hombre, para una mujer, sea un niño: si lo es, como dice Colette Soler, traerá la paz, pero no la pasión.
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¿Qué es una mujer para un hombre? Una mujer para un hombre es el falo, o un objeto, o el síntoma, según Jacques Lacan. Según Freud, una mujer es, para el hombre, una madre o una puta; en este último caso, no satisfará al amor sino sólo al goce.
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Las niñas están prometidas al lugar del objeto, señalado por el discurso. Una niña puede convertirse en mujer, pero no parte de una respuesta acerca de cómo serlo: deberá recorrer un camino sinuoso, con obstáculos; será necesario que la niña cambie de zona erógena, de objeto, que cambie de meta pulsional, que pase de las pulsiones activas a las pulsiones pasivas para, finalmente, situarse como objeto.
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Freud se pregunta cómo un sujeto puede querer asumir este lugar de objeto: ¿cómo alguien puede subjetivar un rol que el discurso mismo no presenta como del máximo valor? De allí el acento freudiano sobre el dolor irreparable de la privación a la que la niña debe enfrentarse.
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Requisito de la transmisión de la feminidad es castrarse de madre a hija, hacerse objeto de desecho, borrarse como cosa que completa a la madre, para aceptar el vacío del objeto.
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La pregunta acerca del deseo materno es constitutiva de toda subjetividad.
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Como dice la humorista y escritora Gabriela Acher: “Yo soy insatisfecha por parte de madre”.
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En el libro de Marcela Serrano, Nosotras que nos queremos tanto, Sara, profesional exitosa, madre soltera, le pregunta a su propia madre: “¿Nunca te dieron ganas de volver a casarte?”. “Noooo, m’hijita: todos los hombres son malos; y los que no lo son, se mueren.”
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La madre deberá tramitar y aceptar su propia castración, para luego introducir en ella a su hija, sin hacer de la misma el objeto que complete su propia falta. Es, en la madre, el pasaje en la madre de tener el falo a ser un sujeto deseante: deseante de un hombre.

La madre está condenada a recibir el reproche porque está en el lugar del Otro de la demanda, de la demanda de amor, que es imposible de satisfacer: como tal, va a ser necesariamente decepcionante; la primera decepción viene de ella.
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Pero, también, la mujer encuentra en la madre la mirada que constituye el primer espejo: la transmisión de la feminidad es narcisizante.
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En el mito de Baubo, mito de la melancolía original de la mujer, Deméter ha perdido a su hija Perséfone, arrebatada por Hades, Dios de los Infiernos. En su camino se encuentra con otra mujer, Baubo, quien la consuela haciendo el gesto de levantarse las vestiduras para mostrarle su desnudez: le muestra lo que a ella también le falta, la reconforta con lo que no tiene. Con ese gesto, Baubo provoca la risa de Deméter, lo cual significa la salida del duelo por la hija perdida. Ese acto hace caer el luto.
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La risa caracteriza la posición de la mujer con respecto a la castración de la madre, que no es otra que su propia castración.
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En el hombre hay conjunción del goce y la satisfacción narcisista. En cambio, el goce femenino sobrepasa a la mujer, no la identifica: a pesar de los orgasmos, seguirá dudando sobre si es una verdadera mujer. Ella se fuerza por identificarse por el amor de un hombre: lo que espera de un hombre es que la haga valer como deseable, lo que quiere de un hombre es su deseo; ser dicha, ser reconocida como aquella que causa el deseo de un hombre. El narcisismo femenino es un narcisismo del deseo.
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Para Lacan, el goce netamente femenino no está regulado por la castración: puede ser experimentado, pero se torna indecible; la mujer es amiga de lo real.
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¿Qué quiere una mujer? Puede encontrarse la condición femenina, no en lo que la represente en el discurso sino en el lugar que ella pueda encontrar en el deseo (que es deseo sexual). Una mujer no puede decir lo que es como mujer sino lo que desea. Puede decir que lo que le falta es un hombre pero, a la hora de encontrar una respuesta que designe la relación entre hombre y mujer, como relación de deseo sexual, el lenguaje desfallece. No hay respuesta que indique la manera más segura de situarse para encontrar un partenaire con el que la relación de deseo esté garantizada, ni señal para una satisfacción que se conjugue con la satisfacción del otro.
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¿Qué quiere una mujer? Ella se sitúa entre hacer gozar y ser amada. Se confronta a ser dividida por el goce del partenaire, a ser sobrepasada por su propio goce y a una exigencia de amor imposible de satisfacer.
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Una mujer desea lo que no tiene, a partir de aceptar que ella no lo va a tener nunca, reconociendo que el varón es quien lo tiene y, por lo tanto, que en él está el símbolo de lo que es deseable para ella.
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Una mujer también quiere hacer hablar, que es hacer desear.
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Pero cuando los hombres ven a las mujeres desde la lógica masculina, desde la lógica fálica, dicen: “El deseo femenino es posesivo, ellas quieren castrarnos, atarnos, tenernos a su servicio, quieren quitarnos hasta la palabra, buscan en nosotros lo que les falta...”. Y eso, para un hombre neurótico, es demasiado, es angustioso, es insoportable.
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Las mujeres existen una por una, de manera singular, sin tener nada en común, no sólo con el hombre sino tampoco con otras mujeres.
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Los hombres, en cambio, quedan definidos en su condición sexual por la referencia al falo; de allí la queja tan frecuente de las mujeres, luego de una decepción amorosa: “Todos los hombres son iguales, lo único que quieren es eso”.
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El amor no resuelve la contradicción de los goces.
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El goce femenino es en exclusión: la mujer siempre está en soledad, mal acompañada. Para Colette Soler, la mujer cuya fórmula es “mejor mal acompañada que sola” ha comprendido que estamos siempre mal acompañados, incluso cuando estamos acompañados de lo mejor. Nunca se produce la fusión, la unión de los sexos.
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“Cuando miro hacia el pasado, el jardín me parece un sueño. Era hermoso, encantadoramente hermoso, pero ahora se ha perdido y ya no lo veré más.
He perdido el jardín pero lo he encontrado a él, y estoy contenta. Me ama tanto como puede, yo lo amo con toda la fuerza de mi naturaleza apasionada, y pienso que esto es propio de mi edad y de mi sexo.
Si me pregunto por qué lo amo, encuentro que no lo sé, y realmente no me importa mucho saberlo; supongo que esta clase de amor no es producto del razonamiento y las estadísticas. Pienso que así debe ser. Amo a ciertos pájaros por su canto, pero no amo a Adán por el suyo. Sin embargo, le pido que cante, porque quiero aprender a gustar de todo lo que le interesa.
No es por su inteligencia que lo amo, no, no es por eso. No hay que culparlo por su inteligencia tal como es, porque él no la hizo.
No es por sus maneras graciosas y consideradas ni por su delicadeza que lo amo. No es por su laboriosidad. No, no es eso. Pienso que es algo que lleva consigo, y no sé por qué quiere ocultármelo. Es mi única pena.
No es por su caballerosidad que lo amo. No, no es eso. Entonces, ¿por qué lo amo? Simplemente porque es hombre, pienso. Es fuerte y buen mozo, lo amo por eso y lo admiro y estoy orgullosa de él, pero podría amarlo sin estas cualidades. Sí, pienso que lo amo simplemente porque es mío y es hombre. Sencillamente llega y no puede explicarse. Soy Eva, sólo soy una chica y la primera que ha analizado esta cuestión.” Mark Twain, “Después de la caída”, en Diario de Adán y Eva.











Por Miriam Britez, Graciela Etchegoyen,

Marta Fargiano, Libia Nijamkin y
Patricia I. Torres *

Tres psicoanalistas conversan: el padre




Para hablar del padre y de la función paterna, hay que empezar por distinguir el padre genético del padre de la nominación, que es quien trasmite el nombre, que reconoce al niño como su hijo en el hilo de las generaciones.

Es frecuente que, poco después del parto, la madre caiga en la cuenta de que ha dado a luz a un ser biológico, y que sola no puede hacer de él un ser humano. Entonces hay un hombre a quién dirá: “no puedo”, y que le va a contestar, en nombre de la sociedad humana: “no estás sola”. A este hombre le llamaremos padre real. Aunque este acontecimiento pueda suceder en otros momentos, digamos que lo más corriente es que ocurra cuando una mujer pide el reconocimiento, la mediación con el mundo, al nacer el niño. La madre dice “sola no puedo” ante ese niño de carne y hueso.

Existen también mujeres que no quieren saber nada de su impotencia, en las que el deseo de asegurar su poder mítico absoluto, es decir un poder de vida y muerte, es el más fuerte. Este, aunque permanezca borrado de la conciencia, tiene efectos de lo más nefastos. Lo podrán reconocer al cabo de un trabajo psicoanalítico, ahí es cuando articulan la importancia del nombre como algo que las desata, las despega del niño. El niño es efecto del deseo de un hombre por una mujer y de una mujer por un hombre, y no un objeto deseado, una coartada o una razón, es puro efecto del deseo.

Algunas mujeres viven de manera muy determinante el momento en que se le da al niño el nombre y apellido, lo que tiene un efecto de separación, de corte… indispensable. No hay un ser humano que no tenga nombre. Esto me hace pensar en los campos de concentración, en el intento de anular a los seres identificándolos con una matrícula: un número es algo intercambiable, y anula la filiación de un ser, eso por lo cual está introducido en su historia, en el orden simbólico, en la humanidad.

Una de las particularidades de la paternidad es que sea un hombre real, concreto, sea o no el genitor, el que soporte esa función simbólica.

Se suele decir que el psicoanálisis fue inventado en un momento en que la figura del padre decaía; me parece que la ley francesa de 1972, que instituye que la madre tiene capacidad para rehusar al padre, complica lo que anteriormente era el padre en nuestra sociedad, es decir el marido de la madre.

Leí un libro cuya tesis era: “Hoy en día, ya no hay padres, pero esto no tiene ninguna importancia, su función está retomada por distintas instancias de la sociedad.” Pues no, cualquier cosa no puede reemplazar al padre, tiene que estar encarnado por hombres… o mujeres a lo mejor, pero jamás será un ordenador lo que reconozca al hijo. El hombre está predispuesto a ocupar esta función de testigo, de paladín de la sociedad, del mundo simbólico, justamente porque él no puede tener hijos, por eso, por ser completamente impotente en lo que dar a luz se refiere, una mujer puede decirle su impotencia, y esperar una respuesta.

Curiosamente, un niño puede funcionar muy bien con un padre indigno: Hay veces en que uno se dice, “con un padre así …”. En realidad el niño se da cuenta que hay un hombre que ha aceptado ocupar un cierto lugar, tomar un papel imposible en cierto modo, (pues hacerse cargo del mundo simbólico es una misión imposible) respondiendo de ello y significando: éste es mi hijo o ésta es mi hija (esto es angustioso, pero no impide vivir). Son padres que liberan a su hijo de la angustia, a pesar de sus defectos, su indignidad, y al contrario, hay padres perfectos, modelos, que no tienen esa función de liberación de la angustia.

Se puede hacer más fácilmente el duelo por el padre ideal con un padre que no se toma por el ideal. El riesgo con esos hombres un poco sub-hombres es el lugar dejado a la madre.

No digo que eso sea fácil; me he encontrado varias veces con situaciones en que el padre era desastroso y el niño podía decir: “Ha tenido la valentía de reconocerme. No habrá hecho otra cosa más en su vida, pero eso si lo ha hecho.” Hay ahí algo difícil, complicado, pero que se puede conllevar.

¿Sería eso lo que transmite el padre?

Diría que es una función esencial del padre, el dar a conocer al hijo: “No podrás escapar a la angustia, pero es llevadero, se puede soportar”. En mi análisis personal, he hecho la experiencia de lo fundamental que es para mí que un padre se pueda reír con su hijo, es el símbolo de la función paterna, es decir, el padre que se apaña con su angustia, demuestra al niño que es superable, y comparte con él esta experiencia.

Cualquier padre es insuficiente, cualquier pretensión a encarnar al padre ideal es irrisoria.

Podríamos decir, como M. Safouan, que los padres completamente devaluados o los padres irreprochables son dos catástrofes equivalentes.

El padre real es el que se hace testigo, o portavoz, de la existencia y la función simbólica de la nominación. Es algo totalmente inalcanzable, misión imposible como decíamos, lo que va a dar sus límites a la pretensión de estar identificado con el padre ideal. En una vida se pueden encontrar sustitutos de padre real, personas que cumplen esta función. Es el que va a significar que hay que renunciar al padre ideal, hacer el duelo de esta figura. El padre ideal es también una fabricación del niño, lo labra a la medida de lo que no encuentra. Y será éste con quién el niño será siempre completamente ambivalente, el padre del crimen del padre; ése es, y gracias a Dios que el niño puede retorcerle un poco el cuello.

El padre que ríe con el niño, el padre real, es el alter ego, el semejante, otro hombre, con quién se puede rivalizar, con quién se puede tratar de hombre a hombre, o de hombre a mujer.

De hombre a hombre sí, pero no de hermano a hermano. Un hermano puede muy bien ejercer de padre, pero si un padre hace de hermano, de amiguete, no funciona. El padre que quiere hacer de hermano con su hijo es el que escamotea la relación con la madre, con la mujer.

Se habla siempre de la relación de la madre con el padre, pero mucho menos de la del padre con la madre.

Diría con la mujer, la madre como mujer del padre, sabiendo que puede haber disyunción entre los dos. El padre puede querer a otras mujeres y esto puede funcionar muy bien, no diré que sea la solución más fácil, pero no es patógena en sí.

En relación con esa doble función que ejerce el padre, portavoz del mundo simbólico, y hombre de una mujer, me parece que hoy en día, como portavoz sigue funcionando, pero como hombre de la mujer… ahí está más desenfocado. Las mujeres se quejan más de haber perdido algo del lado de los hombres que del lado de los padres, ¿No creéis? No se puede decir de una madre que rivaliza con el padre, pero sí de una mujer con un hombre. Y ellas se quejan de los efectos de esta rivalidad.

Si hay rivalidad en la familia, es una rivalidad por el amor del niño.

A los padres les toca soportar la ambivalencia del niño más que a las madres.

No estoy segura…

Sí, más ambivalencia sí. Hay algo incondicional en el amor por la madre, el amor por el padre tiene siempre algo ambivalente, en todo caso para el chico. Para las chicas es más ambiguo, me gusta mucho la palabra de M. M. Chatel, “ravage” (estrago) para calificar la relación madre-hija: tanto odio, es también “demasiado amor”. Y por el padre se siente amor y odio a la vez, lo que es distinto, y él tiene que hacerse continuamente con esta ambivalencia y conformarse con ella.

Creo que hay en el odio por el padre algo estructurante, le permite a uno desatarse, independizarse, cuando el odio por la madre es algo que te ata, algo devastador.

Una de las cosas que me parecen importantes para los padres actuales es que quieren que se les ame, en vez que se les respete o se les tema. Quieren ser amables y tener todo lo que hace falta para ello.

Una de las dificultades de los padres es aguantar la irremediable ambivalencia. El aceptar ser amados, mediante un odio inevitable. El padre real ha de hacer la diferencia entre el estatuto de padre real, y el de padre ideal. Únicamente en la medida en que puede hacer esta diferencia la ambivalencia que se proyecta en él es aceptable.

Daniel Bordigoni, Jean-Paul Ricoeur y Marie-Ange Lebas-Royer, Francia

Diván el Terrible