viernes, 4 de agosto de 2017

El Sujeto es un deshecho caído del Discurso Capitalista






 Lo que distingue al discurso del capitalismo es el “Rechazo”. El rechazo de todo lo que no es perfecto.Todo discurso que se relaciona con el discurso capitalista, deja de lado LAS COSAS DEL AMOR.
“Lo que distingue al discurso del capitalismo es esto: la verwerfung, el rechazo, el rechazo fuera de todos los capos de lo Simbólico, con lo que ya dije que tiene como consecuencia. ¿El rechazo de qué? De la castración.  Todo orden, todo discurso que se entronca en el capitalismo, deja de lado lo que llamamos simplemente las cosas del amor, amigos míos.  Ven eso, eh? ¡No es poca cosa!”
Jacques Lacan, “El saber del Psicoanalista” – Seminario 19, 1972.


Tango de Eladia Blazquez.SIN PIEL
Voy a aprender a llorar sin sufrir,
Sin detenerme a mirar una flor.
(…)
Llegó la indiferencia metiéndose en mi piel
Pacientemente cruel, ¡matando mi verdad!
Saber que no me importa nada...
De alguna vibración pasada;
Y caminar narcotizado
Por un mundo helado sin amor.
Eladia Blázquez, Sin Piel.



Resumen: El texto realiza una crítica al discurso capitalista que pretende aniquilar el deseo, la Castración. Por ello reivindica el amor, como propuesta ética contra la muerte, el goce de la muerte, donde la falta es la metáfora del sujeto, donde sólo vía del Amo castrado puede hacerse futuro, donde la Castración opere como posibilidad del amor.El discurso moderno pretende que lo imperfecto no existe.
Analizar significa desatar. Intento revelar en estos párrafos, cómo sólo atándose a la Castración es posible menguar el sufrimiento de la neurosis nuestra de cada día. Me valgo, para eso, de un discurso inverso al que tiene como agente el objeto: el del capitalismo. Que –a diferencia del discurso amoroso- introduce el tapón para la falta y su consecuente camino hacia un Otro ideal perfecto; goce mítico obviamente perdido desde el origen.
Como sabemos por Lacan, en el discurso el Otro está castrado y el Goce es mítico; es decir: imposible. Esto no es así en el discurso capitalista (nuevo algoritmo creado por Lacan a partir del Seminario 16 y especialmente en la Conferencia de Milan de 1972). Podríamos preguntarnos si el discurso capitalista es realmente un discurso, ya que –por definición- un discurso es lo que hace lazo, y el capitalismo –con sus objetos de acumulación- consume al sujeto y tapa sistemáticamente la falta: impulsado por el imperativo de la pulsión de muerte, no hay más que un goce que rechaza la palabra (Verwerfung) en pro de la forclusión del sujeto de deseo. Falsamente –enlace falso freudiano- el sujeto cree que podrá acceder –vía el consumo metonímico- a un Otro sin falta –sin barrar- y, entonces, a una felicidad absoluta: de allí que las promesas –en perpetuidad liberal- se afiancen en declarar que el Paraíso es posible.
En la Necropolítica, Achille Mbembe nos recuerda que el apotegma se basa “en los nuevos actores internacionales que deciden quién debe vivir y quién debe morir en un momento dado, atendiendo a criterios estrictamente económicos.  Y  las nuevas guerras, en consecuencia, son actos bélicos nomádicos que realizan empresas privadas –en connivencia o no con los Estados, poco importa...– que no buscan obtener territorio ni someter a las poblaciones; tan sólo afianzar recursos estratégicos y obtener beneficios inmediatos a cualquier coste.” 

En la Biopolítica de Michel Foucault, el autor francés versa sobre la misma problemática que el autor de Camerún. Los ciudadanos son –en esta necropolítica- meros entes intercambiables donde su subjetividad queda abolida sine qua non. Claro que, hay que ser honestos, a cierto ciudadano hay algo de esto –de este goce que lo va a devorar- que le seduce y lo tranquiliza.  La voracidad del poder –vía tecnología y consumo- no es ajena a esta Demanda del sujeto poco advertido del latigazo que se viene; de la boca del cocodrilo –como diría Lacan- que se avecina glotona, hambrienta de poder. (¿Se escucha el falo en todo este andamiaje? No quiero decir que el sujeto es cómplice de este capitalismo voraz, pero el falo seduce a cualquier hijo de vecino. Paradójicamente, el sujeto queda expropiado de un plus de goce que le pertenece por estar caído al Lenguaje. Lacan dixit: “Lo que Marx denuncia en la plusvalía es la expoliación del goce”.)

Dice Clara Valverde:
                "La nueva necropolítica no necesita armas para matar a los excluidos. Por medio de sus políticas, los excluidos viven muertos en vida o se les deja morir porque no son rentables. No sirven ni para ser esclavos. Pero, ¿no es suficiente con dejarles morir sin acceso a comida, techo y atención sanitaria? ¿Por qué se desarrollan políticas y maneras de gobernar que aceleran su muerte, que aseguran que estén al límite de la vida con el “privilegio” de sobrevivir? Pues porque son una amenaza. Sin darse cuenta ni proponérselo, lo excluidos y los precarios ponen en evidencia, como cuerpos resonantes, como altavoces, todas las injusticias del neoliberalismo. Y eso, los poderosos, no lo van a tolerar porque podría inspirar solidaridad en el resto de la sociedad, solidaridad que se podría convertir en revuelta. Por eso, a través de muchas formas de violencia discreta, se aplasta, una y otra vez, a los excluidos. Se les remata. Y se convence al resto de la sociedad de que participen en esa necropolítica, no solo asegurándose de que no haya solidaridad, sino también utilizando a los “incluidos” y a los expertos para mantener a los excluidos a raya.  El neoliberalismo se mantiene, en parte, gracias a esos “incluidos” que aún creen que están a salvo, los que aún creen falsamente que son libres y los que esperan que vengan tiempos mejores por arte de magia. Por eso urge, más que nunca, la creación de una empatía radical para amenazar al neoliberalismo.” (1)

El anarcocapitalismo –término Foucualtiano- lleva directamente –vía la globalización neoliberal- al capitalismo de mercado, salvaje en cuanto el Amo-Empresarial se apodera del dominio no sólo económico sino también social.  Como sabemos, el sentido de toda Empresa es la ganancia: es decir que la lógica del discurso capitalista se da la mano con el sujeto que –haciendo mutis por el foro su castración- pretende ganar sin perder. Lo simbólico –vía lo real- cae, y lo imaginario gana: se trata de un espejo candente y siempre fálico donde la imagen toma el poder resolutivo y absoluto de dominio. Como también sabemos desde Lacan, la pulsión invocante y la pulsión escópica hacen aquí su tour conveniente: el sujeto se apodera de bienes-objetos que satisfacen (a) su pulsión  y crean la ilusión imaginaria –valga el pleonasmo- de que la totalidad sin hiancia es factible.  Dice Lacan: “Las vidrieras están llenas de plus-de-gozar y (…) mantienen a mucha gente entretenida.”  Objetos donde la voz y la mirada (celulares, televisión, playstation, etc.) cobran un tamiz por demás preponderante en la cotidianidad del sujeto. Verse al espejo y ver vidrieras permanentemente con ánimo de consumo, es verse reflejado en un goce fálico constante, donde el narcisismo cobra privilegio ante la presencia –y la dignidad- del prójimo.

Es decir, entonces, que el sujeto de deseo (determinado por lo inconsciente) se reemplaza por un imperativo de goce donde la perversión impacta contra la pregunta por la causa. Analizantes muy angustiados salen del consultorio y van a comprar algo que les permita disminuir ese afecto que los perturba. Lo mismo ocurre con los matrimonios que ya nada tienen que decir(se) o los trabajos que achanchan al sujeto o la rutina inercial y monótona del acontecer diario. De allí que en las antípodas de este discurso, está el discurso amoroso; donde una flor, un gesto, representa la falta en la que todo sujeto-amoroso se ve involucrado. Donde la falta es, obviamente, metáfora del sujeto. El enamorado puede sentirse feliz sin necesidad de visitar un shopping o sin recurrir a la compra compulsiva: una plaza, un río, un horizonte compartido; son metáforas de esas miradas que se entrelazan rememorando que sólo es el amor lo que permite condescender el goce al deseo. Es en el amor donde la castración –permutable vía la transferencia- coloca a los partenaires en una dimensión endeble y, a la vez, fortificante y reconfortante;  hermanados por el lenguaje que, por definición, está agujereado.

En el discurso capitalista –arraigado en su estirpe más evolutiva por el neoliberalismo- el mundo deja su aurea romántica y el consumismo se perfila como mero voluntariado táctico. De allí que las terapias conductuales se afianzan en estos regímenes y el psicoanálisis cae no sólo como antipático sino incluso como estéril. Recordemos a Freud entrando a los Estados Unidos: “Nos aplauden y no saben que le traemos la peste”. El sujeto, atrapado por una promesa de felicidad futura y estable que promete cierto Estado emancipado a un liberalismo salvaje, se desata también y queda desprotegido y desmontado de lo que realmente debería custodiarlo: la Castración.  “Lo que distingue al discurso del capitalismo es esto: la verwerfung, el rechazo, el rechazo fuera de todos los capos de lo Simbólico, con lo que ya dije que tiene como consecuencia. ¿El rechazo de qué? De la castración.  Todo orden, todo discurso que se entronca en el capitalismo, deja de lado lo que llamamos simplemente las cosas del amor, amigos míos.  Ven eso, eh? ¡No es poca cosa!”

Cuando Lacan –en Función y Campo del Habla y del Lenguaje en Psicoanálisis- cita a Antoine Tudalnos está advirtiendo que es imposible atravesar el muro del lenguaje; que no hay sujeto por fuera de éste; y que –entonces- no hay sujeto sin falta: “Entre el hombre y la mujer hay el amor.  Entre el hombre y el amor hay un mundo.  Entre el hombre y el mundo hay un muro”. En el amor el sujeto –en posición de deseante- da lo que no se tiene (su castración, su falta) a quien no es (el falo). De allí que uno no sabe lo que tiene y otro no sabe lo que necesita.  Por eso también la histérica nos enseñó que no alcanza con los bienes, y su discurso intenta colocar al Amo en posición de castrado. (“Me vas a amar más allá de lo que me das, por lo que no tengo”.) El capitalismo, en cambio, es dar lo que sí se tiene. La histérica nos ha enseñado que toda Demanda es de amor y que no alcanza con los bienes que pretende satisfacerla; quizás por eso también una flor representa todo el gesto de amor que el capitalismo pretende aniquilar. Un sujeto que lleva un ramo de flores lleva quizás todo lo que se puede significar del amor. Y supongo que no habrá sido casual que el Modelo Óptico de Lacan esté esquematizado con un ramillete de flores, cuya inversión debajo de la caja metaforiza el cuerpo perdido, al cual ya no será posible acceder sino es por artilugios de lo simbólico; es decir: de la palabra. De allí también –supongo- que el te-amo como verbo performativo, sea tan significante para una pareja de enamorados: se trata de la palabra que pone en evidencia que el sujeto que la enuncia está castrado –sin red, a la espera de un abismo-; holofrase que simboliza la falta. O, como dice el poeta del tango, la falta que me hacés.

Jacques Lacan nos enseñó a pensar que sólo la Castración introduce el deseo y que no es sin el pasaje por la angustia. Un Amo castrado (barrado) es un futuro Sujeto que puede hacerse la pregunta por su deseo. [Podríamos relacionar esto con el campo del deseo del analista: sólo cuando el analista percibe angustia en su trazo –a partir del discurso histérico de su analizante- es que lo convoca (a) su control; es decir: cuando se percibe castrado. El control del analista ratifica (o rectificará) su posición frente al Acto.]

Aprendimos con Lacan que sólo la Castración protege. El discurso capitalismo, enemigo del amor y hermano del consumo global- pretende hacernos creer que la Ley del Otro no sirve; que no ordena, que sólo es menester creer en las leyes del Mercado. Aprendimos que –al revés de lo que pensaba Freud- sin Castración suficiente se produce la Neurosis. Aprendimos, entonces, que –lejos de los que algunos autores “de la sospecha” pretenden hacernos creer, no es liberando pulsiones, voluntades y/o represiones, que el sujeto puede encontrar un lugar en su deseo; sino –es necesario repetirlo una vez más- atándose a la Castración.
Diciembre / 2015
MARCELO AUGUSTO PÉREZ


PSICOANÁLISIS

Goce en el fetichismo y la adicción

Resumen
En la clínica el objeto adictivo toma, muchas veces y en apariencia, la modalidad del objeto fetiche. Sin embargo las particularidades del mismo demuestran que hay una diferencia. El carácter compulsivo lleva a otra lógica aunque comparta un lugar común.
El presente trabajo tiene como fin establecer cuales son las diferencias y singularidades que se pueden encontrar entre fetiche y objeto de consumo desde la economía de goce.

1. Introducción
El presente trabajo se inscribe en el marco del Proyecto de Investigación UBACy  - P805 (2006-2009): "Alcances y actualidad del concepto de compulsión. Su relación con las adicciones."
En este marco, en trabajos anteriores, con un fin propedéutico nos interesamos en las nociones de Zwang, Wiederholungszwang y repetición, con el propósito de delimitar la noción de compulsión. Delimitación que nos condujo a detenernos en la relación entre la compulsión y la economía de goce.
Asimismo, dado que dicha investigación cuenta entre sus objetivos con el propósito de ubicar la relación mercado - compulsión - adicción, nos propusimos abordar las particularidades de la noción de compulsión tomando como eje la economía de goce, intentando diferenciar allí el excedente (como concepto tomado de la economía) del plus de gozar1.
En continuación con dicho eje, el propósito del presente trabajo consiste en articular y diferenciar la economía de goce en relación con el fetichismo y la adicción.

2. Contexto: el deslizamiento del malestar
En la sociedad actual enlazada en el discurso capitalista se advierte la emergencia -en un doble sentido del término- de los efectos propios del consumo. Esta circunstancia, que está en solidaridad o quizá en función de las pautas propias de un mercado que escinde o eventualmente rechaza la particularidad del deseo, no hace sino promover una serie de patologías que están marcadas por la perentoriedad propia de la compulsión. El malestar que en la época moderna señalaba el rasgo particular de la inadecuación de un sujeto a la impropiedad de una Cultura, es hoy ampliamente superado por el arrasamiento del mismo por el lugar que ocupan los productos del mercado en su incidencia sobre las leyes de una economía que le es ajena: la economía psíquica. Evidentemente, y de acuerdo a lo sostenido en El malestar en la cultura (8) hay un deslizamiento entre el malestar estructural y las "penas" de las miserias cotidianas que llevan a Freud a postular el carácter "lenitivo" : "quita penas" de los estupefacientes. Freud los ubica allí junto con el humor y el arte. Esto ya era estaba anticipado en Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa (5, p.87) cuando Freud situó la dipsomanía dentro de los síntomas secundarios de defensa y en Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños (6) al considerar a la droga como un objeto cuya pérdida opera en la promoción de una respuesta alucinatoria por la vía del deseo.
3. El fetichismo en la economía psíquica
Sin embargo, el tema que nos ocupa nos lleva a profundizar en la posible relación que podría establecerse entre fetiche y patología del consumo.
3a. Fetichismo en Freud y economía de goce
Freud (7) plantea un singular aporte: el fetiche es un monumento a la castración.Tajante, Taxativa afirmación que encierra un particular complejidad. La castración es una operación simbólica que se sostiene sobre una pérdida real de goce. El fetiche, nos dice Freud, se ubica en el lugar del the best en falta en la dialéctica de deseo -representa al falo como ausente, el falo simbólico tal como lo señaló Lacan.
El fetiche brilla {Glanz} desde la esquizia de la mirada como lo que enciende al objeto para que sobre él se pose dicha mirada. Al mismo tiempo que emblematiza también esconde la falta. El fetiche asume la misión de constituirse como estigma indeleble de la represión y al mismo tiempo como consolidación de la enajenación. Perdura como el signo del triunfo sobre la amenaza de castración y de la protección contra ella.
La relación con la angustia es inequívoca pero también debe señalarse, en otro plano, con Lacan, su relación con el goce. El fetiche emerge como recordatorio privilegiado que enlaza una particular economía: "Es singular que de la sustracción, en alguna parte de un goce no es de un goce sino por su carácter manipulable (si oso designar así la potencia peniana), vemos introducirse, con lo que Marx y nosotros mismos llamamos el fetiche, este valor de uso, extraído, fijado. Un agujero en alguna parte es el único rincón de inserción necesaria a toda ideología sexual. La sustracción de goce en alguna parte es el pivote". (13, 12/4/67).
La referencia de Lacan a Marx resignifica el termino fetiche bajo una posible connotación económica. Se refiere al fetiche como valor de uso fijado y por otro lado sostiene que la sustracción de goce es pivote o articulador. En el mismo seminario introducirá el goce en relación con la detumescencia. Se considera que el goce es un imposible y, dado que el falo es un término que se negativiza, el mismo resulta adecuado para nominar al goce como goce fálico. A la altura de este seminario la función plus de goce se articula en relación con el goce fálico.
El objeto fetiche - como así también el objeto fóbico- se constituyen en función de la escena fantasmática en donde el síntoma toma su lugar. El fetiche tiene una función particularmente paradigmática en términos del carácter emblemático que obtura pero al mismo tiempo pone al descubierto la castración en la dialéctica del deseo. El fetiche opera en torno a la desmentida de la castración y expone en una escena mostrativa la imposibilidad de la relación sexual. Se articula en la escena perversa pero a su vez en la erótica. En la economía de goce el mismo advierte el valor de uso extraído y fijado como valor de goce. El fetiche a nivel de dicha economía se constituye como referente de la ubicación del goce fálico.

3b. Marx y la plusvalía.
Por su parte, Marx manifiesta que en el fetichismo se esconde un carácter misterioso que forma parte inherente de toda estructura de intercambio mercantil. Dicho carácter es solidario del estatuto social del propio trabajo reducido a un tenor puramente objetivo que se inserta en las relaciones de la sociedad de una forma tal que se representa como un valor autónomo e independiente de toda manifestación subjetiva: "Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquéllos. De ahí que para hallar una analogía pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del mundo religioso. En éste los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil". (20, p. 88)
No es nuestro interés realizar un análisis de las consideraciones marxistas de fetiche, que no se puede homologar a las consideraciones de nuestra clínica con respecto a dicho concepto; pero, es importante tomar en cuenta las consideraciones de la economía política y su posible relación con conceptos que utilizará Lacan.
Marx propone la mercancía en relación con el trabajo social o el valor de trabajo que queda reducido al carácter de valor cambio, en las pautas económicas del mercantilismo. Marx llama trabajo al conatus (cada cosa se esfuerza , cuando esta a su alcance, por perseverar en su ser)) .fundamental que hace a la esencia del hombre en su realidad histórica.La con ciencia del conatus es característica diferencial del alma humana frete a otras realidades. La fuerza de trabajo sólo existe como facultad del individuo vivo. Su producción, pues, presupone la existencia de éste, por lo cual: "...una vez dada dicha existencia, la producción de la fuerza de trabajo consiste en su propia reproducción o conservación". (20, p. 207).
Es por eso que esa fuerza, para Marx, adquiere un cariz esencial en tanto que se establece en una connotación clara con algo que atraviesa lo absolutamente vital, en tanto la fuerza de trabajo es íntimamente solidaria con la conservación del propio ser, por lo cual ésta (la fuerza necesaria para la conservación) la retira de la misma fuerza, y por lo tanto del propio trabajo, por consiguiente, "el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios."(20, p. 207).
Desde el punto de vista de Marx, esta fuerza de trabajo sólo es efectiva por medio de su exteriorización que se manifiesta expresamente en el trabajo. Marx afirma que: "El propietario de la fuerza de trabajo es mortal" (20, p. 208) por lo cual el tenor de la fuerza de trabajo toma otro cariz. La misma se establece a partir de las particularidades propias del viviente pero, mas allá del orden de la necesidad, se vislumbra la emergencia de la pulsión que -como horizonte- sanciona retrospectivamente el estatuto del trabajo mismo. En razón de esto se supone que el "valor de la fuerza de trabajo se resuelve en el valor de determinada suma de medios de subsistencia." (20, p.209). Pero tratada como una mercancía especial, la fuerza de trabajo efectiviza su valor de uso de una forma muy particular. El valor de uso de la fuerza de trabajo trae como consecuencia la enajenación formal de la misma: "La naturaleza peculiar de estas mercaderías específicas de la fuerza de trabajo trae aparejado el que al cerrarse el contrato entre el comprador y el vendedor su valor de uso todavía no pase efectivamente a mano del adquirente". (20, p. 211).
De esta manera, el valor de uso que por su parte obtiene el obrero en el intercambio no se revelará sino en el consumo efectivo posterior, en el proceso de consumo de la fuerza de trabajo. "El proceso de consumo de la fuerza de trabajo es al mismo tiempo el proceso de producción de la mercancía y del plusvalor."(20, p. 211) Marx llama plusvalía a un excedente no valuado de la producción en relación con un valor de trabajo o de uso. Es decir, es aquello que de dicho valor no es valuado por el valor de cambio. La plusvalía obedece a la ilusión que implica que ella puede ser acumulada y, por lo tanto, recuperada. Pero lo que puede ser una práctica en la vertiente de la economía mercantilista no tiene el mismo resultado al nivel de la economía psíquica.
Es importante destacar que en dicha ilusión es donde la plusvalía se caracteriza íntegramente. En este campo Bataille la llama parte maldita2. Allí también se ubica el objeto fetiche en tanto en el hay un surgimiento de la posibilidad de ubicar la función del plus de goce en torno a él. Pero el plus de goce es sólo condición de posibilidad que sostiene la base de otro tipo de goce.

4. Plus de goce
En el seminario De un Otro al otro la función plus de goce esta en relación con el objeto "a" tomado como "la función esencial del objeto a" (14, p. 16) El carácter de innovación que tiene para Marx la plusvalía es correlativo al que tiene para Lacan el invento del objeto a. Lacan sostiene que "El plus-de-gozar apareció en últimos discursos en una función de homología respecto de la plusvalía marxista. Decir homología es decir que su relación no es de analogía. Se trata de lo mismo. Se trata de la misma estofa, en la medida en que esta en juego la cinceladura del discurso" (14, p. 41).
Asimismo, Lacan hace un juego de palabras con el término alemán Mehrwert que se traduce como "plusvalía" e introduce Mehrlust que se puede traducir como "excedente de placer". En radiofonía (16, p. 58) jugando con el significante, dice que la Mehrwert es la Marxlust, el plus-de-gozar de Marx. En este mismo escrito dirá: "... la plusvalía, es la causa del deseo del cual una economía hace su principio: el de la producción extensiva, por consiguiente insaciable, de la falta-de-gozar. Por una parte se acumula para acrecentar los medios de esta producción a título de capital. Por otra extiende el consumo sin la cual esta producción sería vana, justamente por su ineptitud a procurar un goce con que ella pueda retardarse." (16, p. 58-59).
En el masoquismo el plus-de-gozar toma el lugar de intento de recuperación de goce y en Kant con Sade (12) así como en el Seminario De otro al otro esboza que sólo a partir de considerar la "total reducción de ese plus de gozar al acto de aplicar sobre el sujeto lo que es el término "a" del fantasma, por el cual el sujeto puede ser planteado como causa de sí, en el deseo." (14, p.17); a partir de esta relación se considera que "el plus-de-gozar permite aislar la función del objeto a" (14, p. 19). Si la introducción del significante habilita a pensar que el goce esta perdido, el lugar del objeto "a" viene a ocupar el lugar de dicha pérdida. "A nuestro nivel no cuenta más que esta pérdida. No idéntico, en adelante, a sí mismo, el sujeto ciertamente no goza más, pero lo llamado el plus-de-gozar está perdido" (14. p. 20). A la altura de este seminario es el carácter del plus-de-gozar ya no se ubica ni como goce fálico ni como goce Otro aunque está conectado con ellos. (cfr. 17, p. 103)3
Entonces, Lacan extrae el concepto de plus de la conceptualización que hace Marx en relación con la plusvalía. Cuando dice que está constituida por la misma estofa apunta a que en el fondo ambos son homónimos ya que uno y otro comparten la misma raíz. A modo comparativo se podría decir que si Marx lo ubica en relación con el trabajo en función de la economía política, Lacan, que también lo ubica en correlato con el trabajo, pero del inconsciente, no lo toma como un problema económico en el sentido clásico freudiano, sino que lo sitúa, también, en términos de una economía política.
Un recurso propio que está a disposición y se pone al servicio de intereses ajenos se constituye como un excedente que al no ser valuado en el mercado surge como núcleo de concepto de plusvalía.
En el Seminario El revés del psicoanálisis, Lacan considera oportuno recordar lo que se piensa de la "sociedad de consumo". "Lo que Marx denuncia en la plusvalía es la expoliación(robar) del goce. Y sin embargo, esta plusvalía es la memoria del plus de goce, su equivalente del plus de goce. El sentido que tiene la sociedad de consumidores proviene de esto, que a lo que constituye su elemento calificado, entre comillas, como humano se le atribuye el equivalente homogéneo de cualquier plus de goce producto de nuestra industria, un plus de goce de imitación, por decirlo todo. De todos modos eso puede llegar a cundir. Si se puede simular el plus de goce, eso mantiene a mucha gente entretenida" (15, p. 85-6).
Podría decirse que aquello que se llama plusvalía, en la sociedad de consumo, no se presenta más que como un equivalente del plus-de-gozar. Por los objetos propios de consumo, los gadgets, que toman el carácter de ser los elementos propios que caracterizan a dicha sociedad, nos atrevemos a pensar que son elementos que representan un plus-de-gozar de imitación. En la misma, el consumo se liga a esta cualidad representativa de la plusvalía ofreciendo el andamiaje apropiado para las patologías propias del consumo.

5. El carácter de la adicción y la economía de goce
En el mismo seminario, El reverso del psicoanálisis, Lacan, no toma, casi, el término "compulsión"; pero sí la repetición como concepto axial. Lacan acentúa en este Seminario la referencia a la repetición en su diferencia con la memoria biológica, y esto es solidario de la relación intrínseca entre la repetición y la dimensión del goce. Así como el saber implicado en el Inconsciente no es natural, el goce en juego en el viviente humano no es pensable de igual modo que para el resto de los vivientes. Lacan plantea que en un mismo movimiento, se produce pérdida y engendramiento de goce. La repetición, más allá de la lógica homeostática del principio del placer, implica a la vez goce y mengua de goce; esto es fiel a la perspectiva freudiana respecto del objeto perdido y su búsqueda nostalgiosa en el origen mismo del aparato psíquico. "La repetición se funda en un retorno del goce" (15, pág.48). Retorno del goce y no de los signos, tal como formulaba en el Seminario II. Retorno que implica, cada vez, producción, engendramiento de goce. Dicha lógica esta en el centro de la compulsión a la repetición (Wiederholungszwang) y de la compulsión misma. En la adicción esta compulsión impera en el centro de la vertiente adictiva en tanto que el objeto impera sobre el sujeto. Pero sería un error considerar que el efecto toxico se debe a cualidades del objeto. La responsabilidad sigue siendo del sujeto sobre el cual recae la perentoriedad de la compulsión.
En la adicción, la dimensión de la compulsión propone una vertiente que advierte que el objeto de consumo no es puramente un objeto fetiche sino que justamente falla en esta función. Si fuese un objeto fetiche, el mismo estaría articulado, exclusivamente, a la dimensión del goce fálico. Pero desde la clínica, el consumo de las sustancias parece transmutarse, en una vía alternativa de satisfacción pulsional y con esta coartada, parece poder eludir la dialéctica del significante, al recurrir a un objeto-sustancia que le permitiría prescindir de la hiancia abierta entre deseo y necesidad.
El sujeto articula la toxicidad como plus, y el objeto funciona como un lenitivo(compensación)
. Si bien el mismo puede tomar la vertiente fantasmática, sintomática, ideal, o narcisista en la clínica de las adicciones se observa que el carácter de la compulsión está enlazada con una economía particular de goce que, al romper el matrimonio con el falo articula una economía de goce ajena al goce fálico. Las relaciones que establece con la dialéctica del deseo no comportan el espacio que advierte en él un lugar para el condicionamiento erótico. El objeto tóxico se registra en la economía de goce como portador un claro efecto compulsivo que no se inscribe en la dialéctica fálica- en términos de deseo- ni en la economía del goce fálico. La imperiosidad del tóxico revela una vinculación de goce que excede las condiciones eróticas, aún en la vertiente del objeto fetiche.

6. Conclusiones
Si el fetiche tiene su lógica vinculada al deseo (aunque sea por la vía de la renegación) y a la economía del goce fálico, el objeto tóxico acentúa el carácter de imperiosidad por una vinculación más fuertemente pulsional, en donde prima el carácter de la compulsión de repetición. En ese contexto, la droga irrumpe, pues, como un falso objeto que recubre la función de recuperación de goce; al tiempo que comparte la función de valor de uso en la égida de las leyes de un mercado. Es por eso un falso fetiche que implica una articulación particular con la renuncia del goce y a su vez intento de recuperación de la misma más ligada a la satisfacción pulsional que queda traducida en la preeminencia del carácter compulsivo. Podría afirmarse que el objeto fetiche, está inserto en la dialéctica fálica; aún por la vía renegatoria. En tanto que, en el objeto tóxico se promueve como falso fetiche articulado al plus-de-gozar, y al campo de la compulsión; de allí que la vertiente del goce (plus) queda acentuada.

Notas

1D. Fleischer, F. Allegro, A. Benjamín, D. Rivas y F. Surmani, "La compulsión adictiva y su relación con la economía de goce: el excedente y el plus de gozar. En XVI Anuario de Investigación de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2009.

2El excedente no se puede emplear para el crecimiento de fuerzas productivas, y se dilapida, pero esa dilapidación se torna en objeto de apropiación en otro orden (Cf. Bataille, 2007, p. 84).

3En el seminario de la Identificación Lacan tomará la repetición en relación con el rasgo y situará a este correlativamente con la diferencia absoluta. En el seminario XI, Lacan retomará la noción de repetición a partir de desarrollar la diferencia que hay entre automaton y tyche. En seminarios posteriores, introducirá la repetición a la economía de goce y en relación con el rasgo. Pero, a diferencia de lo propuesto en el seminario de la identificación, el rasgo será correlativo al plus-de-gozar.

Bibliografía

1- Allegro, F. (2008) "Consideraciones sobre la relación entre plusvalía y plus-de-goce en la obra de Lacan". Revista Universitaria de Psicoanálisis, Facultad de Psicología Universidad de Buenos Aires, 2008, Número IX.         [ Links ]

2- Allegro, F. (2008) "Comentario sobre la apuesta de Pascal. Mística Tragedia y el silencio del infinito", En La presencia de la Compulsión, Déborah Fleischer comp., Buenos Aires, Grama Ediciones, ,2008.         [ Links ]

3- Bataille, G. (1976), La parte maldita, Las cuarenta, Buenos Aires, 2007.         [ Links ]

4- Fleischer; Allegro; Benjamin; Rivas; Surmani (2009) "La compulsión adictiva y su relación con la economía de goce: el excedente y el plus de gozar. En XVI Anuario de Investigación de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2009.         [ Links ]

5- Freud, S. (1896) "Nuevas puntualizaciones sobre la neuropsicosis de defensa", Obras Completas, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982 Tomo III.         [ Links ]

6- Freud, S. (1920) "Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños", Obras Completas, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982 Tomo XXI.         [ Links ]

7- Freud, S. «Fetichismo» (1927), en Obras Completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1980, tomo XXI.         [ Links ]

8- Freud, S. "El malestar en la cultura" (1929), Obras Completas, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1982 Tomo XXI.         [ Links ]

9- Freud, S. Obras Completas. Según la Standard Edition y el ordenamiento de James Strachey. Buenos Aires. Amorrortu Editores. 1982.         [ Links ]

10- Indart, J.C. (2003) "Esbozos de Economía Política y Psicoanálisis". en Revista Lacaniana de Psicoanálisis Nº 1, Buenos Aires, agosto.         [ Links ]

11- Lacan, J. (1956-1957) El Seminario de Jacques Lacan. Libro IV: La relación de objeto, Editorial Paidós, Barcelona, 1994.         [ Links ]

12- Lacan, J. (1962), Kant con Sade, en Escritos II, Buenos Aires, Editorial Siglo XXI, 2008.         [ Links ]

13- Lacan, J. (1967-1968) El Seminario Libro XIV Inédito.         [ Links ]

14- Lacan, J. (1968-1969), El Seminario de Jacques Lacan. Libro XVI: de un Otro al otro, Buenos Aires, Editorial Paidós, 2008.         [ Links ]

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19- Lacan, J. (1975): "Clausura de las jornadas de carteles de E.F.P.", 1975, inédito.         [ Links ]

20- Marx, K. (1975) El capital, critica de la política económica, Tomo I "La producción del capital", Buenos Aires, Siglo XXI, 2003. Libro I.         [ Links ]

21- Rabinovich, D. Una clínica de la pulsión: las impulsiones, Editorial Buenos Aires, Manantial, 1989.         [ Links ]

22- Ricardo, D. (2007) Principios de economía política y tributación, Buenos Aires, Editorial Claridad, 2007.         [ Links ]

23- Tawney, R.H. (1926) Religion and the Rise of Capitalism. London. Editorial John Murray. 1926.         [ Links ]

24- Umérez, O et all. (2007): "Algunas puntualizaciones sobre la noción de Zwang". En XIV Jornadas de Investigación. III Encuentro de Investigadores en Psicología del Mercosur. Buenos Aires, Facultad de Psicología, UBA, 2007.         [ Links ]

25- Umérez, O., et al (2008) "Puntualizaciones sobre el concepto de repetición, su articulación con la economía de goce". Memorias de las XV Jornadas de Investigación y IV Encuentro de Investigadores en Psicología del Mercosur. Buenos Aires, Facultad de Psicología, UBA, 2008.         [ Links ]

Fleischer, Deborah1; Allegro, Fabián2; Benjamín, Alicia3; Berdullas, Pilar4; Mena, Inés5; Rivas, Daniela6; Surmani, Florencia7; Warjach, David


 

“EL OTRO” A LO LARGO DE LA HISTORIA Y EN LA SOCIEDAD ACTUAL
Sonriente “plus de goce” del capitalista
¿Qué es “el Otro”? ¿En qué ha cambiado a lo largo de la historia? ¿Hay un “Otro” específico del capitalismo actual? ¿Será cierto que nos determina, no sólo en nuestras maneras de pensar sino en nuestras formas de gozar? Y este Otro, ¿tiene futuro? El siguiente ensayo avanza en estas cuestiones.
Progreso: Desde Freud, queda cuestionado el ideal de constante progreso. Y el sujeto no siempre
quiere su propio bien, como lo
muestran la culpa o el masoquismo.

El psicoanálisis tiende a caracterizar nuestra época como el tiempo de la inconsistencia del Otro por efecto de la caída de los ideales; también se la relaciona con el retroceso del lugar del padre. Pero inconsistencia no significa vaciamiento del Otro. Aun descentrada por el inconsciente, la razón redobla su apuesta de la mano de la ciencia y el desarrollo de la tecnología. Esta modificación en el lugar del saber es el elemento decisivo –según Lacan– para efectuar el pasaje del discurso del amo antiguo al amo capitalista. El hiperdesarrollo tecnológico motoriza la mundialización económica e instala el mercado como gran Otro que hoy reina y manda hasta el punto de lograr subordinar la sociedad y el estado a su propia lógica global.
Para llegar a lo que algunos filósofos culturales llaman capitalismo tardío o posindustrial, transitaré –en apretado resumen– algunas épocas. Ordenará dicho recorrido el eje que componen el sujeto y el Otro en tanto estructura, instancia o institución simbólica.
Polis y divinidad. ocupan el lugar del Otro en la Grecia antigua. Desde el siglo IX hasta comienzos del siglo V (a.C.) se produce el tránsito de una sociedad tribal a la sociedad-Estado que constituye la polis. En su marco, lo que importaba para juzgar el comportamiento era la acción externa y, por lo tanto detentaba estatuto de sujeto todo aquel que tenía alguna participación activa en la vida de la polis. La divinidad era politeísta, con un funcionamiento de alianza y de lucha entre los dioses. Un tema constante en la tragedia griega es la oposición entre el orden divino y el orden humano, que ponía en juego el destino impuesto por los dioses y la libertad de elección. En la tragedia, los conflictos aparecen en estado puro y con el rasgo de lo inevitable. La jerarquía entre estos distintos niveles era claramente vertical: arriba los dioses, en el medio la tierra, los hombres y los semidioses y por debajo el Hades que contiene el infierno del exilio. En ese contexto, Anaximandro escribe su libro del cual casi lo único que nos ha llegado es la búsqueda de leyes que expliquen el devenir del cosmos. Encuentra una ley suprema que todo lo abarca y todo lo gobierna. Una ley que considera divina y que concibe como la absoluta ausencia de límite; la llamó “lo ilimitado” (apeiron). Lo ilimitado es para Anaximandro un principio omniabarcador y omnirrector. Interesante ilustración de la consistencia del Otro de la época que, sin el menor rasgo humano, impone su orden y ley.
Monoteísmo cristiano. La fuerza superior divina a lo largo de la Edad Media se legitima –al menos para el poder eclesiástico y político– en un solo dios. El sujeto en cuestión interioriza el juicio sobre sí mismo. Esto quiere decir que el buen o mal comportamiento se juzga en la interioridad del sujeto, lo cual se agrega al cuestionamiento sobre la acción pública. Se trata del pasaje de la cultura de la vergüenza (comportamiento ligado a la acción pública), a la cultura de la culpabilidad (juicio interno del propio sujeto). Respecto del lugar del conocimiento, el hombre le atribuye a Dios –amo de toda sabiduría– todas las respuestas a los enigmas y problemas de la naturaleza.
El imperio de la razón. La condición moderna comienza con el Renacimiento, en los siglos XV y XVI. Se perfila un sujeto “...camino a su autonomía de conciencia frente al tutelaje de dios” (Nicolás Casullo, “Modernidad, biografía del ensueño y la crisis”, en El debate modernidad posmodernidad, Ed. El cielo por asalto, Buenos Aires, 1995). Pero es en el siglo XVII, en el campo de la filosofía, donde se produce la crisis que genera lo moderno: Descartes hace del sujeto pensante el eje de los significados del mundo, la razón frente a las ilusiones y trampas de los caminos míticos de lo sagrado. La identidad entre pensamiento y ser es clave para el pasaje de lo sagrado a lo racional, porque el hombre se autoriza a anudar su existencia de sujeto con el acto de pensar, sin depender de un más allá divino. Así se apropia de la palabra. Dichapalabra devenida en significantes y pequeñas letras combinadas en cálculo hará posible el nacimiento de la ciencia moderna; la naturaleza –reino inequívocamente perteneciente a Dios– podrá ser descifrada.
Se sigue de lo expuesto que el trono del Otro todopoderoso no queda vacío, sino que cambia de amo. Dicha sustitución no se produce sin resto, porque no se licua el lugar de lo divino y la religión. Aunque ya el sujeto no sería el mismo: en mi opinión, se pasa de una suerte de descentramiento (sin división subjetiva) a una posición del sujeto centrado sobre el poder de la razón de sí mismo. Se podría objetar que la ciencia en tanto Otro genera cierta distancia con el sujeto, ilusión que se reduce si entendemos que el antecedente lógico de la ciencia moderna se sostiene en la identificación y autorización del sujeto en la razón.
Durante el siglo siguiente (de la Ilustración) comienzan a fundarse los relatos y representaciones que estructuran el proyecto moderno. Lo histórico, los fenómenos sociales dejan de ser una irracionalidad divina para pasar a ser leídos con la racionalidad de la ciencia social. También, mientras se desacralizaba el poder aparecían nuevas realidades y significantes que las nombran: derechos del pueblo, propiedad privada burguesa, lucha entre intereses de clase. ¿Cómo era el horizonte de los ideales modernos?: un conocimiento continuo que produciría un progreso indefinido hacia un confín de emancipación y felicidad para toda la humanidad. Tal reivindicación y reconstrucción social y económica de todos se ubican por sobre el deseo individual de cada uno. Cierta ética de la modernidad consistía en la apuesta a alcanzar la felicidad por la vía de un progreso continuo.
La razón desde Freud. A partir de la elaboración que hizo Lacan del cogito cartesiano se puede resumir el cuño del descubrimiento freudiano: el yo no es donde cree ser y no piensa allí donde supone pensar. Pero también queda cuestionado el ideal de progreso al infinito y la consistencia de un individuo en superación constante. De aquí podríamos deducir otra ética, en tanto supone un sujeto no autónomo con problemas para la superación constante. Además se trata de un sujeto que no siempre quiere su propio bien, tal como la experiencia analítica lo demuestra a través de la culpa, la melancolía y el masoquismo.
Nuestra época. Una de las maneras de integrar en categorías psicoanalíticas la lógica de este proceso es recurrir a la reflexión que posibilita la escritura del discurso capitalista. Ultimo en llegar, Lacan lo formalizó en mayo de 1972 en la universidad de Milán. Sustituto del discurso del amo, “...es el discurso más astuto que se haya jamás tenido, pero destinado a reventar. Porque es insostenible. Una pequeña inversión entre S1 y el sujeto es suficiente para que eso marcha sobre ruedas, eso no podría correr mejor, pero justamente eso marcha así velozmente a su consumación, eso se consume hasta su consunción”. (Lacan, Jacques; Du discours psychanalytique; Biblioteca y centro de documentación de la EFBA).
¿Por qué este discurso tan astuto reventaría? ¿Para quién es insostenible? Ensayemos una respuesta posible: sabemos que el lugar de agente lo ocupa un sujeto que pone en movimiento el discurso. Es posible ubicar allí dos posiciones de sujeto según se trate de la dominancia del que hace o al que se lo determina a proceder, porque “el agente no es en absoluto a la fuerza el que hace, sino aquel al que se hace actuar”. (Lacan, Jacques: El seminario. Libro 17. El reverso del psicoanálisis; Paidós, 1995). Si se trata del que hace, el amo capitalista ocupa el lugar del agente que se sirve del saber optimizado de la ciencia (S2) para producir objetos a. No hay sólo objetos en el lugar de la producción, sino fundamentalmente lo que hace funcionar al sistema, o sea la plusvalía cuya existencia es el plus de goce del capitalista. (La plusvalía “...sonríe al capitalista con todo el encanto de algo que brotase de la nada”. Cf. Marx, Carlos; El capital). Comparado con el discurso del amo, se produce una inversión en el orden de las letras y el sentido del vector que afecta alsujeto y al S1. Esta alteración es la que distingue el discurso del capitalismo. Se trata –afirma Lacan– del rechazo (Verwerfung) de la castración. Subrayemos que esa inversión significa que, a diferencia del discurso del amo, no hay quien comande el saber prolífico de la ciencia. Se trata entonces de un saber que trabaja sin comando del significante amo, lo cual permite entender la falta de freno y ley que regule el exceso de goce del mercado.
Si consideramos la otra posición de sujeto en el lugar del agente (o sea al que se hace actuar), nuestro sujeto se dirige al saber de la ciencia para que le provea objetos de consumo, gadgets, artefactos con los que obtiene algo de satisfacción (lugar del plus de goce). Distraído o capturado en tal circuito por saturación o escasez, el agente de este discurso rechaza el S1 que en este caso toma la función de significante que representa al sujeto. Una consecuencia de ello es el alejamiento por parte del sujeto de la determinación inconsciente.
Enseñaba Lacan que los cuatro discursos conservan un eje de imposibilidad específica y otro de impotencia. Es posible considerar dichos conceptos como coordenadas para situar su predicción acerca de lo insostenible del discurso capitalista en tanto se hace imposible alcanzar la felicidad “total” por la vía del consumo. Su misma lógica de funcionamiento deja al sujeto en la impotencia cuando intenta licuar con bienes el intervalo del goce buscado y el goce obtenido.
El discurso del capitalismo no esperó a Lacan para ser especificado, ya que tiene suficientes credenciales en la teoría marxista, tal como el autor de los Escritos lo reconoció en forma explícita. ¿En qué consiste la astucia del capitalismo? Se trata de la producción en exceso que por su mismo movimiento produce carencia. La falta impacta en varios frente y de distintas maneras: 1) a los que no tienen para consumir, golpea en tanto carencia; 2) en relación a los potenciales y grandes consumidores la falta se nombra como “creación de necesidades”, porque el mercado (para quien éstos sujetos sí existen) crea el objeto que aún les falta para satisfacerse. La expectativa del que consume se mantiene tensa por la velocidad con la que quedan fuera de vigencia los objetos que consume. Esta nueva esfera que ha creado la ciencia y que Lacan nombra “aletosfera” (mundo de instrumentos y de aparatos) se anticipa en su oferta reduciendo así el espacio de la demanda. Lo cual impacta sobre la palabra y sobre la pregunta por el deseo, terreno donde el sujeto podría capturar algo de su propio goce.
Comparto con Zizek (Zizek, Lavoj; El ocaso de la fantasía; Ed. Siglo Veintiuno; México 1995) la homologación que efectúa de este circuito “locamente astuto” con la paradoja del superyó habida cuenta de que en su funcionamiento también encontramos la misma proporción directa: a mayor obediencia de su mandato, más culpa; ante la renuncia, más renuncia. Si, en la vida cotidiana se confunden goce y consumo –fusión que permite recuperar algo de goce por la vía del objeto de consumo–, el mandato insensato de gozar se tramita por la orden de consumir. Sabemos que la pregunta por el deseo no es esencialmente ¿qué quiero?, sino ¿qué me quiere el Otro? En contraste con el enigma del encuentro amoroso en el que el otro quiere en mí algo más que yo mismo, el mercado –más allá del velo publicitario– quiere de mí que consuma.






 Texto corregido por la Lic. Diana Gurny

















































































 
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El plus-de-goce



 VERSION INEDITA DE UNA LECCION DE LACAN

Al definir el plus-de-goce –“función de la renuncia al goce por efecto del discurso”–, Jacques Lacan ubicó el lugar preciso donde su enseñanza se intersecta con la teoría de Karl Marx.
Por Jacques Lacan *

Marx parte de la función del mercado y su novedad está en el lugar que asigna en éste al trabajo. Lo nuevo no es el trabajo en sí sino el hecho de que se lo compre, de que haya un mercado de trabajo. Esto permite a Marx demostrar lo que su discurso tiene de inaugural, y que se llama plusvalía.
El caso es que este desarrollo sugiere el acto revolucionario que sabemos. O mejor dicho, que sabemos muy mal, pues no es seguro que la toma del poder haya resuelto la subversión del sujeto –capitalista– que se esperaba de ese acto, y que haya tenido, de hecho, consecuencias muy fastas al gusto incluso de los marxistas que tuvieron que recogerlas. Pero, por ahora, nos importa poco. Lo importante es lo que Marx señala, y lo que su desarrollo significa.
Sean o no estructuralistas, estos comentadores de Marx parecen haber demostrado que Marx, por su parte, lo es. Pues propiamente de lo que él es –él, como ser de pensamiento, en el punto determinado por el predominio del mercado de trabajo– se desprende como causa de su pensamiento la función –oscura, hay que decirlo, si esta oscuridad se reconoce en la confusión de los comentarios– de la plusvalía.
La identidad del discurso con sus condiciones se verá esclarecida, lo espero, en lo que voy a decir ahora sobre la perspectiva analítica.
Así como el trabajo no era nuevo en la producción de la mercancía, tampoco es nueva la renuncia al goce, cuya relación con el trabajo ya no tengo que definir aquí. Desde un comienzo, en efecto, y opuestamente a lo que dice o parece decir Hegel, es ella la que constituye al amo, el cual pretende erigirla en principio de su poder. Lo nuevo es que haya un discurso que articule esta renuncia, y que pone aquí de manifiesto lo que llamaré función de plus-de-goce. Tal es la esencia del discurso analítico.
Esta función aparece por obra del discurso y demuestra, en la renuncia al goce, un efecto del discurso mismo. Para dejar esto en claro, debe suponerse, en efecto, que en el campo del Otro está el mercado, el cual totaliza los méritos, los valores, asegura la organización de las elecciones y preferencias e implica una estructura ordinal y hasta cardinal.
El discurso detenta los medios de goce en tanto y en cuanto implica al sujeto. No habría ninguna razón de sujeto, en el sentido con que se dice razón de Estado, si no existiera en el mercado del Otro este correlativo: que se establezca un plus-de-goce y sea captado por algunos.
Demostrar que el plus-de-goce estriba en la enunciación, que es producido por el discurso y aparece como un efecto, exigiría sin duda un discurso bastante puntilloso. Pero asimismo, si me han leído ustedes, no hay aquí algo muy nuevo para vuestros oídos, pues tal es el objeto de mi escrito Kant con Sade. Se hace allí la demostración de la tal reducción del plus-de-goce al acto de aplicar sobre el sujeto lo que es el término a del fantasma, por el cual el sujeto puede ser planteado como causa-de-sí en el deseo.
Próximamente elaboraré esto mediante un retorno a la apuesta de Pascal, que ilustra del mejor modo la relación de la renuncia al goce con la dimensión de la apuesta. La vida misma se reduce aquí en su totalidad a un elemento de valor. Extraña manera de inaugurar el mercado del goce en el campo del discurso. Pero, ¿no es esto simple transición desde la función de los bienes consagrados a los muertos que, hace un momento, vimos inscribirse en la historia?
Además, no es eso lo que está ahora en cuestión. Tenemos que vérnosla con la teoría en tanto se aligera al introducirse la función del plus-de-goce. Alrededor del plus-de-goce se juega la producción de un objeto esencial cuya función se trata ahora de definir: el objeto a.
La grosería de los ecos recibidos por la introducción de este término es y sigue siendo para mí la garantía del orden de eficacia que le confiero, en conformidad con el pasaje destacado en Marx, célebre, donde éste, en los tiempos que dedicaba a desarrollar su teoría, saboreaba la ocasión de ver flotar la viva encarnación del desconocimiento.
He enunciado: el significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. Es una definición. De una definición se exige que sea correcta, y de una enseñanza se exige que sea rigurosa. En el momento en que el psicoanálisis es llamado a responder a algo que no crean tengo yo la intención de elidir, me refiero a la crisis que atraviesa la relación del estudiante con la Universidad, es intolerable, impensable contentarse con proferir que hay cosas que de ningún modo se podrían definir en un saber. Si el psicoanálisis no puede enunciarse como un saber y enseñarse como tal, no tiene estrictamente nada que hacer allí donde no se trata de otra cosa.
Si el mercado de saberes se ve propiamente sacudido por el hecho de aportarle la ciencia esa unidad de valor que permite sondear la cuestión de su intercambio hasta en sus funciones más radicales, no es por cierto para que el psicoanálisis, que puede perfectamente articular algo de ello, se presente con su propia dimisión. Todos los términos empleados con este propósito, como el de “no conceptualización”, así como toda evocación de vaya a saber qué imposibilidad, no designan más que la incapacidad de quienes los promueven. Sin duda, la estrategia con la verdad, que es la esencia de la terapéutica, no puede residir en ninguna intervención particular llamada interpretación. Sin duda, en la práctica todo tipo de funciones particulares, de juegos afortunados en el orden de la variable pueden hallar su oportunidad. Pero ésta no es razón para desconocer que sólo tienen sentido por situarse en el punto preciso donde es la teoría la que les da todo su peso.
Se trata de esto, cabalmente.
El plus-de-goce es función de la renuncia al goce por efecto del discurso. Esto es lo que da su lugar al objeto a. En razón de que el mercado define como mercancía cualquier objeto del trabajo humano, sea el que fuere, este objeto lleva en sí algo de la plusvalía.
El plus-de-goce es, de este modo, lo que permite aislar la función del objeto a.

* Fragmento de “De la plusvalía al plus-de-goce”, primera lección, inédita, del Seminario “De un Otro al otro”; texto establecido por Jacques-Alain Miller; en Psicoanálisis y política, comp. Ives Charles Zafka, Ed. Nueva Visión. Traducción de Irene Agoff.




domingo, 30 de julio de 2017

La relación del neurótico obsesivo con su cuerpo Gabriel Lombardi


La relación del neurótico obsesivo con su cuerpo



Resumen:
En este trabajo intento extraer algunas consecuencias de la oposición entre la conversión como síntoma con el cual el histérico llega a vincularse socialmente, y el síntoma del neurótico obsesivo que, al decir de Freud, es “un asunto privado del enfermo”. Enfatizo algunas dificultades específicas que el obsesivo encuentra para el cumplimiento de la regla fundamental, indagando sobre los fundamentos estructurales de tales dificultades, y su coherencia con el aislamiento entre el síntoma y el cuerpo del obsesivo. El síntoma obsesivo - en principio una serie de trastornos en el pensamiento o en la conducta - puede encontrar en un psicoanálisis una elucidación de su raíz somática, y con ello una clave para discernir su inserción en la estructura subjetiva. El tabú del contacto, además del elemento contacto (con el cuerpo propio, con el cuerpo del Otro), incluye el tabú, que a través del síntoma sostiene la dominancia de un real mítico, acaso nunca del todo eliminable de la realidad del ser hablante, pero especialmente prevalerte en
esta neurosis.
El síntoma, nudo y tiempo de la estructura subjetiva
En psicoanálisis, muchos progresos conceptuales se desgastan y esterilizan más o menos rápidamente con el uso, y para revitalizarlos conviene tener en cuenta los escotomas, la sordera parcial que han inducido.
Quiero en primer lugar llamar la atención sobre los efectos de la concepción que cristaliza una oposición entre el síntoma clínicamente manifiesto y la estructura oculta. Por una parte da a la estructura una profundidad que sólo es producto de una psicologización del psicoanálisis – consistente en suponer un espesor sincrónico a algo de lo cual sólo tenemos constancia que se despliega en la diacronía de la cura -.
El inconsciente es menos profundo que inaccesible a la profundización consciente, señala Lacan, y es lasciate ogni speranza a la entrada de El psicoanálisis y su enseñanza.. En un análisis no se trata tanto de profundizar, como de abrir los sentidos del síntoma, los falsos sentidos, los que se apoyan en los ideales y en la fantasía, los que pueden caer y dejar lugar a la raíz del síntoma que alcanza lo real, y que conserva un sentido incluso allí.
Por otra parte, esperando lo fundamental en lo oculto, esa concepción favorece el desconocimiento del síntoma en lo que tiene de más evidente y define su tipo clínico. Una vez que se ha cristalizado la oposición
entre síntoma manifiesto y estructura oculta, todo se confunde. Se diagnostica por ejemplo una histeria por las fantasías o por los temas (la otra mujer), y se desatienden las definiciones básicas: histeria quiere decir
conversión, histeria quiere decir – en la lectura de Lacan - que se miente al partenaire mediante la inscripción del síntoma en el cuerpo, dicho de otro modo, que cuando el síntoma se inscribe en el cuerpo se vuelve apto para el lazo social. Se requerirá de un análisis, claro, para lograr que la Dora de turno revele su participación en el síntoma a través de su complicidad con el Otro y con la Otra, de su concepción oral delpulgar y de la mujer - se la conoce chupando -, de su apelación fricativa a la oreja del hermanito y luego del analista. Pero lo que hace de Dora una histérica, es el lugar donde se inscribe su síntoma. El cuerpo, no el pensamiento ni la conducta como en la neurosis obsesiva, no el organismo como en el síntoma hoy llamado
psicosomático, no el delirio fuera de discurso como en la hipocondría.
Lo cual no impide sostener en cada caso la pregunta de Freud, ¿cuál es el síntoma?, ni darle coraje para que dé manifestaciones más claras y explícitas de su texto y de los sentidos que expresa. La histérica, aún
si sabe que dice con el cuerpo, no sabe qué dice con el cuerpo, no sabe el sentido y ni siquiera el texto de lo que se ha escrito en el cuerpo, en la cercanía de otra entidad de superficie que es el borde pulsional.
Freud explica que tampoco el neurótico obsesivo conoce el texto de las representaciones obsesivas que lo atormentan, ni Hans, el niño fóbico, sabe a qué, exactamente a qué, le tiene tanto miedo. Aún cuando uno ya ha adivinado el tipo clínico, la pregunta ¿cuál es el síntoma? merece ser sostenida a lo largo del tratamiento. El espesor del síntoma no es sincrónico, es diacrónico. Concebirlo así permite evitar suposiciones inútiles, y concebir la estructura no en la profundidad, sino en los despliegues y en los repliegues del tiempo.
Hay otro rasgo esencial del síntoma que sólo el tiempo permite situar: lo que Freud llamaba su “rasgo conservador”, que hace de él un elemento no sólo definitorio, sino también definitivo de la estructuración del sujeto. En el Historial de Dora Freud escribió:
“Ya tenemos averiguado que un síntoma corresponde con toda regularidad a varios significados simultáneamente ; agreguemos ahora que también puede expresar varios significados sucesivamente. El síntoma puede variar uno de sus significados o su significado principal en el curso de los años, o el papel rector puede pasar de un significado a otro. Hay como un rasgo conservador en el carácter de la neurosis: el hecho de que el síntoma ya constituido se preserva en lo posible por más que el pensamiento inconsciente que en él se expresó haya perdido significado (...). Mucho más fácil que crear una nueva conversión parece producir vínculos asociativos entre un pensamiento nuevo urgido de descarga y el antiguo, que ha perdido esa urgencia. Por la vía así facilitada fluye la excitación desde su nueva fuente hacia el lugar anterior de la descarga, y el síntoma se asemeja, según la expresión del Evangelio, a un odre viejo que es llenado con vino nuevo.”
Esto lleva a Freud a conjeturar que sólo en un sentido prospectivo una terapia es causal; ella no incide sobre los síntomas ya producidos - cauces incurables -, a lo sumo previene la formación de otros nuevos. La
vigencia de este rasgo conservador permanece irrefutada cien años después de su hallazgo, se confirma hoy a partir de los resultados obtenidos en el dispositivo del pase. Una vez vacío de las significaciones que
le aporta la fantasía, el odre viejo persiste, boquiabierto y dispuesto a ser llenado con nuevos sentidos. Vale decir que no toda exigencia pulsional puede ser tramitada y satisfecha en acto, porque queda siempre un
margen de pulsión insatisfecha que sintomatiza una parte del goce en la vida de cualquiera. Incluso el Picasso más extraordinarimante capaz de sublimación, en algún rincón del día padece lo pulsional – no lo actúa sino que lo padece -. ¿Por qué no habría de pasarle al ex-neurótico que, aún curado en su análisis, aún si adquirió la aptitud de analista, permanece sujeto
buena parte de su día, no vive en permanencia en la destitución subjetiva requerida por su acto de analista?
La definición de goce propuesta por Lacan – el goce es la relación del ser hablante con su cuerpo  permite vislumbrar por qué el histérico es el analizante por excelencia. El síntoma histérico reúne dos condiciones
inigualables: la primera es que desde el inicio está inscripto entonces en el lugar del goce – el cuerpo -, la segunda es que se trata de un síntoma social, capaz de enlazarse con el deseo del Otro. El síntoma histérico es por eso el síntoma abierto a la interpretación.
Muy distinto es el caso de la neurosis obsesiva, que es “un asunto privado del enfermo”. El síntoma y el lugar del goce aparecen en él como divorciados, incomunicados el uno respecto del otro, y cuando uno y
otro se aproximan en las asociaciones, emerge una angustia que contrasta con la bella indiferencia de la histérica. El síntoma obsesivo no enlaza los cuerpos, más bien los aísla. Es excelente la caracterización de esa neurosis que hace Freud en Inhibición, síntoma, angustia , donde muestra de paso hasta qué punto el cuerpo y el estilo asociativo son dos cosas indisociables.
“Según toda nuestra experiencia, el neurótico obsesivo halla particular dificultad en obedecer a la regla psicoanalítica fundamental. Su yo es más vigilante y son más tajantes los aislamientos que emprende(...)
En el curso de su trabajo de pensamiento tiene demasiadas cosas de las cuales defenderse: la injerencia de fantasías inconscientes, la exteriorización de las aspiraciones ambivalentes. No le está permitido dejarse ir; se encuentra en un permanente apronte de lucha. Luego apoya y fortalece esta compulsión a concentrarse y a aislar: lo hace mediante las acciones mágicas de aislamiento que se vuelven tan llamativas como
síntomas y que tanta gravitación práctica adquieren; desde luego, en sí mismas son inútiles, y presentan el carácter del ceremonial. Ahora bien,
en tanto procura impedir asociaciones, conexiones de pensamientos,
ese yo obedece a uno de los más antiguos y fundamentales mandamientos de la neurosis obsesiva, el tabú del contacto. Si uno se pregunta por qué la evitación del contacto, del tacto, del contagio, desempeña un papel tan importante en la neurosis y se convierte en contenido de sistemas tan complicados, halla esta respuesta: el contacto físico es la meta inmediata tanto de la investidura de objeto tierna como de la agresiva.
Eros quiere el contacto pues pugna por alcanzar la unión, la cancelación de los límites espaciales entre el yo y el objeto amado. Pero también la destrucción, que antes del invento de las armas de acción a
distancia sólo podía lograrse desde cerca, tiene como premisa el contacto corporal, el poner las manos encima. Tener contacto con una mujer
es en el lenguaje usual un eufemismo para decir que se la aprovechó
como objeto sexual. No tocar el miembro es el texto de la prohibición de la satisfacción autoerótica. Puesto que la neurosis obsesiva persiguió al comienzo el contacto erótico y, tras la regresión, el contacto
enmascarado como agresión, nada puede estarle vedado en medida mayor ni ser más apto para convertirse en el centro de un sistema de rohibiciones. Ahora bien, el aislamiento es una cancelación de la posibilidad de contacto, un recurso para sustraer a una cosa del mundo de todo contacto ; y cuando el neurótico aísla también una impresión o una actividad mediante una pausa, nos da a entender simbólicamente que no quiere dejar que los pensamientos referidos a ellas entren en contacto asociativo con otros.”
La regla fundamental del psicoanálisis ordena al obsesivo asociar libremente, pero él sólo puede relatar, atar semánticamente los significantes, aislarlo del contacto genuino que resulta camuflado por los
procedimientos de significación. La acción del analista consiste en impulsarlo, mediante el corte y la interpretación, a asociar más libremente, incitarlo a la histerización. En el lazo social analítico el síntoma es
invitado a presentarse en la dimensión del cuerpo a cuerpo, del cuerpo a cuerpo hablado. “Pude abrazarlo, pero no decirle que lo quiero”, dice una paciente obsesiva. Explicar así que su retención, su aislamiento, no
es tanto del contacto físico, el contacto exterior, sino del contacto significante, que es pulsional e íntimo - por él los cuerpos se tocan desde el interior -. El contacto del que habla Freud es al mismo tiempo contacto
asociativo, y contacto de los cuerpos afectados por lo pulsional del lenguaje. Incitar al obsesivo a la histerización es incitarlo al mismo tiempo a un cambio en relación a su cuerpo Mientras el obsesivo trae solamente un relato, su cuerpo queda aislado, no es asociación que libere las
posibilidades simbólicas del cuerpo. Y el síntoma continúa intacto, literalmente. Sea que lo cultive o que lo olvide, que lo exhiba o que lo oculte, el cuerpo del obsesivo permanece entonces en lo imaginario, a distancia de la juntura entre simbólico y real en que se desarrolla la verdadera dialéctica analítica, la que puede incidir efectivamente en el síntoma. Y allí permanece hasta tanto se revele ese núcleo de histeria que ya Freud indicó en el síntoma obsesivo. Ese núcleo no es profundo, es exterior, y sólo puede percibírselo a partir de un cambio en el estatuto del cuerpo, un cambio que se produce al hablar de otra forma. Es esa Otra forma de hablar, la de la asociación libre, la que puede producir el pasaje del cuerpo imagen -
i(a)minúscula - del obsesivo al cuerpo como lugar de inscripción -
A mayúscula - que es como funciona en la histeria. El análisis debe producir ese pasaje del cuerpo completo - completamente olvidado en lo imaginario
- al cuerpo funcionalmente fragmentado, pero capaz entonces de llegar por la senda propiamente analítica a la juntura de lo simbólico con lo real, de mostrar el surco conversivo que reconduce el significante al borde
pulsional del cuerpo.
Ahora bien, cuando se revela la raíz somática del síntoma, el obsesivo no lo vive con indiferencia ni belleza, sino como entregando lo peor de sí, y jugando al todo o nada con su conocida ambivalencia: lo que había
en el cuerpo de belleza, se transforma en mierda, lo que había en él de buena forma se transforma en abominable agujero. Ese pasaje es imprescindible sin embargo, para que la tortura mental y la conducta del
obsesivo pasen de ser una cuestión ajena al análisis - de la que el analista sólo asiste a un relato exterior -a algo que se juega efectivamente en el lazo analítico -. No son infrecuentes los síntomas digestivos ointestinales en el obsesivo, pero la forma más peculiar de histerización en esa neurosis es la que Lacan llama “angustia anal”, un síntoma que, por afectar directamente un borde pulsional, presentifica de la manera mas patente la causa angustiante del deseo. Leo un comentario de Lacan al respecto:
Por refinadas, por complicadas, por lujuriosas y perversas que sean sus tentativas de pasaje al deseo, siempre necesita hacérselas autorizar: es preciso que el Otro le demande eso. Tal es el resorte de lo que se
produce en cierto hito decisivo de todo análisis de obsesivo. En la medida en que el análisis se sostiene una dimensión análoga, la de la demanda, algo subsiste hasta un punto muy avanzado - ¿es incluso superable?
- de ese modo de escape del obsesivo. En la medida en que el evitamiento del obsesivo es la cobertura del deseo en el Otro por la demanda en el Otro, en esta medida a , el objeto como causa, viene a situarse allí donde la demanda domina, es decir, en el estadio anal, donde a es, no simplemente el excremento puro y simple, sino el excremento en tanto demandado. Nunca se analizó nada de la relación con el objeto anal en estas coordenadas, que son las verdaderas
La angustia anal
, esa conversión imperfecta, queda a mitad de camino entre el síntoma histérico y la angustia pura y simple, que es el sentimiento de reducirnos al cuerpo . Lacan explica que un análisis de obsesivo proseguido hasta la emergencia de esa angustia delimitada en lo somático no ocurre casi nunca,
pero cuando ocurre “revela la verdadera dominancia, el carácter de núcleo irreductible y en ciertos casos casi indominable de la aparición de la angustia, al extremo de parecer un punto terminal del análisis”. La
distinción de la demanda y el deseo es en ese punto tan decisiva como difícil de producir, y muestra el abismo existente entre la histeria y la obsesión histerizada.
De lo que se trata en este punto del análisis, es de sostener la distinción entre la demanda falazmente alojada en el Otro, que por regresión da la dominancia del orificio anal, y el deseo que viene del Otro, que
angustia al neurótico pero que es lo único que podría permitirle abrirse de ese punto de fijación. Eso supone un “atravesamiento” del empleo fundamental de la fantasía ($<>a), si permite reconducir la demanda (en
tanto exigencia pulsional), desde el Otro a la vecindad topológica del cuerpo ($<>D). No puedo desarrollarlo aquí, pero se puede mostrar que eso implica que el objeto a se extraiga del Otro, y se ubique de un modo
no neurótico: como causa del deseo del Otro.
A ese punto no se llega sin una “histerización” tal que permita aproximar la materia del pensamiento al borde pulsional del cuerpo. Se podrá vislumbrar incidentalmente hasta qué punto es cuestionable la burda metáfora según la cual el obsesivo piensa con la cabeza – que, extrañamente suele opone al cuerpo, ¡como si la cabeza no formara parte de él! -. La neurosis obsesiva se muestra además que el síntoma es el nudo de la estructura subjetiva, y que lejos de oponerse a lo pulsional, es su continuación y su pathos. La raíz
pulsional del síntoma forma parte del síntoma, aunque éste no se reduce a ella. En su expresión mínima - hacia la que apunta el análisis - el síntoma es la pulsión, más el sujeto que la padece.
En síntesis, la revelación de la inserción pulsional del síntoma es un momento decisivo del análisis del obsesivo, que marca un antes y un después. Este después es por lo general más abierto al deseo, menos
inhibido, y en algunos casos abre la posibilidad del verdadero efecto terapéutico del psicoanálisis, no sugestivo y posdidáctico: la destitución subjetiva considerada en su salubridad. Colette Soler observó sin
embargo que algunos análisis pueden llegar hasta esas coordenadas de histerización del obsesivo, y no avanzar más allá. Refiere haber encontrado en su trabajo en los carteles del pase lo que ella llama histerias de salida de análisis en casos de neurosis obsesiva : “Una quasi-histeria final, en lugar de destitución subjetiva, quiere decir que en lugar de renunciar, el sujeto absolutiza su diferencia subjetiva, manifiestamente a título de defensa última. Es que nada obliga al sujeto a consentir a la destitución. El
puede por el contrario intentar anularla, sea coagulándose como emblema del Otro, sea eternizando el grito de su verdadero dolor no renunciado; cualquiera que sea el modo, por el gesto o por la vociferación, se
tratará siempre, de gozar de ser sujeto.
Las pulsiones son nuestros mitos, decía Freud. Y sin embargo, desde que podemos entender, con Lacan, que la exigencia significante toma cuerpo en los orificios del cuerpo, ellas no nos resultan tan míticas. Lo que permanece mítico, pero no por eso menos real, es la referencia al padre, ineliminable del síntoma neurótico, presente en ese elemento tabú del síntoma que afecta el contacto con el cuerpo propio y con el cuerpo del Otro.









Gabriel Lombardi