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sábado, 10 de marzo de 2012
jueves, 5 de enero de 2012
“Ya la maté, dame un beso”
Por Sergio Zabalza *
“Ya está, ya la maté, vení, dame un beso, vieja”, dijo, según testimonió después su madre, Marcelo Tomaselli, el hombre de General Pico que asesinó a su esposa después de que ella lo perdonara por haberla violado. La necesidad del reconocimiento materno después del pasaje al acto habla por sí solo. Para este hombre, no había separación posible de la amenaza incestuosa.
¿A quiénes matan pues estos asesinos de niños y mujeres? ¿Pueden separar, en su realidad psíquica, a la madre de la mujer y a la mujer del niño? Mi conjetura es que no. Los crímenes que provoca el machismo asesino representan el fallido intento de neutralizar a una madre que, en el fantasma del hombre, aparece como total y omnipotente. Poco importa si la mujer, actualizada en carne y hueso, es una mujer débil o sometida.
Se trata de la ausencia de la función paterna, cuya nota esencial consiste en producir esa separación que brinda un lugar al sujeto. Desde esta perspectiva, padre es quien no le teme a Medea, es decir, un hombre que no retrocede frente a ésa cuya condición de madre no le impide también ser mujer.
* Psicoanalista. Hospital Alvarez.
martes, 13 de diciembre de 2011
Por la raja de tu falda yo Tuve un piñazo con un Seat Panda
domingo, 2 de enero de 2011
ENTRE EL HOMBRE Y EL AMOR, LA MUJER. por Constanza Meyer
Como dice el poema de Antoine Tudal, “Entre el hombre y el amor, hay la mujer”, por lo que he decidido abordar el tema del amor en el horizonte de las dificultades de las relaciones entre hombres y mujeres afectadas por el pasaje del Discurso del Amo a la primacía del discurso Capitalista.
Muchos creen en el encuentro virtual y se satisfacen con ello sin necesidad de poner en juego nada del amor, gozando más que nunca de su inconsciente y amparados por el velo que ofrece la propia virtualidad y la inmediatez de los contactos. Por otro lado, no podemos dejar de evocar el que parece ser el concepto de amor por excelencia, el desarrollado por los escritores románticos. Se trata de un amor que nunca se alcanza, un encuentro imposible, del cual sólo puede decirse algo de su imposibilidad. ¿Qué lugar para el amor en este escenario?
Me detendré en una frase de Lacan que siempre me ha resultado enigmática: “¿Qué es una mujer? Es un síntoma” recogida en RSI y ampliada en la “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma” en términos de que “la mujer es aquello con lo que el hombre nunca sabe arreglárselas” o “Hay mujeres, pero La mujer es un sueño del hombre”, ambas intervenciones de 1975 que tienen por trasfondo la no relación o la no complementariedad entre el hombre y la mujer, así como el giro en la concepción del síntoma que se presenta como modalidad de acceso u ordenamiento del goce, y que implica asimismo un anudamiento particular de Real, Simbólico e Imaginario.
Dice Lacan en la lección del 21 de enero de 1975 que esto puede demostrarse por estructura, es decir que puede verse precisamente porque al no existir la complementariedad, no hay garantía de que el goce del cuerpo del Otro exista, por lo que sólo es posible si se sostiene en el objeto a minúscula. Esto vale tanto para un hombre como para una mujer, aunque en su caso se trata de hacerla entrar en el goce fálico. Para Lacan, hacerla síntoma es invitarla a entrar en el goce fálico, permitiendo que ella haga obstáculo al goce autoerótico. En este sentido, si nos remitimos a las fórmulas de la sexuación y pensamos en términos de necesario, imposible, posible y contingente, veremos que como señalan Jorge Alemán y Sergio Larriera: el decir posible del amor y el decir contingente del falo son los únicos capaces de poner en suspenso el No cesa, “Mientras que el amor suspende la disyunción entre uno y otro sexo, la contingencia fálica, el falo, establece en ambos sexos un goce parcial que sustituye al mítico goce absoluto llamado goce sexual. (…) podrán, en cambio, establecer una sustitución: creyendo estar gozando el uno del otro en el abrazo carnal, disfrutarán del goce de cada uno con el falo” (El inconsciente: existencia y diferencia sexual, J. Alemán y S. Larriera, 2007) .
Los semblantes juegan aquí un papel importante ya que el hombre deberá hacer uso de los semblantes fálicos en el juego de la seducción para que su partenaire acceda a hacer semblante de objeto en el escenario de su fantasma. Si amar es dar lo que no se tiene a quien no es, los semblantes del tener y del ser deberán poder jugar su partida, lo que permitirá que ella se aloje en el hueco y acceda al goce fálico y, eventualmente, al goce Otro. De acuerdo con el modo en que se sirva de los semblantes, entonces, el hombre podrá despegarse un poco de su fantasma y conectado con algo de la verdad subjetiva acceder al encuentro con el partenaire.
No debemos olvidar, por otro lado, que el síntoma es el modo en que cada sujeto goza de su inconsciente con lo cual en el encuentro cuerpo a cuerpo se trataría de que la mujer preste el cuerpo para que el hombre goce de su inconsciente de otra manera y eso le permita eventualmente a ella el acceso a un goce del cuerpo.
Lacan, sin embargo, va más allá en R.S.I y nos dice: “Lo que hay de sorprendente en el síntoma, en ese algo que, como ahí, se besuquea con el Inconsciente, es que uno allí cree (on y croit)”. Se trata de la creencia en la especie de las mujeres, para lo cual Lacan recupera la figura de la ninfa Ondina, una apariencia de mujer que se convierte en mortal por engendrar un hijo con un hombre, que es en parte lo que llamaba “sueño de un hombre”, es decir, convertir esa apariencia en causa de su deseo. Por otro lado, Lacan apunta también a la creencia en lo que ella (una mujer) dice, lo que muestra para él el punto de locura del amor, y no duda en comparar esta creencia con la certeza que se tiene en la psicosis respecto de las voces.
No obstante, siempre hay un límite y si efectivamente esta creencia lo tiene, concluye Lacan que “Creerla, es un estado, gracias a Dios, difundido, porque a pesar de todo eso hace compañía, uno ya no está solo. Y es en eso que el amor es precioso, raramente realizado, como todos sabemos, sólo dura un tiempo, y a pesar de todo está hecho por esto, que es esencialmente de esta fractura del muro donde uno no puede sino hacerse un chichón en la frente, si no hay relación sexual.” (R.S.I., Lección 21 de Enero de 1975)
En este sentido, el amor ya no podemos pensarlo idealizado a la manera del amor cortés o del amor romántico, sino como aquello que permite el lazo a un otro sexuado por la vía de los goces en tanto que semblante.
Principios directrices del acto psicoanalitico
Preámbulo
"Declaración de Principios". Después de ese trabajo, presentamos ahora, esta "Carta Magna para el psicoanálisis"
Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.
Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.
Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.
Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el "lugar del Otro", como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.
Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.
Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.
Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define "a medida". Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.
Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser "para todos". En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa.
El sexo, en el ser hablante, remite al "no todo".
Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica) Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.
La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un "pase", como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica.
Eric Laurent
ORNICAR? Digital
Traducción: Carmen Cuñat
Psicoanálisis <>Psicoterapias. Alcances, eficacia y limitaciones

. ¿Cómo proceder para elegir el psicoanalista que más nos conviene?
Comienzo por decir lo que creo que no es conveniente hacer, a saber: orientar la elección del psicoanalista refiriéndose a las escuelas o a las diversas corrientes psicoanalíticas. En todas las escuelas existen buenos y malos analistas. A mi entender, la calidad de la persona del terapeuta es mucho más importante que la escuela a la que pertenece.
Más allá de esta reserva, ¿cuál es entonces el mejor criterio para elegir un psicoanalista? Diré que el camino a seguir es simplemente ir y consultar al analista y –algo de capital importancia- evaluar los efectos sobre sí mismo del primer encuentro. Quizás sea necesario ver dos o tres analistas; pero no más porque puede resultar perjudicial, dado que al tercer o cuarto intento el paciente se acostumbra al relato de su historia, se vuelve insensible a ella y pierde la apuesta esencial de la entrevista inicial: la espontaneidad, a menudo mezclada con la angustia que toda experiencia nueva suscita.
El mejor criterior de elección es, pues, la impresión que me queda, a mí, futuro paciente, al salir de mi primera visita a un psicoanalista. Es necesario que me siente aliviado y confiado,
Este alivio ya se suele poner en juego en las primeras entrevistas, esencialmente por dos razones. Una tiene que ver con el efecto liberador que la palabra suscita; la otra, con ciertas condiciones intrìnsecas al psicoanálisis, como, por ejemplo, la escucha del analista - que al orientarse y poder situar los conflictos inconscientes del paciente - interveniene acotando el sufrimiento. I. Psicoanálisis <>Psicoterapias. Alcances, eficacia y limitaciones
La psicoterapia y el psicoanálisis son prácticas a menudo complementarias. La primera es una escucha que alivia al paciente y reduce transitoriamente sus síntomas. La segunda puede no sólo hacer desaparecer los síntomas, sino también modificar la personalidad del analizante. Ambos tipos de terapias – psicoanálisis y psicoterapia - se complementan, en tanto en el progreso de una cura psicoanalítica, el psicoanalista suele aplicar la primera antes de introducir la segunda.

Existen tres niveles principales en los que descansan estas diferencias, básicamente son tres aspectos que tienen que ver principalmente con el terapeuta o analista, el paciente y la estructura clínica.
Con respecto al práctica del profesional uno de los parámetros relevantes a tener en cuenta para su diferenciación es la escucha. La escucha del terapeuta es una escucha de acontecimientos, mientras que la del analista es una escucha de conflictos inconscientes subyacentes a los acontecimientos. La primera consiste en dar sentido a los hechos relevantes y reiterativos de la vida del paciente. La segunda va más allá, dado que se intenta descubrir los fantasmas a través de los cuales el paciente reinterpreta su historia y modela su realidad presente. La mayoría de las veces, esos fantasmas se traducen en escenas imaginarias que se trata de revelar al paciente. Esto cobra una particular relevancia si se considera que – y por muy paradójico que parezca - no es la realidad lo que causa el sufrimiento, sino la interpretación que el sujeto hace de ella, la idea, el fantasma que se forja a partir de conflictos crónicos que actúan en él sin que lo sepa.
En lo que respecta al paciente, hay personas que no desean participar en un tratamiento de larga duración, debido a que su principal preocupación consiste en buscar ayuda externa para superar un período difícil de su vida, esto es lo que se suele llamarse “manejo de crisis vitales”. Se entiende por crisis vitales a los eventos que transcurren de forma más o menos normales en el desarrollo de todo ser humano, por ejemplo el casamiento, la adquisición de nuevas responsabilidades, la muerte de un ser querido, etcétera. Son momentos en los que las creencias de todo sujeto están puestas a revisión y es posible que los recursos con que cuenta para afrontar dichas crisis le resulten insuficientes, al punto que genere una situación de cierto riesgo psíquico, en otras palabras, que incremente su vulnerabilidad. Desde un marco psicoterapéutico, el manejo de crisis vitales supone tratamientos muy breves, debido en gran parte, a la naturaleza misma de las crisis, que son períodos cortos y de cambios profundos. Por supuesto, que en caso de emprender una psicoterapia con un analista, algunos de estos pacientes, a lo largo de estas sesiones, deciden seguir un psicoanálisis, y de esta manera tratar no sólo los problemas vinculados con ese período espinoso de su vida, sino también trabajar sobre aquellos aspectos que han determinado su dolor, malestar o sufrimiento, y lograr mejorías duraderas que impliquen verdaderos reposicionamientos subjetivos.
Aún así, el tan frecuente reproche que le se suele formular al psicoanálisis - “Es un tratamiento largo”-, es algo que podría relativizarse si se considera una de sus pilares o condiciones intrínsecas, la que se refiere a la necesidad de no descuidar el caso por caso; cuestión que constituye para un psicoanalista su verdadera brújula: atender a cada sujeto en su singularidad. En mi caso particular, he conducido algunos tratamientos de adultos relativamente cortos, como asimismo tratamientos de niños en los que solía reducir al máximo la cantidad de sesiones y evitar así que el pequeño paciente se instale en una dependencia psicoanalítica que vendría a sustituir la dependencia familiar.
En cuanto al tercer factor: el tipo de estructura o patología, es cierto que en determinados tipos de enfermedades, es más adecuado proponer, al menos inicialmente, una psicoterapia. Indiscutiblemente, el psicoanálisis es un medio formidable de apaciguar el sufrimiento, pero como toda terapéutica tiene sus límites que son inherentes a sus modos de acción. Coincido con Nasio cuando al referirse a dos de las grandes estructuras clínicas, alude a los que sufren porque un mecanismo interno se rompió – como en el caso de los psicóticos-; (con Lacan esa ruptura recibe el nombre de forclusión); y aquellos que sufren, si bien nada esencial fue alterado – como es el caso de los neuróticos-, el mecanismo interno aquí es la represión.
El psicoanálisis es sin duda el tratamiento más eficaz cuando el funcionamiento psíquico quedó intacto, pero cuando el alma ha sido quebrada, la cura analítica suele revelarse insuficiente, de modo que muchas veces se hace necesario complementarla con un tratamiento de medicamentos. Es así como la acción combinada del psicoanálisis y de la medicación se impone como la mejor estrategia terapéutica para estos pacientes.
Rosa Aksenchuk
