jueves, 5 de enero de 2012

“Ya la maté, dame un beso”

EL FEMICIDA Y SU FANTASMA

Por Sergio Zabalza *

Los recientes casos de femicidios y asesinatos de criaturas llevan un sello de época que reclama, al menos, la formulación de algunas conjeturas capaces de orientarnos en medio del horror que nos provocan. Porque el punto que reúne los rasgos subjetivos y estructurales del ser hablante con los signos de nuestro tiempo –sean éstos la declinación del padre, el machismo asesino o las particularidades de las actuales relaciones amorosas– coincide con la condición erótica que –tal como lo planteó Freud– divide a la mujer entre la madre y la puta. Estos hombres que matan niños y mujeres no acceden a tal diferencia: para ellos las mujeres son todas madres y los hijos, una prolongación del cuerpo que los supo albergar.
Por algo, según Lacan, el paradigma de la mujer es Medea, ese personaje mitológico que, para vengarse de la infidelidad de su marido, opta por matar a los hijos que ambos habían concebido. La metáfora que encarna este relato es el de una hembra capaz de separarse de su rol de madre: amenaza intolerable para el macho enquistado en su posición de hijo.
“Ya está, ya la maté, vení, dame un beso, vieja”, dijo, según testimonió después su madre, Marcelo Tomaselli, el hombre de General Pico que asesinó a su esposa después de que ella lo perdonara por haberla violado. La necesidad del reconocimiento materno después del pasaje al acto habla por sí solo. Para este hombre, no había separación posible de la amenaza incestuosa.
¿A quiénes matan pues estos asesinos de niños y mujeres? ¿Pueden separar, en su realidad psíquica, a la madre de la mujer y a la mujer del niño? Mi conjetura es que no. Los crímenes que provoca el machismo asesino representan el fallido intento de neutralizar a una madre que, en el fantasma del hombre, aparece como total y omnipotente. Poco importa si la mujer, actualizada en carne y hueso, es una mujer débil o sometida.
Se trata de la ausencia de la función paterna, cuya nota esencial consiste en producir esa separación que brinda un lugar al sujeto. Desde esta perspectiva, padre es quien no le teme a Medea, es decir, un hombre que no retrocede frente a ésa cuya condición de madre no le impide también ser mujer.
* Psicoanalista. Hospital Alvarez.

martes, 13 de diciembre de 2011

Por la raja de tu falda yo Tuve un piñazo con un Seat Panda


El amor light no compromete
La vocación contemporánea de lo rápido, ligero, flacucho, descartable y breve, se llama –a la americana- “light” y connota inmediatamente a la delgadez con que hay que aproximarse al consumo de los alimentos y, si es posible y por transición, al resto de los objetos domésticos: porque “que no engorde” quiere decir “que no haga mal”, “que no me caiga pesado”, “que no empache”, o –a nuestra criolla- “que no me joda”.
El lector atento sabrá rápidamente llevar esto al plano de las relaciones vinculares, especialmente el amor de pareja, donde el “que no me joda” salta inmediatamente al “que no me demande”. Y aquí tenemos pues el escenario del amor-líquido (como se definió no hace mucho desde ciertos autores como Zygmunt Bauman) que no quiere decir más que eso: efectivo, práctico (como el dinero-liquido) pero sin grandes inversiones.  Sabrá también el lector observar inmediatamente que de lo que estamos hablando es de una inversión narcisística(egocéntrica) donde el otro no cuente demasiado. Es decir, donde la castración( o sea el necesitar a otro para que nos complete, nuestra “media naranja” en términos cotidianos) no preste oídos. Porque, justamente, el “que no me demande” implica –ipso facto- considerar a otro –obviamente- mudo.  De allí que decimos en psicoanálisis que la relación perfecta sería con aquel partenaire donde el sexo y la palabra no se interpongan (y nos estamos refiriendo al sexo y a la palabra "plena", que demandan; no a cualquier sexo, no a cualquier palabra).
Por ello hoy encontramos en la jerga cotidiana los significantes “amigarches” o “touch and go”, y voces similares que connotan a la mudez de la palabra (a lo que Lacan llamó “palabra vacía(el blablablá) para oponerla a la “palabra plena”decir algo contundente), es decir: a la mudez de la castración.  Porque, efectivamente, lo "light" implica no sólo lo efectivo-rápido, sino –y ante todo- el goce sin Ley, es decir, lo que cualquier niño –por su lógico estado de prematuración- sólo puede apenas esbozar.
Pero de un adulto (de un sujeto cuyo fantasma* se supone constituido y cuya neurosis se supone relativamente analizada) se espera algo más; ya que la relación amorosa no puede librarse de los dos vaivenes que la sostienen: amar y ser amado.  Si se estereotipa el vínculo y siempre es el mismo partenaire quien ama o quien es amado, cae por su mismo peso: el peso a que cualquier tope narcisistíco(egocéntrico) llega.
*la fantasía es una actividad psíquica presente en la vida corriente (juego de los niños, ensueños diurnos, elaboración secundaria del sueño, creatividad en el artista, disfrute de las producciones del arte) que puede en determinadas condiciones generar síntomas neuróticos(“enfermos”), constituyendo un estadio preliminar de los mismos. Fueron un día fantasías conscientes, sueños diurnos, y han sido luego intencionadamente olvidadas, relegadas a lo inconsciente por la 'represión' [...] la fantasía inconsciente integra una importantísima relación con la vida sexual del individuo, pues es idéntica a la que él mismo empleó como base de la satisfacción sexual. El contenido de las fantasías inconscientes en los neuróticos es similar a las situaciones creadas por los perversos para su satisfacción sexual en la realidad.
El niño, como sabemos, sólo puede ser amado: su prematuración le impide amar, excepto con ciertos artilugios (miradas, sonrisas y engaños imaginarios) que realiza para ser amado y protegido: es decir, para ser el FALO.(lo más deseado por todos)  Pero para amar (adultamente) es necesario un proceso simbólico y aceptar la Ley de la Castración(la Ley de la Cultura) que se juega: es decir, colocarse en posición femenina, de objeto; por eso Lacan –citando a Sócrates- ha bien descripto todo esto en lo que se denomina Metáfora Amorosa: pasar de amado a amante, y viceversa; en la oscilación de la evolución del vínculo.  Y, para eso, es necesario dejar la mudez de lado y escuchar, justamente y recíprocamente, al otro. De allí que en el amor se juega la escucha para con el otro; de allí que –y sobre todo en los peores momentos- el sujeto-amante demandará ser-amado.
La Metáfora Amorosa connota a la Metáfora Paterna; es decir: a la Castración. Substitución que aún el niño no puede efectivizar convenientemente (o el perverso adulto, o el neurótico con fallas en dicha Metáfora) y que por eso busca relaciones -y no sólo amorosas- donde el sostén sea sencillo y no demande demasiado esfuerzo para con el otro. Porque, de todos modos, son los mismos sujetos que sí están dispuestos a esforzarse por ellos: van al gym todos los días, concurren a sus clases de baile, estudian hasta medianoche, madrugan para no perder su puesto de trabajo que les ocasionaria una castración mayor, gastan su sueldos en coiffeir y belleza, y van con su Ipad, sus gafas RayBan polarizadas y su descapotable, corriendo de un lado al otro, siempre -obviamente- por ellos.

Como se ve, en el opuesto extremo de la mudez, está el habla. Y de allí la lógica demanda en juego. Por eso hablar implica una dinámica (castratoria)donde te pones en juego. Hoy escuchamos muy cotidianamente la insistencia no ya de sujetos que se quejan porque sus parejas no los escuchan sino, paradójicamente, de sujetos que no quieren ser demandados, es decir: alojados. Justamente para que la “justicia direccional del vínculo” –si se me permite este forzamiento- no se precipite en algo “injusto”: “Yo no te rompo las pelotas, entonces vos no me las rompas a mi”-.
De aquí también que lo “light” se conjuga con la liviandad de la palabra; y por eso hoy los facebook abundan de “amigos” a los que nadie ve ni verá en su devota vida; o los sujetos prefieren reunirse con otros donde el sexo (que incluye cualquier tipo de satisfacción más allá de lo genital) sea rápido y sin grandes cuestiones palabreras: mientras la voz no toque las puntas de lo real, todo marchará más que bien… Son por lo general sujetos a los que todo les da lo mismo: de allí que también si sostienen algún vínculo no habrá lugar para escalas axiológicas; nada valoran, excepto su EGO: sujetos no sólo sordos, sino ciegos: que no pueden ver ni siquiera el esfuerzo que el partenaire pueda llegar a hacer en cada caso, ya que lo que siempre priva es el propio YO. Sujetos cuyas únicas prioridades son siempre ellos.
Como se ve, esta contemporaneidad no es nueva: se trata siempre de hacerle pito-catalán a la castración; de gozar (comer, coger, manejar, etc.) sin Ley; es decir: de “recuperar” el otrora niño (y el consecuente goce incestuoso) donde se deambula por el paraíso de los juegos, los saltos, los deleites, incluso los usufructos de los bienes (goce deriva justamente de “usufructo”); pero sin que medie coto ni compromiso alguno.
Como en los bazares chinos –donde todo es de plástico o a lo sumo de poca duración- el sujeto abre su kiosquito del “no sufrir más por amor” endosando, al mismo tiempo, la castración al otro (mecanismo típicamente perverso) y confundiendo, por supuesto, el amor-a-sí-mismo con el “dar lo que no se tiene”: es decir, su propia castración. De allí que ciertos vínculos son capaces de resignificarse (los “ex” que antes eran unos infelices de mierda o unas locas histéricas, hoy –que ya no demandan- son buenas oportunidades de goce sin Ley (hasta se escucha decir: “nada mejor que coger con tu ex”) e incluso proyectarse en mayor tiempo que cuando la castración de ambos se jugaba en el mismo). Como dijimos up supra, sólo un niño es acreedor de un goce con poca Ley, de allí también que Freud los ha bautizado como perversos polimorfos. Un niño que siempre espera recibir del otro (del amante activo) su cuota de amor incondicional.

El "amor light" es el amor-que-no-engorda pero el narcisismo de quien hace la dieta-anticompromiso cada vez se pone más gordito que nunca.(Su Ego cada vez se hace más grande, cada vez “se la cree” más) Es el amor infantil, de pleno goce.

 I. La sexualidad masculina en cuestión

Las motivos que llevan a una persona a solicitar una consulta no son tan variados como se cree. En el fondo, se relacionan con los principales capítulos de la existencia: la sexualidad en la pareja, los lazos afectivos en el seno de la familia, las relaciones en el trabajo, los fracasos en la esfera emocional que se acumulan constantemente a lo largo de su vida, temores injustificados que dificultan y limitan nuestras propias acciones, la presencia de los síntomas que impiden el logro de determinados objetivos. Ahora si debiera ubicar el malestar en general en los tiempos actuales referido con más frecuencia como motivo de consulta, entonces sostengo que es sin dudas la cuestión preocupante de las problemáticas sexuales de los hombres. Aquí resulta indispensable aclarar que la clínica psicoanalítica en tanto clínica de la sexuación va más allá que la sexualidad, es decir que no puede reducirse a temas como la impotencia y la eyaculación precoz, sino que toca puntos del ser mismo del sujeto en sus elecciones profundas e inconscientes. De manera flagrante, el problema mayor, y que amenaza con agravarse, es la pérdida progresiva de parámetros que definan el carácter masculino del hombre. Es uno de los grandes sufrimientos que encuentro cotidianamente en mi práctica: muchos hombres consultan por impotencia sexual, eyaculación precoz y, más ampliamente, por dificultades para encontrar su lugar de hombre en la pareja, de padre en la familia o de patrón en la empresa.

Desde la decadencia de la autoridad paterna iniciada en los años setenta hasta nuestros días, en los que vemos cuestionada la transmisión automática del nombre del padre a sus descendientes, o incluso recientes procesos biotecnológicos que permiten producir un ser humano prescindiendo del sexo masculino, el hombre está dolorosamente desestabilizado en su ser viril. Ya no logra ubicar los límites de su identidad.

Tradicionalmente, en la sociedad patriarcal, los hombres representaban los valores de autoridad y de combatividad, mientras que las mujeres encarnaban el hogar, la disponibilidad de la madre y de la esposa que sostiene y acompaña. Al adquirir una autonomía personal, profesional y financiera, las mujeres trastornaron radicalmente el esquema y debimos, y debemos todavía, volver a pensar por completo la organización social. La “leyes del mercado han contribuido a este cambio drástico en las relaciones hombre .mujer.
Desde que la mujer arribo a la libertad sexual. Lo observamos en la clínica y también en una discoteca. El hombre arribo a su falta de compromiso con una pareja. Los hombres ya tienen lo que desean sin grandes sacrificios. Ya no hay necesidad de casarse para tener sexo, las mujeres
Apelando a la igualdad de derechos, acceden al sexo sin trabas culturales y sociales, y el sujeto masculino ya no tiene que asumir compromisos para obtener lo que desea de las mujeres, En nuestras sociedades contemporáneas somos muchos los que constatamos las mutaciones, pero ignoramos totalmente sus consecuencias. ¿Qué forma revestirá la relación de un hombre y de una mujer en el año 2050, por ejemplo? Es un enigma fascinante saber qué lazos inéditos inventarán los hombres y las mujeres para amarse.







domingo, 2 de enero de 2011

ENTRE EL HOMBRE Y EL AMOR, LA MUJER. por Constanza Meyer


Como dice el poema de Antoine Tudal, “Entre el hombre y el amor, hay la mujer”, por lo que he decidido abordar el tema del amor en el horizonte de las dificultades de las relaciones entre hombres y mujeres afectadas por el pasaje del Discurso del Amo a la primacía del discurso Capitalista.

Muchos creen en el encuentro virtual y se satisfacen con ello sin necesidad de poner en juego nada del amor, gozando más que nunca de su inconsciente y amparados por el velo que ofrece la propia virtualidad y la inmediatez de los contactos. Por otro lado, no podemos dejar de evocar el que parece ser el concepto de amor por excelencia, el desarrollado por los escritores románticos. Se trata de un amor que nunca se alcanza, un encuentro imposible, del cual sólo puede decirse algo de su imposibilidad. ¿Qué lugar para el amor en este escenario?

Me detendré en una frase de Lacan que siempre me ha resultado enigmática: “¿Qué es una mujer? Es un síntoma” recogida en RSI y ampliada en la “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma” en términos de que “la mujer es aquello con lo que el hombre nunca sabe arreglárselas” o “Hay mujeres, pero La mujer es un sueño del hombre”, ambas intervenciones de 1975 que tienen por trasfondo la no relación o la no complementariedad entre el hombre y la mujer, así como el giro en la concepción del síntoma que se presenta como modalidad de acceso u ordenamiento del goce, y que implica asimismo un anudamiento particular de Real, Simbólico e Imaginario.

Dice Lacan en la lección del 21 de enero de 1975 que esto puede demostrarse por estructura, es decir que puede verse precisamente porque al no existir la complementariedad, no hay garantía de que el goce del cuerpo del Otro exista, por lo que sólo es posible si se sostiene en el objeto a minúscula. Esto vale tanto para un hombre como para una mujer, aunque en su caso se trata de hacerla entrar en el goce fálico. Para Lacan, hacerla síntoma es invitarla a entrar en el goce fálico, permitiendo que ella haga obstáculo al goce autoerótico. En este sentido, si nos remitimos a las fórmulas de la sexuación y pensamos en términos de necesario, imposible, posible y contingente, veremos que como señalan Jorge Alemán y Sergio Larriera: el decir posible del amor y el decir contingente del falo son los únicos capaces de poner en suspenso el No cesa, “Mientras que el amor suspende la disyunción entre uno y otro sexo, la contingencia fálica, el falo, establece en ambos sexos un goce parcial que sustituye al mítico goce absoluto llamado goce sexual. (…) podrán, en cambio, establecer una sustitución: creyendo estar gozando el uno del otro en el abrazo carnal, disfrutarán del goce de cada uno con el falo” (El inconsciente: existencia y diferencia sexual, J. Alemán y S. Larriera, 2007) .

Los semblantes juegan aquí un papel importante ya que el hombre deberá hacer uso de los semblantes fálicos en el juego de la seducción para que su partenaire acceda a hacer semblante de objeto en el escenario de su fantasma. Si amar es dar lo que no se tiene a quien no es, los semblantes del tener y del ser deberán poder jugar su partida, lo que permitirá que ella se aloje en el hueco y acceda al goce fálico y, eventualmente, al goce Otro. De acuerdo con el modo en que se sirva de los semblantes, entonces, el hombre podrá despegarse un poco de su fantasma y conectado con algo de la verdad subjetiva acceder al encuentro con el partenaire.

No debemos olvidar, por otro lado, que el síntoma es el modo en que cada sujeto goza de su inconsciente con lo cual en el encuentro cuerpo a cuerpo se trataría de que la mujer preste el cuerpo para que el hombre goce de su inconsciente de otra manera y eso le permita eventualmente a ella el acceso a un goce del cuerpo.

Lacan, sin embargo, va más allá en R.S.I y nos dice: “Lo que hay de sorprendente en el síntoma, en ese algo que, como ahí, se besuquea con el Inconsciente, es que uno allí cree (on y croit)”. Se trata de la creencia en la especie de las mujeres, para lo cual Lacan recupera la figura de la ninfa Ondina, una apariencia de mujer que se convierte en mortal por engendrar un hijo con un hombre, que es en parte lo que llamaba “sueño de un hombre”, es decir, convertir esa apariencia en causa de su deseo. Por otro lado, Lacan apunta también a la creencia en lo que ella (una mujer) dice, lo que muestra para él el punto de locura del amor, y no duda en comparar esta creencia con la certeza que se tiene en la psicosis respecto de las voces.

No obstante, siempre hay un límite y si efectivamente esta creencia lo tiene, concluye Lacan que “Creerla, es un estado, gracias a Dios, difundido, porque a pesar de todo eso hace compañía, uno ya no está solo. Y es en eso que el amor es precioso, raramente realizado, como todos sabemos, sólo dura un tiempo, y a pesar de todo está hecho por esto, que es esencialmente de esta fractura del muro donde uno no puede sino hacerse un chichón en la frente, si no hay relación sexual.” (R.S.I., Lección 21 de Enero de 1975)

En este sentido, el amor ya no podemos pensarlo idealizado a la manera del amor cortés o del amor romántico, sino como aquello que permite el lazo a un otro sexuado por la vía de los goces en tanto que semblante.

Principios directrices del acto psicoanalitico


Principios directrices del acto psicoanalítico

Preámbulo

 "Declaración de Principios". Después de ese trabajo, presentamos ahora, esta "Carta Magna para el psicoanálisis"

Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.

Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.

Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.

Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el "lugar del Otro", como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.
Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.

Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.

Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define "a medida". Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.

Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser "para todos". En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa.
El sexo, en el ser hablante, remite al "no todo".

Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica) Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.

La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un "pase", como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica.



Eric Laurent

ORNICAR? Digital
Traducción: Carmen Cuñat

Psicoanálisis <>Psicoterapias. Alcances, eficacia y limitaciones



La psicoterapia y el psicoanálisis son prácticas a menudo complementarias. La primera es una escucha que alivia al paciente y reduce transitoriamente sus síntomas. La segunda puede no sólo hacer desaparecer los síntomas, sino también modificar la personalidad del analizante. Ambos tipos de terapias – psicoanálisis y psicoterapia - se complementan, en tanto en el progreso de una cura psicoanalítica, el psicoanalista suele aplicar la primera antes de introducir la segunda.
Descripción: http://www.rosak.com.ar/img/Etica_psi02.jpg
Existen tres niveles principales en los que descansan estas diferencias, básicamente son tres aspectos que tienen que ver principalmente con el terapeuta o analista, el paciente y la estructura clínica.
Con respecto al práctica del profesional uno de los parámetros relevantes a tener en cuenta para su diferenciación es la escucha. La escucha del terapeuta es una escucha de acontecimientos, mientras que la del analista es una escucha de conflictos inconscientes subyacentes a los acontecimientos. La primera consiste en dar sentido a los hechos relevantes y reiterativos de la vida del paciente. La segunda va más allá, dado que se intenta descubrir los fantasmas a través de los cuales el paciente reinterpreta su historia y modela su realidad presente. La mayoría de las veces, esos fantasmas se traducen en escenas imaginarias que se trata de revelar al paciente. Esto cobra una particular relevancia si se considera que – y por muy paradójico que parezca - no es la realidad lo que causa el sufrimiento, sino la interpretación que el sujeto hace de ella, la idea, el fantasma que se forja a partir de conflictos crónicos que actúan en él sin que lo sepa.
En lo que respecta al paciente, hay personas que no desean participar en un tratamiento de larga duración, debido a que su principal preocupación consiste en buscar ayuda externa para superar un período difícil de su vida, esto es lo que se suele llamarse “manejo de crisis vitales”. Se entiende por crisis vitales a los eventos que transcurren de forma más o menos normales en el desarrollo de todo ser humano, por ejemplo el casamiento, la adquisición de nuevas responsabilidades, la muerte de un ser querido, etcétera. Son momentos en los que las creencias de todo sujeto están puestas a revisión y es posible que los recursos con que cuenta para afrontar dichas crisis le resulten insuficientes, al punto que genere una situación de cierto riesgo psíquico, en otras palabras, que incremente su vulnerabilidad. Desde un marco psicoterapéutico, el manejo de crisis vitales supone tratamientos muy breves, debido en gran parte, a la naturaleza misma de las crisis, que son períodos cortos y de cambios profundos. Por supuesto, que en caso de emprender una psicoterapia con un analista, algunos de estos pacientes, a lo largo de estas sesiones, deciden seguir un psicoanálisis, y de esta manera tratar no sólo los problemas vinculados con ese período espinoso de su vida, sino también trabajar sobre aquellos aspectos que han determinado su dolor, malestar o sufrimiento, y lograr mejorías duraderas que impliquen verdaderos reposicionamientos subjetivos.
Aún así, el tan frecuente reproche que le se suele formular al psicoanálisis - “Es un tratamiento largo”-, es algo que podría relativizarse si se considera una de sus pilares o condiciones intrínsecas, la que se refiere a la necesidad de no descuidar el caso por caso; cuestión que constituye para un psicoanalista su verdadera brújula: atender a cada sujeto en su singularidad. En mi caso particular, he conducido algunos tratamientos de adultos relativamente cortos, como asimismo tratamientos de niños en los que solía reducir al máximo la cantidad de sesiones y evitar así que el pequeño paciente se instale en una dependencia psicoanalítica que vendría a sustituir la dependencia familiar.
En cuanto al tercer factor: el tipo de estructura o patología, es cierto que en determinados tipos de enfermedades, es más adecuado proponer, al menos inicialmente, una psicoterapia. Indiscutiblemente, el psicoanálisis es un medio formidable de apaciguar el sufrimiento, pero como toda terapéutica tiene sus límites que son inherentes a sus modos de acción. Coincido con Nasio cuando al referirse a dos de las grandes estructuras clínicas, alude a los que sufren porque un mecanismo interno se rompió – como en el caso de los psicóticos-; (con Lacan esa ruptura recibe el nombre de forclusión); y aquellos que sufren, si bien nada esencial fue alterado – como es el caso de los neuróticos-, el mecanismo interno aquí es la represión.
El psicoanálisis es sin duda el tratamiento más eficaz cuando el funcionamiento psíquico quedó intacto, pero cuando el alma ha sido quebrada, la cura analítica suele revelarse insuficiente, de modo que muchas veces se hace necesario complementarla con un tratamiento de medicamentos. Es así como la acción combinada del psicoanálisis y de la medicación se impone como la mejor estrategia terapéutica para estos pacientes.

. ¿Cómo proceder para elegir el psicoanalista que más nos conviene?

Comienzo por decir lo que creo que no es conveniente hacer, a saber: orientar la elección del psicoanalista refiriéndose a las escuelas o a las diversas corrientes psicoanalíticas. En todas las escuelas existen buenos y malos analistas. A mi entender, la calidad de la persona del terapeuta es mucho más importante que la escuela a la que pertenece.

Más allá de esta reserva, ¿cuál es entonces el mejor criterio para elegir un psicoanalista? Diré que el camino a seguir es simplemente ir y consultar al analista y –algo de capital importancia- evaluar los efectos sobre sí mismo del primer encuentro. Quizás sea necesario ver dos o tres analistas; pero no más porque puede resultar perjudicial, dado que al tercer o cuarto intento el paciente se acostumbra al relato de su historia, se vuelve insensible a ella y pierde la apuesta esencial de la entrevista inicial: la espontaneidad, a menudo mezclada con la angustia que toda experiencia nueva suscita.

El mejor criterior de elección es, pues, la impresión que me queda, a mí, futuro paciente, al salir de mi primera visita a un psicoanalista. Es necesario que me siente aliviado y confiado,

Este alivio ya se suele poner en juego en las primeras entrevistas, esencialmente por dos razones. Una tiene que ver con el efecto liberador que la palabra suscita; la otra, con ciertas condiciones intrìnsecas al psicoanálisis, como, por ejemplo, la escucha del analista - que al orientarse y poder situar los conflictos inconscientes del paciente - interveniene acotando el sufrimiento. I. Psicoanálisis <>Psicoterapias. Alcances, eficacia y limitaciones

La psicoterapia y el psicoanálisis son prácticas a menudo complementarias. La primera es una escucha que alivia al paciente y reduce transitoriamente sus síntomas. La segunda puede no sólo hacer desaparecer los síntomas, sino también modificar la personalidad del analizante. Ambos tipos de terapias – psicoanálisis y psicoterapia - se complementan, en tanto en el progreso de una cura psicoanalítica, el psicoanalista suele aplicar la primera antes de introducir la segunda.

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Existen tres niveles principales en los que descansan estas diferencias, básicamente son tres aspectos que tienen que ver principalmente con el terapeuta o analista, el paciente y la estructura clínica.

Con respecto al práctica del profesional uno de los parámetros relevantes a tener en cuenta para su diferenciación es la escucha. La escucha del terapeuta es una escucha de acontecimientos, mientras que la del analista es una escucha de conflictos inconscientes subyacentes a los acontecimientos. La primera consiste en dar sentido a los hechos relevantes y reiterativos de la vida del paciente. La segunda va más allá, dado que se intenta descubrir los fantasmas a través de los cuales el paciente reinterpreta su historia y modela su realidad presente. La mayoría de las veces, esos fantasmas se traducen en escenas imaginarias que se trata de revelar al paciente. Esto cobra una particular relevancia si se considera que – y por muy paradójico que parezca - no es la realidad lo que causa el sufrimiento, sino la interpretación que el sujeto hace de ella, la idea, el fantasma que se forja a partir de conflictos crónicos que actúan en él sin que lo sepa.

En lo que respecta al paciente, hay personas que no desean participar en un tratamiento de larga duración, debido a que su principal preocupación consiste en buscar ayuda externa para superar un período difícil de su vida, esto es lo que se suele llamarse “manejo de crisis vitales”. Se entiende por crisis vitales a los eventos que transcurren de forma más o menos normales en el desarrollo de todo ser humano, por ejemplo el casamiento, la adquisición de nuevas responsabilidades, la muerte de un ser querido, etcétera. Son momentos en los que las creencias de todo sujeto están puestas a revisión y es posible que los recursos con que cuenta para afrontar dichas crisis le resulten insuficientes, al punto que genere una situación de cierto riesgo psíquico, en otras palabras, que incremente su vulnerabilidad. Desde un marco psicoterapéutico, el manejo de crisis vitales supone tratamientos muy breves, debido en gran parte, a la naturaleza misma de las crisis, que son períodos cortos y de cambios profundos. Por supuesto, que en caso de emprender una psicoterapia con un analista, algunos de estos pacientes, a lo largo de estas sesiones, deciden seguir un psicoanálisis, y de esta manera tratar no sólo los problemas vinculados con ese período espinoso de su vida, sino también trabajar sobre aquellos aspectos que han determinado su dolor, malestar o sufrimiento, y lograr mejorías duraderas que impliquen verdaderos reposicionamientos subjetivos.

Aún así, el tan frecuente reproche que le se suele formular al psicoanálisis - “Es un tratamiento largo”-, es algo que podría relativizarse si se considera una de sus pilares o condiciones intrínsecas, la que se refiere a la necesidad de no descuidar el caso por caso; cuestión que constituye para un psicoanalista su verdadera brújula: atender a cada sujeto en su singularidad. En mi caso particular, he conducido algunos tratamientos de adultos relativamente cortos, como asimismo tratamientos de niños en los que solía reducir al máximo la cantidad de sesiones y evitar así que el pequeño paciente se instale en una dependencia psicoanalítica que vendría a sustituir la dependencia familiar.

En cuanto al tercer factor: el tipo de estructura o patología, es cierto que en determinados tipos de enfermedades, es más adecuado proponer, al menos inicialmente, una psicoterapia. Indiscutiblemente, el psicoanálisis es un medio formidable de apaciguar el sufrimiento, pero como toda terapéutica tiene sus límites que son inherentes a sus modos de acción. Coincido con Nasio cuando al referirse a dos de las grandes estructuras clínicas, alude a los que sufren porque un mecanismo interno se rompió – como en el caso de los psicóticos-; (con Lacan esa ruptura recibe el nombre de forclusión); y aquellos que sufren, si bien nada esencial fue alterado – como es el caso de los neuróticos-, el mecanismo interno aquí es la represión.

El psicoanálisis es sin duda el tratamiento más eficaz cuando el funcionamiento psíquico quedó intacto, pero cuando el alma ha sido quebrada, la cura analítica suele revelarse insuficiente, de modo que muchas veces se hace necesario complementarla con un tratamiento de medicamentos. Es así como la acción combinada del psicoanálisis y de la medicación se impone como la mejor estrategia terapéutica para estos pacientes.

Rosa Aksenchuk