viernes, 28 de diciembre de 2018

El silencio de la angustia


La epidemia silenciosa

Miquel Bassols

 El silencio de la angustia

Palpitaciones, sudor frío, escalofríos, temblores, mareo, ahogo, nudo en el estómago, sensación de locura, de muerte inminente… Son los signos más visibles del cuadro clínico denominado trastorno de ansiedad, en cuya clasificación encontramos desde el panic attack, pasando por el stress, hasta las fobias más diversas. Se ha convertido hoy en uno de los diagnósticos más comunes, asociado muchas veces al de depresión, hasta el punto que ha merecido el título de la epidemia silenciosa del siglo XXI. Tal como nos recuerdan los gestores de la salud, es hoy una de las causas más frecuentes de baja laboral. Frente a su avance, tan sutil como imparable, se ha ido desplegando un amplio arsenal terapéutico: psicoterapias de diversas orientaciones, con técnicas de sugestión, ejercicios de relajación y de respiración, de confrontación y exposición repetida al objeto temido… Todo ello acompañado de la oportuna medicación con ansiolíticos, cuyo consumo ha aumentado en las últimas décadas de modo exponencial. Resultado: si bien se consiguen por una parte algunos efectos terapéuticos, pasajeros con demasiada frecuencia, por la otra la epidemia sigue avanzando de manera impasible, desplazándose de un signo a otro, como un alien que siempre sabe esconderse en algún lado de la nave vital del sujeto para reaparecer, poco después, allí donde menos se lo esperaba.
“Ya no tengo tanto miedo a volar en avión —me decía una joven que había utilizado uno de dichos métodos—, pero ahora siento un vacío tremendo cada vez que debo separarme de mi madre”. “Es una espada invisible que me atraviesa el pecho”, me decía un hombre, y era, en efecto, una espada de sinsentido que hendía cada momento de su vida cotidiana.
Constatamos entonces este hecho: cuantos más efectos terapéuticos se intentan producir directamente sobre los signos manifiestos de la epidemia, más esta retorna con signos nuevos. Y retorna para dejar al descubierto una experiencia que transcurre en silencio, una experiencia singular e intransferible que ya desde hace tiempo se ha llamado con este término: la angustia.
La experiencia subjetiva de la angustia es, en efecto, distinta e irreductible a ninguno de los signos que intentan describirla y que sólo nos indican algunas de sus manifestaciones. La experiencia subjetiva de la angustia permanece en el silencio más íntimo del sujeto como algo indescriptible, sin concepto, no se deja atrapar por gimnasia mental alguna, por ninguna sugestión más o menos coercitiva ante el objeto que la causa. Más allá de los signos en los que se expande la epidemia silenciosa, el silencio de la angustia es, él mismo, un signo fundamental que recibe el sujeto desde su fuero más íntimo con estas preguntas: ¿qué quieres? ¿qué eres finalmente, tanto para aquellos a quien quieres como para ti mismo, una vez confrontado a ese silencio que te agita ensordecedor? El signo de la angustia toma entonces un valor de agente provocador, de esfinge que plantea a cada sujeto la pregunta más certera sobre su ser y su deseo. Tantos ideales largamente sostenidos y esa pregunta había quedado enterrada bajo su excesivo ruido.
La angustia se manifiesta entonces como el signo de un exceso, de un demasiado lleno en el que vive el sujeto de nuestro tiempo, inundado por la serie de objetos propuestos a su deseo. Es el signo de que hace falta un poco de vacío, de que hace falta la falta, como decía hace tiempo el psicoanalista Jacques Lacan en su seminario dedicado por entero a ese extraño afecto, La angustia.
Es interesante subrayar que la ciencia de nuestro tiempo ha detectado este exceso por su otra cara, más bien como un defecto, como una insuficiencia. Lo ha detectado en el denominado retraso genómico del ser humano, como la razón última de los crecientes signos de su ansiedad. ¿En qué consistiría este retraso? La civilización humana habría transformado el mundo con tal rapidez que nuestro soporte genético no habría dispuesto de tiempo suficiente para adaptarse a él. El reloj de nuestro organismo tendría así un retraso genético, anclado como estaría en sus respuestas a una realidad que ya no existe. Diremos por nuestra parte que sólo puede entenderse este retraso si lo consideramos con respecto al tiempo subjetivo que podemos definir como el tiempo de lo simbólico, el tiempo de una civilización que exige una satisfacción inmediata de las pulsiones, el tiempo de un mundo que exige cada vez más rapidez, más satisfacción inmediata, siempre un poco más… “Dios mío, dame un poco de paciencia, ¡pero que sea ahora mismo!”, decía una historia que sigue la misma lógica que el sujeto que llega hoy angustiado a nuestras consultas. Este rasgo de urgencia temporal, de ahora mismo, tiene su traducción en un rasgo espacial, en un demasiado lleno. La realidad de la angustia es así una realidad a la que parece faltarle el vacío necesario para que este exceso no termine con su propia existencia, con su cohorte de objetos virtuales donde todo debe estar al alcance de la mano, sí, ahora mismo.
Deberíamos entender entonces el efecto llamado retraso genómico más bien como un efecto invertido de este exceso, producto él mismo de nuestra civilización, de su maquinaria simbólica. Es a este exceso de ruido al que responde el silencio ensordecedor de la angustia de un modo singular en cada sujeto. Y ante él, parece tan inútil huir como intentar adaptarse con formas más o menos coercitivas, más o menos sugestivas, que lo desplazan siempre hacia otro lugar.
La angustia, inevitable, hay que saber atravesarla tomándola como signo de la pregunta radical del deseo de cada sujeto sobre el sentido más ignorado de su vida. Pero para responder a esta pregunta, primero hay que saber dar la palabra al silencio de la angustia, hay que hacerla hablar en cada sujeto, uno por uno. Cosa nada fácil en un momento en el que sobran consignas y protocolos para silenciarla de nuevo. Solamente desde ahí, sin embargo, la angustia nos librará el sabio secreto del que es respuesta, aunque siempre sea con su tiempo de urgencia precipitada.
(2012)
El grito Munch
El grito – Edvard Munch, 1893
Miquel Bassols
Es psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, vicepresidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y autor de ‘Llull con Lacan. El amor, la palabra y la letra en la psicosis’ (Gredos, 2010), ‘Lecturas de la página en blanco’ (Miguel Gómez Ed., 2011), ‘Tu yo no es tuyo. Lo real del psicoanálisis en la ciencia’ (Tres Haches, 2011)

Fuente:
Publicado en  La Vanguardia
Publicado en Desescrits

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Publicado por

Mercedes Ávila

Psicoanalista. Escritora. Nació en la ciudad de Posadas. Actualmente reside en la ciudad de La Plata, Buenos Aires.

12 comentarios en “La epidemia silenciosa”

  1. Es excelente, y con una claridad contundente, sobre todo el trabajo sobre el tiempo psíquico articulado a la maquinaria contemporánea simbólica, articulado al “retraso genómico”, resultante del trastorno de ansiedad y del “lleno” actual donde la falta falta, y su consiguiente angustia.
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    1. Considero que hay una urgente necesidad de lograr una completud, una omnipotente premura por “taponar” los espacios vacíos en la cadena del tiempo subjetivo. Hoy, aquí, ahora, sin hendiduras, sin grietas, todo perfecto, como una porcelana que reflejara la perfección, donde nada falta, donde todo construye un círculo perfecto…
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      1. En algo me puedo encuadrar pero no en lo que yo siento: irritable mi carácter y personalidad muy reactiva, impulsiva y violenta. O bien lo que siento es la respuesta de todo eso junto. Aún no me lo han manifestado los profesionales que me tratan. Creo que pasa por ponerse un límite uno mismo y actuar con respeto teniendo como punto de partida los valores con los que nos formaron, reconociendo lo bueno y lo malo de nuestro proceder
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  2. Me parece como importante sobre el tema de la angustia que Miquel no lo menciona es que la angustia es un llamado al Otro, porque el no sabe que le pasa, que quiere, que desea, que proyecta de su vida para su futuro es un tema interesante para ser estudiado y que va acompañado a otras patologias que siempre nos consultan.-
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  3. MUY BIEN ESCRITO, MUY CLARO PERO ¿Es realmente la solución del problema combatir el síntoma ? No debemos volver a el viejo método de conocer la causa histórica de la angustia y erradicarla de allí, sino volverá vez tras vez disfrazada de no importa qué.
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    1. ME PARECE Q LA ANGUSTIA EXISTENCIAL SIEMPRE HA ESTADO, LOS TIEMPOS Q VIVIMOS Y SU OMNIPOTENTE TECNOCRACIA MAS EL APAGON CULTURAL HA GENERADO UNA SOCIEDAD MEDIOCRE DE FETICHES, Q JAMAS PODRAN MITIGAR ESTA ANGUSTIA, EL CUERPO A SIDO COMPULSIONADO A IR MAS RAPIDO Q EL ALMA Y ENTONCES, LA ANGUSTIA ES UNA FORMA DEL RECLAMO DEL ALMA PRA APACIGUARNOS, NO CREO EN EL RETRASO GENOMICO, CREO MAS BIEN EN EL RETRASO COGNITIVO Y MAS AUN AFECTIVO EN Q ESTAMOS COMO HUMANIDAD
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    2. No Mabel, lamentablemente la angustia crónica, acompaña desde la mas primera infancia y hasta podría arriesgar, se gesta desde el embarazo mismo. No pude ponerse en palabras, es preverbal y tampoco puede explicarse como consecuencia de un episodio puntual de la vida, o en una etapa determinada. Con el paso de los años, solo van cambiando los múltiples síntomas por donde se expresa. Para poder convivir con ella, un psiquiatra debe indicar ansiolíticos y monitorear al paciente. El psicoanálisis, ha descripto la génesis, síntomas y sus características, pero difícilmente se logre por este método una remisión definitiva. Si, a través de la catarsis, se puede atravesar por períodos de menor malestar, pero no se llega a la cura definitiva.
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  4. Esta muy bueno y claro, pero yo agregaría o sumaría a esa urgencia de la que habla….la falta de un recurso para poder hacer con la angustia, digo algo que en un corto lapso del tiempo nos devuelva la paz a pesar de la angustia, saber hacer con y sin…..sería…..no con urgencia pero tampoco que nos lleve tanto tiempo que no podamos verlo…….poder sanar antes de tiempo……
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lunes, 27 de agosto de 2018

Asuntos Pendientes




“Para mí, esta canción es un Canto a la Vida y una obra de Arte”. D.S.G.

 
 https://www.youtube.comwatch?v=cYAjUJ-mOP4
Miré dentro y pensé que algo debe cambiar,
No puedo caminar con rencor en la piel y en los ojos la sal.
Confiar otra vez en la humanidad,
Disfrutar de tus besos, oler en tus manos toda tu bondad.
Lo cierto es me hiciste mal,
Lloré ríos, bebí crueldad.
Me equivoqué, no supe amar,
Quiero aprender, andar en la verdad.
Encontrar la razón de las horas perdidas,
Entender el perdón como un gesto de amor para toda la vida.
Aceptar que hoy es hoy y que ayer fue pasado,
Que aprender a vivir es saber descubrir que el futuro está actuando.
Olvidar el dolor de palabras hirientes
Y cambiar la razón ojos que no te ven corazón que te siente.
Entregarme a la luz cuando llegue el momento
Y buscarte en mi alma, encontrarte,
Saber y sentir que no tengo asuntos pendientes.
Asuntos pendientes…
No quiero que me duelas más,
Ni esperar nunca nada de ti.
Quererte así sin disfrazar.
Dejando a un lado el mal que viví…
Encontrar la razón de las horas perdidas,
Entender el perdón como un gesto de amor para toda la vida.
Aceptar que hoy es hoy y que ayer fue pasado,
Que aprender a vivir es saber descubrir que el futuro está actuando.
Olvidar el dolor de palabras hirientes
Y cambiar la razón ojos que no te ven corazón que te siente.
Entregarme a la luz cuando llegue el momento
Y buscarte en mi alma, encontrarte,
Saber y sentir que no tengo asuntos pendientes.
Asuntos pendientes…

 
Rozalén , Abel Pintos

jueves, 23 de agosto de 2018

Duelo para Freud y Lacan




 Se propone hablar de función subjetivante en el duelo en lugar de "trabajo de duelo", porque la misma atañe a la posibilidad de traducir lo que se pierde en formas discursivas subjetivas y colectivas.
Tanto Freud como Lacan sostienen que habría duelos "normales" y duelos "patológicos", aunque ni uno ni otro plantea una correlación entre duelo "normal" y subjetivación o duelo "patológico" y desubjetivación. Nos preguntamos si es posible aún dividir las aguas en "duelos normales" y "duelos patológicos" o, si mejor sería vincular los duelos desubjetivados al phatos, al sufrimiento. Así, propondremos que un duelo subjetivado deja como saldo mayor pacificación de la subjetividad y los duelos desubjetivados dejan como saldo mayor pathos, más sufrimiento.
Ambos autores dicen que la muerte confronta al deudo en un estado de indefensión (Freud) con el vacío de la inexistencia del Otro (Lacan) y proponen algún encuentro con la angustia.  El acting out es una de las respuestas más frecuentes en las inmediaciones de las pérdidas - dado el encuentro con la angustia - razón por la que plantea la necesidad de los rituales y del "tiempo del duelo". acting out es una forma “mostrativa” de presentación del padecimiento, que se caracteriza por su condición desafiante para el analista, quien puede extraviarse fácilmente con aquello que se muestra de un modo facilitado.
Asimismo, como formación que llama al Otro, y le expone una verdad, la presentación del acting out declara, al mismo tiempo, que no se trata de aquello que se muestra. En la conducta inmotivada el analista encuentra un signo, un índice de otra cosa, que se monta no sólo para despistar, sino para vaciarse y remitir a un modo privilegiado de presencia (no objetiva).
En la clínica: psicólogos y psicoanalistas nos encontramos con pacientes invadidos por la angustia que provoca la muerte de seres queridos. Estos fenómenos, se muestran por ejemplo, en las versiones de inhibiciones, pérdida de capacidad de amar, anorexias, bulimias, fobias, neurosis de borde, adicciones, actuaciones suicidas y homicidas (abiertas o encubiertas, a veces, disfrazadas de accidentes), sometimientos, autoacusaciones, violencias contra sí mismo o contra otros, que muchas veces revelan ser dificultades del reconocimiento y subjetivación de los duelos.
Son las conceptualizaciones de Lacan sobre el sujeto del inconciente las que nos llevan a reflexionar sobre la subjetivación en los duelos como posibilidad de ir más allá de aquellas propuestas para pensar en la recomposición subjetiva luego de la irrupción traumática por la muerte de un ser querido .
En el mundo moderno , se producen cada vez más sujetos sin recursos simbólicos para recomponer sus vidas subjetivas, el lazo social y la transmisión simbólica hacia las generaciones venideras. Las muertes no son acompañadas desde los mitos y ritos que antes proponía el Otro y se deja a los deudos solos con sus muertos. El pasaje al acto suicida u homicida, los silenciosos duelos impedidos de los deudos y sus caídas en pasajes al acto, adicciones, locuras etc. vienen en el lugar de la respuesta. 

Tanto Freud como Lacan sostienen que habría duelos "normales" y duelos "patológicos", aunque ni uno ni otro plantea una correlación entre duelo "normal" y subjetivación o duelo "patológico" y desubjetivación.
Nos preguntamos si es posible aún dividir las aguas en "duelos normales" y "duelos patológicos" o, si mejor sería vincular los duelos desubjetivados , al sufrimiento. Así, propondremos que un duelo subjetivado deja como saldo mayor pacificación de la subjetividad y los duelos desubjetivados dejan como saldo mayor pathos, más sufrimiento.
Ambos autores dicen que la muerte confronta al deudo en un estado de indefensión (Freud) con el vacío de la inexistencia del Otro (Lacan) y proponen algún encuentro con la angustia. .Es por ello que, para Lacan, el acting out es una de las respuestas más frecuentes en las inmediaciones de las pérdidas - dado el encuentro con la angustia - razón por la que plantea la necesidad de los rituales y del "tiempo del duelo".
La angustia deberá transmudar en dolor y en duelo, lo que hará posible algún camino hacia la subjetivación en los mismos. Convirtiendo la angustia en dolor, (tanto Freud como Lacan diferencian la angustia del dolor) permitirá al sujeto: Encontrar una significación sobre su lugar en relación al objeto perdido. Esto podrá dar lugar al síntoma, a las formaciones del inconsciente, a las identificaciones (como efectos de significación), o al acto sostenido desde el fantasma. A veces, se soporta el vacío mismo y desde allí se crea. (Madres de Plaza de Mayo).
Pero frecuentemente en los caminos del duelo, el sujeto transitará por los bordes de 
la tentación a ofrecerse él mismo a fin de evitar el encuentro con el desamparo que supone el reconocimiento de la muerte del prójimo, por lo que es común, durante los duelos, la muerte del deudo. Sea por "accidentes", "suicidios disfrazados" o francos (Lo que llamamos duelos desubjetivados).
 
Será en este siempre difícil tránsito que se podría pensar en la subjetivación del duelo: que el sujeto (deudo) pueda reconocer, luego de ese pasaje, las marcas que esa muerte dejó en él y restablecer el lazo con la memoria del muerto, con su filiación, por lo tanto, con el tejido social.
Del recorrido expuesto se desprende el otro problema derivado en relación al tema: la desubjetivación del duelo y sus consecuencias en la subjetividad del deudo y en el tejido social, ya que las consecuencias de tal desubjetivación devastan la condición humana. El frágil límite entre lo significable y lo irrepresentable, lo imposible de significarse, se rompe, lo que no puede ser sin consecuencias para la sociedad.

Freud interroga a propósito del duelo en su texto "Duelo y melancolía", no sólo por la importancia de a quien pierde el sujeto, sino qué pierde de él en esa pérdida. Cuestión crucial para la subjetividad en el duelo, ya que en él algo de la subjetividad queda modificado, desgarrado, desmembrado, roto. De allí la importancia de trabajar el lugar de la subjetividad en el duelo y de la posibilidad de que el sujeto pueda reconstruir lo que de él queda dañado. Esta cuestión está clara en Freud, porque si bien no nombra la subjetivación, alude sin duda a la función subjetivante en el duelo, que se ve dificultada en la melancolía. Son los desarrollos de Lacan en torno al sujeto los que nos permiten sostener la importancia de la función de subjetivación del duelo.La melancolía o la no función del objeto a. Esta función subjetivante del duelo, se ve dificultada en la melancolía. Como distinguía Freud en ella no se trata de a quién perdió el sujeto, sino qué perdió en esa pérdida. En la melancolía el desalojo estructural que padeció el sujeto en tiempos instituyentes convierte a la herida del duelo en mortífera. No opera la función del duelo, podemos decir que no sana la herida, producto del rechazo –no se trata de una renegación– de la pérdida, por no contar con la falta originaria precursora de lo que causa al sujeto.
A las características típicas de los duelos, en la melancolía se suma, como describía Freud, la disminución del amor propio o como traduce Etcheverry, la rebaja del sentimiento de sí. Podemos atribuir esa disminución del amor propio que se traduce en autorreproches y acusaciones, a una falla en la constitución narcisística. En el manuscrito G precisamente había definido la melancolía como un duelo por la pérdida de libido. Frase que alude a la ausencia de apetito propio de las anoréxicas melancólicas, en las que la sombra del pasaje al acto asola permanentemente.
Cuando al final del seminario sobre La angustia, Lacan habla de la melancolía y del ciclo manía-melancolía, describe que en este ciclo, a diferencia del que se cumple en el del duelo-deseo, no hay función de objeto a, sino identificación al a como desecho o resto. Por eso es tan frecuente que en el pasaje al acto súbitamente el sujeto se arroje despedido por una ventana. Manifestación de que la pulsión no ha sido procesada por el fantasma, y este fracasa como sostén del deseo. A lo mortífero de la pulsión, es a lo que se identifica el sujeto.

El sujeto, en el duelo por la muerte de personas queridas, es asediado por lo traumático, ante ese golpe se desarma la trama significante que sostiene su escena del mundo y a su propia subjetividad. La trama significante rompe su encadenamiento, y el sujeto en duelo queda vaciado de significantes para enfrentar el agujero de la embestida traumática. De allí que es muy importante la función subjetivante en el duelo, que tiene que ver con la posibilidad de cada sujeto de rearmar su escena del mundo, su trama significante, sus recursos simbólicos e imaginarios para hacer frente a la embestida de lo real que la pérdida - la muerte de una persona querida - ocasionó. La factible recomposición significante, en el duelo permite el pasaje del campo de lo traumático (de la compulsión de repetición), a la posible reinscripción de la falta entretejida por el conjunto significante. En suma el vaciamiento del goce que cada duelo puede producir en el deudo, para arribar al deseo. Y decimos "posible" porque no siempre esto se logra, quedando muchas veces el saldo de la desubjetivación, la pérdida de la subjetividad tal como ocurre en el pasaje al acto.
También Lacan se ocupa al tratar la cuestión del duelo no sólo a quien pierde el sujeto, sino qué pierde de él en esa pérdida. Aborda esto en la clase del 30 de enero de 1963 cuando afirma "Sólo estamos de duelo por alguien de quien podemos decirnos Yo era su falta" (Lacan. 1963, p.155). Es decir que sólo es posible hacer duelo por aquel cuya falta fuimos y cuyo deseo causamos, en suma, Lacan se interesa por la subjetividad del duelante, por el impacto en el duelante de la pérdida no sólo del ser querido, sino algo de sí que se pierde en el duelo. Por eso quien está de duelo, efectúa su pérdida con "un pequeño trozo de si" (Allouch, 1995, p. 10). Un sujeto en duelo sufre siempre un colapso traumático y queda expuesto a lo real. Su trama significante se rompe y no hay inmediatas respuestas desde lo imaginario-simbólico, por eso un sujeto en duelo se queda muchas veces no sólo sin palabras, queda vacío. Tal como decíamos más arriba la posible recomposición significante. Conviene aquí destacar que para Lacan la subjetivación sólo puede lograrse por la apelación al significante, lo que le permite afirmar en 1961 en el Seminario de La transferencia que para subjetivar es preciso que algo se signifique para el sujeto y para ello es necesario encontrar un lugar traducible en el Otro (seminario VIII, clase 5 de abril de 1961), donde dice "para que algo se signifique es necesario que sea traducible en el lugar del Otro". Ponerlo en palabras y acción.
Para subjetivar un duelo es necesario que, como dice Lacan en el seminario VIII, lo que se pierde pueda ser traducible en formas discursivas subjetivas y colectivas, para lo cual planteamos que es preciso la articulación de lo público, de lo privado, y de lo íntimo.
Pasar lo real - el campo de lo traumático - a la posible reinscripción de la falta en tanto simbólica, lo que admitirá que el sujeto vuelva a encadenarse en la cadena significante y pueda representarse en la misma y en el lazo social.
La creatividad y la sublimación deben alcanzarse.
Planteamos que para que se produzca la función subjetivante en el duelo es preciso que el Otro Social, lo público, sancione la muerte y legitime con los medios que dispone (Sistemas de la Lengua, Jurídico, Político, Religioso...) el lugar del deudo como tal. Esto le permitirá transitar los tiempos del duelo, permitiéndose en lo privado, los amarres y separaciones necesarios con el ser querido muerto para que en lo íntimo éste pueda inscribirse de otra manera. El deudo no será nunca el mismo antes y después de la subjetivación del duelo. De allí que lo público aportará los recursos simbólico - imaginarios para contornear lo real del trauma y traducir - o sea - significar lo que el deudo perdió con su muerto querido. El resultado de este movimiento enlaza a los humanos con el único lazo posible: el lenguaje. Por esto es preciso que cada muerte sea contabilizada, contada (numerada y relatada) para entrar en el lazo social con los semejantes, con el muerto y con la descendencia. El muerto abonará el fantasma del deudo y lo que sobre él se edifica: formaciones del inconciente, identificaciones, objetos sustitutos, amores etc. en fin, dejará una marca en su trama subjetiva, pero también, cada duelo dejará algún resto incontorneable e incurable. La función subjetivante en el duelo dejará un resto fallido, por estar - como dijimos - montada sobre la función siempre errante de las palabras.
Cuando el sujeto no sólo no logra tejer en la malla significante lo que perdió con el muerto sino que puede perderse él mismo. El ofrecimiento sacrificial de la vida misma, con el rostro de "accidentes", suicidios abiertos o encubiertos; golpes de angustia, o pasajes al acto hablan de la imposibilidad de significar lo perdido.

Podríamos apelar aquí a innumerables ejemplos, pero vamos a citar uno de nuestra clínica, donde podremos situar la función subjetivante del duelo como resultado de la articulación de lo público, lo privado y lo íntimo.

"...cuando el paranoico señala a una persona de su círculo de relaciones como su perseguidor, con ello la eleva a la serie paterna, la pone en condiciones que le permiten hacerla responsable, en su sentir, de toda su desdicha..."
 Para subjetivar un duelo es necesaria la articulación de lo público, de lo privado y de lo íntimo. (De las lenguas, de sus prácticas y de sus marcas) 
Lo humano se diferencia de lo animal por estar moldeado, atravesado por los discursos que lo anteceden y lo fundan, pero también por habitarlos, por construirlos, por modificarlos. Esto porque esos discursos no sólo son palabras que emiten un mensaje o posibilitan la supervivencia biológica sino que, ese decir trenza, enhebra el deseo inconsciente, que es propiamente humano o subjetivo. Gestos, hábitos, miradas, estilos... trasmiten de generación en generación y de semejante a semejante algo desconocido y propiamente subjetivo: un plus, una diferencia, algo que falta y se desconoce, y que hace de esa mirada, de ese gesto, un gesto que dice algo: mirada de odio, de enamorado, de indiferencia... gesto de asco, de negación etc. Una receta de cocina, o un oficio trasmitido de un padre a un hijo lleva en él mitos, historias, relatos; incluyen al hijo en una serie generacional y a la vez tiene la condición que el hijo no va a repetir, de manera igual, ni la receta ni el oficio, sino que, al apropiarse de ellos, hará algo nuevo, creativo. Esto hace a la singularidad de cada sujeto a la vez que lo incluye en una filiación, en una serie generacional. Esto es propio de la condición humana, de la subjetividad.


Dada la división estructural del sujeto, éste no abandona fácilmente su lazo con el muerto. Lo alucina, habla con él y de él, lo incluye en su vida cotidiana y su falta deja un agujero "presente" durante mucho tiempo. Su interlocución tiene particularidades: Singulariza al deudo y al muerto. Tiñe de peculiaridades los cementerios, los obituarios, los recordatorios a los muertos. Todos son modos en que el deudo incluye en su subjetividad lo real, lo indecible de la muerte. El deudo habla de mi muerto.
"Quedo, con tu muerte, loca". Hay que llevar esa locura a algún lugar comunicable, traducible, interpretable. A meter eso que estallaba y empujaba a hacer lo mismo que su padre, a un lugar de palabras, de textos, enmascarado, que le funcione como respuesta posible. . El acting out - como llamada desesperada, pero llamada al fin al Otro – en la locura tendría su lugar.
 Los muertos de cada deudo no dejan de habitar el mundo - simbólico - de los vivos. Pero, como veremos - en la desubjetivación - tampoco dejan de habitar el mundo de otros modos: lo que planteamos como padecimientos, pathos, angustias, suicidios u homicidios, adicciones, violencias... son maneras de conservar al muerto y a la muerte, pero silenciosa y coactivamente.
ante la muerte de un ser querido, lo que se pierde - como dijimos - no es sólo al que acaba de morir, sino lo que el sujeto era en presencia del extinto, es decir que lo que se pierde es una parte mía que tuvo que ver con el muerto, aquello que Lacan llamó objeto causa de deseo.

Dice Lacan que en el fondo de todo duelo hay una "ofensa inexpiable" (Lacan, clase 22/04/59: inédito); Freud habla de "ambivalencia en los sentimientos" hacia el muerto, cosa que desarrolla en los textos que refieren a la muerte de los seres queridos. El duelo es, entonces, una producción humana ante la muerte que enmascara y permite contabilizar el paradojal lazo con el extinto.
Vale citar nuevamente a Lacan: "... el duelo en Hamlet no nos permite ocultar que, en el fondo de ese duelo, hay un crimen.(de el hacia su padre). Ese velo se llama en Jones el odio".
Tanto Freud como Lacan proponen que se está en duelo por aquel a quien faltamos, a quien, por haber amado-odiado -porque el amor es ambivalente - deseamos algún mal. Falta, entonces. 
En su versión culpable.






 Dedicado a mi Hija M.V.R.


Lic. Diana S. Gurny citando textos de E. Elmiger , S. Freud, J. Lacan.






Referencias

Allouch, J. (1995). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Buenos Aires, Argentina: Literales.

Freud, S. (1988). Tótem y Tabú (Obras Completas). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. (Originalmente publicado en 1913).

Gerez Ambertín, M. (1999). Imperativos del superyó. Buenos Aires, Argentina: Lugar.

Gerez Ambertín, M. (2008). Entre deudas y culpas: Sacrificios. Buenos Aires, Argentina: Letra Viva.

Lacan, J. (1959). El Seminario: Libro VI: El deseo y su interpretación. Sesión de 22/04/59. Inédito. Versión de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Lacan, J. (1964-65). Seminario XII: Problemas cruciales para el psicoanálisis. Sesión del 16/12/64. Inédito. Versión de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Lacan J. (1990). Seminario VII: La ética. Buenos Aires, Argentina: Paidós. (Originalmente dictado en 1959-60).

Lacan, J. (2003). Seminario VIII: La Transferencia. Buenos Aires, Argentina: Paidós. (Originalmente dictado en 1961).

Lacan, J. (2006). Seminario X: La Angustia. Buenos Aires, Argentina: Paidós. (Originalmente dictado en 1963).

Legendere, Pierre (2008). Lo que Occidente no ve de Occidente. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. (Publicado originalmente en 2004).

Ravinovich, D. (1993). La angustia y el deseo del otro. Buenos Aires, Argentina: Manantial.