miércoles, 22 de febrero de 2017

De un discurso que no seria del Semblante



El presente trabajo procura cernir la categoría de semblante en la enseñanza de Lacan. Se articula tal categoría a su lugar en los discursos.  Se  delimita  su  relación  con  el  cuerpo,  y  se  especiica  su  papel  en  encuentro  entre  los  sexos.  Por  último,  se  sitúa  el  modo  en que Lacan asimila a esta categoría al objeto a. Este recorrido se propone  como  una  cuestión  preliminar  a  una  articulación  posible  entre la categoría de semblante y la posición femenina.
El presente trabajo se propone delimitar la categoría lacaniana de semblante. En un trabajo posterior[i] propondré una articulación entre esta categoría y las posiciones femeninas.
Introducción al semblante. La categoría de semblante es propuesta por Lacan en el  seminario 18.
 Recordemos que, en el seminario anterior, Lacan había presentado sus cuatro discursos. En el lugar
del  agente,  ubicará  en  este  seminario  al  semblante.  Dirá  que  el  semblante es inherente al discurso, entendido este como un modo de regular el lazo social:
“Todo lo que es discurso solo puede presentarse como semblante, y nada se construye allí sino sobre la base de lo que se llama significante” (Lacan 1971, 15)
Como  destaca  Miller  (Cf.  Miller  1991-92,  10-12),  el  semblante  como categoría deja de su lado a lo simbólico junto a lo imaginario, quedando lo real por fuera. Si bien en una lectura posible, el semblante  es  aquello  que  se  opone  a  lo  real,  sería  más  preciso  decir  que  el  semblante  se  presenta  como  un  velo,  punto  de  detención 
en la vía hacia lo real. Miller describe metafóricamente la relación entre semblante y real en estos términos:
“El  semblante  propiamente  dicho  resulta  de  lo  simbólico,  del  esfuerzo, incluso filosófico, por aprehender lo real. Y es que partiendo en busca de lo real, como Colón en busca las Indias, lo simbólico encuentra, si me permiten la metáfora, la América del semblante, de ese semblante que es el ser, y fracasa, si se quiere, cuando no reconoce, justamente, ese fracaso ” (Miller 1991-92, 118)Lacan especifica que esta categoría guarda una relación particular con la verdad, cuya estructura -manifestó Lacan repetidas ocasiones- es de ficción:“El semblante no es solo situable, esencial, para designar la función primaria de la verdad, ocurre que sin esta referencia es imposible calificar lo relativo al discurso” (...) “La verdad no es lo contrario del semblante. La verdad es esa dimensión o demansión (...) que es estrictamente correlativa del semblante. La demansión de la verdad soporta el semblante. Algo se indica, pese a todo, del lugar a donde quiere llegar ese semblante” (Lacan 1971, 24-26)
Para orientarse aquí hay ubicar el lugar de la verdad en sus cuatro discursos; justamente el que está por debajo del semblante -es decir, en términos del seminario 17, del lugar del agente-. Por lo tanto, ambos se articulan en la producción de un discurso. La verdad entonces condicionada por el lugar del semblante, siendo su reverso: si el semblante es lo que se da a ver, la verdad quedará -debajo de la barra- en el lugar de lo que se juega a ocultar: si la impostura es el  semblante  masculino,  su  verdad  es  la  castración.  Toda  verdad  está entonces ligada a un semblante del cual es su contracara. No es posible acceder a la verdad de quien sostiene una posición si no es por la vía de un semblante del cual parte un discurso.Lacan aclara que el semblante no es un artificio, ya que es situable en la naturaleza. En tal sentido afirma que “todo discurso que evoca la naturaleza nunca hizo más que partir de lo que en ella es semblante. Porque la naturaleza está llena de semblantes” (Lacan 1971, 15). Alude aquí al trueno, al meteorito, al arcoíris. Es interesante la referencia al arcoíris: algo se presenta ante la mirada allí donde no hay nada. Luego se refiere al cortejo animal. Evoca entonces, todo lo que de la naturaleza implica la concreción de una gestalt imaginaria, de manifiesto, visible. Su articulación con la verdad y la naturaleza nos indica que el semblante es aquello que se da a ver, que se muestra. Por ello, lo articulará también con el acting out:el acting out (...) consiste en hacer pasar el semblante a la escena, en  montarlo  a  la  escena,  en  hacer  de  él  ejemplo.  He  aquí  lo  que  en  este  orden  se  llama  acting  out.  También  lo  llamamos  pasión.” 
(Lacan 1971, 32)
En el seminario 10 Lacan había destacado el carácter mostrativo del acting out.  Si el semblante es lo que se da a ver, el semblante en el acting  pasa a primer plano.El semblante da cuerpo al discurso. No deja de llamar la atención el  título  que  otorga  Lacan  a  su  seminario  de  1971:  De  un  discurso que no sea del semblante .Respecto del sintagma “discurso del semblante”, precisa que: “Aquí del semblante  no es semblante de otra cosa, se lo debe tomar en el sentido del genitivo objetivo. Se trata del semblante como objeto propio con el que se regula la economía del discurso” (Lacan 1971, 18). Con el semblante, dice Lacan, se regula la economía del discurso. El genitivo objetivo supone que el discurso está hecho de semblante, mientras que el genitivo subjetivo implicaría que el discurso es algo que pertenece al semblante. Lacan evalúa esta segunda posibilidad:“¿Diremos  también  que  es  un  genitivo  subjetivo?  ¿Acaso  el  del semblante concierne  así  mismo  a  quien  sostiene  un  discurso?  La  palabra subjetivo debe rechazarse aquí por la sencilla razón de que el sujeto no aparece más que una vez instaurado en alguna parte el enlace entre los significantes. Un sujeto no podría ser más que el producto de la articulación significante. Un sujeto no domina nunca en ningún caso esta articulación, sino que está por ella, hablando con propiedad, determinado” (Lacan 1971, 18)El sujeto es un efecto de la articulación significante. Por lo tanto la posición  subjetiva,  está  determinada  por  un  discurso.  Leemos  tal  posición subjetiva en el decir de un parlêtre, de un ser hablante. La economía  misma  del   discurso  está  regulada  por  un  semblante.  El  semblante regula la producción de un discurso que tiene por efecto un sujeto. No hay discurso que no sea de semblante, mientras que
la inversa no se sostiene; hay semblantes que no son de discurso (ya que la naturaleza está colmada de ellos).
¿Qué es el semblante? Estas coordenadas nos orientan, pero aún no nos dicen mucho respecto de que entendemos por semblante. Ya concluimos que el semblante lacaniano es aquello que se da a ver. Según el diccionario de la RAE, por un lado, el término nos remite a lo parecido, semejante. A lo que parece pero no es. Por otro, a la representación de algún estado de ánimo en el rostro, y más ampliamente, el rostro humano.Entendemos que Lacan lo extiende la representación del cuerpo: el semblante es el cuerpo en lo que tiene de representación. El cuerpo parece algo que no es (aquí tenemos toda la vertiente de su unidad imaginaria, que vela el organismo) y es soporte de un discurso, que está  regulado  por  el  semblante  que  lo  soporta.  Que  un  discurso  este  regulado  por  un  semblante,  quiere  decir  entonces:  regulado  por el cuerpo que hace de soporte a ese discurso. A partir de sostener un discurso, un cuerpo se subjetiva: la posición subjetiva es entonces  un  efecto  del  semblante.  El  semblante  como  categoría  tiene  relación  con  el  soporte  corporal  que  da,  justamente,  cuerpo  a un discurso.Señalemos que la relación entre semblante y cuerpo que nos hemos ocupado de poner en relieve, es explícita en seminarios posteriores de Lacan. En el seminario 19  sitúa que el analista, “en cuerpo” (jugando con el equívoco entre en corps y encoré ) instala el objeto a  en el sitio del semblante, para aludir luego a “el semblante del cuerpo” (Lacan 1971-72, 226-227). Finalmente, en el seminario 22 , afirma que “el cuerpo hace semblante, semblante por el que se funda todo discurso” (Lacan 1975).Entonces, el semblante implica tener en cuenta que un cuerpo es soporte de un discurso. Que “lo regula” quiere decir que “lo condiciona”. Lo que es una evidencia de la vida cotidiana. El semblante condiciona la palabra emitida: la carga de seguridad o timidez, efusividad  o  calma,  etc.  Y  marca  si  quien  habla,  por  ejemplo,  se identifica como hombre o como mujer (y si rechaza tal división). En definitiva, el cuerpo es aquello que el discurso habrá de subjetivar. Hombre  y  mujer,  dos  semblantes. El  lugar  del  semblante  en  el  encuentro entre los sexos encuentra su antecedente en “La signiicación del falo”. El falo es en sí mismo un semblante: teniendo su sustrato corporal, es aquello que se da a ver por la vía de un tener o un ser que es siempre un parecer . Como elemento tercero, irrealiza la relación entre los sexos, al funcionar de intermediario. Este pa-recer  da al encuentro entre los sexos su carácter de escenificación  .En el seminario 18 , Lacan concluye explícitamente que la identidad sexual es un asunto de semblantes:“lo que define al hombre es su relación con la mujer, e inversamente. (...) Para el muchacho, se trata en la adultez de hacer de hombre. Esto es lo que constituye la relación con la otra parte. (...) Uno de los correlatos esenciales de este hacer de hombre es dar signos a la muchacha de que se lo es. Para decirlo todo, estamos ubicados de entrada en la dimensión del semblante.” (Lacan 1971, 26)
Se  refiere  al  cortejo  animal,  reorientando  su  afirmación  de  que  la  naturaleza está llena de semblantes. El cortejo es un juego que se juega  entre  semblantes:  en  el  cortejo  animal  se  trata  de  cuerpos  que soportan un semblante de cara al encuentro sexual. Fenómeno que Lacan extiende al ser hablante:“Es  verdad  que  el  comportamiento  sexual  humano  encuentra  cómoda  mente  referencia  en  el  cortejo  tal  como  este  se  define  a  nivel  animal.  Es  verdad  que  el  comportamiento  sexual  humano  consiste en cierta conservación de este semblante animal.” (Lacan 1971, 31)
Entonces, la dimensión del semblante está presente en todo lo que implica el encuentro con el partenaire. Lacan indica que, a diferencia del cortejo animal, este semblante en el ser hablante se canaliza en un discurso: “La única diferencia es que este semblante se vehicula en un discurso, y que en este nivel de discurso -y solo en este- es llevado Hacia, permítanme, algún efecto que no fuera del semblante.” (Lacan 1971, 31)
Primera cuestión: el encuentro sexual esta mediado discursivamente.  En  el  ser  hablante,  el  cuerpo,  es  decir  el  semblante,  vehiculiza  el  cortejo  por  las  vías  del  discurso.  Segunda  cuestión:  a  partir  del  semblante  se  produce  algún  efecto  por  fuera  del  semblante.  Es decir, real. Desde el semblante, en el acercamiento entre seres sexuados, se puede producir un efecto que no sea de semblante. Podemos  situar  en  esta  vía,  que  desde  el  semblante  femenino  es  llevado a ese efecto que Lacan denomina “goce femenino”.En esta línea, Lacan ubica el límite impuesto al discurso cuando se trata de la relación sexual:“En los límites del discurso, por cuanto este se esfuerza en sostener el  semblante  mismo,  hay  de  tiempo  en  tiempo  real.  Lo  llamamos  pasaje al acto, (...) Observen que en la mayoría de los casos el pasaje al acto es cuidadosamente evitado. Solo ocurre por accidente.”
(Lacan 1971, 32)
El semblante “pasa al acto” cuando el cortejo deviene un goce que toca lo real en el encuentro sexual. Acá leemos “se llega a él por las vías del discurso, mediadas por el semblante”. Su evitación “en la mayoría de los casos” alude a la defensa contra el goce que, con sus particularidades, conlleva toda neurosis.Más  adelante  en  el  mismo  seminario,  Lacan  destaca  el  hecho  de  que  las  posiciones  masculina  y  femenina  solo  son  concebibles  a partir  de  un  discurso.  Que,  en  definitiva,  son  hechos  de  discurso,  aun callándose:“el hombre, la mujer no necesitan hablar para estar atrapados un discurso. En tanto tales (...) son hechos de discurso (...) Es, pues, en  un  discurso  donde  los  entes  hombres  y  mujeres,  naturales,  si  se  puede  decir  así,  tienen  que  hacerse  valer  como  tales.”  (Lacan 1971, 135-136)
Queda entonces justificada la afirmación de que tanto las identidades sexuadas, como el encuentro entre los sexos, son inseparables de la dimensión del semblante.
El falo y el semblante.
 
Ya señalamos la ligación entre falo y semblante  en  cuanto  el  ser  y  el  tener,  correlativos  de  la  mascarada  femenina y la impostura masculina, son puestos por Lacan en 1958 bajo la égida de un parecer.. En el seminario 18 , puntualiza que el falo hace entrar el goce en el semblante. Es decir, lo normativiza. Anticipa así lo que ubicará como goce fálico y distinguirá del goce Otro, este último entonces no normativizado por la vía del semblante. Es decir, fuera de discurso. Lo enuncia en estos términos:“el plus-de-gozar solo se normaliza por una relación que se establece con el goce sexual, teniendo en cuenta que este goce no se formula,  no  se  articula  más  que  por  el  falo,  en  la  medida  en  que  es  su  signiicante.  (...)  El  falo  es  propia  mente  el  goce  sexual  por  cuanto está coordinado con un semblante, es solidario de un semblante.” (Lacan 1971, 33)Por  el  falo,  el  goce  sexual  está  coordinado  al  semblante.  Recorta  aquella parte del goce sexual que entra en el discurso. Por ello el varón  “se  identifica  con  sus  orgasmos”,  hace  de  ellos  semblante.  Es  decir,  pasan  del  cuerpo  al  discurso.  Cuestión  patente  en  la  impostura  masculina,  y  en  las  insignias  de  su  potencia.  Mientras  que, como declama jocosamente Lacan, sobre el goce femenino las mujeres, e incluso las analistas, hacen mutis por el foro. Este goce excede el semblante, no entra en lo “discurseable”, no hace lazo. El falo hace que el cortejo entre hombre y mujer entre por completo en el campo del semblante. Así desarrolla Lacan esta idea:“La  identificación  sexual  no  consiste  en  creerse  hombre  o  mujer,  sino en tener en cuenta que hay mujeres, para el muchacho, que hay  hombres,  para  la  muchacha.  Y  lo  que  importa  no  es  siquiera  tanto lo que ellos experimentan, es una situación real, permítanme.mbién  porque  ellas  solo  consiguen  un  pene,  y  que es fallido.” (Lacan 1971, 33)El pene aquí queda claramente dando cuenta “la verdad del semblante falo” que no es otra que la castración. Lacan remota entonces la dialéctica de l Para  los  hombres,  la  muchacha  es  el  falo,  y  es  lo  que  los  castra. Para las mujeres, el muchacho es la misma cosa, el falo, y esto es lo  que  las  castra  tao masculino y lo femenino ligada al ser y tener el falo, en términos de semblantes. Ambas posiciones dan cuenta para Lacan de los lugares de varón y la mujer en el acercamiento entre los sexos, a las puertas de la complejización de está dialéctica: cuando ubique a la mujer como no-toda tomada por el falo.
El  objeto a :  un  semblante.  Es  conocida  la  -sorprendente  en  su  momento- referencia de Lacan que en su seminario 20 articula al objeto a al semblante. Tal articulación es graficada en el esquema triangular mencionado. Allí Lacan inscribe -en un vector que va de lo simbólico a lo real- al objeto a, debajo del que escribe “semblante”. Afirma al respecto: “El amor mismo (...) se dirige al semblante. Y, si es cierto que el Otro sólo se alcanza juntándose (...) con el a , causa del deseo, igual se dirige al semblante de ser. Nada no es ese ser. Está supuesto a ese objeto que es el a.” (Lacan 1972-73, 112)
El a -afirma Lacan- es semblante del ser. A la falta en ser, efecto del significante, responde una consistencia que se extrae del cuerpo: el a , semblante del ser. En cuanto es semblante, Lacan se encarga de subrayar su afinidad con la envoltura imaginaria:“¿No habremos de encontrar aquí la huella de que, como tal, responde a algún imaginario? Ese imaginario, lo designé expresamente  con  la  I,  aquí  aislada  del  término imaginario..  Sólo  con  la  vestimenta de la imagen de sí que viene a envolver al objeto causa del deseo,  suele  sostenerse  -es  la  articulación  misma  del  análisis-  la  relación  objetal.  La  afinidad  del  a con  su  envoltura  es  una  de  las  articulaciones principales propuestas por el psicoanálisis.” (Lacan 1972-73, 112)Y más adelante, describe lo que da a ver en un esquema triangular:“lo simbólico, al dirigirse hacia lo real, nos demuestra la verdadera naturaleza del objeto a . Si antes lo caliiqué de semblante de ser, es porque semeja darnos el soporte del ser.” (Lacan 1972-73, 114)Que  semeje  dar  soporte  al  ser,  quiere  decir  aquí  que  es  su  único soporte. Es lo que hace de velo a lo real, y a su vez media un acercamiento posible a lo real a nivel del ser. Tengamos en cuenta que los otros lados del triángulo ofrecen como sucedáneo: “lo verdadero” que queda inmerso -dada su estructura def icción- entre lo simbólico y lo imaginario, y la “poca realidad” que, condicionada por la significación fálica, escapa de lo real normativizándolo. El ser no es otra cosa que semblante. Miller, en tal sentido, afirma:“Llamamos pues, objeto a, a lo que en ese desastre del sujeto que se denomina falta en ser parece dar el soporte al ser (...) No significa que este el semblante del ser y, por otro lado, el ser, sino que el problema del ser está profundamente ligado, es de la misma tela que el semblante.” (Miller 1991-92, 116)En esta línea, sitúa este ser, hecho de ese semblante que es a  , como aquello que de lo real puede entrar en el lazo con el partenaire :“el ser es justamente lo real que podría concluirse del significante. (...)  el  ser  es  la  manera  en  que  se  disfraza  lo  real  para  que  sea  presentable, para que guarde la compostura en la mesa del significante” (Miller 1991-92, 120)
Se articulan aquí entonces: el objeto a , su envoltura imaginaria, y la categoría de semblante. La “afinidad del a con su envoltura” revela  la ectopia del cuerpo respecto del organismo. Lo cual hace que el cuerpo devenga semblante. Así, el seno “se pierde” en su función orgánica de amamantar, para articularse a las imágenes y símbolos de la mujer, deviniendo semblante de objeto causa de deseo. Cuestión nos llevara a la indagación presentada en un segundo trabajo durante estas jornadas: la relación entre semblante y feminidad.

 [i]  “Los  usos  del  semblante  en  la  mujer”,  presentado  en  estas  mismas  jornadas.
BIBLIOGRAFIA
Lacan,  J.  (1958)  “La  signiicación  del  falo”.  En  Escritos  2.  Buenos  Aires: 
Siglo XXI, 2008, pp. 653-662.
Lacan, J. (1958-59) El seminario. Libro 5: Las formaciones del inconscien-
te. Buenos Aires: Paidós, 1999.

De un discurso ue no sería del semblante



 Seminario 18.....

La mujer respecto del goce sexual, esta en posición de puntuar la equivalencia del goce y la apariencia. En esto reside la distancia en que el hombre se encuentra. Si hablé de la hora de la verdad, es porque toda la formación del hombre esta hecha para responder a ella manteniendo a pesar de todo el estatuto de su apariencia. Es por cierto más fácil para el hombre afrontar a cualquier enemigo sobre el plano de la rivalidad que afrontar a la mujer en tanto ella es el soporte de la verdad: que hay apariencia en la relación del hombre con la mujer. En verdad, que la apariencia sea aquí el goce, para el hombre entiendo, es indicar suficientemente que el goce es apariencia. Porque está en la intersección de estos dos goces el hombre sufre como máximo el malestar de esta relación que se designa como sexual; como decía el otro, esos placeres que se llaman físicos. Por el contrario nadie mejor que la mujer -y aquí ella es el Otro- sabe lo que es disyuntivo respecto del goce y de la apariencia.


 Es porque ella es la presencia de ese algo que la mujer sabe, a saber: que goce y apariencia, si son equivalentes en una dimensión de discurso, no por eso son menos distintos en la experiencia que la mujer representa para el hombre la verdad, muy simplemente, a saber, la única que puede dar lugar en tanto que tal a la apariencia. Es necesario decir que todo aquello que se nos enunció como el resorte del inconsciente no representa más que el horror por esta verdad. Todo esto por supuesto, recién hoy trato, por así decir, intento desarrollárselos como se lo hace con una flor japonesa; algo que quizá no es especialmente agradable escuchar para todos, es lo que se empaqueta generalmente bajo el registro del complejo de castración. Mediante lo cual, con esta etiqueta, todo el mundo está tranquilo, se lo puede dejar de lado. No hay nada que decir, sólo que está ahí; cada tanto se le hace una pequeña reverencia. Pero que la mujer sea la verdad del hombre, que esta vieja historia proverbial cuando se trata de comprender algo, del -cherchez la femme(7) al que se le da naturalmente una interpretación policial sea, algo bien distinto, a saber que para tener la verdad de un hombre, conviene saber cual es su mujer,  , por supuesto llegado el caso, su esposa; y por qué no: es el único lugar donde eso puede tener un sentido, lo que alguien, un día, entre mis allegados llamó el pesa -persona. Para sopesar a una persona, nada mejor que sopesar a su mujer cuando se trata de un hombre. Cuando se trata de una mujer no es lo mismo, porque la mujer tiene una gran libertad con respecto a la apariencia: ¡ella llegará a dar peso a un hombre que no tiene ninguno!. Son verdades que por supuesto en el curso de los siglos ya se habían observado después de mucho tiempo, pero que sólo se decían de boca a boca, si puedo decirlo. Y se hizo toda un literatura, que existe, se trataría de conocer su amplitud. Naturalmente esto sólo tiene interés si se toma lo mejor. Alguien por ejemplo de quien [habría que encargarse un día], Balthazar Gracián que era un jesuita eminente y que escribió cosas de las más inteligentes que se puedan escribir. Su inteligencia es absolutamente prodigiosa en esto que todo eso de lo cual se trata, a saber, establecer lo que se llama la santidad del hombre, en resumen, [¿qué?, su libro sobre el cortesano de la corte (de apariencia)] dos puntos: ser santo es el único punto de la civilización occidental en la cual la palabra santo tiene el mismo sentido que en chino; tehen-tehen. Observen este punto porque esta referencia, porque de todas maneras ya es tarde y hoy no los introduciré. Este año les haré algunas pequeñas referencias, a los orígenes del pensamiento chino. Sea lo que sea -sí me di cuenta de una cosa, quizá soy lacaniano porque en otro tiempo estudié chino -con esto quiero decir que me doy cuenta [al releer los ardides] cosas como esas, que yo había recorrido atropelladamente como un tonto, me di cuenta al releerlas que esta al mismo nivel con lo que cuento. No sé, les doy un ejemplo: en Mencius, que son libros fundamentales, canónicos del pensamiento chino hay un tipo que por otra parte es su discípulo, que no es él -pero que comienza enunciando cosas como estas-: Lo que ustedes no encontraran del lado del Yen (es decir, del discurso) no lo busquen del lado del vuestro espíritu- esto, se los traduzco como espíritu es Sin, pero eso quiere decir que no designaba, era aunque parezca increíble el espíritu, el Geist de Hegel....................

El Amor Light No compromete





Lo pesado de lo liviano
El peso de vivir para Kundera está en toda forma de constricción:
la tupida red de constricciones públicas y privadas que termina por envolver
toda existencia con nudos cada vez más apretados.
Su novela nos demuestra cómo en la vida todo lo que elegimos y apreciamos
por su levedad no tarda en revelar su propio peso insostenible.





La vocación contemporánea de lo rápido, ligero, flacucho, descartable y breve, se llama –a la americana- “light” y connota inmediatamente a la delgadez con que hay que aproximarse al consumo de los alimentos y, si es posible y por transición, al resto de los objetos domésticos: porque “que no engorde” quiere decir “que no haga mal”, “que no me caiga pesado”, “que no empache”, o –a nuestra criolla- “que no me joda”.
El lector atento sabrá rápidamente llevar esto al plano de las relaciones vinculares, especialmente el amor de pareja, donde el “que no me joda” salta inmediatamente al “que no me demande”. Y aquí tenemos pues el escenario del amor-líquido (como se definió no hace mucho desde ciertos autores como Zygmunt Bauman) que no quiere decir más que eso: efectivo, práctico (como el dinero-liquido) pero sin grandes inversiones.  Sabrá también el lector observar inmediatamente que de lo que estamos hablando es de una inversión narcisística donde el otro no cuente demasiado. Es decir, donde la castración no preste oídos. Porque, justamente, el “que no me demande” implica –ipso facto- considerar a otro –obviamente- mudo.  De allí que decimos en psicoanálisis que la relación perfecta sería con aquel partenaire donde el sexo y la palabra no se interpongan (y nos estamos refiriendo al sexo y a la palabra "plena", que demandan; no a cualquier sexo, no a cualquier palabra).
Por ello hoy encontramos en la jerga cotidiana los significantes “amigarches” o “touch and go”, y voces similares que connotan a la mudez de la palabra (a lo que Lacan llamó “palabra vacía” para oponerla a la “palabra plena”), es decir: a la mudez de la castración.  Porque, efectivamente, lo "light" implica no sólo lo efectivo-rápido, sino –y ante todo- el goce sin Ley, es decir, lo que cualquier niño –por su lógico estado de prematuración- sólo puede apenas esbozar.


Pero de un adulto (de un sujeto cuyo fantasma se supone constituido y cuya neurosis se supone relativamente analizada) se espera algo más; ya que la relación amorosa no puede librarse de los dos vaivenes que la sostienen: amar y ser amado.  Si se estereotipa el vínculo y siempre es el mismo partenaire quien ama o quien es amado, cae por su mismo peso: el peso a que cualquier tope narcisistíco llega.
El niño, como sabemos, sólo puede ser amado: su prematuración le impide amar, excepto con ciertos artilugios (miradas, sonrisas y engaños imaginarios) que realiza para ser amado y protegido: es decir, para ser el FALO.  Pero para amar (adultamente) es necesario un proceso simbólico y aceptar la Ley de la Castración que se juega: es decir, colocarse en posición femenina, de objeto; por eso Lacan –citando a Sócrates- ha bien descripto todo esto en lo que se denomina Metáfora Amorosa: pasar de amado a amante, y viceversa; en la oscilación de la evolución del vínculo.  Y, para eso, es necesario dejar la mudez de lado y escuchar, justamente y recíprocamente, al otro. De allí que en el amor se juega la escucha para con el otro; de allí que –y sobre todo en los peores momentos- el sujeto-amante demandará ser-amado.

La Metáfora Amorosa connota a la Metáfora Paterna; es decir: a la Castración. Substitución que aún el niño no puede efectivizar convenientemente (o el perverso adulto, o el neurótico con fallas en dicha Metáfora) y que por eso busca relaciones -y no sólo amorosas- donde el sostén sea sencillo y no demande demasiado esfuerzo castratorio para con el otro. Porque, de todos modos, son los mismos sujetos que sí están dispuestos a esforzarse por ellos: van al gym todos los días, concurren a sus clases de baile, estudian hasta medianoche, madrugan para no perder su puesto de trabajo que les ocasionaria una castración mayor, gastan su sueldos en coiffeir y belleza, y van con su Ipad, sus gafas RayBan polarizadas y su descapotable, corriendo de un lado al otro, siempre -obviamente- por ellos.
Como se ve, en el opuesto extremo de la mudez, está el habla. Y de allí la lógica demanda en juego. Por eso hablar implica una dinámica castratoria. Hoy escuchamos muy cotidianamente la insistencia no ya de sujetos que se quejan porque sus parejas no los escuchan sino, paradójicamente, de sujetos que no quieren ser demandados, es decir: alojados. Justamente para que la “justicia direccional del vínculo” –si se me permite este forzamiento- no se precipite en algo “injusto”: “Yo no te rompo las pelotas, entonces vos no me las rompas a mi”-. 
De aquí también que lo “light” se conjuga con la liviandad de la palabra; y por eso hoy los facebook abundan de “amigos” a los que nadie ve ni verá en su devota vida; o los sujetos prefieren reunirse con otros donde el sexo (que incluye cualquier tipo de satisfacción más allá de lo genital) sea rápido y sin grandes cuestiones palabreras: mientras la voz no toque las puntas de lo real, todo marchará más que bien… Son por lo general sujetos a los que todo les da lo mismo: de allí que también si sostienen algún vínculo no habrá lugar para escalas axiológicas; nada valoran, excepto su EGO: sujetos no sólo sordos, sino ciegos: que no pueden ver ni siquiera el esfuerzo que el partenaire pueda llegar a hacer en cada caso, ya que lo que siempre priva es el propio YO. Sujetos cuyas únicas prioridades son siempre ellos.
Como se ve, esta contemporaneidad no es nueva: se trata siempre de hacerle pito-catalán a la castración; de gozar (comer, coger, manejar, etc.) sin Ley; es decir: de “recuperar” el otrora niño (y el consecuente goce incestuoso) donde se deambula por el paraíso de los juegos, los saltos, los deleites, incluso los usufructos de los bienes (goce deriva justamente de “usufructo”); pero sin que medie coto ni compromiso alguno. 
Como en los bazares chinos –donde todo es de plástico o a lo sumo de poca duración- el sujeto abre su kiosquito del “no sufrir más por amor” endosando, al mismo tiempo, la castración al otro (mecanismo típicamente perverso) y confundiendo, por supuesto, el amor-a-sí-mismo con el “dar lo que no se tiene”: es decir, su propia castración. De allí que ciertos vínculos son capaces de resignificarse (los “ex” que antes eran unos infelices de mierda o unas locas histéricas, hoy –que ya no demandan- son buenas oportunidades de goce sin Ley (hasta se escucha decir: “nada mejor que coger con tu ex”) e incluso proyectarse en mayor tiempo que cuando la castración de ambos se jugaba en el mismo). Como dijimos up supra, sólo un niño es acreedor de un goce con poca Ley, de allí también que Freud los ha bautizado como perversos polimorfos. Un niño que siempre espera recibir del otro (del amante activo) su cuota de amor incondicional.

El "amor light" es el amor-que-no-engorda pero el narcisismo de quien hace la dieta-anticompromiso cada vez se pone más gordito que nunca. Es el amor infantil, de pleno goce, que -de todos modos, inocentemente- construye un sujeto jactado de lo hediondo pero intrincado en los laberintos más superyoicos del goce del Otro; de allí que nuestros fantasma de neurótico nos hace a veces creer que el perverso está por fuera de la angustia. He aquí lo fatigoso, lo pesado, de la liviandad. Oxímoron mediante: lo obeso de lo "light".

marcelo augusto pérez
Lo light que engorda

Preguntas FrecuenteS



    ¿Qué es ser Lacaniano?
   ¿Para qué sirve analizarse y cuánto dura un análisis?
    ¿Cuándo se utiliza el diván?
    ¿Cómo se supervisa un caso?
    ¿Por qué alguien puede elegir un analista y no otro?
1- ¿Qué es ser Lacaniano?
La pregunta es oportuna en varios sentidos.  Primero, en un sentido técnico e histórico.  Segundo, en un sentido coloquial.  Comienzo por este último.  Parecería que hay siempre que contestar con la archifamosa respuesta que Lacan dio en la oportunidad que le preguntaron si había un nuevo pensamiento lacaniano en el mundo.  Él contestó: yo soy freudiano.  Se sabe que esta respuesta tiene varias connotaciones.  Primero que él no podía contestar de otro modo cuando su tesis histórica social reza retornar a Freud.  Segundo que la idea es que en esa respuesta se escuche la protesta hacia el postfreudismo, Anna Freud a la cabeza, donde se ha querido unir la causa freudiana a una pedagogía y hasta a un simbolismo infantil de fuerte estirpe.  La idea es que al decir “yo soy freudiano” se escuche “no hay otra manera de leer a freud más que la que lacan ha hecho”. Sabemos que Lacan ha inventado, a ciencia cierta, algo más que una letra; algo más que el objeto-a (que no deja de ser letra): ha inventado mucho y se ha forzado para que sus inventos clínicos estén adheridos a la enseñanza del Maestro Vienés. Pero hay algo que a veces no entiendo y es esa manía de muchos lacanianos contemporáneos que se privan de llamarse lacanianos porque parecería que están violando la palabra del Maestro Francés.  Seamos realistas: Lacan era Freudiano; nosotros –quienes adherimos a la causa freudiana leída por Lacan- somos lacanianos.  Me parece que esa especie de prurito de obviar el mote; es un inmenso prejuicio de pensar todo lo que la palabra Lacaniano tiene implícita en su connotación social y, sobre todo, en sectores reaccionarios del mundo.

Pasemos al otro punto; el técnico, que –obviamente- se relaciona con este. Porque algunos –y no sólo gente no relacionada al campo psicoanalítico sino los propios analistas- creen que ser lacaniano es tener un consultorio en cierto barrio, moverse o gesticular como Lacan, cortar la sesión a los diez minutos o quizás incluso vestirse de negro.  Personalmente sé de colegas que piensan así aunque no lo dicen, obviamente… La alienación es total.  Pero veamos: Lacan iba a visitar a sus pacientes, si era necesario; Lacan hacía sesiones de hora y media; Lacan también escandia las sesiones –pero no es lo mismo un corte no programado que atender diez o veinte minutos en forma standard-; Lacan fue quien pronunció “no me imiten; no busquen Amos…”; Lacan tenía pacientes cara-a-cara por años enteros… etc.
Por supuesto, sabemos que cuánto más alienado está el sujeto –en este caso el analista que pretende ser más Papista que el Papa- más inseguro se encuentra… por eso se cometen disparates tales como no dar un vaso de agua; o no hablarle al paciente en el ascensor; o no contestar un llamado telefónico; etc, etc, etc… Muchos etcéteras que uno se va enterando con el correr de la vida y que uno no puede creer que sea cierto.  Incluso analistas que se rajarían la vestidura si tienen que besar a un paciente; cuando en realidad  -como todo contexto- en Buenos Aires hasta la policía se besa en la calle cuando se saluda; y es mucho más ridículo no besar a un adolescente o a un paciente de nuestra edad; que estrecharle la mano con esa frialdad que nada tiene que ver con un procedimiento de escucha.
Yo creo que ser lacaniano es –precisamente- posicionarse con una escucha diferencial que, ipso facto, implica un procedimiento ético de lo inconsciente freudiano.   Una escucha, una lectura del texto del analizante, que no excluye el hecho de escuchar un pedido de ayuda puntual –e incluso si es necesario un consejo oportuno sin por esto hacer conductivismo o algo por el estilo- o manejar ciertos semblantes que, en cada momento de un análisis, sean necesarios para llevar a cabo una inscripción significante.  Un analista lacaniano no es un ogro serio, apático o frío… quienes se posicionan en ese estereotipo incluso diría que ni siquiera es por mimesis sino por síntoma. Y, como siempre, no asombra encontrar analizantes que pagan por eso y se sienten orgullosos de tener un analista tan cero pasional –que nunca demuestra un compromiso afectivo con nada- y que incluso posee su consultorio con una asepsia parecida a un quirófano.   Como decía Leo Mashlía, que el analista ponga cara de culo no quiere decir que ejerza la neutralidad.
 2- ¿Para qué sirve analizarse y cuánto dura un análisis?
Vayamos de entrada a una cuestión obvia pero necesaria de aclarar: el psicoanálisis no sirve para dejar de sufrir: lo que Freud descubre es que el cuerpo –el aparato psíquico- es un lugar de conflicto por definición… por eso Lacan ha dicho: el cuerpo está hecho para gozar.  Gozar demasiado es un problema… Acarrea culpa, enfermedad, muerte. Por eso los neuróticos escapan a eso con un deseo siempre insatisfecho… La Histérica es la figura por excelencia de este principio lacaniano.  Pero una vez a Freud una paciente le preguntó que podría hacer el psicoanálisis por ella; y él respondió con una frase hoy muy conocida: “pasar de la miseria neurótica a la desdicha –o al infortunio, depende la traducción- cotidiano…” Es decir: una cosa es sufrir como un neurótico desdichado ad infinitud y otra cosa es poder soportar el sufrimiento que toda vida conlleva desde su primer grito.

Quien ha realizado un análisis siempre advertirá que algo se ha modificado; aunque no sepa bien qué… Ahora, el paciente llega, vía la angustia, con un síntoma.  Y, en ese caso, uno podría afirmar que si ese síntoma que lo hacía sufrir desaparece –o se transforma- entonces hay una cura.  Esto lo digo con cierto entrecomillado porque a mi juicio el análisis no cura nada; ni mucho menos previene.  La estructura no tiene cura ni se puede prevenir lo inconsciente.  Por otro lado hablar de cura es ya posicionarse desde un lugar médico, científico.  La cura está en oposición a la enfermedad; y yo afirmo que la enfermedad no existe, y menos la enfermedad-mental como cientos de cientos de congresos, auspiciados por analistas, se encargan de proclamar y titular en sus encuentros: está bien para un Estado hablar de Salud Mental; pero me parece que el analista que habla de eso –y que además dicta congresos sobre eso- no tiene la menor idea de lo que descubrió Freud. Eso sí: la enfermedad no existe pero sí existen los enfermos; los que se saben enfermos… Lo explico rápido: una persona puede ser paralítica; puede incluso haber tenido cinco o diez operaciones de cáncer; puede tener toda la dentadura cariada; y no considerarse enferma.  Otra, puede no tener nada científicamente comprobable por análisis, radiografías, etc; y sentirse enferma. Simple.  Como dice Georges Canguilhem, la enfermedad es un concepto vulgar y no científico.
 Finalmente; un análisis no debe ser simplemente un procedimiento de lectura sobre el texto del analizante.  Debe servir para inscribir algo en el orden de lo que Lacan llamó “un nuevo significante”… y la función le corresponde al analista… por ahí pasa mucho el famoso “horror al acto” que hace que se abandone la partida.  Yo hasta diría que un análisis, si bien no pretende discurrir sobre el pasado sino sobre el presente; tiene que modificar el pasado.  Sino es imposible la inscripción.  Y aquí radica, creo, esa famosa frase de Freud de los tres imposibles: educar, gobernar y analizar.  Pero en eso estamos, porque hay deseo.

Es decir que el nuestro es un oficio imposible que trata de modificar algo del pasado para inscribir algo en el presente con el objetivo –no de recordar- sino de olvidar: la histéricas sufren de reminiscencias; famoso apotegma de Freud.
 Con respecto a la duración; habría que hablar del comienzo.  Creo que depende de cómo comienza, cuánto dura y cómo termina.  Por eso cada analista deberá hacerse cargo de esto para cada caso.  Uno como analista debe, es un derecho y una obligación ética, insistir sobre el motivo de consulta –sobre el síntoma charlatán que debe ser desplegado- y no dar por supuesto absolutamente nada.  Hay pacientes que tienen muchos problemas: adicciones, falta de trabajo, soledad, ansiedad, miedo a volar, o incluso –lo digo irónicamente pero para que se entienda el concepto- tienen que tomar el colectivo a las cuatro de la mañana para ir a trabajar… muchos problemas… Eso no quiere decir que estén sentados frente a nosotros para resolver ESOS problemas… quizás vengan para hacer el duelo de la muerte de un ser querido o para poder dar la última materia de la facultad.  Hay que preguntar y no dar por supuesto.  Es como si llegase un gasista a la casa de uno y este profesional, con cierta tendencia a hacer de todo un síntoma, comienza a oler gas en las escaleras… pero cuando llegar le dicen que lo contrataron para cambiar  la garrafa porque está muy dura la manija… Digo una boludez para que se entienda lo siguiente: esa familia está acostumbrada a vivir con la pérdida de gas (quizás incluso se muera de eso); es decir tiene una manera de gozar… pero lo que le importa es que alguien le de vuelta la manija de la garrafa para poder seguir cocinando…  Ahora claro: con el correr de un análisis la idea es que la familia cocine y no se ahogue… es decir, se modifique algo en el orden de ese goce.  Por eso se podría diferenciar la demanda del síntoma.  Sabemos que hay cosas que al paciente lo está matando lentamente; incluso cosas nimias como que tenga 30 años y siga viviendo con sus padres; pero no tenemos la lámpara mágica como para adivinar científicamente si eso le impide ser feliz.  Algunos sujetos mueren felices, aunque prematuramente.
El final de un análisis depende, pues, de la apertura.  De pensar que todo síntoma esconde algo en el orden sexual, de la satisfacción sustitutiva. En pensar que el goce fálico del síntoma puede transformarse en Otro Goce que de lugar al término creado por Lacan: el sinthôme.
El famoso escrito de Freud, “Análisis Terminable e Interminable” creo que hay que leerlo de  dos maneras: el análisis es interminable porque uno siempre habla; por tanto siempre cometerá fallidos, producirá sueños y hará síntoma. Pero uno no siempre le habla a un analista.  En la fórmula creada por Lacan del Discurso Amo; en la zona inferior (donde se lee el matema del fantasma) tenemos la economía del síntoma y su atravesamiento… Uno siempre habla pero no siempre le habla a un analista.  Y hablarle al analista no es hablar a un cura, no es una simple confesión.  El analista, a diferencia del cura, sabe que cualquier cosa que uno diga va a ser usado en su contra.  “Tu eres Eso” –dirá Lacan; es decir que el analista –muy antipáticamente- propone que al rol de víctima con el que el paciente se muestra; se le devuelva su responsabilidad frente al conflicto.  A diferencia del cura; el analista cree y debe hacer creer al analizante, en lo que Freud ha llamado inconsciente.  A diferencia del cura, el analista sabe que el paciente dice más de lo que dice, o de lo que calla.
Se podría decir, también, que en cada sesión debería haber un final de análisis.
3- ¿Cuándo se utiliza el diván?

El diván no es un mueble de decoración.  Esta aclaración obvia no la es tal cuando uno escucha a colegas que están tan preocupados por el tipo o estilo de diván que van a poner en su consultorio. Incluso, por extensión metafórica, llamamos diván a una cama; y –como decía Lacan- mejor tener una cama porque se trata de “problemas de cama”…  Por lo tanto el diván requiere de cierta muñeca del analista.
Hay pacientes que no quieren usarlo nunca; y otros lo piden en la primera entrevista.  De estos últimos son de los que hay que estar más advertidos; porque responder a esa demanda puede ser muy iatrogénico; por más que uno sepa que ese paciente ya hizo diván con otros analistas.
El analista no trabaja con el saber del otro; ni del otro analista ni de un médico.  Debe escuchar a cada paciente como si fuese la primera vez; aunque ese paciente estuviese hace años en análisis.
No nos va a sorprender que un paciente que dice haber tenido muchos análisis previos con diván; y que pida el diván en la primer entrevista; después de dos o tres entrevistas previas comience a faltar o a desplegar resistencias típicas de todo neurótico.
Particularmente yo no ofrezco el diván si no estoy bastante convencido de que el analizante quiere laburar de verdad.  Y esto es un tema; porque un pedido de análisis es, ante todo, una demanda de amor.  Es decir entonces que el analizante –en un principio- está ahí para ser amado, no para hacer análisis. Y si es neurótico entonces es como un niño que pide los brazos.  ¿Y, entonces, cómo vamos a recostar a un niño? ¿Cómo vamos a privar de la mirada nuestra a alguien que necesita no sólo ser escuchado, sino ser mirado?  Es un punto delicado saber cuándo el paciente está en condiciones de prescindir de la mirada del Otro. Y también es un tema delicado hacer un diagnóstico de estructura.
Analistas que se estereotipan llevando a todos los pacientes a diván en tres o cuatro encuentros; realmente están cometiendo una atrocidad. Y esto no sólo se hacía en una época muy lacaniana en Argentina, sino que se sigue haciendo aún. El psicoanálisis es –por definición- el caso por caso.  Es como decir: “a ningún paciente beso, a todos les doy la mano…”-  Decir “ningún”, decir “todos” es ya no hacer psicoanálisis: eso es estadística pura.
A veces en los controles se escucha que el analista dio un pase a diván sin saber ni cuándo ni porqué lo hizo.  Contar un sueño, asociar un fallido, llegar puntual a la consulta, no es un principio de pase a diván.  Eso es quedarse en el registro simbólico-imaginario.  Hay que ver el real de cada caso.  He conocido psiquiatras que trabajan con diván sin siquiera ser analistas a los que le he preguntado cómo llevan al paciente al diván y me han contestado: “lo llevo… después de algunos encuentros…” Bue… una escala zoológica bastante amplia.
Por otro lado, no hacer el pasaje a diván porque el paciente no quiere es también otro tema delicado.  Hay analistas que dan el pase a diván sin previo aviso. Yo no hago eso. Más bien invito al paciente al diván una sesión antes; para estudiar la reacción o los comentarios posibles.  Si bien a veces puedo llegar a ofrecerlo sin discutirlo; tampoco puedo obligar a un paciente a volar en avión si tiene fobia a las alturas… Es, como siempre, el caso por caso.
A veces –y esto también se escucha en los colegas- se tiene el paciente en diván pero no hay análisis en absoluto; y a veces se está analizando muy bien sin la utilización del diván.  “Analizar bien” es un tema a discutir pero básicamente quiere decir: el paciente hace algo con el goce que lo perturba.
 4- ¿Cómo se supervisa un caso?
A veces me han llegado mails para supervisar por escrito; otras veces a través de un MSN… es todo un tema.  A ver: consideremos que hay dos maneras básicas de control: el analista lleva el caso con apuntes escritos y lee cosas frente al analista-de-control; o bien el analista DICE, deja caer, el caso frente a su analista.  Por supuesto yo creo en este segundo método ya que el análisis es siempre del sujeto que tenemos enfrente… es como suponer sino que la Madre de la que habla el paciente es la Madre de la realidad y no de su fantasma.
Un control es un análisis en si mismo.  Primero porque no se analiza en sí “el caso” sino el real de analista.  Segundo porque el analista escucha a su colega y no “el caso”.  Tercero porque lo que está en juego es la operación transferencial y técnica de ese análisis en particular que se trae a supervisión. De hecho funciona perfectamente como un análisis común: se puede cortar la sesión, hacer asociar un fallido del analista-supervisante; etc. Como dijo Lacan, el análisis es análisis a secas.  Yo creo que es tan así que cuando un analista lleva a supervisar un caso, no es en cualquier momento cronológico; sino en un momento lógico donde el caso está haciéndole síntoma.  Por tanto, hay un real del analista en juego. Por tanto es perder tiempo, o hacer simplemente discurso universitario, que el analista que pide control lea el caso: el caso tiene que ser ofrecido sin leer a la escucha del colega elegido en transferencia, como todo análisis.  Y el analista tiene que leer el discurso que se despliega frente a él.  Leer un caso, traerlo escrito, es ya otro síntoma.  De hecho se le pide al analista que no lo haga; pero tampoco podemos obligarlo… si es tan imperativo para él –y a veces tan justificable como “no me quiero olvidar de nada”- por algo es; lleva a interpretarlo.

También es cierto que hay colegas que hacen psicoanálisis grupal; o supervisiones colectivas, etc… Pero, en lo particular, no creo que eso sea realmente eficaz.  Estamos olvidándonos de que también el colega tiene un fantasma.  Y hace síntoma.
5- ¿Por qué alguien puede elegir un analista y no otro?
Por varias razones.  Si de “elección” hablamos, lógico; porque muchas veces –obras sociales mediante- el paciente no puede elegir mucho. (Aunque sabemos que uno siempre elije).
En general la elección más consciente suele caer en pensamientos tales como “vive cerca”; “cobra poco”; “cobra mucho y debe ser bueno”; “se parece a un novio que tuve”; etc etc.  Esas son justificaciones.  Pero, como sabemos desde Freud, la elección comienza en otro plano.  Con el correr del tiempo uno debería advertir que algo más de lo imaginario se juega en ese “espejo”… Es decir; es como pensar que una persona se enamora de la otra por el color de pelo o por la altura o por si tiene mucha o poca teta.  Se necesita algo más que eso… o algo menos.  Es cierto que como dijo Lacan el analista tiene que “tener tetas”; pero se está refiriendo a poner-el-cuerpo y a algo en el orden de lo imaginario.  Pero la elección pasa por otro plano más sutil. El paciente que nos escucha, nos ve en una conferencia; o incluso se topa con nosotros en el pasillo del edificio cuando sacamos la basura; está registrando otra cosa y no simplemente el plano imaginario.  Se entra quizá por eso: “viste de corbata, debe ser serio” o “viste simple, debe ser al pan pan y al vino vino…”  o “vive en villa freud: debe saber mucho…”  Pero hay algo en otro orden que incluso el paciente desconoce y que transfirió inevitablemente en la persona del analista.

A veces impacta advertir que nuestro consultorio tiene a todos los pacientes con cierto común e inconsciente denominador, más allá del sufrimiento lógico y de las diferencias de cada caso.  Con el correr del tiempo yo puedo darme cuenta que ese común denominador pasa por cierto Rasgo Unario de identificación inconsciente.
Sin embargo, es cierto, el orden imaginario cuenta mucho.  Hay pacientes que nos elijen por haber leído un escrito; otros porque somos jóvenes; otros porque somos viejos; otro porque somos del mismo sexo; etc
Cuando llega a mi consulta un paciente que ha leído algo mío yo suelo preguntar qué, porque muchas veces eso ya habla de cierto malestar; pero igual el paciente en general no va a decir exactamente qué línea (del escrito o del trazo de mi persona) ha hecho que me visite para desplegar su dolor.

Creo que lo importante es que, más allá de ese imaginario, el paciente perciba que las dudas de su elección son coherentes; que entregar su angustia y su síntoma a un desconocido no es cosa de todos los días; que tiene derecho a saber cómo trabajamos; y, fundamentalmente, que nos perciba honestos.  Honesto no quiere decir que no vamos a hacer cierta trampa si es necesario (porque también semblantear un objeto es ya hacer-como-si; y eso no lo hacemos porque somos mentirosos en sí mismo sino porque estudiamos el caso por caso y consideramos que muchas veces es necesario decir cosas que –si fuese un amigo por ejemplo- no la diríamos; está dentro de la maniobra transferencial del análisis); honesto quiere decir que no le estamos vendiendo ninguna panacea universal, ninguna píldora de la felicidad; ni queremos hacerle perder tiempo ni especular con su dolor.


 

Respondidas por: Marcelo A. Pérez


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