domingo, 18 de marzo de 2018

Soledad



Los gadgets (computadoras, Ipods, videojuegos, teléfonos celulares, etc.) influyen y modifican las relaciones entre las personas y crean nuevas modalidades de vivir, de amar, de gozar y de sufrir desde que se han vuelto extensiones del propio cuerpo. Son los nuevos objetos de deseo que dan una sensación de poder y de control sobre sí mismos y sobre los otros, creyendo que se rompe a través de ellos lo imprevisible. Sin embargo, a través del uso disparatado de éstos se pueden jugar hasta los prestigios lastimándolos permanentemente mediante el ciberbulling. Son nuevas formas de violencia. Se engendra una dependencia hacia los objetos a la vez que quedan Erotizados.

Se ha instaurado un mundo privado y hasta secreto, donde los adultos tienen poco acceso. Los jóvenes son parte de una nueva carne, que se grava también a través de los tatuajes y el piercing, tal vez como una manera de preservar la identidad subjetiva o la necesidad de explorar nuevos límites en el cuerpo, de ir un poco más allá. Freud, en sus “Tres ensayos de teoría sexual” (1905) revela cómo la piel es fuente de excitaciones placenteras y dolorosas tornándose en una zona erógena.
La siguiente interrogante que quiero plantearles: ¿Cómo se juegan los ideales sociales en los adolescentes?
Los chicos buscan gozar un poco más a través de las drogas y el abuso del alcohol, es transgresión aunada a la declinación de la ley paterna. Igualmente los adultos buscamos huir del dolor y también transformamos nuestras carnes mediante la aplicación de cirugías estéticas en busca de la juventud eterna, que no nos haga caducar a los 35 años.

Ellos, como nosotros, no están exentos del ideal social del deber ser feliz para siempre. Escúchenlo bien: es un deber. Así enganchan en el anhelo desesperado por el reconocimiento social, la fama y el dinero como vías para lograrlo. Esta búsqueda ansiosa y exaltada por el menor dolor y la mayor felicidad, se ve desafiada por una constante falla por atraparla, lo cual hace pasar de la euforia a la depresión. Aquello que supuestamente habría de proporcionar el goce sólo es un espejismo que los enfrenta a su propio vacío.
La adolescencia es una época de elecciones, de reconsideraciones de la niñez, una nueva ubicación en el mundo de su sexualidad no organizado por las características físicas solamente. Los chicos que llegan al consultorio se encuentran generalmente aplanados en su deseo, en una lucha contra sí mismos por lo que fueron en la infancia y por los ideales familiares y sociales. Usualmente no hay un pequeño espacio para sus deseos." Se encuentran abatidos por la soledad y la desesperación, aunque virtualmente puedan estar rodeados de cientos de amigos en las redes sociales.
Los síntomas se manifiestan de muchas maneras: Demasiado sueño, flojera extrema, cambios de peso, abuso de drogas, impulsos suicidas, anorexia, indiferencia, sentimientos de inferioridad, desesperanza, transgresiones de reglas sociales, problemas académicos, irritabilidad persistente, constantes cefaleas…"
¿Cuáles habrán sido las diversas señales de angustia, dolor o temor que lanzaron los muchachos de los casos que les conté en un principio? Seguramente fueron varias pero es ciertamente muy difícil para los padres o profesores darse cuenta de ellas y otras veces simplemente no quieren saber nada. No es raro encontrarse con mamás que no se han percatado que el hijo ya creció y se niegan a soltarlo de a poco porque acaso haya la esperanza de conservarlo niño permanentemente. Algunas madres lo logran ¿no? Lo notamos en aquellos hombres que teniendo cuarenta y tantos, casados y con hijos no se desprenden de los pliegues maternos.
Por un lado, la sociedad consumista ofrece una promesa de felicidad si se compran tales o cuales objetos, con lo cual los muchachos (y no solo ellos) quedan amarrados al augurio de diversión, control propio y de los otros y ruptura de límites; por el otro lado, el gran desencuentro entre el padre y la madre, hace decaer la estabilidad al no poder llegar a los mínimos acuerdos que contribuyan a construir pactos con los hijos. La lucha por la vida aunada a la búsqueda del éxito contrastan con la desesperanza por el futuro, aleja a los padres y se cierra la comunicación con los hijos, que a su vez, prefieren salvaguardar para sí sus dificultades y dudas.

El desafío de los padres que quieren saber acerca de sus hijos para acompañarlos en la adolescencia es muy profundo en la actualidad, pues con mucha frecuencia no se entienden o no se aceptan sus ideas o anhelos, son criticados o reciben la burla de los adultos. Tampoco se entiende ni se admite su manera de acceder a la sexualidad. ¿Cómo abrir el dialogo sin que por eso se sientan amenazados? ¿Cómo advertirles de los peligros que los acechan sin prohibirles que se sigan relacionando con los otros y buscando amistades o dando lugar al amor?
Por ejemplo, hay 187 millones de sitios donde se pueden ver cuerpos desnudos; maneras de mostrar el cuerpo propio a un extraño sin que el pudor sea un asunto por considerar. De enviar y recibir mensajes, fotografías y videos para alimentar relaciones en tiempo virtual, sitios generalmente desconocidos para los padres. Creo que es necesario incursionar sin escandalizarse por esos espacios para poder orientar mejor a los muchachos y eso desde los más pequeños.
Encontré un pensamiento de Hebe Tizio, que es sencillo de leer, pero su aplicación… no resulta tan simple:
“El adolescente es un artesano que se encuentra en un momento delicado, que necesita una posición del adulto que no exagere ni dramatice las cuestiones pero que sepa detectar si es necesario una ayuda, un límite o un voto de confianza que deje hacer al adolescente”.
                                                        
L






Lic.Diana S. Gurny



sábado, 10 de marzo de 2018

Sadismo y masoquismo


Sadismo y masoquismo




El masoquismo se presenta cuando existen unos manifiestos sentimientos de inferioridad, impotencia e insignificancia en el individuo. Se tienden a magnificar la importancia de los defectos y debilidades, muestran una tendencia a disminuirse y se niegan a tomar el control de sus propias cosas. No realizan aquellas actividades que les resultan satisfactorias y terminan por someterse a fuerzas externas, las cuales pueden adoptar muy diferentes maneras.(13)Ambos impulsos, el masoquismo y el sadismo, son intentos para evadirse de la profunda sensación de soledad e impotencia, el masoquismo es además una forma de liberarse del yo individual pues la libertad se convierte en una pesada carga que les resulta imposible de soportar.En ciertas sociedades el masoquismo puede obtener cierto reconocimiento, como fue la sumisión al líder en los casos del fascismo, el nazismo y el stalinismo, que muchas personas participen de ese sentimiento lo convierte en algo aceptable y deseable.
La anulación de la personalidad es un aspecto del masoquismo, pero también existe otra arista que hasta puede parecer atractiva, esta es la de pertenecer a una entidad más poderosa que los individuos que la constituyen, esa entidad puede ser un líder, una religión, un partido, una nación, etc.

 
Al formar parte de un poder fuerte, por más infeliz que sea el individuo, será partícipe de ese poder y esa gloria. Entrega su propio yo, renuncia a su personalidad perdiendo su integridad como individuo y se despoja de su libertad, pero a cambio obtiene seguridad y el orgullo de participar de un poder en el cual se ha sumergido.(14)
Muchas veces esta autonegación de la personalidad se presenta como una gran demostración de amor, en realidad Fromm afirmó reiteradamente que el amor y el masoquismo son abiertamente antagónicos.
Como ya se mostró, el nazismo tenía un alto componente de sadismo pero también era una importante expresión de masoquismo que se evidenciaba en el deseo de someterse a un poder fuerte. Las masas nazis recibían señales que las instigaban a reconocer su insignificancia y a disolver cualquier duda o cuestionamiento en el marco de un poder superior del que debían estar orgullosas de ser parte. Goebbels el Ministro de Propaganda de Hitler decía que “el socialismo representa el sacrificio del individuo al todo”.(15) Seguramente muchos stalinistas hubieran suscripto esa afirmación del líder alemán, la educación en el régimen nazi no se proponía reafirmar la personalidad de los individuos, sino que se limitaba a aceptar mansamente las decisiones de las autoridades, aún aquellas que pudieran  parecer injustas. E.FROMM
 


  MANIFESTACIONES DE LA LUCHA CONSTANTE ENTRE PULSIÓN DE VIDA Y PULSIÓN DE MUERTE

Opino que sólo así es posible comprender que de la sofocación de las pulsiones resulte –con frecuencia en la totalidad de los casos– un sentimiento de culpa, y que la conciencia moral se vuelva tanto más severa y susceptible cuanto más se abstenga la persona de agredir a los demás”
(Sigmund Freud)                         MASOQUISMO
Quizá del mismo modo que en la época de freud, en ámbitos no filosóficos ni psicoanalíticos, existe una propensión a pensar que el sadismo y el masoquismo, en su relación con la sexualidad, son formas propias de sujetos ”enfermos”. Sin embargo, la teoría psicoanalítica freudiana ha puesto de manifiesto que tanto el sadismo como el masoquismo están presentes en la vida de todos los neuróticos, es decir, en todos y cada uno de nosotros. Y que, por tanto, constituyen parte de la vida anímica.
El propósito del presente ensayo es reflexionar sobre el sadismo y el masoquismo en tanto que principios fundamentales de la teoría psicoanalítica freudiana y cómo se relacionan con la dualidad pulsional propuesta por Freud.
En El problema económico del masoquismo, Freud propone un cambio fundamental en su metapsicología, pues ya no reconoce al sadismo como la tendencia primaria del ser humano; sino que ahora plantea al masoquismo como tal. “El masoquismo originario adquiere un relieve decisivo, como testigo y residuo”[1] de la relación entre la pulsión de vida y muerte. No es que el sadismo ya no tenga ninguna importancia, más bien, es relegado a un segundo plano. Para comprender por qué el masoquismo ocupa el lugar que antes tenía el sadismo es de vital importancia mostrar las tres formas de masoquismo: erógeno, femenino y moral.
El masoquismo erógeno tiene que ver con el gusto por recibir dolor y “han de atribuírsele bases biológicas y constitucionales”.[2]

 El masoquismo femenino, se relaciona directamente con la fantasía de ser golpeado o maltratado de diversas formas de modo que por medio de esa violencia ejercida sobre el sujeto éste experimente placer. “El masoquista quiere ser tratado como un niño pequeño, desvalido y dependiente, pero, en particular, como un niño díscolo. […] Es fácil descubrir que ponen a la persona en una situación característica de la feminidad, vale decir, significan ser castrado, ser poseído sexualmente o parir. Por eso he dado a esta manifestación del masoquismo el nombre de femenina”.[3] Es importante tener claro que este masoquismo marcadamente femenino no sería exclusivo de las mujeres, pues a partir de la perspectiva freudiana podemos afirmar que todo ser humano (independientemente de su sexo) tiene ese rasgo femenino.
Lo crucial de ese masoquismo femenino es el conflicto del sujeto con la prohibición. Al tiempo que quiere ser tratado como alguien indefenso, el sujeto también desea ser tratado como aquel que no obedece la ley, sino que la transgrede. En ese sentido, el fondo de la transgresión es el deseo de ser castigado.
El masoquismo moral es, según Freud, “el más importante, sólo recientemente ha sido apreciada por el psicoanálisis como un sentimiento de culpa las más de las veces inconciente”.[4] En este tipo de masoquismo, el componente más relevante es la culpa, es decir, un “sentimiento inconciente de culpa” o, para ser más preciso, la “necesidad de ser castigado por un poder parental”.[5] En este punto debemos recordar que:
“[…] en general, todo padecer masoquista tiene por condición la de partir de la persona amada y ser tolerada por orden de ella; esta restricción desaparece en el masoquismo moral. El padecer como tal es lo que importa; no le interesa que lo inflija la persona amada o una indiferente”.[6]
Como podemos ver, tanto en el masoquismo erógeno como en el femenino, el lugar de la persona amada es fundamental, pues el castigo sólo tiene sentido en tanto que proviene del ser amado. Sin embargo, en el masoquismo moral se rompe con ese principio, pues lo relevante ya no es el vínculo del sujeto con la persona amada sino el hecho mismo de sufrir o padecer. En el masoquismo moral, el centro es el castigo por el castigo, por eso no tiene ninguna importancia de quien proceda. En esta clase de masoquismo encontramos, más bien, una relación de carácter necesario (casi obvia, pero no por ello evidente) entre el masoquismo y la moral, pues:
“[…] la conciencia moral y la moral nacieron por la superación, la desexualización, del complejo de Edipo; mediante el masoquismo moral, la moral es resexualizada, el complejo de Edipo es reanimado, se abre la vía para una regresión de la moral al complejo de Edipo. […] El masoquista se ve obligado a hacer cosas inapropiadas, a trabajar en contra de su propio beneficio, destruir las perspectivas que se le abren en el mundo real y, eventualmente, aniquilar su propia existencia real”.[7]
La moral y la conciencia moral, según la propuesta freudiana, se gestan a partir de la prohibición del incesto que será introyectada por el sujeto. Se trata de la renuncia al primer objeto de amor por ser incestuoso. Con el masoquismo moral se reanima el complejo de Edipo y su dimensión sexual, sin que eso implique la cancelación de la moral, del superyó. El sujeto busca satisfacer su deseo, pero de forma inconciente no lo hace, pues la culpa opera como un mecanismo que impide que se pueda realizar ese deseo. Por eso se castiga. El sujeto crea una serie de obstáculos para no colmar su propio deseo.

Lo anterior no cancela la posibilidad de:
“[…] la reversión del sadismo hacia la propia persona ocurre regularmente a raíz de la sofocación cultural de las pulsiones, en virtud de la cual la persona se abstiene de aplicar en su vida buena parte de sus componentes destructivos. […] El sadismo del superyó y el masoquismo del yo se complementan uno al otro y se aúnan para provocar las mismas consecuencias. Opino que sólo así es posible comprender que de la sofocación de las pulsiones resulte – con frecuencia en la totalidad de los casos- un sentimiento de culpa, y que la conciencia moral se vuelva tanto más severa y susceptible cuanto más se abstenga la persona de agredir a los demás”.[8]
El sadismo vuelto contra el sujeto, únicamente se puede comprender a partir de las prohibiciones y normas sociales que impiden el ejercicio de la violencia sobre otros y dejan como única posibilidad la descarga sobre el sujeto. Por eso es que parece que al final se realiza un encuentro entre sadismo vuelto contra el sujeto y masoquismo. De modo que ambos se ponen servicio de la pulsión de muerte.Es importante notar aquí la relación entre la imposibilidad de satisfacer el deseo y la culpa o necesidad de castigo. El sujeto, al no poder violentar a otros, encuentra que la única posibilidad es la violencia sobre sí, que aumenta en la medida en que el superyó (moral y la conciencia moral) se torna más severo.[9]
Para la teoría psicoanalítica freudiana, el ser humano está constituido por la pulsión de vida y la pulsión de muerte. El hombre vive en un conflicto constante que se manifiesta a través de la lucha entre las pulsiones; entre Eros y Tánatos. No debemos olvidar que la pulsión de muerte y su consecuente manifestación en pulsión de destrucción aparece en la teoría freudiana hasta 1920 en Más allá del principio de placer y que es en ese momento en el que se inicia la dualidad pulsional. Debemos reconocer que:
“La pulsión de muerte puede ser considerada como correspondiente a la esencia del descubrimiento de Freud. Pero ésta suprime, en efecto, toda esperanza- y de ahí su carácter escandaloso- de una armonía posible, tanto entre el hombre y el mundo como entre el hombre y él mismo, entre su bien y su deseo”.[10]
La existencia de las dos pulsiones pone de manifiesto el conflicto permanente que vive el ser humano y a su vez la imposibilidad de una armonía. En ese sentido, lo más que se puede alcanzar en esa lucha entre las pulsiones es un equilibrio siempre imperfecto. La idea de ese equilibrio sería evitar que sea la pulsión de muerte la que imponga las condiciones para la vida. Por eso es que: “Tarea de la libido es volver inocua esta pulsión destructora; la desempeña desviándola […] hacia afuera, dirigiéndola hacia los objetos del mundo exterior. Recibe el nombre de pulsión de destrucción, pulsión de apoderamiento, voluntad de poder. Un sector de esta pulsión es puesto directamente al servicio de la función sexual […] Es el sadismo propiamente dicho. Otro sector no obedece a este traslado hacia fuera, permanece en el interior del organismo […] En ese sector tenemos que discernir el masoquismo erógeno, originario”.[11]
No debemos olvidar que la pulsión nunca actúa en estado puro, sino más bien se presenta con un monto de la otra pulsión. Lo que sí podemos reconocer es que se presenta un cierto predominio de una pulsión sobre la otra, pero únicamente en determinados momentos. En cierta situación predomina una pulsión y luego la otra. Lo único que permanece es la lucha entre las pulsiones. En este sentido, Freud reconoce que:
“[…] se producen una mezcla y una combinación muy bastas, y de proporciones variables, entre las dos clases de pulsión; así no debemos contar con una pulsión de muerte y una pulsión de vida puras, sino solo con contaminaciones de ellas, de valencia diferentes en cada caso”.[12]
Las pulsiones actúan siempre de manera conjunta, nunca se presenta una sola de ellas en estado puro. Por tanto, “sólo la acción eficaz conjugada y contraria de las dos pulsiones primordiales, Eros y pulsión de muerte, explica la variedad de los fenómenos vitales, nunca una sola de ellas”.[13] Todo lo que hacemos, en última instancia, se encuentra condicionado (inconscientemente) por la lucha entre las pulsiones, por eso es que para Freud:
“[…] la pulsión de muerte actuante en el interior del organismo – el sadismo primordial- es idéntica al masoquismo. […] Ese masoquismo sería un testigo y un relicto de aquella formación en que aconteció la liga, tan importante para la vida, entre Eros y pulsión de muerte. […] El sadismo proyectado, vuelto hacia fuera, o pulsión de destrucción, puede bajo ciertas constelaciones ser introyectado de nuevo, vuelto hacia adentro, regresado así a su situación anterior. En tal caso da por resultado el masoquismo secundario, que viene a añadirse al originario”.[14]
Tanto el sadismo como el masoquismo son manifestaciones de la lucha permanente entre las pulsiones. Por eso, aunque Freud reconoce el masoquismo primario, también da un lugar importante al sadismo en tanto que masoquismo secundario o sadismo introyectado y vuelto contra el sujeto. Dicha cuestión sólo se puede entender a partir del reconocimiento del lugar del superyó en la lucha entre las pulsiones:
“El masoquismo moral pasa a ser el testimonio clásico de la existencia de la mezcla de pulsiones. Su peligrosidad se debe a que desciende de la pulsión de muerte, corresponde a aquel sector de ella que se ha sustraído a su vuelta hacia afuera como la pulsión de destrucción. Pero como, por otra parte, tiene valor psíquico (Bedeutung) de un componente erótico, ni aun la autodestrucción de la persona puede producirse sin satisfacción libidinosa”.[15]
Por lo tanto, Freud considera que únicamente se puede entender al ser humano como un complejo entramado de pulsiones tanto de vida como de muerte. Esas dos pulsiones constituyen al ser humano y crean una complicada red de relaciones consigo mismo y con los otros desde el comienzo de la vida.
En última instancia, la pulsión sexual apunta a la preservación de la especie; la pulsión de muerte a su destrucción, a la vuelta al estado primigenio. La pulsión de vida se relaciona con el sadismo, esto es, con el ejercicio de la violencia sobre otros. La pulsión de muerte se relaciona con el masoquismo y con en el sadismo introyectado, que se manifiesta en la violencia sobre sí mismo. Violencia incrementada en el masoquismo moral, que se torna más peligrosa al ir acompañada por una cierta dosis de placer (pues el masoquismo moral no deja de ser un masoquismo erógeno) asociada a la culpa por desear aquello que está prohibido y que el superyó (moral) siempre recuerda, sobre todo en el ámbito de lo inconciente, a través de la “necesidad de castigo”. Quizá lo que falta pensar a partir de la propuesta freudiana es cómo superar la culpa o dejarla totalmente de lado.










 Víctor Ignacio Coronel Piña
Bibliografía
Assoun, Paul-Laurent, La metapsicología, Siglo XXI, México, 2002
1.        Freud, Sigmund, El problema económico del masoquismo (1924), Volumen XIX, Amorrortu, Argentina, 1992.
2.        ______________, Análisis terminable e interminable, Volumen XXIII, Amorrortu, Argentina.
3.        Millot, Cathetine, Freud ant-.pedagogo, Paidós, México, 1990.
Notas

[1] Assoun, P., La metapsicología, Siglo XXI, México, 2002, p. 86.
2 Freud, S., El problema económico del masoquismo (1924), Volumen XIX, Amorrortu, Argentina, 1992, p. 167.
3 ibid. p.168.
4 idem.
5 ibid. p. 175.
6 Freud, S., El problema económico del masoquismo, op. cit., p. 171.
7 idem.
8 Freud, S., El problema económico del masoquismo, op. cit., p. 175.
9 En esos planteamientos de Freud, sin lugar a dudas, resuenan las ideas de Nietzsche. Específicamente lo que plantea en La genealogía de la moral, en el tratado segundo en el que aborda la cuestión de la culpa, su relación con la mala conciencia y la violencia vuelta el propio sujeto. Para una aproximación al complejo encuentro esos dos grandes pensadores se puede consultar el artículo: “Nietzsche en Freud. La innegable presencia de la filosofía de Nietzsche en la teoría psicoanalítica de Freud”, en Reflexiones Marginales, número33 junio-julio, 2016.
10 Millot C., Freud ant-.pedagogo, Paidós, México, 1990, p. 128.
11 Freud, S., El problema económico del masoquismo, op. cit., p. 169.
12 ibid. p. 170.
13 Freud, S., Análisis terminable e interminable, Volumen XXIII, Amorrortu, Argentina, 1975, pp. 244-245.
14 idem.
15 Freud, S., El problema económico del masoquismo, op. cit., p. 176.



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jueves, 8 de marzo de 2018

Masoquismo y Mujer



MASOQUISMO FEMENINO
¿De sufrimiento, placer?
. En el lenguaje cotidiano, se entiende por masoquismo el placer en el sufrir. Me interesa en primer instancia por el susodicho “masoquismo cotidiano y normal” y el concepto de “masoquismo femenino” en el psicoanálisis.
Quisiera resumir brevemente el destino de las teorías de Freud sobre el masoquismo. En “Los instintos y sus destinos” (1917) Freud habla de diferentes pulsiones originarias, las cuales divide en dos grupos: las pulsiones yoicas o pulsiones de conservación y las pulsiones sexuales. Plantea que las fuerzas destructivas dirigidas al mundo exterior, responsable del fracaso pulsional, se desarrollan antes que las libidinales: “El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor. Nace de la repulsión primitiva del yo narcisista al mundo exterior emisor de estímulos irritantes. Según Freud, en esta primera teoria, el sadismo se desarrolla antes que el masoquismo.
Con el tiempo el interés de Freud se concentra cada vez más en el conflicto intrapsíquico. El utiliza una formulación aun más cauta del término de masoquismo una vez que introduce su concepto de pulsión de muerte en “Más allá del principio de placer”(1923). Finalmente reconoce la existencia de un masoquismo primario como hecho incuestionable, como heredero de la pulsión de muerte. En su trabajo “El problema económico del masoquismo” (1924) señala la diferencia entre el masoquismo erógeno, el femenino y el moral. Por lo general la denominación de “masoquismo femenino” es mal entendida: Se cree que se trata del masoquismo de la mujer. Laplanche y Pontalis : “Es cierto que Freud designó con dicho término la “expresión de la esencia femenina”, pero, dentro de la teoría de la bisexualidad, el masoquismo femenino representa una posibilidad inmanente en todo ser humano. Es más, con esta denominación describe Freud, en el hombre, lo que constituye la esencia misma de la perversión masoquista.”
Freud mismo parece preocupado, quando piensa sobre el masoquismo femenino, diciendo que el ser deflorada, sí, especialmente el acto sexual, el parir y la maternidad solo pueden ser explicados, si se parte de un masoquismo biológicamente determinado, es decir, un masoquismo genuino en la mujer. Según la teoría tradicional, el descubrimiento de la castración seria el punto de viraje en el desarrollo femenino: las sensaciones pulsionales se transformarían desde aquí en adelante en ambiciones pasivo-femeninas que se establecerían como fundamento del masoquismo femenino. En la complejidad y en las contradicciones de los conceptos sobre la feminidad, Freud nos presenta un camino difícil a seguir. Cito su trabajo “La feminidad. Nuevas lecciones” (1933): “El sojuzgamiento de su agresión, constitucionalmente prescrito y socialmente impuesto a la mujer, favorece el desarrollo de intensos impulsos masoquistas, los cuales logran vincular eróticamente las tendencias destructivas orientadas hacia su interior. El masoquismo, pues, queda así, auténticamente ligado a lo femenino.”
¡Es Helene Deutsch la que aborda, por así decirlo este capítulo: ¡Concibe un impulso unilateral sobre el masoquismo femenino! (“Psicología de la mujer”,1944-45). Aunque modifica algunas de las hipótesis de Freud, su visión determina narcisismo, pasividad y masoquismo como las tres características primordiales del género femenino. Propone un cierto tipo de satisfacción como componente central de la maternidad, como condición femenina primaria que abre espacio al dolor como experiencia de placer dentro de la economía psíquica. Considera los deseos eróticos conscientes de las mujeres como expresión de un sufrimiento masoquista por el amado, por la violación, la esclavización y la humillación.
Christa Rohde- Dachser (Expedición en el continente oscuro,1991) demuestra convincentemente como algunas construcciones psicoanalíticas logran convertirse en evidencias típicas ,semejantes a la poesía y al mito. Su crítica plantea que cierto tipo de mitos pueden recibir una función de legitimación de estructuras patriarcales, dentro y fuera del psicoanálisis. Ejemplo esclarecedor para este proceso son las viejas construcciones psicoanalíticas de la feminidad. “Helene Deutsch sigue ese patrón fundamentando su modelo normativo, de feminidad, en la figura de la “Femme fatale...” tomando como ejemplo la figura de “Carmen”. Deutsch: “Se le atribuye una magia inagotablemente femenino- narcisista, gracias a la cual conquista los corazones masculinos, con el único fin de usarlos en un cruel juego sádico... Mientras convivimos su destino sentimos ininterrumpidamente, que Carmen no solo emplea sus armas contra todos los demás, sino además, entre otro, contra sí misma, para satisfacer su propio masoquismo cruel.(…) Muchas mujeres- mujeres femeninas- se ven conmovidas por el destino de Carmen, y muchas veces reconocen entre lágrimas, su identificación para con ella(...)es la feminidad primitiva y su masoquismo trágicamente acrecentado, lo que conmueve el inconsciente de estas mujeres.”
Aquí nos encontramos definitivamente frente a una equivocación! Según Deutsch las mujeres no se identifican con el personaje de Carmen por seguir el modelo de identidad femenina impuesto por el hombre (Prosper Merimée), ¡sino porque son idénticas a ese modelo! El límite entre “mujer artificial”, una fantasía masculina en este caso, y la verdad vital de una “mujer real”, se desvanecen.
Hoy por hoy el psicoanálisis contemporáneo ya no parte de un masoquismo que concierne específicamente a la feminidad, del cual se derivan las capacidades maternales.
Llama la atención, que en el psicoanálisis contemporáneo no se habla mas del “masoquismo femenino”, pero los trabajos que se refieren a este tema, emplean casos como ejemplos de clínica, que son sobre todo mujeres. Resulta curioso notar, que en la lectura de trabajos psicoanalíticos referidos a la problemática masoquista, nace fácilmente la impresión de una diferencia entre concepciones contemporáneos y la literatura psicoanalítica de la corriente principal. Aparentemente algo bloquea ante la posibilidad de superar viejos e integrar nuevos conceptos en escritos y discusiones psicoanalíticas sobre la feminidad. Esto no sucede en otros ámbitos de la metapsicología, podemos encontrar pequeñas y finas desviaciones teóricas en formulaciones nuevas, que son publicadas y desarrolladas abiertamente...

Por parte de varios autores existen diferentes ideas al respecto. Christa Rohde- Dachser investiga y desarrolla esta cuestión en su distinguido trabajo “Fantasía inconsciente y creación de mitos en las teorías psicoanalíticas sobre las diferencias genéricas” (1989). Parte de la “dialéctica del esclarecimiento”, así como la describen Adorno y Horkheimer, para señalar el inevitable círculo latente e inmanente entre demitologización y remitologización en el proceso de esclarecimiento psicoanalítico. Rohde-Dachser demuestra como el psicoanálisis participa inevitablemente en la construcción de nuevos mitos, y como este proceso se ejemplifica con mayor claridad en la construcción de conceptos referidos a la feminidad en la obra de Sigmund Freud.
Fantasías conscientes e inconscientes relacionadas con las diferencias entre géneros tienen una función central en el mantenimiento de la identidad genérica y por encima de ello, en el mantenimiento de la organización psíquica. La categorización de los géneros es aparentemente un organizador central de la propia identidad. Consecuentemente las normas y los mitos son necesarios, por estar al servicio de la orientación, el encuentro con el sí mismo y la diferenciación de lo otro, lo extraño y evidentemente también del género opuesto.
Cuando empecé a ocuparme del tema, me pregunté, si existe alguna situación vital en la que lo masoquista es aceptado gustosamente, o al menos oculta o genera alguna experiencia de placer. ¡Me sobrevino el pensamiento, de si esto pudiese ser válido para el estado de enamoramiento! Inmediatamente me dispuse a la búsqueda de trabajos psicoanalíticos relacionados con el precioso estado de enamoramiento.
En el trabajo “Duelo y melancolía” (1917) tropecé con la siguiente aseveración: “En el suicidio y en el enamoramiento extremos- situaciones opuestas- queda el yo igualmente dominado por el objeto, si bien en forma muy distinta.” Freud no termina de desarrollar esta idea lanzada deliberadamente, referida a la relación parcial entre enamoramiento y suicidio. Y no fue sino en “Being in Love and Object Loss” (International Journey of Psychoanalysis), un trabajo de Robert C. Bak, que llegué a encontrar un desarrollo de esta sorprendente apreciación.
Pretendo referirme al cuento conocido “La pequeña sirenita” de Hans Christian Andersen (1805-1875). Es la historia de un amor, por el cual una sirenita sacrifica todo, la voz, el dolor e incluso la vida.
¿Es esta la historia de amor típica de una existencia de mujer? Espontáneamente podríamos estar tentados a decir que sí: muchas jóvenes y mujeres viven de fantasías en las que logran el amor, a través de sacrificios y sufrimientos.

 







Pero como todos sabemos, amor y suicidio son temas clásicos en la literatura e historia: como prueba de ser dignos del amor de sus amantes, renuncian a la vida, o incluso optan por la muerte para ser unidos con la persona amada en el más allá. Y esto es válido tanto para hombres como mujeres.
Otro ejemplo es la famosa novela “Las penurias del joven Werther” (1772) de J. W. von Goethe.Werther se suicida por no poder satisfacer su amor por Lotte. Pero resulta llamativo que, incluso antes de conocer a ella, Werther mencionara una y otra vez la posibilidad de suicidarse, como consuelo para poder soportar las limitaciones que para él implica la vida de ser humano: elige la muerte voluntaria por desamparo religioso y por amor. El amor se entremezcla aquí con lo religioso. Encontramos algo parecido, aunque más sencillo en la historia de la sirenita: ¡ella quiere ganarse el amor del príncipe, para recibir un alma inmortal!
Pero volvamos ahora al psicoanálisis y con ello a la obra citada de Freud, en la cual se centra en los procesos psíquicos ante la pérdida del “objeto”.
Hay muchas similitudes en el enamoramiento, el duelo y la depresión: en todos estos estados se restringe la conciencia, y el interés se concentra principalmente en el objeto. El yo- es decir, el sí mismo- pierde importancia al ser avasallado por la importancia del objeto o su pérdida. Este proceso conlleva algo masoquista.
En el caso de la depresión el proceso es un tanto más complicado. La depresión puede aparecer ante la muerte de un objeto, pero usualmente se desarrolla a causa del sentimiento de pérdida de objetos intrapsíquicos, incluso a nivel de las fantasías de relación establecida hacia ellos.
La melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución de amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones, que se hace objeto a sí mismo, y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. (...) Vemos (...) como una parte del yo se enfrenta con la otra, juzgándola críticamente, igualándola al objeto.”
En el caso extremo, cuando vence el objeto interno malo y destructivo, puede llevar al suicidio.
¿Y qué sucede con la hipótesis de la pérdida del objeto en el enamoramiento?
A Freud le interesa sobre todo, dentro del estado de enamoramiento, la sobrestimación sexual del objeto. (Psicología de las masas y análisis del yo, 1921): “Dentro de este enamoramiento nos ha interesado desde un principio el fenómeno de la “superestimación sexual”, esto es, el hecho de que el objeto amado queda sustraído en cierto modo a la crítica, siendo estimadas todas sus cualidades en más alto valor que cuando aún no era amado o que las de personas indiferentes.(...) Lo que aquí falsea el juicio es la tendencia a la idealización.(...) En algunas formas de la elección amorosa llega incluso a evidenciarse que el objeto sirve para sustituir un ideal propio y no alcanzado del yo. Amamos al objeto a causa de las perfecciones a las que hemos aspirado para nuestro propio yo y que quisiéramos ahora procurarnos por este rodeo para satisfacción de nuestro narcisismo. (...) el yo se hace cada vez menos exigente y más modesto, y, en cambio, el objeto deviene cada vez más magnífico y precioso, hasta apoderarse de todo el amor que el yo sentía por sí mismo, proceso que lleva, naturalmente, al sacrificio voluntario y complejo del yo. Puede decirse, que el objeto ha devorado al yo. En todo enamoramiento hallamos rasgos de humildad, una limitación del narcisismo y la tendencia a la propia minoración.”
Para Freud el hacerse daño, como rasgo masoquista, es parte integradora de todo estado de enamoramiento. Mediante el proceso descrito, queda atrás un sí mismo o un yo desprotegido y muy vulnerable. Cualquier ambivalencia para con el objeto es reprimida, intolerable, ya que también el objeto, como parte del sí mismo, ha de ser protegido.


  Podemos suponer, que el estado de enamoramiento nos recuerda a la fase primaria de fusión con la madre. Asocio, en relación con esto, una interacción temprana entre madre y lactante: la investigación del rostro de la madre.
Tanto en el cuento de la pequeña sirenita como en Werther se describe como ambos se ven profundamente conmovidos por el rostro de la persona amada: el entretenimiento obsesivo con la cara de el ser amado, que cubre cualquier otra imagen interna podría tener su origen en la relación con el primer objeto de amor, la madre. Cualquier madre que haya dado de mamar a su bebé o toda persona que haya observado a una mujer haciéndolo, habrá notado, cuan intenso es el estudio que lleva a cabo el bebé de la cara de su madre ¡la examina!
Esta primer relación amorosa es realmente vital para el lactante. Es totalmente dependiente para sobrevivir y satisfacer sus necesidades. A esto se le suma el sentimiento de ser amado y sostenido emocionalmente. Y consecuentemente, así de inmenso es el temor a la separación y la pérdida. En el transcurso de su desarrollo, el niño logra ser cada vez más independiente. Vive cada vez más, la dependencia como una ofensa que consecuentemente, genera agresiones.
El psicoanálisis plantea que las emociones contrarias y ambivalentes rigen la vida emocional, de manera que normalmente no existen sentimientos puros, quizás por algunos momentos o como patología. Freud habla de una ley de la ambivalencia emocional, que domina nuestras relaciones, también con las personas que más amamos (“Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte”, 1915)
¡Ahora sabemos que esta ley de la ambivalencia emocional es peligrosa en el estado de enamoramiento! La parte agresiva de la ambivalencia no solo se dirige hacia el objeto amado, sino también hacia el amante mismo. Como lo mencioné al principio, Freud plantea que el odio es necesario para el yo, para que este se de su lugar y pueda desarrollar algo propio. Visto de esta manera, en toda relación amorosa la integración de la agresión está en función de la autoconservación, es decir, es una condición importante para poder volver a sí y con ello entre otros, poder sobrevivir la separación de la persona amada. Pero el estado de enamoramiento es una excepción que requiere justamente de la represión de la agresión y por ello, de una porción de masoquismo. En el caso en que la represión de la agresión permanezca intacta, puede resultar de ella una relación amorosa masoquista duradera, en la que lo propio tiene que ser sacrificado en nombre del objeto, con tal de no perderlo- bajo ciertas circunstancias esto puede conducir al sometimiento total y al suicidio. Las agresiones, siempre presentes, depositadas en el inconsciente, tienen efecto dirigiéndose en este proceso contra el deseo de autoconservación, asesinado al sí mismo psíquicamente o, como última consecuencia, también físicamente.
Intenté mostrar que de toda “condición humaine” conlleva una predisposición masoquista y que la diferencia entre el susodicho masoquismo “normal” y el “patológico” es difícil de establecer. La condensación del deseo psíquico y el dolor es, hoy por hoy, un ámbito poco explorado. Así como cualquier fenómeno complejo similar, el masoquismo tiene muchas funciones reguladoras dentro de la economía psíquica y, por diversas razones, tiene que ser integrado. Puede estar al servicio de la satisfacción pulsional. En este caso la relación entre masoquismo erótico y agresión nos indica el conflicto básico, referido al juego entre libido y agresión: la agresión puede conllevar al erotismo o el erotismo puede estar al servicio de la agresión. En general, el masoquismo posibilita la adaptación a las circunstancias sociales y la dominación de las pulsiones, es entonces parte de la integración de importantes funciones superyoicas de sobrevivencia. Así mismo, sirve para la regulación del narcisismo, por ejemplo, en el logro de la difícil capacidad de una adecuada evaluación autocrítica, necesaria para soportar el ánimo depresivo que lógicamente resulta de ella.
Lo paradójico en la función del masoquismo reside en que puede ser necesario para conservar la vida, de modo que no necesariamente tiene que ser amenazante para ella. (Benno Rosenberg Masochisme mortifère et masochisme gardien de la vie, 1991) ¡Sin embargo esto significa que el masoquismo puede evitar la satisfacción de todo tipo de pulsiones, tanto agresivas como de autoconservación! Puede ser guardián de la psique o convertirse en su peor enemigo, siendo autodestructivo en la medida en que anula el displacer, desactivando así cualquier señal de peligro para la vida.
Para terminar, quisiera volver a una de las semejanzas en la historia de la pequeña sirenita y el joven Werther: la relación entre amor y anhelo religioso, que a ambos facilita la muerte como alivio, haciéndola parecer incluso deseable.
Se podría decir que el masoquismo juega un papel muy importante dentro de la vida en nuestra cultura cristiana que inculca la culpa y la herencia pecaminosa etc. ¡Pero además podríamos pensar que las imágenes cristianas del más allá fomentan el masoquismo! Existen numerosas promesas de lo que se puede obtener después de morir. No solo la sirenita pretende un alma inmortal, mejor dicho, un pedazo de eternidad; Werther sostiene la esperanza de una existencia más sencilla, sin límites y de un reencuentro con Lotte. Desde un punto de vista estrictamente religioso, solo es posible acceder a la recompensa del cielo después de una vida colmada de sumisión humildad y sacrificio. ¡Sabemos que en nuestras culturas estas “virtudes” se adjudican sobre todo a mujeres! La pequeña sirenita está dispuesta a sacrificar sus facultades específicas: cambia su cola de pescado con la que se puede mover en el mar por dos tortuosas piernas. Esto significa que paga cualquier movimiento propio con dolores masivos. ¡Pero además renuncia a su hermosa voz para ser una testigo muda de su propia desgracia! ¡Sus facultades específicas, su identidad e implícitamente también sus posibilidades de placer sexual! Solo así, mutilada, podría adquirir la inmortalidad a través del amor hacia un hombre.
¡Este trágico cuento pertenece, como todos nuestros cuentos y leyendas, a nuestro acervo cultural! Son expresión de él y así mismo lo definen. No tenemos una representación cultural sólida y determinada sobre la potencia femenina, sobre la creatividad femenina, como tampoco de la poderosa facultad de dar vida, como evidentemente tampoco de un cuerpo femenino fuerte, vital, generador de vida y alimento. A consecuencia nos falta para el consciente y para el inconsciente naturales imágenes de algo que se sobreentiende.


¿Y qué sucede con Werther, el hombre, joven adolescente? En toda Europa Goethe llegó a ser muy famoso y altamente admirado gracias a esta obra. Pero provoco un efecto no deseado ,aumento al el número de suicidios. Seguramente esta fue la razón por la cual escribe las siguientes estrofas para la segunda edición, en las que advierte a los lectores masculinos:
“Todo joven desea amar así,
toda joven ser amada como tal.
Ay, la más sagrada de nuestras pulsiones
¿por qué nace de ella pena tan descomunal?
Lo añoras, lo amas, alma querida
Salvas su memoria de la deshonra,
mira, te saluda su fantasma desde su cueva;
¡se hombre. Y no me sigas! ”.












Ita Grosz-Ganzoni
Bibliografia
Andersen Hans Christian, “Märchen und Historien“, 1. Bd., Verlag H.Ellermann, München und Hamburg,1964
Bak Robert C., Being in Love and Object Loss“, Int.J.Psycho-Anal.,1973
Blum Harold P., Masochismus, ichideal und Psychologie der Frau“, 1976, in „Leiden am Selbst“, Hrsg. Johannes Grunert,Verlag Kindler,1981
Deutsch Helene, Psychologie der Frau“(1944/45), Fachbuchhandlung für Psychologie, Eschborn, Reprints, Bd.31, 1988 (S.262f)
Freud Sigmund, Obras Completas, Amorrortu Editores
Goethe J. W. “Die Leiden des jungen Werther“, 1771, Goethes Werke, Bd.6, Hamburger, Ausgabe,dtv (S.117, S.121, 547f, S.80, S.532)
Grunert Johannes, “Regulierungsfunktionen des Masochismus“ in “Leiden am Selbst“, 1979, Verlag Kindler
Kernberg Otto F. “Clinical dimensions of masochism“, J. Amer. Psychoanal. Assn.,36:1005, 1988
Laplanche J.,Pontalis J.-B.”Das Vokabular der Psychoanalyse“, Suhrkamp 1973 (S. 305)
Mertens Wolfgang, “Psychoanalyse“, Urban Taschenbücher,1992
Rohde-Dachser Christa, “Unbewusste Phantasie und Mythenbildung in Psychoanalytischen Theorien über die Differenz der Geschlechter“, Psyche 3,März 1989, 43.Jg.
“Expedition in den dunklen Kontinent“, Springer, 1991 (S.234f)
Rosenberg Benno, “Masochisme mortifère et masochisme gardien de la vie“,1991,Presses Univers,France 700
 

domingo, 4 de marzo de 2018

EL OBSESIVO Y EL AMOR



“Manejar los hilos del deseo de la mujer”


 
El obsesivo se defiende encarnizadamente, con sus síntomas, del dolor del amor. Sufre de deseos que lo obsesionan y tiene terror a esos mismos deseos. Enredado en su jaula narcisista, pretende un control total a partir de su yo; la pretensión ilusoria, forzada e imposible, de controlar y manejar los hilos de la escena deseante de su o de sus mujeres.
No puede perder a ninguna, porque cualquier pérdida lo remite a la castración, a un desfallecimiento de su imagen narcisista. De allí su carácter anal, retentivo, en relación con el objeto. De allí su afán de controlarlo todo, especialmente a su objeto amoroso.
Su pregunta esencial es: ¿estoy vivo o muerto? En la modalidad activa, las grandes hazañas yoicas, las necesarias demostraciones de potencia sexual con las mujeres son un intento de sentirse vivo. Dar prueba de que está vivo en la proeza del sexo. En la modalidad pasiva, “el muerto” gana la partida y el enganche a la mujer es sólo burocrático, cuando lo hay.
Tanto en la histeria como en la obsesión el goce inconsciente en juego es de carácter narcisista. Pero mientras en la histeria se expresa en la alienación al deseo del Otro –la histérica está a merced del deseo del otro para colmar imaginariamente su falta–, el obsesivo se retrae, se aísla emocionalmente para defenderse. Padece de su pensamiento. Se acantona en sus rumiaciones. Preso de la idealización de sí mismo, cuando en la vida amorosa debe tomar una decisión se escabulle, anulando la pérdida y la ganancia.
El obsesivo siempre está psíquicamente en lucha para no ser sometido por el padre o sus representantes: el jefe, el suegro, el colega. Curiosamente, tal como puntualiza Freud en Análisis terminable e interminable, muchos obsesivos terminan siendo sometidos no por hombres sino por sus mujeres.
Como lo importante queda siempre para después, arrastra la sensación penosa de no estar presente en los acontecimientos importantes de su propia vida –el matrimonio, la paternidad–, por el aislamiento, la desconexión entre la representación y el afecto, una de sus defensas clave. Perdido en el laberinto de un tiempo muerto donde lo significativo queda siempre para después, reforzando su fantasía de inmortalidad, vive sometido al régimen de la duda, a la exuberancia retórica, a un mundo cerrado donde no hay lugar, en suma, para las vicisitudes de la dramática amorosa.
Podemos situar al sujeto obsesivo como aquel que en el tránsito edípico se sintió fuertemente amado por la madre, que tuvo estatuto de objeto privilegiado del deseo materno y que no ha renunciado a ser ese falo en la escena actualizada con sus partenaires.




Por Elina Wechsler *
 
Publicado en Pagina 12  el Jueves, 28 de febrero de 2013

Abandona la Esperanza ,entonces viviràs en el AQUI Y AHORA


AMAR ES ESCRIBIR UNA HISTORIA ENTRE DOS

“Creer que un cielo en un infierno cabe”

  El Matricomio , el Mal de ser dos.

“Noviazgo, matrimonio, pareja, amantazgo son formas como la cultura intenta atemperar, encuadrar y fundamentalmente controlar el fenómeno del amor”, sostiene el autor de esta nota: “Pareciera que el fenómeno debe ser ubicado en alguna de esas categorías, para tranquilidad del vecindario y de los participantes, que así saben qué son el uno para el otro”.


Desmayarse, atreverse, estar furioso,/ áspero, tierno, liberal, esquivo,/ alentado, mortal, difunto, vivo,/ leal, traidor, cobarde, animoso;/ no hallar fuera de bien, centro y reposo,/ mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,/ enojado, valiente, fugitivo,/ satisfecho, ofendido, receloso,/ huir el rostro al claro desengaño,/ beber veneno por licor suave,/ olvidar el provecho, amar el daño,/ creer que un cielo en un infierno cabe,/ dar la vida y el alma a un desengaño,/ esto es amor; quien lo probó lo sabe”,
 dice el Soneto 126, de Félix Lope de Vega y Carpio.
 Un amor que cuestiona la imagen corporal, las identificaciones, que supone confusión de síntomas y de fantasmas. Alguien se mete en nuestras vidas sin permiso, sin intención de hacerlo y nos pone en situación de tener que hacer algo con eso. Ocurre que además incluye la muerte. Porque podría morir y porque no hay garantías.
 Como escribió Macedonio Fernández:
“Amor se fue;/ mientras duró/ de todo hizo placer./ Cuando se fue/ nada dejó que no doliera”.

Esto realmente perturba. Entonces la cultura, cada cultura, ofrece formas que intentan atemperar, encuadrar y fundamentalmente controlar el fenómeno, en función de la estabilidad del sistema. En nuestra cultura esas formas se llaman noviazgo, matrimonio, pareja, amantazgo. Pareciera que el fenómeno debe ser ubicado en alguno de estos odres, para tranquilidad y calma del vecindario y especialmente de los participantes, que, de esta manera, saben qué son el uno para el otro. Está incluido el ser, entonces. Todos escuchamos cómo se angustian algunos sujetos si no saben qué son del otro en cuestión o si éste no se los dice. Queda claro entonces que estas formas tienen una legalidad propia, independiente del amor. Aunque a veces se las confunda.
Otra cuestión en juego es el ideal de la continuidad. Si una relación es duradera, es mejor. Cuando, a los 82 años, el escritor Norman Mailer se casó por quinta vez, le preguntaron qué pensaba de sus fracasos amorosos. Contestó que en su juventud había pasado cinco años en París y que, al volver, nadie le había preguntado por qué había fracasado su relación con París.
Es cierto que, como el encuentro amoroso es contingente y también lo es su duración, con la angustia que esto supone, el discurso del amor habla necesariamente de eternidades. Pero una cosa es que sea necesario hablar de esta manera y otra que la duración se transforme en un valor en sí, con el ulterior sentimiento de fracaso.
Otro valor que se escucha, ya con características de diagnóstico psicopatológico, es que estar en pareja es mejor, más sano. Así, “Fulanito está muy bien, está en pareja”. No es tan habitual escuchar: “Está muy bien, está enamorado”.
Y para el que no está en pareja queda un diagnóstico de discapacidad.
 

Un tema que complica es el de los “proyectos”. Se escucha a menudo la necesidad de tener proyectos como signo de que la relación está bien, progresa. Así, con cierto matiz obsesivo, el término “proyecto” reemplaza al término deseo.
La “sociedad conyugal” establecida en nuestro Código Civil se plantea fundamentalmente en términos económicos, de obligaciones y derechos como los hereditarios. Aquí la cosa jurídica está innegablemente constituida por los bienes. Cuando no hay bienes, las cuestiones de tenencia y crianza de los menores suelen resolverse pre o extrajudicialmente.
No olvidemos que el Código Civil, en el capítulo sobre el matrimonio, legisla sobre algo tan íntimo como la sexualidad. El matrimonio debe ser consumado, y si no se consuma se puede pedir su anulación; así se garantiza también la procreación.
El matrimonio cristiano, cuando es vivido auténticamente y con conciencia, consiste en una sociedad que tiene como finalidad armar una familia cristiana y criar a los hijos en el amor a Dios. Es decir: transmitir y reproducir una ideología. Esta forma del matrimonio permite el sentimiento de que se está “en otra cosa”; de ahí que las oscilaciones en el deseo y en el amor sean vividas con menos sentimiento de inseguridad, con menos vivencia de peligro. Cierto es que de estos matrimonios hay pocos, porque en general las ceremonias matrimoniales son realizadas para mostración de vestidos, dinero y otras cosas de ese estilo. Lo mismo ocurre en otras religiones importantes en número, como la judía.
Otro caso, no tan habitual en esta época pero frecuente en la década de 1940 y hasta mediados de los cincuenta, era el de los matrimonios entre miembros del Partido Comunista. Así como los católicos se casaban para generar catoliquitos, los miembros del PC se casaban para generar “pececitos”. Stalin y los efectos de su política, entre otras cosas, tuvieron que ver con la dificultad de seguir con esas prácticas.
Otro modelo interesante se puede ver en las novelas de Agatha Christie, que en general transcurren en medios de la clase media alta inglesa. Cuando se trataba de elegir a un marido o esposa era importante saber si jugaba al tenis o al golf, porque la idea era que iban a pasar todos los fines de semana de sus vidas juntos. La idea consistía en que la sexualidad y el amor vendrían después naturalmente, y muchas veces así ocurría. Aquellas virtudes no eran tenidas en cuenta si se trataba de elegir un amante.
El matrimonio llamado “existencialista” tuvo su momento de gloria por fines de los cincuenta y los sesenta del siglo pasado. La libertad sexual y amorosa se sostenía como ideal. También se los llamó matrimonios abiertos. El modelo de referencia era el de Sartre y Simone de Beauvoir. Ella decía que había amores necesarios –en su caso, Sartre– y amores contingentes. Más allá de los innumerables amores contingentes que ambos tuvieron, hubo un punto en el que estuvieron siempre unidos: manejar los piolines de la cultura francesa por más de treinta años. Esa unión fue absolutamente consistente y sostenida.
Los matrimonios de la oligarquía argentina tuvieron características parecidas a algunos de los mencionados. En algunos casos, la posibilidad de una ruptura implicaba el riesgo de que la Patagonia se partiera en dos. La continuidad estaba basada en esa circunstancia y poco importaba que la vida sexual de cada uno siguiera los caminos más diversos, mientras esto no tomara estado público. La misa diaria garantizaba un momento de encuentro, a veces el único, que mostraba la pacífica continuidad de la sociedad conyugal.


Ahora bien, en general en nuestros consultorios recibimos personas de un enclave antropológico muy particular. No son católicos, ni miembros del PC del pasado, ni pertenecen a la alta clase media inglesa, ni tienen intereses en común como Sartre-Simone de Beauvoir, ni inmensas riquezas que garantizar como los oligarcas. Es decir que no pueden estar en “otra cosa”. Entonces, son uniones que están sostenidas por la sexualidad y por el amor. De ahí que cualquier oscilación en estos ideales constituya una seria amenaza para la continuidad de la relación. Esto lleva a veces a realizar conmovedores esfuerzos para reactivar sentimientos tan sutiles como los mencionados. En esta situación todos esos valores culturales aparecen en una mezcla sin orden. No se sabe a qué ideales responden ni por qué. Esto se suma a los ideales singulares de cada uno, que muchas veces aparecen confundidos con los anteriores.
El amor genera un vacío en el que se puede ESCRIBIR UNA HISTORIA , una escritura de un solo narrador escrita por dos sujetos. Así se establecen fechas, cronologías, se cuentan las veces, los momentos. En fin, se historiza.
 Cuando no se puede continuar escribiendo es cuando surgen los problemas y las amenazas de separación. Cuando ya no se escribe lo mismo, se producen las consultas. El discurso del amor, entonces, supone una retórica compartida.
 





Lic.Gurny citando a "Creer que un cielo en un infierno cabe"









 https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-214738-2013-02-28.html 
LA CULTURA ASIGNA FORMAS A LAS PAREJAS
  • “Creer que un cielo en un infierno cabe”
    Por Enrique Millán