miércoles, 15 de febrero de 2017

¿Qué es un niño?



¿QUÉ ES UN NIÑO?

Sabemos que Freud mostró sus reservas sobre los resultados del análisis del pequeño Hans, y que tuvieron que pasar muchos años, desde la publicación del caso para que pudiera corroborar lo infundado de sus temores. De hecho cuando Hans ya de 19 años leyó su historial, ni siquiera pudo reconocerse en él. Su análisis había sucumbido a la amnesia, por lo que Freud declaró:

“… no me atrevo a darle una explicación. … Algo parecido le pasa muchas veces en el dormir al familiarizado con el psicoanálisis. Despierta de un sueño, se resuelve a analizarlo sin dilación, torna a dormirse satisfecho con el resultado de su empeño, y a la mañana siguiente ha olvidado sueño y análisis.” 1

Pero si Hans había olvidado su análisis, el psicoanálisis no se olvidó de los niños ya que fueron objeto de permanentes observaciones destinadas a corroborar las hipótesis obtenidas en el tratamiento de los adultos. Sin embargo no se les consideraba posibles pacientes más que dentro del ámbito familiar, seguramente debido a la propia convicción de Freud de que el análisis del pequeño Hans sólo fue posible por la concurrencia de la autoridad médica y paterna en una sola persona, y por la unión del interés científico con el interés familiar.

Este ideal de unión entre padre y analista, dio como respuesta que entre 1919 y 1921, Melanie Klein analizara a su hijo Erich; el relato de esa experiencia la validó como analista; y por esas mismas épocas Anna Freud hizo su análisis didáctico con Sigmund Freud, su propio padre. Hechos que son por lo general ignorados, o dejados de lado, pero que son cuestiones fundamentales porque son los dos modelos en los 1 Freud, Sigmund. Análisis de la fobia de un niño de cinco años (1909), OP. CIT. Pág. 118. 2 que se asentaron los comienzos del análisis con niños. Por supuesto, esto no es lo único que queda silenciado en este nuevo espacio clínico, quizá lo más importante es lo que bien señala Silvia I. Fendrik en su libro Psicoanálisis para niños. Ficción de sus orígenes:

“… la imposibilidad de dar razón de lo que ocurre con la transferencia en el caso de los niños‐pacientes de sus propios padres.” 2 No podemos olvidar que estás dos mujeres, Melanie y Anna, se convirtieron en los dos pilares del análisis con niños, y sus escuelas reflejaron el conocido antagonismo entre ambas.

Antagonismo que tuvo su origen en dos versiones opuestas que intentan dar respuesta al mismo problema: la unión entre padre y analista. Como señala Silvia Fendrik, son antagónicas porque son miradas especulares. Una es la versión discursiva de la madre que ha analizado a su hijo, y la otra es la versión discursiva de la hija que ha sido analizada por su padre.
Atrapamiento fantasmático, algo de lo real que insistirá a lo largo de los años y que tiene su efecto en sus propuestas clínicas. Lo real, que no cesa de no escribirse, y que insistirá en los intentos aislados de reflexión sobre la dirección de la cura en los análisis de niños que no logran avanzar.

Para nuestra fortuna, con los años el fuerte antagonismo entre las dos corrientes o escuelas de pensamientos fue debilitándose, de hecho entre las personas o entre los grupos se fueron estableciendo lazos de amistad. Quizá porque las necesidades que plantea el trabajo con los niños suscita tales dificultades que las 2 Fendrik, Silvia I. Psicoanálisis para niños Ficción de sus orígenes, Buenos Aires: Ed. Amorrortu.. 1989. Pág. 12. propias posiciones se ven rebasadas o quizás porque ya no tiene ningún sentido mantener la rigidez a ultranza.

De todas formas existen todavía algunas dificultades sobre las que quisiera detenerme aunque sea muy someramente. El psicoanálisis de niños como reflexionan la mayoría de los autores sigue siendo un territorio de analistas mujeres. Es un hecho bien conocido que son pocas las excepciones de analistas varones (D. W, Winnicott por ejemplo), que se han dedicado al análisis de niños, por lo que tal parece que el psicoanálisis responde a la tradición de la cultura que concede a la mujer un saber innato en tanto madre potencial, para comprender a los niños.
Esto quizás debido a que en el registro de lo Imaginario, las mujeres poseen un saber que les permitirá, vaya a saber cómo, entender al niño. Y cómo poseen ese saber, eso no es cuestionado. Se tratará entonces de un saber inefable que las mujeres poseen con respecto a los niños, lo cual impide buscar las causas de esa apropiación en la propia historia del psicoanálisis infantil.

Si en un primer tiempo, la unión de la figura del analista y la autoridad paterna era recomendada, es hasta un segundo momento cuando el psicoanálisis de niños empezó a plantear sus propias problemáticas: la presencia del cuerpo del niño, la actuación del niño durante el tratamiento, el problema de la transferencia, la realidad de su dependencia respecto a los adultos, la presencia de los padres, la atemporalidad del inconsciente y la historia del niño, sólo por mencionar algunas cuestiones.

De tal suerte que trabajar con niños no sólo implica el reconocimiento de los propios límites, sino también como afirma Silvia I. Fendrick, responder a la historia que se hereda, de la cual se lleva las marcas, se sepa o no.
Después de esta brevísima introducción, me acercaré al meollo del asunto.

“Nos enseñaron desde niños cómo se forma un cuerpo sus órganos sus huesos sus funciones sus sitios pero nunca supimos de qué estaba hecha el alma”
Mario Benedetti

El desarrollo de todo niño se presenta plagado de incógnitas, tantas que cuando trabajamos con ellos nos enfrentamos con la pregunta acerca de la niñez, porque:
¿Qué es un niño? No alcanza con el registro de lo biológico, con la presencia de un organismo vivo para encontrarnos con un niño, existe otro orden, un orden que nos permite encontrar en ese organismo el registro del jugar, y de amar. Sabemos que el psicoanálisis se caracteriza por la importancia concedida al deseo en la constitución subjetiva.3


Es por los acontecimientos del registro del deseo que podemos intentar responder a ciertas preguntas: ¿cómo se transforma un cuerpo de la necesidad, un cuerpo de la alimentación, de los excrementos, de la sobrevivencia, en un cuerpo del deseo? ¿Cómo se constituye un sujeto? ¿Cuáles y cuantas vicisitudes influyen en su desarrollo?
Para ello partiremos del hecho de que el niño es un sujeto en situación de estarse constituyendo como tal, por eso cuando se trabaja con niños a diferencia del trabajo con adultos, la edad se convierte en un elemento importante, ya que en la constitución subjetiva también interviene el tiempo. En ese sentido no da lo mismo haber pasado o no por determinados momentos fundantes para la subjetividad.

3 Mannoni, Maud. El niño retardado y su madre Buenos Aires- Barcelona-México: Editorial Paidós. 1ª
Edición. 1984. Pág. 53.

Puede pensarse una diferencia en los niños marcada por la sucesión temporal, por una “cronología del desarrollo”, ya que son diferentes tipos de niños con los que nos enfrentamos en el trabajo psicoanalítico y que van desde el niño que se reconoce en el espejo, el niño del fort‐da, el niño que descubre la castración materna, (el pequeño Hans), o el niño con acceso a la escritura, el de la latencia. 4

Pero, cómo distinguir a un niño de un adulto siguiendo las coordenadas estructurales además de las del significante, propongo para ello hacer un breve recorrido por Freud y Lacan.

PARA SIGMUND FREUD.
El tema de lo infantil fue desde los inicios del psicoanálisis un problema central.
Lo infantil fue un concepto esencial que dirigía la cura hacia los conflictos procedentes de la infancia, a la que se le consideraba como fuente de toda neurosis. Desde el comienzo de su quehacer clínico S. Freud descubre primero en el recuerdo de acontecimientos sexuales, escenas de la realidad y más tarde en lo que se considera la fantasía neurótica, los fundamentos de lo que alcanzará después un valor traumático.
De esta forma orienta sus investigaciones hacía la búsqueda de la vida sexual infantil. En su conocido trabajo Tres ensayos de teoría sexual (1901 – 1905) refiriéndose al infantilismo de la sexualidad adulta afirmó:
4 Dinerstein, Aida. Cuestiones acerca de una clínica de niños graves. Niñez y locura, México: Inédito, 1º
y 2 de marzo de 1996. Conferencia en YOT’AN.

“Vislumbramos así una fórmula: los neuróticos han conservado el estado infantil de su sexualidad o han sido remitidos a él. De ese modo, nuestro interés se dirige a la vida sexual del niño.” 5
En estos tres ensayos, describe el complejo de Edipo y desarrollará un poco después su complemento el complejo de castración. Define los estados por los que pasará el sujeto como la infancia, latencia, pubertad. El desarrollo libidinal del niño tendrá que encontrarse con la diferencia de los sexos y de las generaciones, proceso que vive con sus padres, será con ellos con quien y por quien constituirá los conflictos organizadores de la libido.

En Tres ensayos, Freud plantea la disposición perverso polimorfa de la sexualidad infantil, las diversas fases propuestas por él están ligadas a las distintas zonas erógenas, que nacen por el apuntalamiento de las funciones corporales importantes para la vida y que se transformarán en zonas asociadas a la consecución de placer.
En este trabajo Freud define el autoerotismo como un modo de actividad sexual, en el cual la pulsión no se dirige hacia otra persona, sino que busca obtener satisfacción en el propio cuerpo del niño, quedando definido el autoerotismo como la forma en que la pulsión se satisface en la zona erógena desprendida de la necesidad. Si en un principio la satisfacción sexual está vinculada con la necesidad, tenía un objeto, el seno materno; será por efecto de la formación de una representación total de la madre, efecto logrado por el corte que brinda su ausencia, que la pulsión buscará restaurar la relación original perdida, de allí que para Freud el encuentro de un objeto es siempre un re‐encuentro.
5 Freud, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual (1901 -1905), Tomo VII, OP. CIT. Pág. 156.

El niño pequeño, es un ser débil, e indefenso que permanecerá por largo tiempo como vasallo del Otro para satisfacer sus necesidades vitales, pero también es quien se encuentra al acecho de todo lo que pasa a su alrededor, quien no se pierde de nada de lo que ocurre a su alrededor, por lo que el Otro se convierte en el lugar primordial desde donde se incorpora la vida. Lugar en donde la demanda se impone sobre la necesidad y donde el deseo quedará amarrado a la palabra. Por ello es que los distintos agujeros de su cuerpo, lugar de la necesidad y la demanda, funcionarán sólo en relación con los significantes del Otro. Por tanto el cuerpo quedará atrapado en la red significante tejida por el Otro. Para explicar este hecho, Freud, propone las fases oral, anal y fálica que serán seguidas por un periodo de latencia. Estos momentos son cruciales en el movimiento de una estructura que se incorpora según la diacronía del complejo de Edipo. Todo este desarrollo de la sexualidad constituye para cada niño una prehistoria, que solo se historizará o resignificará por la primacía del Falo a partir del Edipo.

El complejo de Edipo reúne en sí, el momento en el que el niño descubre la diferencia sexual y la ley que obstaculiza sus deseos hacia la madre, durante él, se da la dinámica de las identificaciones, que tendrán como resultado la identificación primaria con el padre de la prehistoria personal.

Una vez asumido el complejo de castración para el niño y de el Penisneid para la niña, empezaría el largo periodo de latencia con la subsecuente pubertad, y es a través de los reordenamientos estructurales de estos periodos que quedaría marcado el límite entre el niño y el adulto.


De tal manera que para Freud el complejo de Edipo será el “núcleo de las neurosis”, además de ser una etapa obligada de todo ser humano. Pues es bajo el abrigo del padre, en tanto portador de la castración y de la promesa, lejano representante del padre de la horda primordial, como terminará la evolución edípica para dar paso al período de latencia.
De esta forma podemos afirmar que el complejo de Edipo freudiano sostiene que para ser hombre o ser mujer, no basta con lo biológico, pues el ser humano no se reduce a la conformación anatómica, fisiológica, ni genética, ni hormonal, y por cierto tampoco al sometimiento a una ley divina, no es un mandato de dios. Por el contrario, el complejo de Edipo intenta resolver de un modo bastante arduo a ciertas preguntas formuladas por la humanidad: ¿qué es ser hombre? ¿Qué es ser mujer? Pues responder como hombre o como mujer, es una cosa muy distinta al establecimiento del sexo macho o sexo hembra.

En realidad Freud sostiene que sean cuales fueren las vicisitudes de la vida amorosa de un sujeto, ésta tiene siempre como referencia la relación con la madre y el padre del complejo de Edipo, de tal manera que a partir de Freud, sabemos que la forma como uno fue amado o no, en su condición de hijo, determinará la forma como uno amará o no amará, y de cómo uno se dejará o no se dejará amar. Pero al mismo tiempo y lo más importante, es que la filiación está determinada por el lenguaje, y no por mecanismos biológicos, pues en realidad todos somos hijos adoptivos de nuestros padres, quienes nos adoptan en un acto de amor simbólico. Pues el complejo de Edipo es como una matriz que ordena amores y odios en referencia al parentesco, cuya esencia no pasa por los lazos de sangre naturales, sino por vínculos generados por las palabras entre los sujetos. Podemos decir que lo que hace a un sujeto, hermano, suegro, padre o hijo, no es tanto una realidad biológica, sino el resultado del lenguaje, de la palabra.
Pues como bien descubrió Freud, un hijo habita en el lenguaje de su madre desde mucho antes de haber nacido. Podríamos decir que se trata en realidad de cómo una existencia real viene a encarnar ese lugar de hijo. Por ello puede decir Lacan, que el significante introduce en lo real algo, en este caso el hijo, que antes no existía. El niño en el útero, es ese real imposible de la vida que se desarrolla, pero que está ligado a la trama imaginaria y simbólica del inconsciente de la madre.

Así que podemos decir que un niño, es más una creación del lenguaje, que el producto natural de la unión biológica de un óvulo con un espermatozoide. Por eso es mejor decir que se trata de una criatura, más que de un cachorro, pues cachorro es un animal joven, en cambio el niño es una criatura creación del lenguaje. Tanto como, los duendes, los elfos o lo unicornios.
De allí que podemos observar como Freud trata al pequeño Hans, como un sujeto ya totalmente sensible a los efectos de la palabra y de la estructura familiar.
El caso Hans 6, le permite a Freud confirmar sus ideas acerca de la sexualidad infantil, la angustia de castración y el complejo de Edipo. Además le permite corroborar la normalidad de la neurosis infantil, y propone a través de este caso la
comprensión de la fobia.
Aunque quizás lo más importante es que este caso, demostró la posibilidad de analizar a un niño pequeño, pues se trató de escuchar las palabras que provenían de un niño de 5 años, aunque como es sabido, estas palabras eran llevadas por el padre al analista que era Freud; y permitió imaginar una especie de profilaxis de la infancia, por medio de una educación que tuviera bases psicoanalíticas.

Gracias a este proceso, el propio niño se transformó en sujeto de estudio para el psicoanálisis al igual que el neurótico, convirtiéndose ahora en la fuente original a estudiar, proporcionando su testimonio sobre la realidad de la neurosis infantil, y al mismo tiempo suscitando la expectativa de poder prevenirla con un adecuado manejo.
6 Freud, Sigmund. Análisis de la fobia de un niño de cinco años (el pequeño Hans) (1909), Tomo X,
OP.CIT.

Para S. Freud, lo infantil remite entonces a otro nivel, al de la historia humana que hereda un sujeto, lo que implica que adquiere también los fantasmas originarios que colman o saturan su historia de vida. De allí que el niño encuentra su lugar entre una atemporalidad de lo inconsciente y una historia singular, hecha de novedades, de azar, pero sobre todo de ciegas repeticiones.

El genio de Freud consiste en señalar que las consideraciones anatómicas nada ayudan en ese punto. Pues no alcanza con la observación tanto del exterior como del interior del cuerpo para discernir la diferencia de los sexos. Pues la palabra designa un más allá de la materialidad de la carne, el organismo queda atrapado en la dialéctica del deseo y es interpretado por el significante.
El descubrimiento de Freud indica que es imposible apelar al instinto para dar razón de la sexualidad humana, pues si algo demostró es que el inconsciente desconoce la biología y no ubica en la vida biológica, nada de lo que Freud postuló como las llamadas funciones parciales, oral, anal, escópica e invocante. En el inconsciente, y por cierto en el discurso en general, la diferencia sexual anatómica es significantizada y reducida a la problemática del tener fálico, en tanto que las pulsiones parciales ignoran la diferencia sexual. Por ello es que la orientación del deseo sexual como tal, merecía una explicación tan complicada como el complejo de Edipo.

El inconsciente aunque atemporal, está sin embargo ligado con la historia singular del sujeto. Así que en el trabajo psicoanalítico del niño, la cuestión de la temporalidad es fundamental pues incluye la dimensión de la historia del propio niño.
Pues por un lado se tiene la idea de un desarrollo madurativo de la sexualidad que implica una dimensión temporal, y por otra la historia de un sujeto en vías de constituirse como tal. De este modo encontramos en Freud una prehistoria que quedará definida como la época que precede al Edipo, se trata de una historia velada por la amnesia infantil, y una historia que es la que se sustenta en la relación del niño con sus padres, el lugar que ocupa en sus fantasías.

El vínculo entre la historia y la prehistoria del niño es difícil de abordar. Porque si identificamos el tiempo con la idea de un desarrollo físico y este lo ligamos con el desarrollo psíquico, podemos caer en la idea equivocada de que exista un proceso madurativo en el quehacer pulsional, o del aparato psíquico, lo cual nos impediría pensar en la influencia de la historia del niño. (O sea las articulaciones con el fantasma). Y caemos en una psicología psicoanalítica del desarrollo, como un proceso meramente evolutivo.

El niño es un sujeto que se encuentra en el momento de atravesar por esos momentos reconstruidos por la teoría freudiana, por lo que se considera que se encuentra en constitución, en devenir. Es por ese devenir que la clínica con el niño requiere de valorar las modalidades temporales, prehistoria, historia, más el presente y el porvenir. Por ello los conceptos freudianos adquieren en la clínica infantil un nuevo valor, pensemos por ejemplo que la represión está llevándose a cabo, las identificaciones están en pleno proceso, etc. Por eso es muy común que se confunda el registro vital, con lo psíquico.
Para complejizar un poco más, tenemos la idea de retroactividad, que es un concepto fundamental en el pensamiento de S. Freud. Esta retroactividad remite a dos momentos, uno de los cuales dará sentido, valor traumático al otro. En el segundo acontecimiento se efectúa un encuentro con lo desconocido, lo imprevisible, es la apertura inducida por el presente sobre el pasado, que eventualmente se convierte en fuente de patología. Según Freud el primer evento no se comprende cuando sucede, es hasta que ocurre el segundo evento que el primero cobrará sentido.

Debe aclararse que la retroactividad es un funcionamiento esencial de todo sujeto, y no está reservado a las patologías, aunque para Freud, está también ligada a la violencia, casi siempre, del encuentro del niño con la sexualidad del adulto. Se trata de un desfasaje entre la sexualidad infantil y los mensajes que le son enviados por el adulto. Este desfasaje permite que el acontecimiento solo exista en forma de huellas mnémicas que serán reorganizadas con el nuevo evento. Y si todo recuerdo, es un recuerdo encubridor, entonces se trata también de una retroactividad que opera sobre las huellas de hechos, pero también sobre los fantasmas del deseo.


PARA JACQUES LACAN

Para Lacan el Otro del lenguaje preexiste al sujeto, por lo que la incorporación a la estructura es mucho más precoz. En su trabajo sobre el estadio del espejo, Lacan da cuenta del punto de inseminación del orden simbólico, en el hecho de que la imagen especular para el infans, sea asumida con verdadero júbilo, aun antes de que se objetive la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje sea apropiado por el niño. Propone entonces que esta condición sitúa al yo, desde antes de su determinación social, en una línea de ficción irreductible para siempre. El estadio del espejo es un drama que precipita de la insuficiencia orgánica a la anticipación, desde las fantasías de cuerpo fragmentado hasta lo que llama una forma ortopédica de su totalidad.

El estadio del espejo es fundante para el sujeto pues en él se da el punto de inseminación simbólica que regula lo imaginario, y permite nuestra relación con los otros. Ley simbólica que regula el intercambio de significantes.
Tenemos entonces que un niño recibe de su madre el intrincado pulsional, y durante meses no tiene la menor idea de tener un cuerpo, lo siente, pero no sabe que lo tiene. Sólo gracias al estadio del espejo es que adquirirá un cuerpo, este momento produce un antes y un después. Antes no tenía idea de poseer un cuerpo y después lo tiene en una imago unificada.

Sin embargo también por efecto de lo simbólico, es que lo que el sujeto ve en el espejo es una imagen nítida, o bien fragmentada, inconsistente, incompleta. Esto depende de su posición en relación a la imagen real.
Cuando termina el estadio del espejo, por la identificación con la imago del semejante y el drama de los celos primordiales, aparece la pregunta por el deseo del Otro, es a partir de aquí que el yo constituye sus objetos siguiendo los momentos marcados por el complejo de Edipo. En este estadio se fundan las identificaciones yoicas del sujeto que constituirán los ideales de la persona, a partir de la estructura ya incorporada. Por lo que podemos afirmar que el niño es: “… un ser que puede ser dominado, presa ideal de todas las tentativas de domesticación de su goce.” 7

En un trabajo posterior, el seminario de La Relación de Objeto, Lacan despliega el Edipo a partir de los conceptos de castración, frustración y privación, empieza por la relación originaria del sujeto con la madre, en la etapa calificada como preedípica, articulándola con el padre simbólico, real e imaginario.

El padre imaginario es sobre el cual se realiza toda la dialéctica de la agresividad, la identificación; es el que constituye el soporte psicológico de las relaciones con el semejante. El padre real es aquel sobre el cual está vinculada la incidencia del complejo de castración.
7 Valas, Patrick. ¿Qué es un niño?, en Niños en psicoanálisis, Argentina: Editorial Manantial, 1° Edición.
Pág. 13.

“Si la castración merece efectivamente ser distinguida con un nombre en la historia del sujeto, siempre está vinculada con la incidencia, con la intervención del padre real.”8

El padre simbólico es el que está situado en un más allá, sustentado en el padre muerto y no representado en ninguna parte. En la relación preedípica con la madre lo que prevalece es lo referente al falo, la madre es considerada en cuanto a su presencia como objeto de amor.

El falo por tanto es el significante privilegiado porque representa la marca donde el lenguaje se une al surgimiento del deseo. E impone que sea desde el lugar del Otro donde el sujeto tenga acceso a él, el problema es que en tanto significante está allí velado y como deseo del Otro, hace que el sujeto tenga que reconocer, el otro que es él mismo.

“De esta necesidad de reconocimiento, el sujeto es inconsciente y, sin duda, por eso necesitamos imperativamente situarla en una alteridad de una clase que no habíamos conocido hasta Freud. Esta alteridad se debe al puro y simple lugar de significante por el que el ser se divide con respecto a su propia existencia.” 9

Entonces nos encontramos con que en cuanto a su existencia, el sujeto se encuentra constituido de entrada como división, porque su ser se hace representar en otra parte, en el significante, mismo que está en un tercer lugar. Y eso es lo que estructura al sujeto en esa descomposición de sí mismo, sin la cual no entenderíamos lo que se llama el inconsciente.
8 Lacan, Jacques. Seminario IV. La relación de objeto 1956-1957, Texto establecido por Jacques Alain Miller, Barcelona-Buenos Aires-México: Editorial Paidós. 1° Edición, 1998, Pág. 223
9 Lacan, Jacques. Seminario 5. Las formaciones del Inconsciente. 1957-1958, Texto establecido por Jacques Alain Miller, Buenos Aires-Barcelona-México: Ed. Paidós, 2004, Pág. 264

“El sujeto ante esto, ofrece su vida concreta y real, que se acompaña ya de los deseos en el sentido imaginario, en el sentido de la captura, en el sentido de que hay imágenes que lo fascinan, en el sentido de que, con respecto a dichas imágenes, se siente como yo (moi), como centro, como amo o como dominado.” 10
Es que en la relación imaginaria, como sabemos, la imagen de sí, del cuerpo, desempeña en el hombre un papel primordial tan importante que acaba por dominarlo todo. Por ello se requiere de un símbolo de ese margen que lo separa de su deseo y debido al cual su deseo siempre está marcado por la alteración que experimenta por la entrada en el significante. El símbolo general de esa falta fundamental necesaria para que el niño pueda introducir su deseo en el significante.

Se trata de la función constituyente del falo en la dialéctica de la introducción del sujeto a su existencia pura y simple y a su posición sexual, todo esto no es posible de deducir si no hacemos del falo, el significante fundamental por el que el deseo del sujeto ha de hacerse distinguir como tal deseo, así sea del hombre o de la mujer Este recorrido le permite a Lacan sostener que el deseo, sea cual fuere, tiene en el sujeto esta referencia fálica. Eso es lo importante, pues lo que esto quiere decir, es que el deseo del sujeto recibe su potencia, su poder de un significante, sólo si éste falta. Y según Lacan esto es lo esencial de la experiencia analítica descubierta por Freud.

Por ello afirmó Lacan:
“Lo que les he demostrado es que todos los accidentes, los tropiezos que encontramos en la evolución del niño, y ello hasta el más radical de esos 10 IBID. Pág. 281 tropiezos y esos accidentes, están relacionados con esto, que el niño no se encuentra solo delante de la madre sino que delante de la madre está el significante de su deseo, a saber el falo.”11

Debido a esto, es que el orden simbólico interviene en el plano imaginario, precisamente porque el complejo de castración traslada a este plano todo lo que se juega en relación con el falo. La intervención del padre introduce la ley, estableciendo para el niño un orden que rebasa a la pareja real, y del cual el niño podrá esperar la evolución de los acontecimientos.

Lo que Freud descubrió es que la dialéctica primordial del deseo, supone una relación tercera que hace intervenir, la presencia del personaje, deseado o rival, pero siempre tercero, que es el padre, más allá de la madre. Este tercer término es esencial porque es el que permite todo o lo prohíbe.

Hablando del caso del pequeño Hans, dirá que es el momento de la aparición del orgasmo, pene real, lo que tendrá efectos sobre el niño, pero no basta la aparición de esta potencia sexual en el niño para que se produzcan todos los efectos del complejo de Edipo, para eso es necesario el soporte simbólico, mediado por el padre simbólico que es dice Lacan en este trabajo, el nombre del padre, cuya función es la de ser: “… el elemento mediador esencial del mundo simbólico y de su estructuración.”
12
Será este Nombre‐del‐Padre lo que va a permitir que el niño salga de esa relación brutal con el Otro materno, y será también lo esencial a toda articulación del lenguaje humano. Es que sólo a partir del Padre puede haber un más allá del Otro Primordial.
11 IBID. Pág. 293
12 Lacan, Jacques. Seminario 4, OP.CIT. Pág. 289

Se trata entonces de la castración materna anterior, sincronía del Edipo, fundada en la metáfora paterna; que es la función de significante que condiciona la paternidad.
“… la atribución de la procreación al padre no puede ser efecto sino de un puro significante, de un reconocimiento no del padre real, sino de lo que la religión nos ha enseñado a invocar como el Nombre‐del‐Padre.” 13
El Nombre‐del‐Padre es quien realiza la operación sustitutiva del significante paterno, por el Deseo de la Madre, en la metáfora paterna, con lo cual el niño puede reconocer o simbolizar el lugar en donde la ley se ejerce para que el deseo de la madre quede reprimido.

La metáfora paterna será entonces lo que permita que el niño no quede capturado en ese Deseo de la Madre, que Lacan dirá que el niño vive como experiencia de devoración, será el Nombre‐del‐Padre lo que permitirá la existencia del sujeto, no en cuanto a su lugar de sujeto en el mundo, sino de su existencia en cuanto a sujeto.


Lo que significa “…que la condición del sujeto S (neurosis o psicosis) depende de lo que tiene lugar en el Otro A.”
 14 y que eso que tiene lugar responde a todas las leyes del discurso.

13 Lacan, Jacques. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis ESCRITOS 2.
OP. CIT. Pág. 538.
*Neologismo inventado por Lacan.
“Condensación entre parler (hablar) y être (ser) ... sutil polisemia que permite leer en ese trazo de escritura, que el ser es porque habla, que es aquello que habla; eso inscribe en él la letra, y es por la letra.” 
14-110 IBID. Pág. 530.

El sujeto está determinado por la palabra desde antes de su nacimiento. Su articulación de la metáfora paterna es la articulación sincrónica del Edipo.

El niño es entonces un sujeto marcado, dividido por los efectos del significante, un parlêtre 15* que no dispone del acto sexual, por lo que no tiene acceso al goce sexual, con lo cual tanto Lacan como Freud coinciden en encontrar la incidencia del complejo de castración como el límite entre el niño y el adulto.

En cuanto a su síntoma, en 1969, en las dos notas enviadas a Jenny Aubry, Lacan describirá dos posiciones para el síntoma del niño, definiendo al síntoma como el “representante de la verdad”. 16 En el caso de la neurosis en el niño, se tratará de “la verdad de la pareja familiar”, con el entretejido de deudas simbólicas y deseo insatisfecho. Es cuando “la distancia entre la identificación con el ideal del yo y la parte tomada del deseo de la madre” 17 encuentra en la función del padre una mediación.

En el caso de la psicosis “la articulación se reduce en mucho cuando el síntoma … compete a la subjetividad de la madre”, 18 el niño queda involucrado como correlativo del fantasma de la madre, ocupando el lugar del objeto perdido para ella, cualquiera sea la estructura propia de la madre:

“El niño realiza … el objeto a en el fantasma”. 19
Forclusión del nombre del padre, que al no mediar entre la identificación con el ideal del yo y el deseo de la madre, deja al niño fuera del orden del discurso, a no ser más que para ocupar el lugar del plus de gozar. 







Por: Dra. Virginia Hernández Ricárdez
109 Levi Hambra, Adalberto, El Agujero Inaugural, en El discurso del psicoanálisis, coloquios de la fundación 4. México: Siglo Veintiuno Editores. 1ª Edición. Pág. 149.
16 Lacan, Jacques. Dos Notas Sobre el niño, Intervenciones y textos 2. OP. CIT. Pág. 55.
17 IBIDEM.
18 IBIDEM.
19 IBID. Pág. 56.

Cuentos de Amor?


Cuentos de amor...

El hijo del tintorero había nacido en 1797 y fue uno de los últimos maestros japoneses de la Escuela Utagawa de la técnica uyiko-e. Pero para Unokichi, el joven protagonista del cuento que Junichiro Tanizaki escribió en 1919, Kuniyoshi nunca hubiera podido reflejar la belleza de los pies de Fumiko del modo que él mismo los contemplaba y los veneraba. De hecho llegó a pensar que la verdadera obra de arte estaba en esos hermanos que hacían que las extremidades inferiores transformaran a  Fumiko no solo en el pivote común entre él y el Señor Jubilado, sino especialmente en el reflejo mismo de su goce.

El cuento Los pies de Fumiko nos revela en principio la tipología de un obsesivo que, dirigiéndose a su Maestro, le cuenta cómo conoció a esta alma gemela con quien comparte un goce común. Pero el relato tiene sus pinceladas poéticas porque Tanizaki sabe como contar algo simple, incluso una vertiente que rápidamente podría tentarnos en encasillar y rotular como una perversión, y transformarlo -sobre todo en las últimas hojas- en un sabroso esbozo de locura y deseo irrefrenable y consumado.
El protagonista no puede dejar de pensarse extraño frente a este goce que lo captura. Siendo de una personalidad rigurosa (a pesar de su corta edad ya presenta todos los rasgos de carácter de la neurosis obsesiva) le produce un fuerte ruido el hecho de apasionarse por una marca especifica de esa mujer, y que ese atributo no sea usual para el común de los sujetos, e incluso lo padezca con una intensidad impetuosa.
La confesión de Unokichi, su abrupto deseo que lo vive como una cruel tortura, lo transporta a un micro cosmos donde puede hallar un síntoma común que lo apacigüe: esa mujer que hace de la Muerte, un lugar menos oscuro. Fumiko tiene dos sinogramas que lo atraviesan: fu, riqueza y mi, belleza. Pero Fumi se asocia fonéticamente a Fumu, que significa “pisar”, con lo cual la protagonista del relato no sólo es la poseedora de una riqueza que la embellece sino que en dicha riqueza se esconde la acción misma de su Ser. O: su goce también esta implicado en la acción que despliega y eso le refleja su misma belleza. ¿Una histérica que no puede dejar de tapar la falta del otro? ¿O una perversa que espera la muerta del Jubilado para apropiarse de su herencia?

En esta obra de Tanizaki no se trata de meros cuentos donde confluyen fetiches o crueldades amorosas, si se me permite el oxímoron. Se trata, creo, de lo que el mismo autor expone en el significante mismo de la compilación: cuentos de amor. Es decir: donde todo esta permitido si el partenaire acepta el pacto. O, como expresaba San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”- apotegma que lejos de ser Cristiano, nos confronta al deber Kantiano donde si se cumple la primera condición, la segunda no tiene razón de ser juzgada.
Sobre el cuento    Los pies de Fumiko
de Junichiro Tanizaki
Cuentos de amor de J. Tanizaki Ed. Alfaguara Barcelona, 2016. 

Psicopatía y Psicoanalisis




Psicopatía y psicoanálisis
En esta oportunidad daré a conocer dos enfoques del psicoanálisis sobre el tema de la psicopatía: el de Otto Kernberg, nacido en Austria, formado profesionalmente en Chile y radicado en Estados Unidos, siendo director del Instituto de Trastornos de Personalidad en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, y el del Profesor Roberto Mazzuca, psicoanalista, Profesor Titular de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
Otto Kernberg
Otto Kernberg(1) enfatiza en que hay que diferenciar lo que es la conducta antisocial de la estructura de personalidad antisocial y que es muy importante diferenciar la conducta antisocial de la criminalidad. La criminalidad es un concepto legal, la conducta antisocial es un concepto clínico psiquiátrico y critica al DSM III, porque plantea la definición de la personalidad antisocial  en términos de conducta criminal.
Con respecto a la sinonimia, Kernberg dice que el término tradicional para el tema que estamos tratando, era de persona psicopática. Luego fue reacción antisocial y el término contemporáneo es personalidad antisocial.
Para este autor, la personalidad antisocial tiene una estructura de personalidad de tipo narcisística. Kernberg dice que los fundamentos de esta personalidad son: autorreferencia excesiva, grandiosidad, tendencia a superioridad exhibicionista, dependencia excesiva de admiración por parte de otros, superficialidad emocional, crisis de inseguridad que alternan con la grandiosidad usual. Luego, dentro de las relaciones de objeto (con los otros), sería intensa envidia consciente e inconscientemente, mecanismos contra la envidia, especialmente tendencia de explotación, incapacidad de depender de otros, falta de empatía con los otros, falta de compromiso interno en otras relaciones.
Desarrolla también las formas leves de patología del SuperYo, dentro de las estructuras narcisísticas: la incapacidad de experimentar depresión, la tendencia a tener grandes cambios de ánimo, una tendencia a estar regido por vergüenza en vez de culpa, el hecho de hacer actos antisociales. En este sentido, el temor a que lo pillen determina ser honrado y no un sentimiento de una moral interna. El sistema adolesce de valor ético adulto, o sea que, para Kernberg, los valores son infantiles.
La persona narcisística quiere ser admirada, porque es la más rica, la que tiene más objetos, porque es la más bonita, la mejor vestida, un contraste por querer ser estimada por los valores más adultos.
Y con respecto a la patología del Super Yo grave, que para Kermbeg constituye el síndrome del narcisismo maligno, las características son: conducta antisocial, agresión egosintónica dirigida contra otros en forma de sadismo o dirigida contra sí mismo en forma de tendencias automutiladoras o suicidas, sin depresión, y una orientación paranoidea.
En la estructura antisocial propiamente dicha, tenemos conducta antisocial desde la infancia (mentir, robar, falsificar cheques, prostituirse, asalto, robo, asesinato, robo armado), hay una ausencia auténtica de capacidad de sentimiento de culpa y de remordimiento. Esto es importante, porque el psicópata puede presumir de remordimientos y una vez que lo han agarrado (no antes), puede aparentar culpas y pueden realmente mostrarse  estar arrepentidas, simplemente para conseguir una atenuación de la pena.
La otra característica es total incapacidad de una relación afectuosa con otros. Hay relaciones de tipo parasitarias. El paciente, por ejemplo, dice el Dr. Kernberg, puede tener una excelente relación con su tía, resulta que la tía es la que le da dinero todo el tiempo, es la única persona con quien se cuida de mantener una buena relación.
Otra característica es la incapacidad de sufrir duelos auténticos, con tristeza y melancolía, y en lugar de ello surge rabia e impotencia por haber sido derrotados o descubiertos.
Estos pacientes son incapaces de enamorarse o de mantener una relación de amor como parte de sus relaciones sexuales. Las relaciones sexuales están desprovistas de todo tipo de ternura.
Otra característica que se nota es la ausencia de planear "a futuro" y muchas veces el individuo actúa, aunque sea muy inteligente, como si no tuviera ninguna conciencia de las consecuencias para él mismo de su comportamiento. Hay indiferencia por su futuro a largo plazo y también suscribe (como todo el resto de los clásicos) que hay una falta de capacidad de aprendizaje, no aprende de sus propios errores y hay una repetición eterna de los mismos patrones conductuales.
Otro rasgo importante es la incapacidad de identificarse con valores morales. A veces, el antisocial es un experto en leer las reacciones de los demás, en adivinar lo que van a necesitar o hacer, pero no pueden captar la dimensión ética.
Otto Kernberg postula que el narcisismo patológico es un componente de la psicopatía, ingresando elementos psicodinámicos en el diagnóstico de la psicopatía. El narcisismo no patológico es consecuencia de una buena evolución del Yo, es la aceptación de la realidad, en tanto que la realidad puede ser emplazada para satisfacer las necesidades (libido) dirigidas hacia el exterior y hacia el objeto. Los sujetos que no han podido realizar bien esta formación, el ideal del Yo, por no haber interiorizado suficiente amor y estimación recibido de afuera, muestran unas defensas narcisistas muy fuertes. No se atreven a dirigir su libido hacia objetos exteriores y consiguientemente se encierran en sí mismos absteniéndose de recibir, precisamente, lo que más les falta.
Otto Kernberg cuenta una anécdota que es muy importante y ejemplificadora, que le ocurrió a él mismo, dice "Yo tenía un psiquiatra en formación que robaba y yo no lo sabía y después de terminar su formación me pidió cartas de recomendación. Se las di en dos oportunidades, para dos ocasiones distintas y después me llegó una carta donde el director de la última institución, enfurecido, me decía que cómo una persona como yo mandaba cartas de recomendación de alguien que robaba en forma constante y desmesurada. Este psiquiatra vino a verme para pedirme una tercera carta de recomendación y entonces yo lo confronté con la información de éstos directores", y la reacción de él fue "ah, claro, si yo sabía que estos me iban a perseguir". "O sea que le preocupó que lo persiguieran, no tuvo ninguna preocupación por el cambio mío en la relación con él. Y cuando yo le pregunté qué pensaba él de mi reacción frente a toda esta situación, él me dijo "me imagino que usted está enojado conmigo, porque yo lo he engañado, si quiere no me dé la carta". Es decir que no tuvo capacidad de darse cuenta de mi reacción de tristeza por la pérdida de la relación interna con un hombre que era muy inteligente y como les dije, yo lo había supervisado durante un tiempo. Ahora ustedes me pueden preguntar ¿cómo usted no hizo el diagnóstico? Es sumamente difícil, como veremos en algunos momentos más, hacer el diagnóstico fuera de una situación clínica claramente definida, socialmente hacemos los errores más garrafales con este tipo de estructura de personalidad, por lo menos en el corto plazo".
Otto Kernberg hace un diagnóstico diferencial entre tres tipos de estructuras, 1) el síndrome del narcisismo, 2) la estructura social propiamente dicha, 3) la personalidad narcisística con conducta antisocial. Entonces, el síndrome del narcisismo maligno tiene conducta antisocial, tiene una estructura narcisística y tiene un narcisismo maligno. Pero no tiene capacidad de relaciones no explotadoras, no tiene capacidad de identificación con valores morales, no tiene capacidad de compromiso con los otros y no tiene capacidad de sentimientos de culpa.
La estructura antisocial, propiamente tal, tiene conductas antisociales, estructura narcisística, no tiene narcisismo maligno, sí tiene incapacidad de relaciones no explotadoras, tiene incapacidad de identificación con valores morales, tiene incapacidad de compromiso con otros, tiene incapacidad de sentimientos de culpa. Y las personas narcisísticas con conducta antisocial, además de una conducta antisocial tienen una estructura narcisística, pero no tienen narcisismo maligno, incapacidad de relaciones no explotadoras, incapacidad de identificación con valores morales, tampoco tienen capacidad de compromiso con los otros, menos, incapacidad de sentimiento de culpa.
Con respecto a esta última personalidad (narcisismo con conducta antisocial), como decíamos que no tenía síndrome de narcisismo maligno y sólo tiene la personalidad narcisística con conducta antisocial, son individuos cuya conducta antisocial es de tipo pasivo parasitario.
Henderson había clasificado a los psicópatas en agresivos, pasivos y creadores. Kernberg discute esto de creadores, pero dice que en la conducta permanentemente agresiva (ataque armado, robo con asalto, agresión física), hay un síndrome de narscisismo maligno. En cambio, cuando las tendencias antisociales son pasivas, tenemos la mentira crónica, el robo pasivo, la explotación parasitaria en lugar de la agresión directa.
La pseudología fantástica corresponde a un síntoma en el que el paciente inventa episodios novelescos y los narra como si realmente le hubieran ocurrido a él. Son conscientes del valor de la realidad que puede ser atribuida a sus fantasías, pero a veces y por períodos de duración variable, pueden creer en ellas y vivir así en un mundo de irrealidad. Esto está tomado del Tratado de Psiquiatría de E. Bleuler.
Dice Kernberg que en todo individuo narcisista deben investigarse las tendencias antisociales. Pone por caso a un profesor universitario de estructura narcisista al que le preguntó en medio de la entrevista "¿Ha tenido problemas con la ley o el impulso de estar envuelto en situaciones que puedan crearle problemas con la ley, por ejemplo, deseos de robar?" Y él le contestó "¿y cómo lo sabe usted?" Y resulta que el hombre robaba en librerías de arte, porque su especialidad era el arte y sentía que podía apreciar mucho mejor esos libros que todos los demás y tenía el derecho de robar los libros que no podía pagar.
Hablando de casos en que existen estructuras neuróticas de personalidad con tendencias antisociales, no narcisísticas, cuenta el caso de un médico que robaba en la cafetería del hospital y lo agarraron. Lo iban a expulsar del hospital y lo mandaron al departamento de psiquiatría. Dice que Kernberg lo examinó y tenía una estructura de personalidad obsesiva y con tendencia antisocial provocadora, justamente para ser pillado. Había que ser bruto para robar en la cafetería, siendo el médico del hospital. Robar en la cafetería del mismo hospital era una provocación. Luego de unos años de tratamiento, este médico no volvió a tener una conducta antisocial semejante.
Roberto Mazzuca
Psicopatía y psicoanálisis (2)
Primero, se trata de un tema que no se puede considerar completo ni cerrado. Segundo, lo que se designa con el término de psicopatía no es exactamente coincidente con el enfoque dado por la psiquiatría clásica y el psicoanálisis. Tercero, es necesario tener en cuenta que, desde la perspectiva de la semiología psicoanalítica, lo que la psiquiatría tradicionalmente delimitó como psicopatías aparece como una categoría compuesta por grupos heterogéneos. Finalmente, para terminar de presentar las ambigüedades que predominan en este tema, no se puede omitir que dentro del psicoanálisis en general y en la orientación lacaniana en particular, las psicopatías no han sido reconocidas de manera explícita. La clásica nosología freudiana recuperada por Jacques Lacan organiza el campo psicopatológico fundamentalmente en tres categorías clínicas: las neurosis, las psicosis y las perversiones; y las psicopatías no tienen claramente un lugar en este sistema.
Propuse entonces, aceptando una sugerencia formulada por el Dr. Marietán, que es en referencia a la estructura perversa donde convenía localizar ese lugar. Aceptar esta propuesta implicaba un obstáculo importante derivado del hecho de que el término perversiones, tanto en la psiquiatría como en el psicoanálisis, se refiere muchas veces de manera específica a patologías de la sexualidad, ya sea en el orden fálico -fetichismo, trasvestismo- o en el del objeto -exhibicionismo, sadismo-. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la enseñanza de Jacques Lacan desplaza la frontera del concepto de perversión y lo lleva más allá de la concepción freudiana que no termina de desprenderlo de una referencia directa a la perturbación de la conducta sexual, podemos acceder a una teoría generalizada de la estructura perversa –de la que las perversiones en el sentido clásico constituyen solo un caso particular- y, de este modo, encontrar allí las categorías, los mecanismos y las posiciones subjetivas que nos permiten entender, ordenar y explicar las conductas psicopáticas.
Esta posibilidad sigue siendo válida aún para aquellos casos que no se consideran patológicos. Ésta es otra diferencia sensible de la clínica lacaniana con respecto a la de Freud, ya que las categorías clínicas: neurosis, psicosis, perversión, son consideradas por Lacan como estructuras subjetivas, es decir, diferentes modalidades subjetivas no necesariamente patológicas en relación con un criterio de normalidad, sino distintos modos de ser sujeto, diferentes formas de ser.
Freud definió las perversiones en su relación con las neurosis como el derecho y el revés, el negativo y el positivo. Las neurosis son a las perversiones –decía– como en una fotografía el negativo es al positivo. Podemos entonces aplicar esta oposición a la relación entre las neurosis y las psicopatías y verificar, de esta manera, cómo los rasgos se oponen punto por punto en el neurótico -especialmente en el obsesivo-, y en el psicópata.
Aplicando esta oposición en la dimensión de la culpabilidad presenté, en la mesa del año pasado, la ausencia de culpabilidad en el psicópata como lo opuesto de la rígida conciencia moral del neurótico obsesivo, lo que Freud llamaba el severo y cruel superyó primitivo que acosa al neurótico con los autorreproches y los remordimientos ante sus transgresiones fantasmáticas, es decir, las que el neurótico cree que son transgresiones.
El psicópata, por lo contrario, sólo puede ser calificado como transgresor desde el punto de vista de un observador externo. Desde su propia posición subjetiva no es ni se siente transgresor, hay una ausencia de culpabilidad que desdibuja los contornos y las barreras entre lo prohibido y lo permitido en el lazo social, se guía por sus propios códigos.
Es por esto que reuní al psicópata y al neurótico en lo que consideré una patología de la responsabilidad. En uno por defecto, en el otro por exceso y por deformación, en ambos casos hay un déficit en la responsabilidad.
Este contraste entre neurosis y psicopatía obtenido de la generalización de la oposición entre neurosis y perversión como modalidades subjetivas puede plantearse sobre otros ejes, y de este modo destacar, como lo hace Lacan, el contraste entre el goce y el deseo. Para el neurótico es prevalente la dimensión del deseo en detrimento del goce de la satisfacción pulsional que, en las neurosis, queda sujeta más fuertemente a la eficacia de la represión y otras vicisitudes pulsionales. Visto desde otra de sus caras es equivalente a afirmar que el goce neurótico siempre implica un alto grado de sufrimiento: la satisfacción pulsional termina produciéndose por vías indirectas y sobre todo a través de la satisfacción del síntoma como retorno de lo reprimido. En la perversión, por el contrario, es prevalente la vía del goce y el deseo mismo se convierte en voluntad de goce. La satisfacción pulsional se obtiene por vías más perentorias, la llamada impulsividad del psicópata.
Pero podríamos destacar también un contraste sobre el eje de la demanda. La modalidad neurótica conduce al sujeto a ubicarse en dependencia de la demanda del Otro. Al neurótico le gusta hacerse demandar y usa sus recursos para que el otro le pida, le ruegue, le sugiera, le ordene..., todas diferentes formas de la demanda con las que espera sobre todo obtener el reconocimiento del Otro. El psicópata, por el contrario, demanda, impone formas sutiles de exigencia, incita al otro a la acción.
También podríamos marcar el contraste en las modalidades del acto y comparar la seguridad, labilidad y rapidez del psicópata, con el predominio del pensamiento, de la duda, de la indecisión, la vacilación neurótica, sobre todo con la duda obsesiva que determina una pobreza en la acción ya que conduce una y otra vez a su postergación o bien a una realización torpe que marca un fuerte contraste con la abundancia, la habilidad y la seguridad del psicópata en sus acciones.
Pero sobre todo conviene desplegar la comparación entre una y otra modalidad subjetiva en el eje de la angustia y el goce. Es sobre este eje que Lacan hace jugar la distinción, en el interior de la estructura perversa, entre el sádico y el masoquista. El sádico que aparentemente persigue provocar la angustia en el otro pero, en realidad, inconscientemente busca producir el goce del Otro. El masoquista que aparentemente tiene el propósito de suscitar el goce del otro pero, sin embargo, inconscientemente lo que busca es angustiar al Otro.
Deberíamos ubicar al psicópata del lado de la modalidad sádica para compararlo con el neurótico. En las neurosis encontramos de una manera privilegiada el despliegue de las diversas formas de angustia. No tenemos que olvidar que correspondió a Freud la originalidad de introducir la angustia en el campo de la psicopatología: y esto vale tanto para la semiología de la angustia, es decir, los diversos grupos sintomáticos a través de los cuales se descarga, como para la nosología, es decir, las diferentes categorías clínicas caracterizadas por distintas formas de angustia. Y también para su teoría. Hoy puede parecernos extraño ya que, después de Freud, no podríamos concebir el campo de la psicopatología sin la angustia. Sin embargo, antes de Freud, la clínica psiquiátrica prescindió totalmente de esta dimensión esencial de la subjetividad moderna.
Si Freud pudo darle ese lugar decisivo a la angustia es porque inventó el psicoanálisis a partir de las neurosis y es allí, en el campo de las neurosis, donde en primer término investigó y reconoció sus diferentes formas: la angustia de las neurosis de angustia, la angustia en la histeria y en la obsesión, y la angustia de las fobias o, como Freud prefería llamarlas hacia el final de su obra, histeria de angustia. La angustia es consustancial con la subjetividad neurótica en contraste con su casi ausencia o bajo nivel en el psicópata que sólo se angustia en sus momentos de crisis, es decir, en que fracasan sus mecanismos psicopáticos. Momentos breves, por lo general, transición hacia la recuperación de su equilibrio psicopático.
En cuanto a Lacan, si mantiene el eje freudiano que articula neurosis con angustia, es porque, sobre todo el neurótico, se angustia ante el deseo del Otro. Por eso la angustia que Freud caracterizó como señal de un peligro, Lacan llega a definirla como la percepción misma, en el sujeto, del deseo del Otro. Y esto es así porque, ante ese deseo, el neurótico se niega a servir de instrumento del goce del otro, su posición es de rechazo a ponerse al servicio del goce del otro.
El psicópata, él, no se angustia pero no le ahorra esa experiencia a su partener. Por el contrario, es muy activo para enfrentar y sumir al otro en la experiencia de la angustia. Actividad del psicópata que apunta a un objetivo bien preciso: el intento de impelir a su pareja a acceder al goce, de llevarla más allá de las barreras de la inhibición y la represión. No al goce buscado y reconocido por el neurótico, sino al goce prohibido de la satisfacción de sus pulsiones reprimidas.
Bibliografía
1. Otto Kernberg, Diagnóstico Diferencial de la Conducta Antisocial, Revista de Psiquiatría, 1988,volúmen 5, página 101 a 111, Santiago, Chile
2. Mazzuca,  Roberto, “El psicópata y su partener”, Revista Alcmeon, vol. 9, número 35, Buenos Aires, 2000.